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martes, 22 de marzo de 2011

A éstos los llaman cristóbales, viejo-católicos, nazis, aliancistas, rosistas o radicales… o filo-lefes...

    ¿Y cómo ven ustedes todo esto de ahora? ¿Qué hay ahora, para ustedes? —preguntó el curioso vejete.
    Yo veo esos “movimientos” que usted dice —dijo el cura—. Eso sí.
    Una especie de guerra civil insensata. Éstos —dijo Edmundo, señalando al cura—, que están sublevados contra el gobierno de una manera insensata, los “cristóbales”, puesto que nada pueden contra él; y el Gobierno que ha hecho contra ellos una cantidad de leyes que son claramente injustas. No sé quién empezó. Pero es el cuento de nunca acabar… Es una cosa atroz; ¡mire que estos dos, él y su hermana, han sufrido ya lo que no hay idea! Y no cejan. Al revés, cada vez parece más seguros…
    Bueno, esto del gobierno de ahora se llamaba “liberalismo”, y lo de éstos otros se llamaba religión católica o “iglesia” cuando yo era muchacho. Ahora se llama neocatolicismo o vitalismo cristiano por un lado; y a éstos los llaman cristóbales, viejo-católicos, nazis, aliancistas, rosistas o radicales…
    Todas las cosas feas tienen muchos nombres —dijo el cura sonriente.
    El eje de la historia argentina es la pugna entre el liberalismo y la tradición española. Y el liberalismo ha vencido. Eso es todo —dijo el judío—. La francamasonería, que es una creación de nuestra raza, fue su instrumento o brazo derecho; y egregiamente que trabajó, por cierto.
    Y así como aquí el liberalismo vino de afuera, también venció con el auxilio de afuera —dijo el cura—. ¡La expedición de Brasil!
    Así es si usted quiere —el viejo prosiguió con su voz de pájaro—, pero a mí me parece que ahora ya no hay “afuera”. El mundo se ha unificado. Lo que no pudo conseguir la Iglesia, lo hizo la Democracia: la unión de las naciones.


Leonardo Castellani, Su Majestad Dulcinea.


“Dulcinea Argentina”
(Ilustración digital realizada por Mariano G. Pérez
inspirada en la novela de Leonardo Castellani “Su Majestad Dulcinea”). 

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jueves, 3 de marzo de 2011

Castellanianas: A 30 años de su fallecimiento


  • Misa in memoriam en la iglesia de San Ignacio (Bolívar y Alsina, Ciudad de Buenos Aires) el martes 15 de marzo a las 19.00 hs.
  • Conferencia a cargo del Dr. Jorge N. Ferro en la nueva Librería "Leonardo Castellani" (Bartolomé Mitre 2162, Ciudad de Buenos Aires) el jueves 17 de marzo a las 19.30 hs.



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martes, 18 de enero de 2011

El Apocalipsis en España

Debate sobre el Apocalipsis, el fin de los tiempos y la Parusía en el programa Lágrimas en la lluvia conducido por Juan Manuel de Prada. Los invitados fueron el P. David Amado (Univ. Abat Oliva, Fund. Balmesiana), el Dr. Miguel Ayuso (Univ. Comillas, revista Verbo), el P. José C. Martínez de la Hoz (Opus Dei) y el P. Gabino Uribarri S.J. (Univ. Comillas).


Quizá no aporte demasiado al que está metido en tema, pero el sólo hecho de que exista un programa como éste, aunque sea en cable, es para celebrar.

J. M. de Prada es el escritor y periodista que está haciendo una labor encomiable de difusión del Padre Castellani en España.



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martes, 4 de enero de 2011

Documental sobre Castellani

Especialmente para los amigos españoles que hace poco lo han descubierto gracias a la tarea de difusión de Juan Manuel de Prada.

(A los argentinos alguna cara [-dura] que aparece y algún comentario puede irritarnos un poquito, pero vale la pena igual.)










Calculamos que el documental debe tener unos 20 años.

Agradecemos al amigo E. que nos pasó el enlace.

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lunes, 2 de agosto de 2010

A mí me ha sido entregada (IV)

Turno de Castellani:

El diablo es el autor de la “mecanización” del mundo moderno; y eso no por puro gusto de embromar, sino porque lo tiene en la sangre; “le viene de naturá”, como a Carmen Amaya la danza. El diablo es el que quiere hacer vivir a toda criatura su propia existencia, “vivir su vida” como dicen las huaynas de Buenos Aires. Víctor Hugo vio bien, que el diablo y Dios están unidos en la paternidad; porque el diablo ayudó a Dios en la creación de lo terrestre.

