viernes, 15 de enero de 2010

La Oscuridad de Egipto



DICEN QUE EN LAS CATACUMBAS que corren por cientos de kilómetros bajo las calles de la Roma moderna, más profundas que las bodegas y por debajo del Vaticano, existen barriles, jarras, cajas, jaulas y cofres de reliquias aún no catalogadas ni valuadas, algunas que incluso dicen ser de tiempos del Paraíso – el fémur de Adán, o la costilla que compartió con Eva, huesos de santos e impostores conocidos y desconocidos, huesos de cerdo falsamente etiquetados y docenas de cráneos rivales que dicen ser la carabera de Juan el Bautista, o trozos de tela con gotas coaguladas y secas de sangre que se licuefacen en determinados días – entre ellas, dicen, había una pequeña fiala de cristal y que estaba sellada, que, atrapada entre la suciedad y el moho, fue descubierta accidentalmente por un novicio de la orden asignada a la Oficina para la Verificación de las Reliquias, quien, buscando un hueso auténtico y de calidad, la golpeó sin darse cuenta.

El joven monje acercó su lámpara. Atrapado por una curiosidad nerviosa, rompió el sello y extrajo la pequeña tapa. Sus dedos sintieron un rezumo húmedo y peculiar que contrajo su piel, como si hubiese tocado una babosa, aunque no parecía haber nada allí. Sosteniendo la luz para ver la etiqueta, leyó cuidadosamente las unciales latinas: “Tenebræ Ægypti” – la Oscuridad de Egipto – y en una escritura más pequeña, los siguientes versículos del libro del Éxodo:

El Señor dijo a Moisés: “Extiende tu mano hacia el cielo, para que Egipto se cubra de una oscuridad tan densa que se pueda palpar”. Moisés extendió su mano hacia el cielo, y una profunda oscuridad cubrió todo el territorio de Egipto durante tres días.

El joven monje arrojó la fiala; que se estrelló sobre el pavimento de piedra mojado; y escapó aterrorizado, mientras siguiendo las alcantarillas hacia las calles y a través de las suelas de goma de los zapatos y de los huesos vivos y cerebros, se extendió la oscuridad – a través de Roma, de Italia, de Europa y del mundo.

Bueno, esto es tan sólo un cuento, mera ficción. Pero tal vez, como suele suceder con los cuentos, nos dicen más de lo que está escrito.

La religión secular más extendida en el mundo occidental, e incluso en las iglesias cristianas de hoy, es llamada con frecuencia humanismo. ¿Puede existir un humanismo cristiano?

Un ismo en sentido estricto significa la adhesión excesiva a una persona, causa o cosa, excluyendo todo lo demás. Los –ismos son el resultado de una mente obsesiva y producen al fanático. La palabra humanismo se aplicó por primera vez al trabajo de los académicos y científicos del Renacimiento que se rebelaron contra lo que consideraban una adhesión excesiva a la teología escolástica y la ciencia de Aristóteles, vuelta obsoleta, decían, por las nuevas observaciones de la naturaleza – especialmente con la invención del telescopio y las disecciones de los anatomistas. Aunque hubo tendencia entre estos académicos y científicos a rebelarse contra la misma religión cristiana como parte de una visión del mundo fuera de moda, sin embargo esto no pasó con todos los humanistas renacentistas, algunos de los cuales defendieron la Fe sobre la base de los nuevos desarrollos – Erasmo, por ejemplo, que escribió tratados contra Martín Lutero, y Santo Tomás Moro, tanto un humanista como un mártir de la Fe. Pero en general, los humanistas (como se desprende de la misma palabra) centraban su filosofía sobre el hombre y las cosas del hombre, excluyendo a Dios. Shakespeare sintetiza el tema en el discurso de Hamlet:

¡Que admirable fábrica es la del hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué infinitas sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus movimientos! ¡Qué semejante a un ángel en sus acciones! Y en su espíritu, ¡qué semejante a Dios! Él es sin duda lo más hermoso de la tierra, el más perfecto de todos los animales.

Por supuesto que Hamlet, tocado por la tragedia, cae en un pesimismo profundo e implacable, que es el opuesto complementario de lo anterior, típico del pensamiento anti-humanista del Renacimiento. Fue una época divida y hostil. Luego de que Hamlet expresa esas líneas en honor del hombre, agrega, irónicamente,

Pues, no obstante, ¿qué juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me deleita... ni menos la mujer...

Y todos recuerdan cómo, en otro parlamento famoso, contempla el suicidio, diciendo de sí mismo (pero habla asimismo de su tiempo) que se

debilita con los barnices pálidos de la prudencia.

Shakespeare vio con el ojo penetrante del poeta que esta criatura que puede actuar como un ángel o un dios, este parangón de los animales es con mucha frecuencia menos que una bestia. Santo Tomás Moro y su amigo Enrique VIII compartían la nueva filosofía, ambos eran humanistas; uno se convirtió en santo, el otro en algo menos. La hija de Enrique, la “buena reina Isa”, podía componer un hexámetro latino tan bien como el mismo Virgilio y ordenar como Salomé la cabeza de los santos. Evelyn Waugh su biografía brillante sobre San Edmundo Campion describe esta yuxtaposición exacta de la sofisticación académica y la ciencia junto a la crueldad, “vil y burda”, moral y física:

Sir Francis Knollys, Lord Howard, Sir Henry Lett y otros caballeros de la moda ya estaban aguardando junto al patíbulo. Cuando llegó la procesión, se encontraban discutiendo si la moción del sol de este a oeste era violenta o natural; pospusieron la discusión para observar a Campion, sucio y embarrado, montar el carro que estaba bajo la horca. Pusieron el lazo en su cuello. El ruido de la multitud era continuo, y sólo aquéllos en las inmediaciones pudieron escucharlo cuando comenzó a hablar. Tenía en mente hacer alguna exhortación religiosa. “Spectaculum facti sumus Deo, angelis et hominibus”, comenzó. “Éstas son las palabras de San Pablo que, en inglés, dicen: ‘puestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres’, y que se verifican este día en mí, que soy aquí un espectáculo para mi Señor Dios, un espectáculo para Sus ángeles y para vosotros hombres.”

