Lo nuevo en la Liga Distributista

lunes, 29 de junio de 2009

Una broma de Santo Tomás

En su linda bitácora, Philokalia Republic, Kevin Jones nos cuenta que el profesor Christopher Tollefsen, durante una conferencia en la Universidad de Colorado en Boulder, señaló una broma escolástica que Santo Tomás pone en la Suma (I, q. 1, a. 8) y que, al menos yo, desconocía.

En el artículo 8, de la cuestión primera, en su primera parte, Santo Tomás se pregunta si la doctrina sagrada, la Teología, ¿es o no es argumentativa? La segunda objeción dice:
Si es argumentativa, su argumento radica en la autoridad o en la razón. Si argumenta desde la autoridad, no sería propio de su dignidad, pues el argumento desde la autoridad es el más débil de los argumentos según Boecio.
¡Cuac!



Dibujo de Fray Bob Staes, O.P.,
"All my works seem like straw after what I have seen"

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La ruptura del orden natural tiene costos... también económicos

Recomiendo la lectura de la nota "Un estudio detalla el alto coste económico del divorcio: Así como el impacto en los niños", publicada en Zenit (edición en castellano) de ayer domingo. En la nota se traducen partes de un artículo del Daily Mail acerca de una conferencia dada por el juez británico Sir Paul Coleridge, y de las conclusiones de un informe publicado en Canadá, "Private Choices, Public Costs: How failing families cost us all" [se puede descargar en PDF aquí]. La nota del Mail --que es la que comenta Zenit-- no es gran cosa, recomiendo la del Telegraph.

N.B. para quisquillosos: No se trata de que el divorcio sea un mal porque es costoso desde el punto de vista económico para la sociedad, también sería un mal si fuese financieramente rentable. Pero, de alguna forma, queda una vez más evidenciado que la realidad de la ley natural tiende a imponerse y que tarde o temprano se cobra sus deudas.

Si no recuerdo mal, hace muchos años atrás, el Departamento de Sociología de la Universidad Católica Argentina, junto al Instituto Gallup y la Universidad de Chicago, había realizado un rigurosísimo informe que venía a demostrar lo mismo para el caso argentino. Sería bueno que, en vez de seguir derrochando en muestras culturales que nada aportan a la sociedad, la UCA invirtiese sus dineros cada vez más escuetos en proyectos como éste y renovaran el informe.





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¿Qué pasa en Honduras?

Muy buena explicación de Montelacar-Nacho en el FSTM:

1) Zelaya era un cacique de los de toda la vida de Honduras.

2) Fue elegido presidente por el partido más liberal-conservador de allí.

3) Cercano ya el fin de su mandato constitucional por dos legislaturas, bien por convicción, bien para poder perpetuarse en el poder, se vuelve de repente chavista-populista-neosocialista, para sorpresa y consternación de su propio partido.

4) A imitación de su adorado Chavez, intenta que se modifique la constitución y le permitan presentarse a la reelección

5) El parlamento dice que no (comenzando por su ex-propio partido, que es de otra cuerda)

6) El tribunal supremo dice que no

7) Zelaya se envuelve en la retórica marxistoide-bolivariana y pasándose por el aro los poderes y la constitución de su país, dice que "va a preguntar al pueblo" por la reforma electoral, y programa un referendum para el domingo 28/06/2009

8) El parlamento y el tribunal supremo declaran ilegal el refrendum

9) Zelaya pide al ejército que garantice la seguridad para que el referendum se pueda celebrar

10) El jefe del estado mayor dice que él sólo obedece a la constitución, al parlamento y al tribunal supremo

11) Zelaya destituye al jefe del estado mayor, y nombra a otro

12) El jefe del estado mayor le dice que está destituida la madre del señor presidente, y saca el ejército a la calle

13) Zelaya dice que seguirá adelante con el referendum con la policía y los funcionarios (y supongo que "el amor de su pueblo" o alguna basura mesiánico-bolivariana similar)

14) El mundo contiene el aliento hasta el domingo por la mañana

15) El domingo por la mañana el ejército detiene a Zelaya y lo pone en la frontera. Fuese y nada hubo.

16) Reacción de condena de países democráticos populares (Venezuela, Ecuador, Bolivia y Cuba)

17) Reacción de condena de todo el orbe contra la expulsión de Zelaya.

18) Satisfacción de los hondureños porque todo haya acabado sin muertos ni daños materiales. Se abren los comercios, y la gente vuelve al trabajo, y los niños a las escuelas. Los caciques de toda la vida siguen mangonenando el país mientras los caciques bolivarianos que estaban esperando para mangonear ellos se enfadan.



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domingo, 28 de junio de 2009

Ser o no ser

Para que después no me digan anglófilo, cambiamos de zona y nos vamos a hermosísima Venecia. A continuación transcribo una (mala) traducción a un texto de Fausto Balestrini. Nacido en 1921, y fallecido en 2007, Monseñor Balestrini fue poeta, ensayista e historiador de su Brescia natal. Entre sus últimas ocupaciones, fue curador de la casa natal del papa Pablo VI. Es autor de numerosos textos sobre temas genealógicos, etimológicos, toponomásticos e históricos del territorio bresciano, y por su poesía obtuvo también numerosos premios. El presente texto apareció hace unos años en Il Giornale di Vicenza, pero lamentablemente no tengo la fecha. Las notas son de mi autoría con el fin de ampliar algunas cuestiones.

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Quien conoce la historia milenaria de la Serenísima, desde sus comienzos hasta su ocaso en 1797, también sabe que representó una de las experiencias más originales en cuanto a la organización estatal, nacida de la habilidad y energía endógena.

Una de las características de esta absoluta originalidad emerge con claridad. La diferencia radical con cualquiera de los otros órdenes políticos y su supervivencia milenaria. Eso sucedió porque Venecia derivó totalmente de la fuerza moral de su población original. La ciudad se conformó con aquellas familias que, en el ocaso del Imperio Romano, se vieron asociadas a las islas e islotes de la Laguna Véneta. Desde ese momento, lo que antes estaba desierto dejó de estarlo: cada porción de tierra se llenó y fue aprovechada al máximo. Escapando de la incursión de Atila del año 452, la población romana de Aquilea y sus alrededores comenzó un éxodo que se hizo imparable. Funcionarios imperiales, nobles, mercaderes y guerreros se unieron estrechamente e hicieron frente a los bárbaros.

En el recuerdo de esta base humana encontramos una de las características fundamentales del estado que fundaron que encontramos explicitado luego del año mil. Los órganos de gobierno fundados y los que emanaron de ellos provinieron de las familias originales, que se dividieron en dos: las familias patricias y las de la nobleza véneta, que conformaron el Consejo Mayor en posesión de todos los poderes.[1] La experiencia del gobierno de la Laguna consolidó los lazos y la identidad entre las familias. La situación alcanzó su configuración definitiva con la Clausura del Consejo Mayor de 1297, hecha con el objeto de detener la penetración creciente por parte de los nobles de Tierra Firme.

[1] El Maggior Consiglio era el órgano que concentraba en teoría todo el poder político de Venecia y ejercía la soberanía efectiva de la República. Fue inicialmente un cuerpo electivo hasta su clausura, serrata, de 1297. Pero recién en 1319 adquiere su carácter hereditario. Podían acceder al Maggior Consiglio todos los patricios venecianos inscriptos en el Libro d’Oro y mayores de 25 años. Con respecto a la edad existía una única excepción: si el día de Santa Bárbara (4 de diciembre), en una ceremonia presidida por el doge, si el joven aspirante – siendo mayor de 18 años – lograba sacar un pelota de oro de entre muchas de plata; quien era electo gracias a esta excepción era llamado Patrizio Triste.