Atención, entendámonos bien; que aquí oigo un grito de “¡maniqueo!” que me ha lanzado el canónigo teologal.

Dios es el Creador, desde luego; Dios no puede comunicar a ninguna creatura el poder de crear “ex-nihilo”; ni siquiera puede servirse de ninguna como instrumento para la instantánea operación creativa —demuestran sabiamente los canónigos teologales. Pero Dios creó a Satán al mismo tiempo que el universo material, y en una misteriosa (para nosotros indescifrable) afinidad con él. “Creavit cuncta símul”. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”, dice el Berehim; el cielo es la creación espiritual, la tierra con su firmamento, que “no es cielo ni es azul, lástima grande”… es el universo material. Entonces comenzó el “tiempo”.

¿Quién es Satán? Los Padres latinos creyeron que era uno de los ángeles de la jerarquía ínfima; mas los Padres griegos enseñaron con más congruencia que fue (y es) el Arcángel prepuesto al gobierno del Universo, el que mueve las inmensas ruedas de los astros y atiza la evolución de lo viviente; y lo sacan del título que le dio Cristo de “Príncipe de este mundo”; y de la 3ª tentación en la cual Satán le ofrendó el gobierno de este mundo y Cristo no le respondió: “Embustero, no puedes dar eso”;… y de otras palabras de la Escritura. El pecado no destruye la naturaleza sino la gracia; si un pecador es por naturaleza gobernador de este mundo, queda gobernador después del pecado. Si un hombre de talento peca, no por eso pierde de golpe el talento de que abusa. Si un hombre sano peca, no por eso va a perder la salud; aunque eso ya no es tan seguro, sobre todo con estas pestilencias asquerosas que hay hoy día, como la dispepsia y la adiposidad. De modo que si Satán fue desde “el principio” gobernador de este mundo (y eso en un espíritu no puede ser accidente externo sino natura) permanece siéndolo.

Dios creó a Satán y al mundo junto y con una arcana afinidad entrambos. Si un ángel puede mover la materia, es que tiene una habitud natural con ella (como un hombre no puede mover nada sino por algún contacto, ni el alma puede mover al cuerpo si no lo informa); es porque está en ella, pero no con un estar espacial, sino sustancial. El medio con que el ángel mueve lo material, creen los Santos que es el éter. De ahí que la bomba atómica y esto que llaman ahora “desintegración de la materia” creen los santos, que es invención angélica: que un ángel (y no el bueno a osadas) es el que dio al hombre la entrada a la secreta morada de los espíritus, que es el éter: no la morada espacial, seguro, los ángeles no tienen extensión, caro canónigo; sino la morada “habitudinal”, el “dominio”, como si dijéramos. Santo Tomás tiene dos extraños artículos en la Summa en que se pregunta: “¿Es el Cielo Empíreo el lugar de los ángeles?” y “¿Habitan los demonios el aire fuliginoso?” Por esas dos expresiones entiende Santo Tomás el “éter”; y la idea está sacada de un texto de San Pablo (Ephes. II, 2) y de una afirmación persistente de los antiguos, que está incluso en Aristóteles y en el Timeo de Platón.

El modo como el ángel está en la materia, eso es lo que nadie puede ni podrá explicar claro. La comparación más cercana que podemos excogitar es la disposición del artista para con su materia: no está unido a ella materialmente, por supuesto; pero lo está “habitudinalmente”. No ve solamente el mármol, la madera o los colores como nosotros, sino que los “intuye”, los ve por dentro; como puede usted cerciorarse, caro amigo, leyendo los dos excelentes libros de filosofía del arte de Diego F. Pro: El escultor Lorenzo Domínguez y Conversaciones con el pintor Bernareggi, editados por la Universidad de Tucumán. El escultor piensa en términos de volumen, masa, proporción y hueco, y no en silogismos como nosotros. El pintor discurre (o mejor dicho no discurre sino entiende) en términos de cuadros, composición, valores, tonos, luces y sombras. Por eso es tan difícil (y no se lo aconsejo a nadie) o mejor dicho imposible (imposible relativamente) discutir con un artista. El artista discurre en cuadros vivos. Quiero decir que entre el artista y su materia —su materia ideal, por decirlo así— existe una afinidad natural intrínseca, como si ella fuese una prolongación de sus manos. Lugones me contó que en la concepción de algunas de sus poesías, las rimas, lejos de serle una dificultad, era lo primero que le aparecía: en los Romances de Río Seco. No antes ni después, sino junto con la “idea”.