Nadie escuchó. En minutos, lo colgaron, extrajeron sus entrañas estando aún con vida y cortaron su cuerpo en cuartos que fueron clavados en postes en los cuatro distritos de la ciudad “como un espectáculo para los hombres”.

Un -ismo, como dije, es la adhesión excluyente y en exceso. Entre sus asepciones, el Diccionario Universitario Normalizado dice, “Ism – una condición anormal resultante de un exceso de: alcoholismo”. Bueno, el humanismo es un exceso y la adicción excluyente a lo humano, como el alcoholismo, y como el alcoholismo, es o un vicio o una enfermedad.

Homo sum, humani nihil a me alienum”, escribió el poeta romano Terencio: “hombre soy; y nada humano me es ajeno”. Hasta aquí está todo bien, pero cuando uno decide concentrarse sólo en el hombre, entonces Dios se hace ajeno. La dificultad que los católicos tenemos con el humanismo no está en que seamos humanos; está con el ismo, con cualquier ismo, porque la religión católica, que significa universal, está ordenada al Autor del Ser infinito e integral, de Quien nada queda excluido, ni puede haber exceso en amarlo, dado que Él mismo es infinito. Aunque en sentido lato cualquier ismo puede significar simplemente “adhesión”, estrictamente hablando incluso la palabra “catolicismo” es un oxímoron, esto es, un yugo de contradicciones en una palabra compuesta.

La dificultad de los católicos con el humanismo no está en que haya nada extraño acerca del ser humano, pero existe algo destructivo – destructivo para el mismo humano – en arrancarnos de la tierra de la que venimos y de las estrellas, los ángeles y Dios hacia quienes vamos. John Donne, poeta y predicador inglés, dijo, “sed más que el hombre o seréis menos que una hormiga”. Y el católico agregaría una verdad complementaria: admite que eres menos que los ángeles o te creerás más que Dios.

La palabra humano proviene del latín humus, que significa “tierra”, lo mismo que en castellano humus, el suelo rico y orgánico en el que crecen las cosas. Y en hebreo, “Adán” significa “tierra”.

Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo.

Humus es la raíz latina de “humano”, “humildad” y “humor”, porque, sabiendo nuestros orígenes humildes, nunca podemos tomarnos demasiado seriamente. Los fanáticos nunca se ríen porque son excluyentes; piensan que son los únicos y, perdiendo el sentido del espacio, pierden el sentido de la proporción.

El mejor y más grande de los poetas ingleses, Chaucer, escribiendo mucho antes de que los nuevos filósofos del humanismo rompieran con la visión católica de las cosas, pudo escribir acerca de todo el espectro de ángeles y bestias, junto a todas clases de hombres, desde santos hasta pecadores, delineando un marco donde cada uno sabía quién era y cuál era su lugar, con una sanidad genial, comprensiva y generosamente católica. “He aquí la plenitud de Dios”, dijo el poeta inglés Dryden. Chaucer vio a cada criatura como un eslabón de una intricada cadena de oro suspendida del amor de Dios:

Cuando el primer motor y la primera causa

Crearon originalmente la gran cadena de amor en el cielo,

Grande fue su propósito y profunda su consecuencia.

Entendió todos los porqués y porlotantos

Cuando Él ató con la gran cadena del amor

Los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra

Para que no se salieran de ciertos límites…

Esta visión católica, universal e integral de lo humano, y de todo lo demás, no puede nunca, en sentido estricto, ser un ismo. La Iglesia no es una secta, desarraigada, viviendo de sí misma. He allí que los humanistas aíslan y arruinan la misma vida humana que ellos esperan hacer progresar.

“Engrandece mi alma al Señor”, dijo Nuestra Señora, “y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava”. Un humanista cristiano auténtico debería deshacerse del ismo y recordar su base de tierra.

Por otro lado, la palabra griega para hombres es anthropos, una combinación de ana, que significa “hacia arriba”, y tropos, que es “vuelto”; el hombre es un animal vuelto hacia arriba que camina erguido, cuya cabeza está fijada de modo que pueda mirar el sol y las estrellas.

Mientras que todos los demás animales son horizontales y miran hacia la tierra, los dioses dieron al hombre una cara que mira hacia arriba y le ordenaron observar los cielos y, parándose erguido, volver su rostro hacia las estrellas.

San Isidoro de Sevilla, en su gran enciclopedia llamada Las Etimologías, cita estas líneas del poeta romano Ovidio y comenta:

El hombre camina erguido y ve los cielos para servir a Dios, no buscando satisfacerse a sí mismo en la tierra como los animales a quienes por su naturaleza Dios hizo horizontales y obedientes a su estómago. El hombre es al mismo tiempo interior y exterior. Interiormente un alma, exteriormente un cuerpo. Y el Señor Dios formó al hombre de la arcilla de la tierra y le insufló aliento de vida, y el hombre se convirtió en un alma viva.

Entonces el anthropos, la bestia vuelta hacia arriba, es el humus inteligente, ese pequeño montoncito de tierra en el que Dios insufló la viva semejanza de Sí mismo.

Ahora bien, la palabra cultura se toma generalmente como cualquier ambiente dispuesto para facilitar el crecimiento. La cultura en el sentido humano incluye las circunstancias artísticas y morales que deliberadamente creamos. La cultura, como en la “agricultura”, el cultivo de los campos, deriva del latín cultus que significa esencialmente cualquier cosa sujeta, de la raíz jugum, que significa “yugo” como en el yugo de los bueyes, el instrumento que conecta las bestias de carga con el arado; por lo que la cultura es cualquier cosa sojuzgada, puesta bajo una norma, como un yugo, y domesticada. Un campo cultivado está sujeto a la norma del granjero para facilitar el crecimiento de los sembrados; ya no es salvaje; ha sido arado – lo que incidentalmente los granjeros dicen con frecuencia que el suelo ha sido “dado vuelta”, como el anthropos. Las palabras se conectan e interconectan tan rápido e intrincadamente que son como constelaciones de estrellas. Virgilio usa el latín vertere, “verter”, en los versos iniciales de su gran poema acerca de la agricultura, las Geórgicas, uno de los textos capitales de la cultura occidental; que Dryden lo llama simplemente “el mejor poema por el mejor poeta”.