Las familias patricias eran aquéllas que figuraban en el Libro de Oro, que era conservado por una magistratura especial, los Avogadori di Comun.[2] Debe notarse bien que los patricios, la auténtica nobleza de Venecia, tenían derecho únicamente a la fórmula Nobil Homo Patrizio Veneto, sin títulos feudales, y con el uso del prefijo Ser antes del nombre. Sólo el Doge y los Procuradores de San Marcos tenían derecho al prefijo Missiér (similar al toscano messere, señor; el misér del véneto quiere decir suegro). En los últimos siglos apareció el uso de Il Illustrissimo para los nobles titulados. En Venecia no existían los títulos feudales de conde o marqués, y el único duque propiamente dicho era el Doge. Si alguien en Venecia se hacía llamar Conte, era claro que no pertenecía a familia patricia, sino a la nobleza de la Tierra Firme[3], como el famoso conde Gaspare Gozzi (1713-1786). Estos nobles no podían ocupar cargos de gobierno, mientras que – por el contrario – los patricios no podían rehusarlos.[4]

[2] La Avogaria di Comun era la suprema magistratura de apelación de la República. Conservaba los registros de matrimonios y nacimientos nobles. Los avogadori, que eran ciudadanos originarios y no patricios, vestían con una estola roja. Los avogadori tenían competencia para intentar acciones legales en todos los casos donde fuesen perjudicados los intereses del Comune. La competencia más notable de los avogadori consistía en proveer a la tutela de lo que hoy llamaríamos legalidad constitucional (en el caso que algún consejo o magistratura decidiera contrariamente a las normas). Podían ser procesados por negligencia en el desempeño de su función, siendo citados ante la Quarantia.

[3] El patricio véneto era conciente de su originalidad y orgulloso de aristocracia, aquel que utilizase otros títulos (aún nobiliarios) era considerado de menor status. El patriciado se transmitía sólo por varonía y, al menos en teoría, todos los patricios eran iguales y podían aspirar a los mismos cargos si conseguían apoyo dentro del Maggior Consiglio. Los patricios tenían vedado el acceso a la burocracia estatal, no podían realizar trabajos “viles” y, si bien podían estar inscriptos en una scuola di arti (corporación profesional y confraternidad religiosa), no podían ser electos para la banca (el gobierno de la escuela). Como resultado de estas limitaciones, para fines de la República (1796) había numerosos patricios pobres.

[4] Los títulos de patriciado que se dieron a casas principescas extranjeras y familias papales (Savoia, Gonzaga, Orsini, Chigi, Colonna, Altieri, Borghese, etc.) sólo lo fueron a título honorífico y sin significado político ni social alguno.


Además existió otro importante libro de registros, el Libro de Plata, donde estaban inscriptos las familias de la llamada “ciudadanía originaria”, la burguesía mercantil de Venecia, a la que pertenecían tipos poderosos y aventureros como Marco Polo. Esta clase social era conocida como la “categoria dei Segretari”: a ella debían pertenecer todos los funcionarios civiles de la administración pública.[5]

[5] La ciudadanía originaria era una suerte de nobleza popular, y los cittadini originari gozaban de privilegios sustanciales y concretos, podían realizar actividades reservadas a los patricios, gozaban de ventajas dogales y participaban de las cargas fiscales. Ejercitaban las actividades consideradas más relevantes como el ejercicio del Derecho, la Medicina, el Notariado, la Arquitectura, la Pintura, la Escultura, el Comercio o los cargos eclesiásticos. Para poder acceder a la ciudadanía originaria debía demostrarse que, durante tres generaciones, los antepasados del peticionante debían haber tenido domicilio permanente en Venecia y no haber realizado trabajos considerados “viles”.


Habiéndonos referido al Consejo Mayor, pasemos ahora al cargo más alto: era el del Doge, locución véneta para duque, que a su vez proviene del latín dux. Su elección derivaba de un sistema complejísimo para evitar las conspiraciones que pudiesen terminar en una tiranía. Para limitar los poderes del Doge existían una serie de normas que buscaban evitar el nepotismo. El Doge representaba al estado véneto y presidía el Consejo Mayor y los otros órganos colegiados de la República.[6] Cada voto en el Consejo Mayor era igual. Su elección y cargo eran vitalicios. De él se dijo: In Europa Imperator, Italia Rex, Venetia Civis! Una vez muerto, se lo enterraba en forma privada, a cargo de su familia, luego de los funerales solemnes del estado. En el ataúd era colocado con una máscara de cera en su cara. Los honores eran para el Doge, no para la persona física.


[6] El doge encarnaba la majestad del Estado veneciano, y como tal era tratado, debiendo vestirse en consecuencia (con túnica de oro o plata, según las circunstancias y las estaciones) y llevar la corona dogal: el Corno, del cual existían dos versiones, el corno dogale que llevaba puesto una sola vez en el año, el día de Pascua cuando visitaba la iglesia de San Zaccaria; pero normalmente portaba una versión menos ricamente adornado. La imagen del Doge figuraba, así como su nombre, en la moneda: un anillo donde estaba escrito voluntas ducis, aunque con el tiempo fue reemplazado por el lema voluntas senatus. Como jefe de la República era también llamado Principe. A su cargo, así como a todo lo a él relacionado, debíase respeto, devoción y honor. No podía ser visto en público sin estar en compañía del resto de los componentes del Estado.


Introducimos ahora un tercer órgano de gobierno, el Consejo Menor, que estaba compuesto del Doge y otros seis consejeros, como asesores y críticos de éste, nombrados por el Consejo Mayor en turnos de cuatro y ocho años. El Doge, en cada acción importante, como recibir un embajador o abrir una carta de otro jefe de estado, debía tener a su lado al menos un miembro del Consejo Menor.[7]

[7] Los miembros del Minor Consiglio eran conocidos como consiglieri ducali. Los consiglieri no podían ser parientes del doge, duraban en su cargo 8 meses y eran electos (3 por vez) por el Maggior Consiglio. Tras finalizar su cargo, permanecían en el Senato por otros 2 meses con derecho a voto.


Otro órgano era los Quarantie, formado por tres colegios de magistrados, cada uno de cuarenta miembros, que funcionaban como cortes judiciales de apelación.[8] Los tres jefes de los Quarantie participaban de las reuniones del Consejo Menor. Todas las decisiones de estado importantes pasaban por las manos de esta reunión compuesta del Doge, los seis consejeros y los tres jefes de los Quarantie. Juntos conformaban la Serenissima Signoria o, también conocida como, Serenissimo Dominio.

[8] Como corte de apelación estaba dividida en tres curie o cortes: la Quarantia Civil Nuova, la Quarantia Civil Vecchia y la Quarantia Criminal. Los quaranta (jueces) entraban al cuerpo primero en la Civil Nuova, después de 8 meses pasaban a la Civil Vecchi, y tras otros 8 meses a la Criminal. Al año siguiente, se repetía el ciclo.


Importante era también el Consejo dei Pregàdi, o Senado, compuesto de algunas decenas de miembros, a cargo de la actividad legislativa. Sus disposiciones se convertían en leyes del estado véneto.[9]

[9] Los senatori llevaban estola púrpura. Principalmente debían afrontar las cuestiones de orden financiero y decidían sobre la guerra, la paz y las treguas. El Senado veneciano fue parangonado con un cuerpo perfecto por estar compuesto de jóvenes audaces, viejos cautos y experimentados y hombres de mediana edad equilibrados y seguros. En asuntos militares y navales era el nivel máximo. Además, el Senado elegía todas las magistraturas judiciales.