Dios “creó todas las cosas juntas”, dice la Escritura, y por cierto a pares, “cosa contra cosa”; es decir, “rimadas”: varón y mujer, cielo y tierra, natura y gracia. Y, sin embargo, dice también la Escritura que las creó en siete etapas; y la mujer después del varón. San Agustín concilia estos dos lugares diciendo que Dios creó todo de una vez; mas puso en el caos una fuerza de diferenciación que desarrolló el Cosmos en 6 etapas: la famosa “evolución” de los modernos. Esa fuerza fue Satán, el artista, que entonces no era todavía Satán (que significa “El Adversario”) sino Lucífero, que significa el “Portaluz”; puesto que la Escritura dice que “estaba con Dios en el Principio de sus Caminos”: esos largos e intrincados caminos que presintieron Cuvier y Lamarck.

Dios es el autor; pero Lucifer, si no es el soplo, es el soplador. Es el apuntalador, él tiene el libreto. El chufla (o digamos chifla) al interior de la creación el mismo soplo que él recibió directamente de la boca divina —excepto el hombre— en el cual “Dios sopló” —dice el libro del Berehim. Él invita a las criaturas a existir de su propia existencia. Las tienta con una tentación irresistible, con el ejemplo de su propio éxito. Inocente todavía, es ya malicioso como un mono, sutil como una culebra. Habiendo sido “inspirado”, es el inspirador. Los mundos, los eones y los siglos se deshojan desde sus dedos. Vuelve una tras otra, sorprendido, pero al punto comprensivo, y ya en el ajo de todo, las páginas de los seis “yôms”.

Desde el serafín hasta el gusano (¡qué suma inmensa de alusiones y confrontes!) todo se desarrolla en orden y jerarquía perfecta, tan perfecta que nadie debe tocarla. Ya está: nadie lo toque: ni Dios, exclama el Dueño de este Mundo. ¿Qué es eso del milagro; es decir, la excepción, el capricho, el disloque, el “desorden”? El arcángel siente los celos del artista respecto de su obra —del artista menor, el que no está por encima de su obra, sino adentro. ¿Qué es eso de crear un hombre, y juntarlo nada menos que a una persona divina? ¿Dónde se ha visto tal cosa? ¿Qué es eso de crear una mujer que sea ¡horror! madre de Dios? Nequáquam. Nom serviam.

Pobre diablo. Se apropió la obra de Dios y la ordenó a sí mismo, siendo el encargado de hacer marchar el mundo; mas no por eso dejó de hacerlo marchar. No “a latigazos” como dice Andreief, sino desde adentro, con su poder de crítico y “diferenciador”, con el ácido de la Discordia, “que es la madre de todas las cosas”, dijo Heráclito. Así como Dios tiende a reunir todas las cosas en la unidad, a “recapitular”, Satán tiende a diferenciar. Es el ser del cambio, el dueño del tiempo, el motor de la “evolución”, el “elán vital”, el pregonero de las modas, el patrón del Progreso Indefinido. Evolución, revolución, contrarrevolución, recontrarrevolución, destrucción, reedificiación… ¡Cambiad, mortales, cambiad, cambiad; porque yo no tengo reposo sino en el cambio, en el Devenir! Todo está en todo, y Todo es todo: el bien y el mal, la natura y la gracia, el sabio y el ignorante, Cristo y Sócrates, el arzobispo y el descamisado! ¡Yo soy el gran Todo de Fichte, Schelling y Hegel!


El Bien y el Mal en su fondo

Son uno en eterno abismo—

El Ser y No-Ser lo mismo

Son uno en abismo hondo—

El Universo es redondo

No hay en él cruce ni cruz—

Alma del mundo es Jesús

Que un cuerpo etéreo evidencia—

Y todo eso es mi conciencia

Que es Inextinguible Luz.