Canto… a lo que hace regocijar el trigo, como estrellas caídas a la tierra.

Virgilio, junto a toda la tradición pagana y cristiana, piensa la cultura principalmente como la dignidad y la perfección del trabajo, especialmente de la vida rural. San Isidoro la define simplemente como “el trigo y el vino extraído de la tierra por el duro trabajo”. Muchos de los grandes doctores medievales de la Iglesia, notablemente San Buenaventura entre ellos, dijeron que Dios escribió dos libros de la revelación, la Biblia y el Libro de la Naturaleza; y cada uno de ellos debe leerse a la luz del otro. San Isidoro dice, por ejemplo, que la diferencia entre la desnudez y el uso de ropa no es sólo el hecho físico obvio, sino también un signo espiritual. La desnudez está asociada con nuestros primeros padres antes de la Caída, significando la inocencia, o sino, significa una segunda rebelión contra Dios, quien nos permite vivir sólo bajo la condición de trabajar duro, con el sudor de la frente. La hoja de higo, y su desarrollo como cíngulo, es un signo al mismo tiempo de modestia – esto es, el reconocimiento de la pena que nuestros primeros padres experimentaron como consecuencia de su pecado – y un signo del trabajo, que es esencialmente penitencial, como cuando dice en la Biblia, “Ajústate el cinturón”, donde quiera que haya que hacer un trabajo, como dice Nuestro Señor en el Sermón de la Montaña, “Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva”.

Una forma más grande de ceñirse está en los muros, que son como grandes cinturones, alrededor de nuestros santuarios, hogares, talleres, campos y ciudades. A lo largo de la historia civilizada, tanto para los paganos como para los cristianos, los muros han sido un signo de vida decente, segura y humana. Cuando Homero quiere caracterizar a los cíclopes, que eran caníbales, todo lo que dice, con estricta economía poética, es que “vivían sin muros”, lo que nos trae a la mente el poema de Robert Frost en el cual los viejos granjeros dicen, “los buenos cercos hacen buenos vecinos”.

La marea californiana de desnudez, culto del placer, la recreación y el descanso, de los jardines sin muros a su alrededor, de casas sin paredes interiores, son todos signos de un movimiento lento y suave hacia la segunda Caída, no del Paraíso esta vez, sino del trabajo como verdadera base de la cultura. El borrado de las distinciones entre la filosofía y la teología ataca los muros de la propiedad privada y la privacidad, la pérdida de la modestia y el pudor que vemos cada día en las columnas de consejos de los periódicos, escritos por viejas y estridentes prostitutas (no sin cierta sabiduría de la calle dura), que se han convertido en la consciencia de los pueblos y que diciendo a los ciudadanos lo que “todos están haciendo” exponen a la mirada pública todo secreto, terrible o tierno – todos éstos son signos en nuestro tiempo de un rechazo radical de la vida civilizada. Si vamos a restaurar un auténtico humanismo cristiano, en el amplio sentido de cultura cristiana, deberemos pensar no sólo en combatir el infanticidio, la educación sexual y la pornografía, que son el frente del humanismo secular – por todos los medios hay que combatirlos a muerte – pero para el trabajo positivo de restauración de la cultura que yace naufragada tras el asalto del humanismo: deberemos pensar acerca de cosas más simples, grandes y elementales que, al perder su fuerza original, han dejado entrar al enemigo – cosas elementales que son la base y el principio de las superestructuras que debemos reconstruir. Deberemos pensar acerca del trabajo, el tipo de trabajo con el que ganamos nuestro pan de cada día, y especialmente el trabajo agrícola como la única verdadera base de la vida económica y social. “Dios hizo el campo, el hombre hizo la ciudad”, como dijo un poeta; y otro:

La enfermedad arrasa con la tierra, hasta el término de las desgracias un premio,

Donde la riqueza se acumula, pero donde los hombres se corrompen.

Pío XII lo puso de esta forma:

Debemos reconocer que una de las causas del desequilibrio y la confusión de la economía mundial, que afecta la civilización y la cultura, es indudablemente el desagrado y hasta el desprecio mostrado hacia la vida rural con sus numerosas y esenciales actividades. Pero la historia, especialmente en el caso de la caída del Imperio Romano, ¿no nos enseña a ver en esto un síntoma alarmante sobre la decadencia de la civilización?… No puede repetirse demasiado lo mucho que el trabajo de la tierra genera riqueza física y moral, pues nada hace más por mantener unido el sistema que el beneficioso contacto con la naturaleza que procede directamente de la mano del Creador. La tierra no es traidora; no está sujeta al capricho, las falsas apariencias, las atracciones artificiales e insanas de la egoísta ciudad. Su estabilidad, su curso amplio y regular, la majestad duradera del ritmo de las estaciones son como muchas reflexiones de los atributos divinos.

Palabras como éstas de poetas y papas han caído en saco roto durante un siglo. Aquéllos que en las universidades, convencidos que en las estadísticas, los cuadros y los gráficos tienen la realidad, rechazan estas exhortaciones como lugares comunes desgastados, siempre opuestos a la fea realidad reportada por los historiadores económicos y ciertamente fuera de moda. Como he dicho muchas veces a lo largo de este libro, el problema no está en encontrar la verdad y decirla, sino en tomarla en serio, escucharla y actuar de acuerdo a ella.