Llegamos así al más famoso de los órganos de gobierno venecianos: el Consejo de los Diez. Se instituyó luego de que tras la Clausura del Consejo Mayor, se descubriera en junio de 1310 la conspiración del Doge Baiamonte Tiepolo y los hermanos Querini. Los Dieci debían ser todos patricios y su función principal era supervisar a la clase patricia en los casos de emergencia del estado y reprimir cualquier intento de conjura.[10] En realidad, en las reuniones del Consejo de los Diez participaban diecisietes personas; además de los Diez, asistía el Doge, los miembros del Consejo Menor y los jefes de los Quarantie.

[10] El Consiglio dei X se ocupó de cosas siempre muy importantes tales como el fisco, la moneda, el control de la minería, del agua y del orden público, siempre en relación con la seguridad del estado. Su poder de contralor era tal que, incluso, en 1483, obligó al doge Francesco Foscari a dimitir por abandonar por 8 días su dignidad y el palacio ducal sin autorización.


Existían por toda Venecia unos buzones para realizar denuncias anónimas, llamadas “bocas de la verdad”. Sin embargo, con una denuncia anónima no se iniciaba proceso, para eso debían estar firmadas por el denunciante y dos testigos. Sólo en ese caso, se podía acceder a la recompensa. Además, el Consejo de los Diez tenía sus propios informantes y una guardia dirigida por el Missier Grande. Los guardias vestían de negro, llevaban una máscara para no ser reconocidos e iban desarmados, pero la sola presencia en la puerta de un patricio lo desalentaba.


Después de 1539, tras el intento de España por comprar algunas voluntades favorables, la Serenissima estableció los famosos Inquisidores del Estado, Inquisitori di Stato, a cargo del contraespionaje. Dos de los inquisidores vestían con estola negra y eran miembros del Consejo de los Diez, y el otro con estola roja y era miembro del Consejo Menor. Popularmente los venecianos los llamaban babai, aparentemente de la palabra bao, diablo. El famoso Giacomo Casanova era informante de los Inquisidores y por esa razón pudo escapar a la justicia.


En la Serenísima República de San Marcos de Venecia, tal su nombre oficial, cada centro de poder era el contrapeso de otro; el Consejo Mayor, poseedor de la soberanía, estaba bajo la mirada atenta del Consejo de los Diez, y el Doge era particularmente observado por los Inquisidores de Estado.


En las ciudades de la Tierra Firma bajo control de la Dominante, el Véneto propiamente dicho, había dos enviados o cancilleres venecianos: el Podestà y el Capitán de Justicia, estando el primero a cargo de los asuntos civiles y el segundo de los militares y policiales. Cada uno tenía a su disposición un “vicario” de la clase de los secretarios que, a su vez, respondían directamente al estado veneciano. Pero luego cada ciudad se gobernaba por sus propios estatutos municipales y feudales y con sus propias instituciones ancestrales. Los funcionarios civiles de la Tierra Firme, en general nobles feudales, eran miembros de derecho del Libro de Plata, como los “ciudadanos originarios” lo eran en la Dominante.


Gran importancia tenía la cancillería ducal, jefe de la cual era un Cancelliere Grande, que no era patricio: ocupar ese puesto era un derecho exclusivo de la clase de los secretarios, quien tenía su lugar de honor luego del Doge y los procuradores de San Marcos. El Gran Canciller, con su estola roja, debía estar presente en las deliberaciones más importantes del Senado y el Consejo de los Diez, y debía firmar la correspondencia ordinaria de la Dominante. Compilaba los testimonios de las Comissiones en volúmenes manuscritos de entre 250 y 300 páginas, con las instrucciones para los funcionarios enviados a Tierra Firme y dominios del Mar. Para la formación de la clase de los secretarios existía una escuela de administración pública muy reputada y que se tomó de modelo de la famosa École Nationale d’Administration (ENA) francesa.


Nombramos ya a los Procuradores de San Marcos. El cargo debía ser ocupado por los patricios con los mejores servicios prestados a la patria durante decenas de años. Tenían a su cargo la administración de la Basílica de San Marcos y todos los otros lugares de devoción de la Dominante.[11] Además, con el fin de evitar un golpe de estado militar, se nombraban Provveditori que, como patricios que eran, controlaban a los generales del ejército que podían ser extranjeros.[12] En cuanto a la poderosa armada véneta, si el comandante de un buque era un patricio, usaba el título de Sopracomito; si no, de Còmito. Pero la flota siempre era comandada por un patricio, Provveditor all’Armar.[13] Y el Arsenal[14] estaba bajo el mando de los Provvedirori all’Arsenal.[15]

[11] Los procuratori di San Marco ocupaban el máximo cargo veneciano después del dogal. Tanto fue así que el Doge debía estar siempre escoltado por ellos. Junto al dogal, era éste el único cargo vitalicio de la República. Los procuratori tenían competencia sobre las plazas y los edificios contiguos, sobre las iglesias y hospedajes de patronazgo ducal (incluso fuera de la ciudad), y la custodia del tesoro y los documentos públicos. Su prestigio era tal que muchos ciudadanos los nombraban administradores de los bienes dejados en testamento.

[12] Cuando se reclutaban grandes ejércitos de tierra, se nombraban dos provveditori que debían acompañar y controlar al general comandante, que – para evitar un posible golpe de estado – era extranjero.

[13] Entre sus atribuciones, tenía competencia sobre el armado y desarmado, aprovisionamiento y control de todas las unidades armadas, y debían procurar equiparlos. Tenían poderes de control sobre la carrera de los oficiales no patricios. También tenían jurisdicción sobre las controversias civiles entre los proveedores, los armadores de las naves y los capitanes.

[14] Nombre dado al centro de la organización fabril cívica y militar de Venecia, existente al menos desde el año 1104.

[15] Su principal preocupación era el control sobre la gestión financiera y contable del Arsenal. De ellos dependían los patroni all’Arsenal con importantes atribuciones técnicas y de vigilancia sobre las construcciones navales.

Venecia nunca se copió de otros. Siempre encontró soluciones originales para los problemas. Por esta razón, la Serenísima República duró más de mil años.


Il Feudatario, Pietro Longhi
Pinacoteca Querini Stampalia (Venecia)
En sus más de mil años de historia, la Serenísima jamás tuvo una rebelión de carácter popular y, de hecho, fue el pueblo llano el que la ayudó a mantener su integridad territorial e independencia. Sólo la invasión napoleónica de 1797 puso fin a esta historia.


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viernes, 26 de junio de 2009

Invitación a conferencia en La Plata

El Centro Manuel Belgrano invita a Usted a la conferencia (con posterior debate) "La necesidad de la cultura católica" a cargo del P. Claudio Suárez, M.C. Será hoy viernes 26 de junio a las 19.30 hs., en la sede del Centro, Calle 44 Nº 828, entre 11 y 12, Ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires. Entrada gratuita.
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jueves, 25 de junio de 2009

Lo que se viene: Pedofilia legalizada (y su significado esjatológico)


Citado en forma fragmentaria de la buena bitácora De Lapsis:

24.06.09

El Ecologista Pedófilo...y no pasa nada

por Juanjo Romero

Categorías : Ecologismo

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Pero a pesar de lo curado de espanto que está uno, me he escandalizado, sí, a mis años, me he escandalizado. El Mafiesto traducía ayer un artículo de Jean-Yves Le Gallou, publicado en Polémia: Cohn-Bendit: La angelización del ogro. No soy fan de la neopaganos de la «Nouvelle Droite», pero el artículo merece la pena.