El mundo de hoy (el mundo, no la Iglesia) está despartido en dos grandes partes (y por fin llegamos aquí a Dinámica Social) que andan queriendo chocar entre sí; una de ellas arbola como estandarte el “Progreso Técnico” y la otra la “Justicia Social”— y parecen del todo contrapuestas o irreconciliables entre sí, aunque se hunda el mundo. Pero ambas concuerdan en una cosa, que es su odio a la Tradición; la Tradición que representa (en cuanto es posible en el hombre) no el cambio sino lo que permanece. Las dos partes en conflicto quieren cambiar y cambiar; hacer cambios, apresurar el cambio, precipitar el cambio (progreso llaman a eso) y llegar al gran Cambio, que haga de este valle de abrojos un edén, con solas las fuerzas del hombre. Y para eso las dos partes se sirven como instrumento de la mecanización de la sociedad y el universo, que llaman tecnocracia y es tecnolatría. Es la “réussite” más grande que ha tenido Satán en todas las edades: la materialización de lo vital, lo viviente sometido a la máquina: y la máquina al servicio del Dinero, concreción metálica del trabajo y el afán humano, el Ídolo duro que Moisés hizo pedazos y mandó pasar a cuchillo a sus adoradores… ¡Cómo ha cambiado también Moisés con el tiempo!

La materia es mecánica y se somete a la mecánica: el espíritu no es mecánico; él “sopla donde quiere y no sabes de dónde viene ni adónde va”. El diablo no tiene poder sino sobre la materia, pero hay que reconocer que ese poder hoy día no le ha sido negado; y que el espíritu gime oprimido hasta la sangre bajo ese poder.

Los poetas no tienen idea de ese poder; y por eso se la toman con Satán un poco a la ligera, le tienen lástima, y lo quieren “redimir”: Hugo, Vigny, Papini… Ya te van a dar redimir. Les podíamos decir, así medio en broma medio en veras:


“—¡Oh poeta! ¿Qué has hecho de Satán?

¿Qué has hecho del Lucero de la Mañana, de la Criatura Primogénita, del Principio de las Vías, del Carbunclo Primigenio, del Príncipe de este mundo, del Fuerte Armado, del Hijo del Amanecer?

¿Qué has hecho del Fulmen de Dios, que le bastaría tocarte para hacerte polvo; qué digo tocarte, solamente soplarte; más aún, con sólo mirarte?

¿Qué has hecho del gran Embustero, del que fue homicida desde el principio, del Acusador, del Crítico, del Domador, de la Serpiente Antigua, del Dragón Rojo, del refulgente Arcángel del Exterminio?

¿Qué has hecho de Abbadón, de la llama inteligente y pérfida, de la piedra preciosa, del aire de las tormentas?

¿Qué has hecho del Rey de las Serpientes y el Emperador de los Mosquitos, del León Rugiente Circundante, del gran Perro Encadenado?

¿Qué has hecho del Emperador del Doloroso Reino? ¿Qué has hecho de él?

—¡Oh teólogo! Lo he matado para hacer metáforas para mis poemas.

—Pues sepa Ud. que no es disculpa…”

Esto se nos ocurrió acerca del Satán de Papini. Satán ha muerto (eso se cree el mundo) en el mundo moderno; y los poetas no temen ya hacer con sus carnes longanizas de metáforas, como las que hemos hecho arriba. Hacen mitología con él.

Los que no creen en su existencia, pueden tomar todo esto como mitología. De cualquier forma, Satán está todavía dentro del pensamiento occidental, y no hay sin él poesía ni filosofía. Carducci y Baudelaire le han escrito himnos, Rafael Obligado lo pintó como el simpático Dios del Progreso; y grandes sistemas filosóficos, como el de Carlos Marx y Heidegger, lo ponen implícitamente como un Absoluto, pues maniqueamente hacen del Mal el principio último de todas las cosas.

Y el Mal, por más poder que tenga, no es el principio último de todas las cosas.

Leonardo Castellani, “Papé Satán, Papé Satán Aleppe”, en Dinámica Social, nº 41 (Enero de 1954). Recopilado en Notas a caballo de un país en crisis, con “Estudio Preliminar” de Bernardino Montejano (Buenos Aires: Dictio, 1974).