Nos convertimos en el trabajo que hacemos. Si la actividad agrícola refleja los atributos divinos, los granjeros con su trabajo se convierten en algo como Dios. Las apariencias no son sólo signos de la realidad sino en un sentido son como sacramentos; ellos efectúan lo que significan. Quiero decir que existe una relación causa-efecto entre el trabajo que hacemos, las ropas que vestimos o no, las casas en que vivimos, las paredes o falta de ella, el paisaje, las vistas, sonidos, olores, gustos y tactos semiconscientes de la vida ordinaria – una conexión cercana entre éstos y el desarrollo moral y espiritual de las almas. Es ridículo pero sin embargo cierto que una generación que ha desechado la distinción entre los dedos y los tenedores va a encontrar difícil entender las diferencias entre el afecto y el sexo o entre el derecho sobre el cuerpo de uno y el asesinato de un hijo. Si comemos con los dedos papas fritas ensuciadas con Ketchup todos los días, estamos en camino a la tierra de los cíclopes. Las acciones semiconscientes y ordinarias que caen bajo la categoría de modales son la simiente cultural de la moral, del mismo modo que la moral lo es respecto de la vida espiritual. Somos criaturas de hábito, como las monjas solían decir. En el orden moral y espiritual, nos convertimos en los que vestimos de igual modo como lo que vestimos se “transforma” en nosotros – y es lo mismo con la forma en que comemos y con lo que hacemos. Éste es el secreto de la Regla de San Benito que en sentido estricto regulaba los monasterios pero que en sentido amplio, a través de la influencia y el ejemplo de los monasterios, especialmente en el amor de Nuestra Santísima Madre, civilizó Europa. Los hábitos de los monjes, las campanas, la vida ordenada, la “conversación”, la música, los jardines, la oración, el trabajo duro y los muros – todas estas formas accidentales e incidentales conformaron la vida moral y espiritual de la Cristiandad al amor de María y su Hijo. La arquitectura moderna, para tomar un ejemplo fuerte, obró para desconformarnos del amor de Dios.

El movimiento moderno de la arquitectura fue introducido en los Estados Unidos en las décadas de 1920 y 1930 por refugiados del Bauhaus, un complejo experimental de apartamentos en Berlín, diseñado y construido por marxistas antes del golpe nazi con el fin de ser una comuna de obreros revolucionarios, una especie de kibbutz comunista. El propósito era conformar a sus habitantes a la doctrina marxista, y es una ironía digna del Escrutopo de C. S. Lewis pensar que los financistas de Nueva York construyeron sus rascacielos de oficinas de acuerdo con prescripciones marxistas – ¡e incluso Escrutopo se hubiese sorprendido de ver esos mismos principios aplicados a iglesias católicas! El escritor de bestsellers Tom Wolfe, desde una mirada ingeniosa y superficial aunque precisa, ha expuesto las destructivas consecuencias del kitsch arquitectónico marxista sobre toda la vida occidental en su libro Del Bauhaus a Nuestra Casa.

De los gusanos suicidas que mordisquean los órganos vitales de la llamada Iglesia postconciliar, uno de los más destructivos es el pluralismo cultural, que es el reverso auto-contradictorio del lema estampado en el dólar, e pluribus unum, en ex uno plures. Si domingo tras domingo los fieles asisten al Santo Sacrificio de la Misa en iglesias construidas según estándares y especificaciones del cielo de las hamburguesas, no pasará mucho antes que los fieles se aparten de la Fe, listos para innovaciones litúrgicas como la consagración de Coca-Cola y papas fritas.

¿Pero puede haber un humanismo cristiano legítimo? El estado de la cuestión, como los clásicos decían, está en la “definición”. Sólo es posible juzgar si el humanismo o cualquier otro desarrollo cultural son compatibles con la Fe católica si sabemos lo que son estos desarrollos. Sintetizando y prosiguiendo: dado que un católico nunca puede ser un sectario, y adherir a una causa, persona o cosa en forma excluyente y excesiva, no puede ser un humanista en sentido estricto; pero puede haber y ha habido una cultura católica que es llamada a veces humanismo católico o cristiano. La palabra cultura deriva del latín cultus, como dije, que significa esencialmente un conjunto de acciones designadas para someter, esto es para sujetar a una regla. Del mismo modo que la agricultura es el cultivo de los campos, en la religión el culto es el desempeño de acciones prescriptas designadas para someter a una persona a los deseos de su dios, como el culto de Apolo o Isis entre los paganos y los cultos de Cristo, Su Santísima Madre y los ángeles y los santos entre nosotros.

La religión no es un sentimiento o un entusiasmo público o privados; es una especie de la justicia, y la justicia es definida como el “pagar a cada uno lo debido”. La justicia siempre es representada sosteniendo una balanza porque el pago de deudas requiere equidad – debemos devolver exactamente lo que debemos. Ahora bien, existen ciertas clases de deudas que sólo pueden pagarse en parte, hasta nuestras posibilidades, porque están más allá de lo medible y más allá de nuestras capacidades naturales – por ejemplo, la deuda que debemos a nuestros padres por darnos la vida y a Dios por nuestra existencia. No podemos devolver la vida a nuestros padres incluso aunque sacrifiquemos la nuestra para salvarlos; no podemos dar a Dios la existencia porque Él es la existencia misma y no podemos darle lo que ya tiene, ni podríamos dar existencia de cualquier modo porque no tenemos poder creativo para hacerlo; nuestra naturaleza como tal no puede crear, ex nihilo, algo desde la nada. Por eso, este tipo de deuda sólo puede ser pagada por lo que es llamado justicia relativa en la cual, como en la parábola, damos la ofrenda de la viuda – damos tanto como podemos dada nuestra naturaleza. La virtud de la piedad es la especie de la justicia relativa por la cual damos honor a nuestros padres a cambio por la deuda de la vida; y la religión es la especie de la justicia relativa por la cual damos honor a Dios como creador y señor. Dado que estas deudas son inconmensurables con cualquier tipo de pago, les devolvemos en la moneda del honor, que se define como el reconocimiento de la excelencia. El honor puede ser pagado a cualquiera por un trabajo bien realizado, pero cuando particularmente es dado a aquéllos que están sujetos a quien honran, como los hijos están sujetos a sus padres, los ciudadanos a la nación, la raza humana a Dios, entonces el honor se paga de acuerdo a formas prescriptas por las que reconocemos tanto la excelencia como nuestra sujeción, y ésta es la definición formal del culto. Existe un culto cívico de nuestro país en los actos oficiales como la jura de la bandera; existe el culto doméstico de dar honor formal a los padres, por ejemplo cuando se pide el consentimiento parental para el matrimonio; y existe el culto religioso entre los católicos centrado en la Eucaristía y que incluye los cultos de Nuestra Santísima Madre y de los ángeles y los santos.

El culto es la base de la cultura. Una cultura cristiana auténtica, por lo tanto, debe estar centrada en un culto cristiano auténtico.