Daniel Cohn-Bendit, Dany, el Rojo fue uno de los líderes —o lideresos— de mayo del 68, primero anarquista y hoy portavoz del Partido de Los Verdes en el Parlamento Europeo. Ídolo de masas de la lobotomizada izquierda europea. En la última campaña europea, en un careo televisivo, el candidato UDP le recordó su pasado pedófilo.

No es que hablase de suposiciones, es que le recordó lo que el propio Cohn-Bendit había escrito en textos autobiográficos sobre tocamientos y placeres cuando trabajaba como monitor en una guardería de Frankfurt (me niego a reproducir los pasajes), ¡en una guardería!

¿Cuál fue la reacción? Criminalizar al candidato conservador, obligar a retractarse: ecocomunistas, gays, lesbianas, abortistas, la crême de la crême se lanzó a la yugular de Bayrou por haber sacado el tema. En España, el de siempre, El País, en el baboso artículo laudatorio ni lo menciona.

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Y un comentario interesante de Juanjo Romero, autor de la bitácora:

museros, pero voy un paso más allá. Y, ¿qué tenemos que hacer?.

Tengo sensación de que están cayendo los últimos diques de lo aceptable.

Hace un año
traía una cita de Benedicto XVI:

Ignoramos lo que sucederá en el futuro en este ámbito, pero de una cosa estamos convencidos: Dios se opondrá al último desafuero, a la última autodestrucción impía de persona. Se opondrá a la cría de esclavos, que denigra al ser humano. Existen fronteras últimas que no debemos traspasar sin convertirnos personalmente en destructores de la creación, superando de ese modo con creces el pecado original y sus consecuencias negativas.


Eso también me preocupa.

24.06.09 @ 21:34

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martes, 23 de junio de 2009

"Loved chivalrye, trouthe and honour, fredom and curteisye"


Hace unos cuantos años, el Padre Alfredo, tras una de sus eruditas conferencias sobre temas históricos, nos comentaba que, en buena lógica tomista, creía que cada país tenía su forma particular de ser católico y que la reforma inglesa nos había realmente arrebatado de una porción importante de cultura católica. Algo así era y es posible que mi memoria me falle.

Pero haya sido o no una idea del querido jesuita, era también uno de los temas a que Belloc volvía una y otra vez. Aunque el gran Hilario completaba la idea con su complemento, el punto de vista inglés. Los ingleses habían perdido, gracias a la reforma, una forma de ser particular, más natural y alegre, que no se pone nervioso porque lo miren fijo o alguien mueva las manos al hablar, que no hace cola por cualquier cosa y teme conversar de política y religión, que no necesita iniciar una conversación hablando del clima o tomar unas cuantas pintas de cerveza para tomar coraje (“take Courage” rezaba una conocida publicidad de una conocida “ale” inglesa).

Esa vieja Inglaterra que la reforma cortó de raíz era la “Merry Old England”. La de los Cuentos de Canterbury y la las historias de caballería. La de los caballos blancos en las colinas donde el rey Alfredo venció a los daneses y las “charing crosses” donde la procesión fúnebre de la reina Leonor debió detenerse a descansar. La de los príncipes que se preparaban para gobernar yendo a Tierra Santa o Hispania a defender las fronteras de la Cristiandad, o a París o Bolonia a estudiar con los mejores sabios de su tiempo. La Inglaterra cuya corte hablaba en francés “royal” —como gustaba recordarle Belloc a los “pangermanistas”—, la Iglesia en su latín y el pueblo en una mezcla de dialectos locales, cada uno más rico y más sonoro. La que se enorgullecía por la cantidad de sus abadías benedictinas, pero que no se quedaba corto en conventos mendicantes.

Como explica Belloc, la reforma inglesa tuvo éxito porque, más allá de algunos golpes de efecto como las persecuciones recurrentes que dejaban un tendal de mártires católicos cada vez, se dio en distintas etapas a lo largo de varios siglos, desde Enrique VIII hasta la derrota de la última rebelión jacobita en Culloden en 1745, sin dejar de mencionar la dictadura del puritano Cromwell —cuya estatua aún custodia el Parlamento para estupor de nuestros liberales—. Como el cuento de la rana que es hervida viva de a poco y no salta como si se la soltara en agua caliente, al pueblo inglés se lo desenraizó de su tradición católica durante un lento proceso de dos siglos y varias marchas y contramarchas. Y la mayor evidencia de esto la tenemos en la obra de Shakespeare —haya sido o no cripto-católico como dicen algunas investigaciones modernas, lo cual para el caso es lo mismo—.

Y esto viene a cuenta de dos noticias de los últimos tiempos: la aprobación de un milagro atribuido al venerable cardenal John Henry Newman y la próxima reunión en Oxford de un grupo de expertos que discutirá la posibilidad de abrir la causa de canonización de Gilbert Keith Chesterton. Lo cual levantó alguna polémica entre “los nuestros”.

Newman y Chesterton son quizá los dos arquetipos más puros de la forma inglesa de ser católico, nos decía sino recuerdo mal el cura de arriba. ¿Y por qué, entonces la polémica?

En primer lugar, a muchos molesta la profusión de beatificaciones y canonizaciones en los tiempos del anterior Pontífice. Y eso es cierto. Pero la pregunta es ¿eso realmente importante o lo que importa es a quiénes se canonizó? Reconozco que algunas canonizaciones fueron polémicas; no menos lo fue la de Santa Juana de Arco en 1920. Pero convengamos que muchas de esas canonizaciones lo fueron de causas de “fundadores” de congregaciones (en la misma línea que se venía haciendo desde León XIII cuanto menos y, en todo caso, se agilizaron trámites que estaban meramente atrapados en la burocracia de la Curia) y otras, de martirios cuya justicia al reconocerlos nadie dudaría (mártires de Corea, de Paraguay, de Indochina, de China, de España…).

Pero más allá de esto, ¿alguien duda que Newman o Chesterton estén en el Cielo?

Respecto a Newman, algunos dudan de su ortodoxia. “Development of Christian Doctrine” sigue siendo un libro que produce escozor entre los que quisieran creer que la Iglesia apareció así (o como era en 1960) como sacada de la galera por Cristo. Pero también por quienes les gustaría una Iglesia aggiornata a lo último y que como en los “garage sales” o en las ferias americanas, cada 5 ó 10 años regalara sus bienes materiales (y, sobre todo, espirituales) para adquirir unos nuevos más a la mode.

El pobre de Newman, no más converso, se vio envuelto en medio de un enorme conflicto ad extra protagonizado por la Iglesia Católica Romana, el gobierno inglés y una sociedad que tan sólo 50 años atrás había linchado católicos. Y ad intra, tuvo que resistir los cantos de sirena de los diferentes “partidos” que se disputaban el predominio de la Iglesia inglesa recientemente restablecida: las viejas familias recusantes que pretendían se les reconocieran tres siglos de fidelidad (no siempre tan clara ni tan constante, todo sea dicho) y que por lo tanto se les dieran ciertos privilegios; los inmigrantes irlandeses que inundaban las ciudades industriales trayendo con ellos sus propias costumbres y requerimientos “pastorales” [es tema de otra entrada, pero adelantemos que el catolicismo irlandés de ese tiempo estaba apestado de jansenismo]; los conversos del anglicanismo (como el propio cardenal) y que pretendían ser más papistas que el Papa, y last but not least, el clero extranjero (especialmente congregaciones francesas e italianas) que querían persuadir —y en muchos casos imponer— su sensibilidades nacionales particulares. Y, a su modo, pasados 150 años, esas mismas fuerzas (con otros nombres) siguen buscando quedarse con Newman.