Duccio di Buoninsegna (1255/60–1318/9)
"La tentación de Cristo en la montaña"
(témpera y oro sobre madera),
fragmento de "La Maestà" que adornó el altar mayor de la Catedral de Siena hasta el siglo XVIII en que fue desmantelado. Este fragmento se encuentra actualmente en The Frick Collection (Nueva York, Estados Unidos)

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martes, 23 de junio de 2009

"Loved chivalrye, trouthe and honour, fredom and curteisye"


Hace unos cuantos años, el Padre Alfredo, tras una de sus eruditas conferencias sobre temas históricos, nos comentaba que, en buena lógica tomista, creía que cada país tenía su forma particular de ser católico y que la reforma inglesa nos había realmente arrebatado de una porción importante de cultura católica. Algo así era y es posible que mi memoria me falle.

Pero haya sido o no una idea del querido jesuita, era también uno de los temas a que Belloc volvía una y otra vez. Aunque el gran Hilario completaba la idea con su complemento, el punto de vista inglés. Los ingleses habían perdido, gracias a la reforma, una forma de ser particular, más natural y alegre, que no se pone nervioso porque lo miren fijo o alguien mueva las manos al hablar, que no hace cola por cualquier cosa y teme conversar de política y religión, que no necesita iniciar una conversación hablando del clima o tomar unas cuantas pintas de cerveza para tomar coraje (“take Courage” rezaba una conocida publicidad de una conocida “ale” inglesa).

Esa vieja Inglaterra que la reforma cortó de raíz era la “Merry Old England”. La de los Cuentos de Canterbury y la las historias de caballería. La de los caballos blancos en las colinas donde el rey Alfredo venció a los daneses y las “charing crosses” donde la procesión fúnebre de la reina Leonor debió detenerse a descansar. La de los príncipes que se preparaban para gobernar yendo a Tierra Santa o Hispania a defender las fronteras de la Cristiandad, o a París o Bolonia a estudiar con los mejores sabios de su tiempo. La Inglaterra cuya corte hablaba en francés “royal” —como gustaba recordarle Belloc a los “pangermanistas”—, la Iglesia en su latín y el pueblo en una mezcla de dialectos locales, cada uno más rico y más sonoro. La que se enorgullecía por la cantidad de sus abadías benedictinas, pero que no se quedaba corto en conventos mendicantes.

Como explica Belloc, la reforma inglesa tuvo éxito porque, más allá de algunos golpes de efecto como las persecuciones recurrentes que dejaban un tendal de mártires católicos cada vez, se dio en distintas etapas a lo largo de varios siglos, desde Enrique VIII hasta la derrota de la última rebelión jacobita en Culloden en 1745, sin dejar de mencionar la dictadura del puritano Cromwell —cuya estatua aún custodia el Parlamento para estupor de nuestros liberales—. Como el cuento de la rana que es hervida viva de a poco y no salta como si se la soltara en agua caliente, al pueblo inglés se lo desenraizó de su tradición católica durante un lento proceso de dos siglos y varias marchas y contramarchas. Y la mayor evidencia de esto la tenemos en la obra de Shakespeare —haya sido o no cripto-católico como dicen algunas investigaciones modernas, lo cual para el caso es lo mismo—.

Y esto viene a cuenta de dos noticias de los últimos tiempos: la aprobación de un milagro atribuido al venerable cardenal John Henry Newman y la próxima reunión en Oxford de un grupo de expertos que discutirá la posibilidad de abrir la causa de canonización de Gilbert Keith Chesterton. Lo cual levantó alguna polémica entre “los nuestros”.

Newman y Chesterton son quizá los dos arquetipos más puros de la forma inglesa de ser católico, nos decía sino recuerdo mal el cura de arriba. ¿Y por qué, entonces la polémica?

En primer lugar, a muchos molesta la profusión de beatificaciones y canonizaciones en los tiempos del anterior Pontífice. Y eso es cierto. Pero la pregunta es ¿eso realmente importante o lo que importa es a quiénes se canonizó? Reconozco que algunas canonizaciones fueron polémicas; no menos lo fue la de Santa Juana de Arco en 1920. Pero convengamos que muchas de esas canonizaciones lo fueron de causas de “fundadores” de congregaciones (en la misma línea que se venía haciendo desde León XIII cuanto menos y, en todo caso, se agilizaron trámites que estaban meramente atrapados en la burocracia de la Curia) y otras, de martirios cuya justicia al reconocerlos nadie dudaría (mártires de Corea, de Paraguay, de Indochina, de China, de España…).

Pero más allá de esto, ¿alguien duda que Newman o Chesterton estén en el Cielo?