Estos términos son técnicos, entonces permitidme que me repita: La religión es la especie de la justicia relativa por la cual hacemos lo mejor que podemos para pagar la deuda inconmensurable debida a Dios por nuestra existencia; es el pago de una deuda de honor hacia nuestro superior en última instancia por Su suprema e infinita excelencia en formas oficialmente prescriptas llamada culto. Las diferentes formas de culto están diversificadas según grados de excelencia en la persona honrada; Dios es siempre el principal objeto del culto religioso cristiano. Por principal quiero decir que Él es siempre el objeto, obviamente cuando el culto es ofrecido directamente a Él, pero menos obviamente, sin embargo es indirectamente ofrecido a Él a través de cultos secundarios a los ángeles y los santos, porque la excelencia con que honramos a los ángeles y los santos es la excelencia de la gracia que es en realidad Su presencia en ellos. Dado que hay un único Dios, el culto directamente debido a Él es único; los teólogos lo llaman culto de latría. Dado que el culto de latría se da a cualquier persona o cosa distinto a Dios, se trata de un pecado contra la religión, que es la definición técnica en teología de la superstición; y su culto es llamado idolatría – ídolo, forma castellanizada de eidolon, que significa imagen falsa, vacía y vana; y latría. Un ídolo, dice San Pablo (I Cor VIII:4) “no es nada en el mundo”; del mismo la idolatría es la ofrenda supersticiosa del culto de latría a cualquiera o cualquier cosa distinta de Dios, y está prohibida de acuerdo con la razón y expresamente en el Primer Mandamiento. Pero Dios puede ser indirectamente honrado en Sus ángeles y santos porque Él está presente en ellos por la gracia y, por lo tanto, existen otras especies de culto llamadas por lo teólogos de dulía.

¿Y que hay de Nuestra Santísima Madre? ¿Debe dársele culto de dulía en su más alto grado dado que ella está llena de gracia? Ha existido una pelea familiar entre los teólogos acerca de esto, pero por el consenso de los doctores, concilios y papas, tanto como por el testimonio de la liturgia y la fe común – el sensus fidelium – sería irritante y temerario negar que María sea un caso especial. La excelencia es el resultado de la acción, y las acciones son medidas por sus resultados. El término de la más importante acción de María – su embarazo – fue la unión hipostática, la unión de Dios y hombre; y así no sólo por la gracia como en los ángeles y los santos, sino por su misma naturaleza, la Santísima Virgen tocó el infinito. Una célula de su cuerpo, unida con la acción del Espíritu Santo, se convirtió en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre; y por lo tanto, en su naturaleza fue absorbida en la participación en la vida de Dios que los santos y los ángeles sólo comparten por el hábito agregado de la gracia santificante, convirtiéndose en hijos por adopción. El culto de dulía primero, más alto e importante (que los teólogos llaman protodulía, del griego proto, que significa primero) muy probablemente es debido a San José, porque como esposo de Nuestra Señora fue espiritualmente “una carne” con ella, y como padre adoptivo de Nuestro Señor es quien está más cerca de su hijo adoptivo; algunos dicen San Juan el Bautista, por como dijo Nuestro Señor, “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista”. León XIII parece haber cerrado la cuestión en su encíclica Quamquam Pluries:

La dignidad de la Madre de Dios es tan elevada que no puede haber criatura más alta. Pero dado que San José estaba unido a la Santísima Virgen por el voto conyugal, no existe duda que se le aproxima más cerca que cualquier otro a esa dignidad supereminente…

Garrigou-Lagrange, de quien he tomado la mayoría de este material, discute todas estas cuestiones en su libro brillante y religioso La Madre del Salvador y Nuestra Vida Interior.

Pero María es la madre real, no adoptiva, de Dios, y por lo tanto el culto de lo que los teólogos llaman hiperdulía sólo le es debido a ella; hyper, como sabemos por sus usos médicos, significa “arriba”, “en grado eminente”. No es “mariolatría”, ni el culto de latría, como pensaron los protestantes, lo que sería superstición, sino hiperdulía, una dulía única y más elevada, debida a ella como la Theotokos, la Madre de Dios, que es su principal excelencia, más grande incluso que su plenitud de gracia y la razón raíz, aunque no la causa próxima, de su Asunción.

Dado que Nuestra Santísima Madre es la Madre de Dios, Jesús le debe la justicia relativa llamada piedad, por la cual Él honra su excelencia y obedece cada uno de sus deseos, los cuales debido a su amor perfecto por Él no pueden nunca ser otros que los que Él igualmente desea. Asombra la imaginación – aunque no la inteligencia – pensar que Jesús debe honor y obediencia a María en deuda por Su naturaleza como hombre ante Su madre natural, aunque no por Su naturaleza como Dios. Pero el misterio de la Encarnación reside en la unión hipostática de esas dos naturalezas en una persona, y se sigue de él que cada célula del cuerpo de Cristo, cada célula de la Eucaristía, es una división multiplicada de una célula original de ella aún viviente en estas formas. Y se sigue de ello que sus poderes no son meramente de intercesión, como los de San José y los ángeles y los santos. Toda la gracia distribuida en el tiempo a través de la Eucaristía viene a nosotros, como la Eucaristía hace, a través de ella, Mediadora de toda gracia. Y por esto, el culto de María toca el infinito. San Bernardo dijo de ella, de Maria numquam satis, “¡acerca de María nunca puede decirse lo suficiente!” De hecho, ella tiene todas las prerrogativas de su Hijo como Señor excepto una: Él se ha reservado para Sí el Juicio. Tal vez debido a que existe tan aparente oposición entre el juicio y la misericordia – no puede existir contradicción en la mente de Dios entre ellas; pero tal vez por ser difícil para nosotros reconciliarlas – Cristo ha dado una a Su Santísima Madre y se ha reservado el otro para Sí. Cualquiera sea la razón, María es ciertamente la Madre de la Misericordia y no sólo moralmente a través de su intercesión, sino en su naturaleza como Madre de Dios. De acuerdo con San Odilo de Cluny, su misericordia y su naturaleza están tan unidas que cuando fue asunta al Cielo como un golpe físico recorrió el universo y hasta los dolores del infierno se vieron momentáneamente suspendidos; y piensa que en conmemoración existe algún grado de respiro para los condenados cada año en la Fiesta de la Asunción.