Con Chesterton pasa algo similar, pero de signo contrario. A algunos amigos de Chesterton (que no son como los de Job) les resulta poco serio, y a otros porque presumiblemente no llegó al “perfecto dominio de todas sus pasiones” o porque le faltan millares de milagros. Con respeto para los amigos (amicus Plato, sed magis amica veritas), me permito disentir con ellos, rotundamente.

¿Chesterton poco serio? ¿Con pasiones indómitas? ¿Sin milagros? ¡¿Quién dice?!

Se puede ser serio sin poner “cara de serio”. Es más, conozco demasiada gente con cara de serio que definitivamente no es seria. ¿No son serias sus apologéticas Ortodoxia, Herejes y El hombre eterno? ¿No son serias sus novelitas El Napoleón de Notting Hill, El hombre que fue Jueves o La resurrección de Don Quijote? Por Dios, no es serio Lo que está mal en el mundo? Era gordo, pues Santo Tomás también lo era. Bebía cerveza, pues San Agustín es el patrono de los cerveceros. Tenía muy buen humor, como muchos mártires que se reían al ser arrojados al fuego o al aceite hirviendo. Hablaba con todos, tal como San Francisco. Se enternecía con los niños, como Cristo.

En cuanto al dominio de las pasiones o no, habría que profundizar más al respecto para no confundir el dominio o el orden de las pasiones (junto a los sentimientos y las emociones), con la represión. Hacerlo nos llevaría mucho más que una entrada, con textos de Aristóteles, los Padres y Santo Tomás, entre los antiguos, y Garrigou-Lagrange, Pieper y Pinkaers, entre los modernos. Sólo recordemos, de pasada y con San Agustin, que “las pasiones son malas si el amor es malo, buenas si es bueno”. ¿Y quién puede dudar del amor bueno del Gordo inmortal?

Y, finalmente, respecto a los millares de milagros necesarios. El 18 de julio de 1323, el Santo Padre Juan XXII, clausura el proceso de canonización de Tomás de Aquino —que tanta oposición había levantado, debemos recordarlo— con su aprobación: “¿Me piden milagros? Cada uno de los artículos de la Suma es un milagro. Doctrina eius non potuit esse sine miraculo.”

“Pero, no me compare al ‘gran’ Santo Tomás con Chesterton.” Ah, ¿sí? ¿Por qué?

Étienne Gilson, tras haber dedicado toda su vida al estudio de la filosofía medieval en general y del Aquinate en particular, quedó pasmado con la facilidad con que este gordo inglesito pudo comprender la enorme doctrina del tomismo tras unos pocos días de estudio y escribir ese lindísimo libro, “a popular sketch” lo llamó humildemente en su prefacio, que es “Saint Thomas Aquinas: The dumb ox”. Dijo Gilson, “Chesterton me hace desesperar. He estudiado a Santo Tomás durante toda mi vida y nunca podría haber escrito un libro así”. “Lo considero sin comparación posible el mejor libro jamás escrito sobre Santo Tomás. Nada menos que un genio puede anotarse un logra tal. Todos sin duda admitirán que es un libro ‘inteligente’, pero pocos lectores que han pasado 20 ó 30 años estudiando a Santo Tomás de Aquino, y quienes, tal vez, han publicados ellos mismos dos o tres volúmenes sobre el tema, no pueden dejar de percibir que el así llamado ‘ingenio’ de Chesterton ha convertido su especialización en su vergüenza”. Y agregó: “Chesterton fue uno de los pensadores más profundos que jamás ha vivido; era profundo porque estaba en lo correcto; y no podía evitar estar en lo correcto; pero no podía al mismo tiempo dejar de ser modesto y caritativo, dejando a quienes le entendieran saber que estaba en lo correcto, y profundo; para los demás, se disculpaba de tener razón, y disfrazaba su profundidad con su ingenio. Eso era todo lo que podía ver en él.”

Quizá no sea uno de esos santos ejemplares de que habla el P. Iraburu en un lindo texto, pero quizá veamos a algún Papa en algún futuro no lejano decir: “¿Me piden milagros? Cada uno de los libros de Chesterton es un milagro. Doctrina eius non potuit esse sine miraculo.”

Para mí, siguiendo a Castellani, es y será “San Gilberto del Buen Sentido”.