Respecto a Newman, algunos dudan de su ortodoxia. “Development of Christian Doctrine” sigue siendo un libro que produce escozor entre los que quisieran creer que la Iglesia apareció así (o como era en 1960) como sacada de la galera por Cristo. Pero también por quienes les gustaría una Iglesia aggiornata a lo último y que como en los “garage sales” o en las ferias americanas, cada 5 ó 10 años regalara sus bienes materiales (y, sobre todo, espirituales) para adquirir unos nuevos más a la mode.

El pobre de Newman, no más converso, se vio envuelto en medio de un enorme conflicto ad extra protagonizado por la Iglesia Católica Romana, el gobierno inglés y una sociedad que tan sólo 50 años atrás había linchado católicos. Y ad intra, tuvo que resistir los cantos de sirena de los diferentes “partidos” que se disputaban el predominio de la Iglesia inglesa recientemente restablecida: las viejas familias recusantes que pretendían se les reconocieran tres siglos de fidelidad (no siempre tan clara ni tan constante, todo sea dicho) y que por lo tanto se les dieran ciertos privilegios; los inmigrantes irlandeses que inundaban las ciudades industriales trayendo con ellos sus propias costumbres y requerimientos “pastorales” [es tema de otra entrada, pero adelantemos que el catolicismo irlandés de ese tiempo estaba apestado de jansenismo]; los conversos del anglicanismo (como el propio cardenal) y que pretendían ser más papistas que el Papa, y last but not least, el clero extranjero (especialmente congregaciones francesas e italianas) que querían persuadir —y en muchos casos imponer— su sensibilidades nacionales particulares. Y, a su modo, pasados 150 años, esas mismas fuerzas (con otros nombres) siguen buscando quedarse con Newman.

Con Chesterton pasa algo similar, pero de signo contrario. A algunos amigos de Chesterton (que no son como los de Job) les resulta poco serio, y a otros porque presumiblemente no llegó al “perfecto dominio de todas sus pasiones” o porque le faltan millares de milagros. Con respeto para los amigos (amicus Plato, sed magis amica veritas), me permito disentir con ellos, rotundamente.

¿Chesterton poco serio? ¿Con pasiones indómitas? ¿Sin milagros? ¡¿Quién dice?!

Se puede ser serio sin poner “cara de serio”. Es más, conozco demasiada gente con cara de serio que definitivamente no es seria. ¿No son serias sus apologéticas Ortodoxia, Herejes y El hombre eterno? ¿No son serias sus novelitas El Napoleón de Notting Hill, El hombre que fue Jueves o La resurrección de Don Quijote? Por Dios, no es serio Lo que está mal en el mundo? Era gordo, pues Santo Tomás también lo era. Bebía cerveza, pues San Agustín es el patrono de los cerveceros. Tenía muy buen humor, como muchos mártires que se reían al ser arrojados al fuego o al aceite hirviendo. Hablaba con todos, tal como San Francisco. Se enternecía con los niños, como Cristo.

En cuanto al dominio de las pasiones o no, habría que profundizar más al respecto para no confundir el dominio o el orden de las pasiones (junto a los sentimientos y las emociones), con la represión. Hacerlo nos llevaría mucho más que una entrada, con textos de Aristóteles, los Padres y Santo Tomás, entre los antiguos, y Garrigou-Lagrange, Pieper y Pinkaers, entre los modernos. Sólo recordemos, de pasada y con San Agustin, que “las pasiones son malas si el amor es malo, buenas si es bueno”. ¿Y quién puede dudar del amor bueno del Gordo inmortal?

Y, finalmente, respecto a los millares de milagros necesarios. El 18 de julio de 1323, el Santo Padre Juan XXII, clausura el proceso de canonización de Tomás de Aquino —que tanta oposición había levantado, debemos recordarlo— con su aprobación: “¿Me piden milagros? Cada uno de los artículos de la Suma es un milagro. Doctrina eius non potuit esse sine miraculo.”

“Pero, no me compare al ‘gran’ Santo Tomás con Chesterton.” Ah, ¿sí? ¿Por qué?