San Alfonso de Ligorio dice que cuando el Prometido llama a su Amada en el Cantar de los Cantares, “lleva a pastar tus cabritos”, significa que el Espíritu Santo, que es el Novio, da a María, Su novia, el poder de alimentar incluso a los pecadores con su gracia santificante. Como sabemos, Cristo dice que los “cabritos” serán separados de las “ovejas” en el Juicio, por lo que el cabrito es figura del perdido; pero no todos los pecadores serán perdidos porque el Espíritu Santo dice, “lleva a pastar tus cabritos”, lo que significa, según San Alfonso, aquéllos que le pertenecen, aquellos pecadores que a pesar de sus pecados tienen deseo sincero de corregirse y les son devotos durante su vida. Éstos – su cabritos – aunque han permanecido en pecado hasta el instante de su muerte y bajo todo juicio humano están perdidos, al último instante tendrán la gracia de recibir los últimos sacramentos o de la perfecta contrición, lo que es una buena razón para reflexionar nuevamente sobre la exactitud y riqueza teológica de cada palabra de su oración más importante: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.” Por supuesto que, como nos advierte San Alfonso, ella no se dejará burlar; no debemos abusar de su amor con el pecado de presunción; pero dice, de forma tan simple que podría perderse la magnitud de la afirmación,

Es imposible para un devoto de María que es fiel honrándola y recomendándose a ella, perderse.

Así responderé la pregunta con la que comencé – de si existe un humanismo cristiano – diciendo que en sentido estricto no, porque ningún católico puede adherirse a ninguna criatura de forma exclusiva y en forma excesiva; que sería un pecado de superstición y su práctica el culto de idolatría, un acto desordenado de religión equivocada en la cual el culto debido a Dios o a Su Santísima Madre es dado a algo menor.

Sólo Dios es infinito en su naturaleza; pero dado que su naturaleza toca el infinito al concebirlo, el culto de María no es idolatría. El humanismo en sentido estricto no puede ser cristiano. Pero en un sentido más amplio, si queremos decir la cultura, el cultivo del suelo físico, moral y espiritual en el cual crecen los humanos, puede existir y de hecho ha existido un humanismo cristiano, y aunque puede ser un escándalo para los historiadores seculares y una sorpresa para los católicos ponerlo de esta forma, el humanismo cristiano auténtico, más precisamente la cultura cristiana, no ha sido de hecho nada más o menos que el culto de la Santísima Virgen María.

Toda la gran cultura de mil año cuando Europa estaba tan infundida de Cristo haciendo del famoso aforismo de Belloc una verdad – “la Fe es Europa, Europa es la Fe” – desde el siglo V hasta el XV cuando el Renacimiento arrancó lo humano de sus raíces en el humus y su florecimiento entre las estrellas – durante mil años hubo algo llamado Cristiandad y su cultura era el culto de María, fundado en el humus de su humildad asunta en el Cielo, delineándonos.

Es impresionante siempre con argumentos como éste cuando un católico puede ser acusado de exageración. Un historiador estadounidense (ciertamente el más reflexivo y filosófico) – no un católico, sino un pesimista secular quien como un Hamlet del futuro vio a través de las promesas vacías del humanismo – Henry Adams, queriendo sintetizar la diferencia entre la Cultura Cristiana y el Humanismo secular, ideó un famoso contraste entre la Virgen y el Dínamo. Toda la cultura de la Cristiandad, dijo, floreciente en la Edad Media cuando el espíritu de Cristo informaba todos los aspectos de la vida hasta el último detalle, desde las baladas populares más vulgares y las canciones de los pastores hasta los arcos balanceados y más intrincados del canto gregoriano, desde una burda cruz en un cruce de caminos en el campo hasta las complejidades gloriosas de las grandes catedrales góticas como la de Chartres, desde las disputas subidas de tono en los barrios estudiantiles de París hasta la brillantes estelar de la Summa Theologiæ, tanto entre los santos como entre los pecadores, en la arquitectura, en la guerra – conocida entonces como caballería – la política, la economía, la música, la poesía, el amor campesino y el cortesano, en todos los asuntos comunes y delicados de la granja y la corte – toda la cultura era de hecho simplemente el culto a María; todo era para ella. Y en nuestro tiempo, en el reino de la ciencia y la tecnología, decía Adams, la cultura no es más que el culto al dínamo – símbolo de la fuerza sin pensamiento ni amor. El Humanismo Secular es el culto, en realidad no del hombre como puede parecerle al mundo, sino de las cosas hechas por el hombre. Rendimos culto a los instrumentos. Karl Marx generó toda su teoría de la historia de la idea que estamos determinados por nuestra tecnología, que él llamó medios de producción; mientras que el humanismo cristiano, más precisamente la cultura cristiana, es el uso humano de los instrumentos en el servicio de la Santísima Virgen María.

Henry Adams visitó la Gran Exposición de la Ciencia y la Industria que acompañó el siglo XX en París en 1900 con su amigo el astrónomo Langley, uno de los inventores del aeroplano. Escribiendo acerca de sí mismo en tercera persona, Adams dice,

Nada en la educación asombra más que la montaña de ignorancia que se acumular en la forma de hechos inertes. Adams había estudiado a Karl Marx y sus doctrinas de la historia con profunda atención, y no se podían aplicar a París. Langley, con la facilidad de un gran maestro de la experimentación, descartaba cualquier exhibición que no revelara una nueva aplicación de la fuerza… Dirigía a su pupilo directamente a las fuerzas. Su principal interés eran los nuevos motores que pudiesen hacer su aeronave más factible, y le enseñaba a Adams las sorprendentes complejidades del nuevo motor Daimler, y del automóvil que desde 1893 se había convertido en una pesadilla de cien kilómetros por hora… Entonces le mostró a su escolar el gran salón de los dínamos… Para él, el dínamo no era más que un canal ingenioso para transmitir a algún lugar la potencia latente en unas pocas toneladas de carbón pobre… pero para Adams se convertía en el símbolo del infinito. A medida que se acostumbraba a la gran galería de máquinas, comenzó a sentir el dínamo de cuarenta pies como una fuerza moral, tal como los primeros cristianos habían sentido la cruz. El mismo planeta parecía menos impresionante, en su revolución anual o diaria, fuera de moda y deliberada, que esta gran rueda, girando a la distancia de un brazo a una velocidad vertiginosa, y apenas murmurando – con un sonido apenas audible advirtiendo no pararse demasiado cerca respetando su poder – al mismo tiempo que no despertaría a un bebé durmiendo cerca de su cuadro. Antes del fin, uno comienza a rezarle; el instinto heredado enseñaba la expresión natural del hombre ante el silencio y la fuerza infinita.