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lunes, 22 de junio de 2009

Sobre un moro inglés

Muchos aspectos de la vida de Tomás Moro son bastante conocidos, su profesión de abogado, su erudición, su ejercicio en el servicio civil inglés, su amistad con el rey Enrique VIII, su enfrentamiento a propósito del Acta de Supremacía y, finalmente, su controvertido martirio. Pero hay uno que se suele subestimar, aunque nuestro santo jamás lo hizo.
Nos cuenta Erasmo:
“Moro se ha hecho una casa en Chelsea. Allí, él conversa con su esposa, su hijo, su nuera, sus tres hijas y sus esposos, con once nietos. No existe hombre vivo tan afectuoso como él; ama a su anciana esposa como si fuera una joven doncella.
“Diría que su casa es la Academia de Platón, si no fuese una injusticia compararla con una academia donde las disputas sobre números y cifras era rara vez interrumpidas por disquisiciones acerca de las virtudes morales. Prefiero llamar su casa una Escuela de Cristiandad; pues no hay ni uno allí que no estudie las ciencias liberales, cuyo especial cuidado no sean la piedad y la virtud. Ni peleas ni palabras intemperadas se escuchan; la vagancia nunca se ve.
“No tuvo que sufrir que ninguno de sus sirvientes se diera a las cartas o los dados; sino que permitió que algunos de ellos cuidaran del jardín, asignando a cada uno su terreno; algunos, también, les enseñó a cantar, a algunos a tocar el órgano. Los hombres habitaban un ala de la casa; las mujeres la otra. Solía, antes de ir a dormir, reunirlos a todos y decir algunas oraciones con ellos. No tuvo que sufrir que ninguno de ellos faltase a Misa los domingos o días santos; y en las grandes festividades les ordenaba velar hasta los maitines. Solía tener a alguien que leyera durante la comida, y al terminar, solía preguntar a los demás qué habían entendido de tal o cual pasaje; y así se aseguraba una amistosa comunicación, recreando a todos los hombres allí presentes con alguna broma u otra cosa."
Thomas había nacido en 1480 en Londres, en la casa que su padre, Sir John More, tenía sobre la calle de la leche (Milk Street). Sir John era uno de los jueces de la Corte Suprema y mandó a su hijo a la escuela elemental de la calle de los sastres (Threadneedle Street) y, más tarde, a la escuela de la Casa del Cardenal Morton, por ese entonces arzobispo de Canterbury, primado de Inglaterra y Lord Canciller. El Cardenal tomó mucho aprecio por el niño al que auguraba un futuro extraordinario, no sólo por su inteligencia, sino por su buen humor. Una de las actividades que más gustaba al pequeño Thomas era el teatro y se destacaba especialmente en la comedia.
A los 16 años, el Cardenal envió a su pupilo a Oxford. A pesar de los buenos ingresos de su padre, sólo pagaba por el alojamiento y la comida del joven Thomas que, así, se dedicaba únicamente al estudio con toda su atención. Al principio pareció que su vocación sería la religión, pero pronto comprendió que lo suyo era el Derecho.
Graduado con honores, estuvo primero con los abogados que se reunían en una taberna nueva (New Inn) y rápidamente fue requerido a la taberna de Lincoln, una de los cuatro colegios de profesionales del derecho tradicionales de Londres. Allí se hizo reconocido por su disciplina, honestidad y valentía, pero también por su religiosidad. Trabajaba muchas horas y dormía sólo cuatro o cinco horas. Frecuentaba la capilla de la escuela St. Paul, de donde era director su confesor, el Deán Colet. Algunos de los casos más difíciles recayeron en él y los sacó adelante con éxito.
Algunos de los abogados más prestigiosos y el mismo pueblo común se agolpaban para escuchar sus intervenciones en la corte. Incluso su propio maestro de Oxford quiso ver en acción al joven prodigio. Siendo aún muy chico para las convenciones de la época, casó con Joan Colt, la hija mayor de los Colt de New Hall (Essex), quienes no opusieron reparos ante las perspectivas y reputación del abogadito. Con ella, se estableció cerca de la casa de su familia en Bucklerbury. Y aquí comienza a cambiar la historia.
Poco antes de cumplir 23 años, fue electo miembro de la Cámara de los Comunes en representación de su distrito. Allí se opuso a la dote que el rey Enrique VII exigía por su hija, la princesa Margarita. Por esta “ofensa”, fue a parar a prisión, junto con su padre, hasta que pagaran una inmensa multa que les fue impuesta. Además, se lo amenazó para que abandonase su práctica.
En el sexto año de su matrimonio, Thomas perdió a su mujer. Viudo y con un hijo y tres hijas —Margaret, Elizabeth y Cecily— y sin poder ejercer, no obstante, encontró tiempo de conocer a la viuda Alice Middleton, de quien se enamoró y casó a los tres años. Alice tenía una hija —llamada Margaret como la primera de Thomas— a la que quiso como una más de las suyas. Lo mismo que a Margaret Giggs, una dulce niña huérfana que los More adoptaron. La familia More era ahora grande y se mudaron primero a Crosby y, poco tiempo después adquiere un terreno en Chelsea, junto al río Támesis que en esa época era la principal vía de comunicación, donde comenzará a construir su casa.
Mientras tanto, More había seguido dando consejos legales y su nombre era pronunciado por todos. Fue así que cuando decide retomar su práctica, los ingresos de la familia se vieron muy mejorados. Aproximadamente en este tiempo fue que Thomas conoce personalmente a Erasmo, de quien ya era corresponsal, alrededor de una mesa con cerveza y ostras que el alcalde de Londres ofrecía a su ilustre huésped. Dicen que More preguntó a Erasmo, desconociendo de quién se trataba, “¿De dónde venís?” “— De las tierras bajas.” “— ¿Y qué hacéis allí?” “— Beber de botas y comer ostras vivas.” “O sois Erasmo o el mismo diablo.” “O sois More o nadie.” Rieron a carcajadas.
Erasmo se alojó en lo de los More, una casa “ni magnificente ni provocadora de envidia, sino austera y lo suficientemente cómoda”. Los modales alegres y simpáticos de la familia sorprendieron y gustaron al célebre holandés. Pero sobretodo, la erudición de los hijos de Thomas.
John, Margaret, Elizabeth y Cecily, junto a hermana adoptiva Margaret Giggs y su hermanastra Margaret Middleton, aprendían todos juntos latín, griego, lógica, matemática, filosofía y astronomía. Margaret Moore y Margaret Giggs, incluso, estudiaron medicina y, su padre, las alentó a proseguir estos estudios, y también la teología, aún después de casadas. Sabemos que More hacía competir a sus hijos en las traducciones y en la composición de poesía. De entre todos, se destacó la primera Margaret, “Meg”, casada con William Roper —quien habiéndose pasado al luteranismo, para sufrimiento de su suegro, retornaría a Roma poco antes del martirio de éste—.
Otro humanista como Vives se referirá a las “hijas de More”, notables por su educación y su castidad. De hecho, Hyrde, el traductor del “De Institutione” al inglés, por encargo de la reina María Tudor (que había sido tutelada de Vives), pondrá a las “chicas More” como ejemplo de la necesidad de una buena educación para las mujeres.
Thomas hizo circular entre sus amigos las excelentes —a su juicio— traducciones de su hija Margaret del latín y el griego clásico. Tampoco eran malas sus poesías, según nos dicen las cartas desde la Torre. El mismo Erasmo quiso que la traducción de 1524 de sus Comentarios a la Oración del Señor fuese realizada por Margaret.
La conducta pública de Thomas como canciller es bastante conocida. Tras la muerte de su padre, heredó la casa de los More en Gubbins, Hertfordshire, donde vivirán la viuda y los hijos del mártir, pues les serían retiradas las rentas que le correspondían por su cargo y todas sus propiedades.
Tomás Moro, abogado, humanista, estadista, mártir… y hombre de familia.
Ora pro nobis.



Retrato de la familia More, realizado por Rowland Lockey, 1593/4, sobre la base del retrato pintado "en vivo" por Hans Holbein el Joven en la década de 1520 y que se ha extraviado. De izquierda a derecha: John More (padre de Tomás), Anne Cresacre (nuera), Santo Tomás Moro, John More II (hijo), Cecily Heron (hija), Henry Patenson (criado), Elizabeth Dauncy (hija), Margaret Roper (hija), John More III (nieto), Thomas More II (nieto), Creasacre More (bisnieto), Maria More (esposa de su nieto).

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Otra invitación

El Café Filosófico invita a la conferencia "El Misterio de la Muerte: Reflexiones filosóficas sobre el hombre en su ser mortal", a cargo del Lic. Martín Grassi, el sábado 4 de julio, a las 18.00 hs., en el Auditorio San Agustín, Av. Las Heras 2560, Ciudad de Buenos Aires. Posteriormente se abrirá un debate. Informes:






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Invitación de FORVM

A la conferencia "Viena, la barrera oriental al Islam", a cargo del Prof. Omar Velázquez, el viernes 26 de junio, de 19:30 a 21:00 hs, en Bartolomé Mitre 1747, Ciudad de Buenos Aires. Curso gratuito con inscripción previa por correo electrónico a jovenes@forvm.com.ar



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viernes, 19 de junio de 2009

Conferencias


Hoy viernes 19 de junio, el Centro Manuel Belgrano de la Ciudad de La Plata invita a la conferencia y debate sobre "La virtud de la prudencia y la constitución de la política y los políticos", que estará a cargo del Dr. Ricardo Fraga. La misma será en el día de hoy a partir de las 19:30 horas en la sede del Centro Manuel Belgrano, ubicada en Calle 44, Nº 828, entre calles 11 y 12, de la ciudad de La Plata (Provincia de Buenos Aires). Al finalizar, se abrirá un debate. La entrada es gratuita.

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Por su parte, el Instituto de Filosofía Práctica invita a la tertulia “Proyecto cubano para América”, a cargo del Dr. Enrique Díaz Araujo, el lunes 6 de Julio, a las 19 hs., en la sede de Viamonte 1596, piso 1º, de la Ciudad de Buenos Aires. Posteriormente se compartirán empanadas y buen vino, por lo que se solicita confirmar asistencia al teléfono (011) 4371-3315 o por correo electrónico a infip@fibertel.com.ar.




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jueves, 18 de junio de 2009

La familia como "bloque edilicio fundamental de la sociedad medieval"


La Edad Media sigue siendo en muchos sentidos un misterio para los hombres de fines del siglo XX y comienzos del XXI. Tantos son los prejuicios, los preconceptos, las leyendas, derivadas de la ideología progresista que pretende que el desarrollo de la humanidad ha seguido una línea recta de desarrollo desde las cavernas hasta los viajes interestelares.