No es necesario documentar hasta qué punto nuestra música, arquitectura, poesía, el arte desde Picaso, Stravinsky y el Bauhaus hasta las cosas populares como La Guerra de las Galaxias, idolatran la fuerza. Con una previsión admirablemente profética, Henry Adams vio todo el siglo XX ante sí como un mapa y con igual claridad percibió que alguna vez las cosas habían sido su opuesto exacto, mejores y más bellas.

En el Louvre y en Chartres, como sabía por el registro del trabajo realmente hecho y aún ante sus ojos, estaba la más alta energía jamás conocida por el hombre, el creador de cuatro quintos de su mejor arte, ejerciendo una atracción más vasta sobre la mente humana que la que pudiesen soñar las máquinas de vapor y los dínamos; y aún así esta energía era desconocida para la mente estadounidense… Todo el vapor del mundo no podría, como la Virgen, construir Chartres. Símbolo o energía, la Virgen había actuado como la mayor fuerza que el mundo occidental hubiese sentido, y había atraído las actividades del hombre hacia ella con mucha más fuerza que cualquier otro poder, natural o sobrenatural; la tarea del historiador era seguir la pista de esta energía; encontrar de dónde venía y hacia dónde iba; su origen complejo y sus canales cambiantes; sus valores, equivalentes y conversiones.

Por supuesto que pretendía lo imposible; intentó seguir la energía y la fuerza de María sin el secreto de su gracia y naturaleza; y sin el amor de su Hijo y por lo tanto sin cualquier amor o entendimiento para con ella – como si fuese una fuerza ¡o como si el método científico pudiese medirla!

El libro que resultó de esta búsqueda es, sin embargo, interesante tanto por sus intuiciones como por sus errores. El monte de Saint Michel y Chartres es una obra maestra del pesimismo secular, el que, viendo a través de la vanidad del humanismo secular, se para con un triste temor, como los ángeles caídos, ante el amor que mueve las estrellas. Adams dice de Chartres que,

Para la Iglesia, sin duda, esta catedral tiene un significado fijo y administrativo, que es igual al de cualquier sede de cualquier otro obispo… pero para nosotros, es la imaginación de un niño; una casa de juguete para agradar a la Reina del Cielo – para agradarla tanto como para que ella esté feliz dentro, para fascinarla hasta que sonría.

La Reina Madre era tan majestuosa como se quiera; era absoluta; podía ser severa; no estaba enojada; pero aún así era una mujer, que amaba la gracia, la belleza, la ornamentación – su toilette, sus vestidos, sus joyas – quien consideraba con atención el arreglo de su palacio, y gustaba tanto de la luz como del color… Era extremadamente sensible como al descuido, a las impresiones desagradables, a la falta de inteligencia a su alrededor. Era la mayor artista, como era la mayor filósofa, música y teóloga, que jamás vivió en la tierra, excepto su Hijo, quien en Chartres es aún un Infante bajo su cuidado… Esta iglesia fue construida en este espíritu de Fe sencilla, práctica y utilitaria – en su simplicidad de pensamiento, exactamente como una niña prepara la casa de muñecas para su muñequita rubia preferida. A menos que uno pueda volver a los muñecos, uno se encuentra aquí fuera de lugar. Si uno pudiese volver a ellos, y desembarazarse por una hora del peso de la costumbre, vería Chartres en toda su gloria.

Y eso, dice Adams, no es sólo cierto de la gran catedral de Francia, que es la más elevada expresión en piedra, sino de la cultura cristiana absolutamente en todos lados, donde quiera ella estuvo o esté en el futuro, sobre la tierra. María es su causa, efecto y medida. El nombre del diablo es legión y su doctrina es el pluralismo. Y la Santísima Virgen María lo odia, su doctrina y la arquitectura de sus molinos oscuros y satánicos. Entonces debemos preguntarnos acerca de nuestras iglesias y liturgias, de nuestras ciudades, escuelas y casas, ¿agradarían a la Santísima Reina del Cielo y de la Tierra, que es tan sensible a la luz y el color, el abandono, las impresiones desagradables y la falta de inteligencia a su alrededor? Y, sobre todo, en nuestros corazones, ¿qué clase de habitaciones hemos preparado para ella donde pueda venir y visitarnos con su Hijo? Cara artículo de ropa que usamos, cada juego que jugamos, cada línea que escribimos, cada experimento, conversación, negocio o voto es suyo. La investigación teológica e histórica confirma lo que la piedad popular siempre supo y lo que el mensaje claro de revelaciones privadas recientes oficialmente aprobadas por la Iglesia habían confirmado, especialmente en Fátima. Esto es, la teología y la piedad popular acuerda que la Cristiandad será sólo restaurada cuando un número determinado de corazones sea consagrado al Inmaculado Corazón de María. Pío XII consagró el mundo a su Inmaculado Corazón en 1942 cuando los ejércitos de Hitler amenazaban la Iglesia exterior y extendida; Juan Pablo II en Fátima en 1982 explícitamente repitió este significativo acto pontificio; y es nuestra primera tarea, si queremos trabajar con él como católicos para la restauración de la Iglesia que está ahora amenazada por la más insidiosa apostasía interior, consagrar a ella nuestros hogares, escuelas, parroquias y corazones.

No está claro pero la visión más probable – los signos de los tiempos parecen claros – es que el ángel de la muerte está pasando sobre nosotros ahora mismo en estas décadas finales del siglo más penoso de la historia (el XX). El tiempo del castigo profetizado en Fátima es, creo, ahora. No es algo que esperar sino más bien reconocer. El Santo Padre ha recibido un disparo y casi golpeado, una parte gritona sino grande de la Iglesia en occidente está en rebelión material, sino formal, contra el magisterio. Existe desobediencia extendida ante las enseñanzas ordinarias de Casti Connubii y Humanæ Vitæ; las encuestas muestran muy poca diferencia estadística entre las opiniones y las prácticas de los católicos, frente a la de los humanistas, en temas como la anticoncepción, el divorcio, el infanticidio y el vicio innombrable. Nunca ha habido un holocausto semejante en la historia como el asesinato anual de un millón y medio de nuestros niños en los Estados Unidos. Y peor, en el orden espiritual, las normas de celebración del acto más grande en el universo, el Santo Sacrificio de la Misa, son descuidadas ad libitum (a piacere).

Entre las mayores de las de las prerrogativas de Nuestra Santísima Madre está la Esperanza – ella es nuestra vida, nuestra dulzura y nuestra Esperanza. Y aún ahora, como una vez en medio de la oscuridad de Egipto, cuando las familias hebreas pintaban sus casa con la sangre sacrificial de los corderos, se mueve de puerta en puerta de nuestros corazones, pintándolos con la Sangre Preciosísima de su Hijo.

Por supuesto que podemos levantarnos a la mañana, desayunar y partir al trabajo; la vida sigue en medio de la crisis; las apariciones de Nuestra Señora como las de La Salette, Lourdes y Fátima, urgiéndonos a la oración y al sacrificio, no deben ser malinterpretadas como una defensa del quietismo. Por el contrario, una de las verdades desagradables que claramente asientan es que los grandes cambios históricos tienen lugares alejados mientras el mundo sigue con sus negocios en el centro de la escena. Una vez más, como en el caso de Henry Adams, dejadme tomar un sofisticado humanista secular como testigo de la Fe, quien ve claramente lo que de alguna manera no puede creer. Viviendo tan lejos de la Virgen María como podía, este poeta particular se vio sin embargo movido significativamente hacia ella por una sorprendente intuición. W. H. Auden describe cómo los artistas han descripto eventos decisivos como la Natividad y la Pasión de Nuestro Señor y el martirio de los santos, llenando el fondo y a veces el primer plano de sus pinturas con figuras que parecen irrelevantes – pero ése es justamente el sentido:

Acerca del sufrir nunca se equivocaron,

Los Viejos Maestros; qué bien comprendieron

Su humana posición; cómo toma su lugar

Mientras todos los demás comen o abren una ventana o simplemente caminan tontamente pasando de largo;

Cómo, cuando los antiguos son reverenciados, apasionadamente esperando

El nacimiento milagroso, siempre debe haber

Niños que no quieren especialmente que suceda, patinando

En un charco al borde de un bosque:

Nunca olvidaron

Que incluso el martirio terrible debe seguir su curso

De cualquier forma en una esquina, en algún rincón desordenado

Donde los perros siguen con su vida de perros y el caballo del torturador

Se rasca su lomo inocente en un árbol.

Y en la segunda parte del poema, Auden se refiere a la famosa pintura que describe el mito de Ícaro, el niño a quien su padre hizo alas de cera y plumas, pero que como adolescente rebelado en su arrogancia voló tan cerca del sol que éste derritió la cera y cayó en picado en el mar muriendo. El tema principal de la interpretación de Brueghel del mito es que el evento, celebrado durante miles años en la poesía y en el arte, no era, diríamos, reportado en la televisión; pasó inadvertido en ese momento e incluso en ese lugar. Nunca debemos pensar erróneamente que la significación viene medida por los medios:

En el Ícaro de Brueghel, por ejemplo, cómo todo se aleja

Bastante ociosamente lejos del desastre; el sembrador puede

Haber escuchado el chapuzón, el grito desesperado,

Pero para él no era un fracaso importante; el sol alumbraba

Como lo había hecho sobre las blancas piernas que desaparecen en el agua

Verde; y el caro y delicado barco que pudo haber visto

Algo asombroso, un muchacho cayendo del cielo,

Tenía algún lugar donde ir y navegaba con calma.

Por lo tanto, por supuesto que debemos continuar con nunestra vida humana y rascar nuestros lomos algo menos inocentes mientras esperamos el final. No sugieron que nos escondamos en refugios, acaparando existencias de supervivencia ante la venida del Anticristo. Por el contrario. “Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva.” Debemos continuar calmadamente con nuestro trabajo y nuestros impuestos, redimiendo el tiempo durante nuestra estadía en esta vida, incluso mientra el nacimiento milagroso y el martirio ocurren, “de cualquier forma en una esquina”, tal vez en algún Belén impensado como nuestro jardín. Puede haber alguien que lea estas palabras ahora que, como Santa Margarita María y Santa Catalina Labouré – no sabiéndolo aún – sea el punto focal de un gran cambio histórico. En todo el mundo en esta misma hora, María y sus ángeles se están moviendo entre la raza humana. Si consagramos nuestros corazones al suyo, podríamos estar entre aquéllos que hagan una diferencia.

El amor de María se dirige en primer lugar a sus sacerdotes, quienes son de primera importancia porque en cierto sentido la Eucaristía es la misma Iglesia, y el sacerdote es su instrumento indispensable; pero secundariamente su amor incluye a los religiosos y los laicos que asisten al Sacrificio; y aún el menor entre nosotros, problematizado por pecados y fracasos, compartirá este espléndido momento en la historia de la Iglesia porque no sólo Sus ovejas sino sus cabritos serán llamados – por quien, si la amamos, de alguna manera, de cualquier manera, en una esquina, un maravilloso Niño caerá del cielo y ella nos sujetará, nos subyugará, a Su voluntad a pesar de la Oscuridad de Egipto y la oscuridad en nosotros.

John Senior, The Restoration of Christian Culture, Foreword by Andrew Senior, Introduction by David Allen White (Norfolk, VA: IHS Press, 2008).





Notre Dame de la Belle Verriere, vitral del siglo XII, Catedral de Chartres [Gentileza: Merowig].


 

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