Uno de estos prejuicios está asociado a la consideración de la niñez en tiempos medievales. Suponemos que, como todos hemos escuchado historias de nuestros padres o abuelos acerca de cómo los castigaban físicamente o del excesivo temor reverencial que tenían hacia sus mayores, extrapolando unos cuantos cientos de años en forma recta, los medievales deben haber sido terribles con sus hijos.

Bueno, nada más lejos de la realidad. Ya en el caso de la mujer, en el trabajo de Mme. Pernoud al que nos referimos antes, la insigne medievalista señalaba cómo mucho de la denigración de la mujer (que dio por reacción el feminismo) tenía su origen en la Ilustración y, posteriormente, en la moralidad victoriana (extendida en todo el mundo hacia fines del siglo XIX).

En el caso de los niños pasó algo similar durante la llamada Revolución Industrial. Ya Dickens denunciaba la situación de la niñez en el medio urbano, contrapuesta con la misma situación en el medio rural. Pero en el caso británico, el campo también se encontraba “revolucionado”, tras años de un proceso bastante largo de apropiación de tierras comunales y consuetudinarias, de colocación de alambrados, tranqueras y pircas divisorias, de hambrunas y de explotación tecnológica y química del suelo. Ejemplos paradigmáticos de esto pueden encontrarse en Inglaterra durante la discusión de las “leyes de pobres”, en Irlanda con la “hambruna de la papa” y en Escocia con la “limpieza de las Tierras Altas”. De hecho, estudios arqueológicos y forenses que fueron divulgados en su momento por la revista The Economist hace varios años demostraban que los niños del Antiguo Régimen tenían un nivel de vida muchísimo mejor que el de los niños entre el siglo XVIII y mediados del XX, sólo comparable al de los niños ingleses de la actualidad.

[A quien le interese profundizar en el tema de los niños y adolescentes en la Edad Media, recomiendo el hilo “The Medieval Child” en el sitio Medieval History, de Melissa Snell, una historiadora de la Universidad de Texas, que elabora sobre la base de sus propias in de las investigaciones de célebres medievalistas como Barbara Hanawalt (Oxford), Frances y Joseph Gies (Michigan), Edith Rickert (Chicago), Eileen Power (Cambridge), Marjorie Rowling, Compton Reeves (Oxford), etc., etc.]

El prestigioso “Journal of Medieval History”, editado en Holanda en inglés, trae en su nueva edición de junio un muy interesante artículo sobre la “familia ampliada” en la Edad Media: “Family and familiars: The concentric household in late medieval penitentiary petitions”.

El autor es el Dr. Philip Grace, profesor de la Universidad de Minnesota, medievalista especializado en cuestiones sociológicas en general y familiares en particular. Comienza el profesor Grace haciendo un relevamiento de los pocos estudios que se han presentado acerca de las relaciones dentro de las familias ampliadas (uso este término por no encontrar en castellano un equivalente exacto al inglés household) no-nucleares en el medioevo. Este artículo demuestra que los lazos afectivos que existían entre los miembros de la familia nuclear a fines de la Edad Media se extendían a los miembros de la familia ampliada, aunque en menor grado. Se esperaba que los “familiares” se dieran lazos de lealtad que incluso iban más allá de los límites de los estratos sociales. Gracias a una serie de peticiones a la Penitenciaría Papal desde países germano parlantes durante el siglo XV, el autor demuestra los lazos afectivos profundos que existían entre individuos de distintas clases, no sólo en situaciones violentas, sino también en un amplio abanico de circunstancias. El estudio de este profesor norteamericano indica la importancia de la familia ampliada en la Edad Media como un “bloque edilicio fundamental de la sociedad medieval tanto en términos relacionales como logísticos”.




Imagen gentileza Tradition In Action.
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martes, 16 de junio de 2009

Me piden que publique...

Y con gusto lo hago.

Se invita a la presentación en la Ciudad de San Rafael (Mendoza) de la obra colectiva "En Defensa del Derecho Penal", dirigida por el Dr. Siro de Martini (Buenos Aires: Educa, 2009).

Uno de los colaboradores del libro, el Dr. Héctor Hernández, expondrá sobre: "El garantismo abolicionista y la crisis del sistema penal". El expositor es Abogado y Doctor en Ciencias Jurídicas (UCA); profesor titular de Filosofía del Derecho y de Ética Profesional, y Director del Instituto de Filosofía del Derecho en la Universidad FASTA (Mar del Plata); profesor del posgrado de Derecho Constitucional en la UCA (Buenos Aires) y del posgrado de Derecho de Daños en la Universidad Católica de Cuyo (sede San Luis). También es director de la sección de Filosofía del Derecho de la revista jurídica "El Derecho". Y autor de numerosos libros. Fue defensor oficial del Juzgado Federal de San Nicolás (Provincia de Buenos Aires).

La presentación y conferencia tendrá lugar en la Cámara de Comercio, Libertador 78, San Rafael (Mendoza); el miércoles 24 de Junio a las 20.00 hs.

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Conferencias sobre la modernidad

"FORVM: Espacio de cultura y ciencia" invita al segundo triduo del ciclo de conferencias 2009. Temario, expositores y fechas:
  • Marxismo y nihilismo en Occidente, Dr. Carlos Lasa, jueves 2 de julio, 19.30 hs.
  • Luces y sombras en torno a Darwin, Pbro. Dr. Carlos Baliña, viernes 7 de agosto, 19.30 hs.
Lugar: Bartolomé Mitre 1747, Ciudad de Buenos Aires. Entrada gratuita. Informes: info@forvm.com.ar


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sábado, 13 de junio de 2009

Un libro fundamental


Héctor H. Hernández, Sacheri: Predicar y morir por la Argentina (Buenos Aires: Vórtice, 2007).

El 22 de diciembre de 1974, la Argentina se enteraba de otra víctima más de la enfermedad de crímenes que apestaba el país desde mediados de los ’60 y que se prolongaría hasta inicios de los ’80. El asesinado era un profesor universitario de 41 años y padre de siete niños – el mayor de 14 años y la menor de tan sólo 3. Frente a quienes, junto a su madre y otros tres niños amiguitos de ellos, fue acribillado un domingo a su regreso de Misa. ¿Era ésta una víctima más de la locura de aquellos años? ¿Quién era él? ¿Por qué lo mataron?

A casi 35 años de que nos fuera arrebatado, no sabemos con precisión quién o quiénes mataron a Carlos Alberto Sacheri. Pero sí sabemos porqué. Y eso es lo que nos cuenta este libro.

Sacheri fue un verdadero filósofo, pero con los pies en la tierra. Fue un tomista, pero más preocupado por aplicar esa doctrina en el día a día que en repetir la Summa hasta el hartazgo. Fue un nacionalista pero bastante alejado del estereotipo del seño fruncido y la pluma paranoica. Fue un militante católico laico, y no un “chupacirios” buscador eterno de aprobaciones episcopales para mover un dedo. Fue un contrarrevolucionario, pero sabía muy bien que los espacios que dejen los “buenos” los ocuparán los “malos”. Tenía convicciones firmes y claras, y por eso no temía la concertación tanto con “gorilas” como con peronistas, con conservadores como con nacionalistas de muy diversos pelajes, con practicantes como con católicos “de cartelito”, con tal que fuesen “hombres de buena voluntad”. Conversaba con quien se lo pidiese (así sólo asistieran dos personas a una charla) y por eso tenía una agenda completa, al mismo tiempo que buscaba no descuidar la familia y los amigos. Investigador, pero con una visión de totalidad poco común en el gremio. Preocupado por el corto plazo, sin perder de vista el horizonte. Buen profesor que sabía cómo transmitir su mensaje a distintos auditorios, tanto en un salón parroquial como en un aula de la Universidad de Buenos Aires. Tenaz director, organizador y redactor de publicaciones, tan diversas como una revista doctrinal como Verbo, una columna en un diario de gran circulación como La Nueva Provincia o una revista de actualidad política como Premisa. Fue uno de los pocos argentinos de este “palo” que fue a la vez reconocido en el exterior (en los Congresos de Lausana o en Canadá, los Estados Unidos o Francia desde donde lo reclamaban como profesor) y en el interior del país (convocado desde todos los rincones para hablar), en una época en que no existía internet ni medios de comunicación como los actuales. Denunció lo pernicioso del tercermundismo cuando el Episcopado aún lo consideraba sólo una gripe pasajera, pero a la vez buscó siempre “salvar al pecador” ofreciéndose a debatir y a charlar con estos sacerdotes y laicos a los que consideraba bienintencionados.

Y muchos lo consideraban el líder católico que la Argentina necesitaba. Y entre los que así pensaron nada más y nada menos que el obispo tercermundista Vicente Zazpe de Santa Fe.

En estas casi mil páginas, el autor, el Dr. Hernández, nos presenta a Sacheri como lo que fue y como lo vieron, sus amigos, sus discípulos, su familia y sus enemigos. Se reproducen textos fundamentales, muchos de ellos inéditos y otros de muy difícil hallazgo, que nos presentan los diversos aspectos de esta personalidad tan rica, aspectos de algunos de los cuales hablo más arriba.

La edición que tengo, la primera, tiene algunos errores menores (erratas, citas incompletas, repeticiones, etc.) que seguramente se solucionarán en sucesivas salidas y correcciones de un texto que considero fundamental. El estilo de la biografía es bastante original y se hace al principio un poco vertiginosa su lectura debiendo volver atrás unas cuantas veces para retomar el hilo del relato; pero la investigación presentada es formidable y más que compensa lo anterior.

Se echa un poco de menos una mayor profundización acerca de quiénes asesinaron a Sacheri en base, por ejemplo, a lo mucho que han publicado en estos últimos años cátedras “libres” en universidades o centros de documentación sobre guerrilla y terrorismo, en la Argentina y el exterior. Sin embargo, no dejan de explorarse un poco todas las hipótesis, desde la Triple A hasta el Ejército de Liberación “22 de Agosto” (que se atribuyó el atentado y, que si bien el biógrafo duda de su existencia, hoy sabemos gracias a lo publicado – por ejemplo en Página/12 o en CeDeMA – que fue efectivamente una escisión del ERP “22 de Agosto”, a su vez desgajado del PRT-ERP), pasando por una logia masónica, una secta satánica, militares golpistas liberales, mercenarios, sectores vinculados al tercermundismo o Montoneros. A todos ellos molestaba la existencia de Sacheri y todos ellos tenían sus motivos para haber querido acabar con su vida.

Dice el Catecismo que mártir es aquél que muere por odio a la fe. Me comentaba un amigo que, antes de leer este libro, dudaba que Sacheri pudiese ser realmente calificado de mártir por muy valiosa que haya sido su vida y su obra, pero que ahora había cambiado bastante de parecer. A todo aquél que le interese la historia argentina de los ’70 o la historia del laicado católico en la segunda mitad del siglo XX, recomiendo este libro. A todo aquél que ya haya leído El Orden Natural y la Iglesia Clandestina pero quiera profundizar en el pensamiento riquísimo de Sacheri (y quizá descubrir un Sacheri desconocido – cosa que me pasó a mí), también recomiendo esta obra. A todo aquél que quiera saber si existe algo fuera de las duplas izquierda-derecha, progresismo-conservadorismo, liberalismo-dirigismo, privatismo-estatismo…, también.

Y, de paso, el lector podrá enterarse de aspectos poco conocidos de las convulsionadas décadas del ’60 y el ’70, la guerrilla y el golpismo militarista (condenados ambos por Sacheri), la obra de la Ciudad Católica en la Argentina (muchísimo menos conspirativa y “exitosa” de lo que Verbitsky y la periodista francesa Robin nos quieren hacer creer), la rica figura del Padre Meinvielle (demasiado estereotipada, a mi juicio, entre amigos y discípulos), la “conversión” del cura Mujica interesado en aprender la Doctrina Social de la Iglesia que al parecer le habían retaceado, el simpático “frente nazi-judío” de Curutchet y Schonfeld en alguna patriada, o de cómo los laicos salvaron a un obispo que curas tercermundistas quisieron (y casi logran) deponer; entre muchos otros temas que, excepto en el boca a boca, eran virtualmente desconocidos hasta hoy.




Carlos Alberto Sacheri
(1933-1974)

Todos tendemos en nuestra actividad personal a creer que lo nuestro es lo más importante de todo. Ésa es una obra de amor propio, no una obra de santidad; es una tentación muy humana, lo sabemos bien, pero es el barro de lo humano. Nosotros tenemos que tender por una ascesis personal a superar ese espíritu de clan. Es el único modo de estar permanentemente abierto en una actitud de caridad al servicio de los demás.

Entonces lo que se nos pide a cada uno de nosotros y a todos en conjunto es una militancia heroica, créanme que no exagero en absoluto el contenido de mis palabras y este heroísmo tiene consecuencias evidentemente grandes para cada uno de nosotros. Leía hace unos días, un texto de San Pablo, de esos textos que son terriblemente simples de la Escritura y que uno nunca se cansará de meditarlos: "sin sangre no hay Redención".

...Si nosotros los católicos, universitarios católicos no estamos dispuestos a dejar correr nuestra propia sangre en una militancia heroica, la Argentina será marxista y no será católica... En nuestras manos está eso. Sin sangre no hay Redención, y lo que vale en el orden estrictamente sobrenatural para el cual habla San Pablo de la Redención de Cristo, vale también para la redención secular de una Argentina, de una sociedad tradicionalmente cristiana que debe reencontrarse definitivamente a sí misma en el sendero del cual la apartó el liberalismo de nuestros abuelos.

Rechazamos "los mañanas que cantan" pues se transformarán en gemidos y chirriar de dientes; rechazamos la "sociedad sin clases", que no hace sino encubrir una nueva maquinaria del despotismo totalitario y tecnocrático y, sobre todo, rechazamos siempre el creer que es la Iglesia la que debe intentar salvarse a sí misma convirtiéndose al mundo, pues hemos aprendido en nuestro modesto catecismo de infancia que sólo la Iglesia tiene palabras de vida eterna.

Responderemos siempre a ese mundo enceguecido y atormentado con las palabras de Bernanos: "no, no es con nuestra angustia y nuestro temor que odiamos al mundo; lo odiamos con toda nuestra esperanza". El cristiano, animado por la esperanza sobrenatural, se halla situado más allá de todo optimismo fácil y de todo pesimismo desalentador. Sabemos que nuestra vida es una misteriosa combinación de Pasión y de Resurrección, y nos decimos en alta voz, en este "año de fe", que es también el de nuestra esperanza, con Job -- pues Job y el Apocalipsis son las lecturas para los tiempos de tribulación --: "sé que mi Redentor vive y es por esto que resucitaré de la tierra al último día; esta esperanza reposa en mi seno". Pese a nuestra condición de peregrinos, viatores, itinerantes, disfrutamos desde ahora la alegría de nuestro destino último: "spe gaudentes", dice el Apóstol: "poseed la alegría que da la esperanza". Pidamos, pues, a Nuestra Señora de la Santa Esperanza la insigne gracia de nuestra mutua conversión, condición indispensable de una verdadera restauración de la inteligencia cristiana y de un santo orden social.

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