Étienne Gilson, tras haber dedicado toda su vida al estudio de la filosofía medieval en general y del Aquinate en particular, quedó pasmado con la facilidad con que este gordo inglesito pudo comprender la enorme doctrina del tomismo tras unos pocos días de estudio y escribir ese lindísimo libro, “a popular sketch” lo llamó humildemente en su prefacio, que es “Saint Thomas Aquinas: The dumb ox”. Dijo Gilson, “Chesterton me hace desesperar. He estudiado a Santo Tomás durante toda mi vida y nunca podría haber escrito un libro así”. “Lo considero sin comparación posible el mejor libro jamás escrito sobre Santo Tomás. Nada menos que un genio puede anotarse un logra tal. Todos sin duda admitirán que es un libro ‘inteligente’, pero pocos lectores que han pasado 20 ó 30 años estudiando a Santo Tomás de Aquino, y quienes, tal vez, han publicados ellos mismos dos o tres volúmenes sobre el tema, no pueden dejar de percibir que el así llamado ‘ingenio’ de Chesterton ha convertido su especialización en su vergüenza”. Y agregó: “Chesterton fue uno de los pensadores más profundos que jamás ha vivido; era profundo porque estaba en lo correcto; y no podía evitar estar en lo correcto; pero no podía al mismo tiempo dejar de ser modesto y caritativo, dejando a quienes le entendieran saber que estaba en lo correcto, y profundo; para los demás, se disculpaba de tener razón, y disfrazaba su profundidad con su ingenio. Eso era todo lo que podía ver en él.”

Quizá no sea uno de esos santos ejemplares de que habla el P. Iraburu en un lindo texto, pero quizá veamos a algún Papa en algún futuro no lejano decir: “¿Me piden milagros? Cada uno de los libros de Chesterton es un milagro. Doctrina eius non potuit esse sine miraculo.”

Para mí, siguiendo a Castellani, es y será “San Gilberto del Buen Sentido”.



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martes, 21 de abril de 2009

Nolite timere pusillus grex

Si bien comenzamos esta bitácora hace ya un tiempo, es evidente para quien ha seguido nuestras entradas en la misma, que recién remontó vuelo hace cosa de un mes luego de algunos cambios estéticos y funcionales, y, lo que es más significativo, luego de meses de meditar algunas cuestiones.

Desde que comenzamos a buscar altura en este viaje, y mientras tratamos de alcanzar velocidad de crucero, nos alegra el acompañamiento, lento pero constante, de lectores; a quienes, desde ya, agradecemos, al tiempo que nos entregamos a su benevolencia. La mayoría de éstos, nos esperanzamos, provienen del Argentino Reyno y de nuestra madre patria allende el Atlántico, esas Españas peninsulares por las que —al decir del Padre Castañeda— “somos gente”.

Españas plurales, “donde no se ponía el sol”, que eran como la prolongación de la Cristiandad en el Nuevo Mundo y el sostén de ésta en el Viejo. Y por eso fue atacada con el mayor de los odios, no sólo desde fuera, sino —y lo que es peor— desde dentro, por esa “damajuana de caña en una jaula de monos” (Castellani dixit) que fue (que es) el liberalismo. Liberalismo que primero nos despojó de nuestra unidad, destrozando las esperanzas de lo que pudo haber sido, y luego nos vendió barato a las fuerzas de la Revolución mundial anticristiana.

Y mientras la sombra de Mordor se extiende sobre la Tierra Media y la tormenta parece hacerse inminente, nos echamos al monte como los matiners carlistas, nos internamos en la jungla camboyana, nos fugamos a la frontera pampeana como Fierro y Cruz, nos alojamos en las catacumbas como la pequeña Severa… al menos de manera mística e interior, mientras nos preparamos para cuando debamos hacerlo de forma corpórea y exterior.

Nuestro reducto final, nuestro último baluarte, no es otro que el de los altares y los hogares, el viejo lema ciceronianopro aris et focis”. La patria, como gran hogar, tierra de los abuelos (terra patrum) y los nietos, rodeada por el mundialismo atomizante que, como moderno lecho de Procusto de formas tan elaboradas y complejas como siniestras, pretende conformar una legión de consumidores esclavos a su servicio. Por su parte, La Iglesia, sobre la que se dictó el eterno non praevalebunt, pero que, sino su altar, —como enseñaba Castellani— verá su atrio profanado, desde fuera por las turbas enardecidas en busca de su chivo expiatorio y desde dentro por los Judas contemporáneos que pretenden regalárselo. Y todos ellos —como explica René Girard— creerán estar haciendo un bien…

En fin, la familia en cuanto es la iglesia doméstica y la pequeña patria, es la Minas Tirith sitiada por el Señor Oscuro y sus secuaces desatados tras la caída del katejón. Cada vez es más evidente que la vía política nos está vedada (nos faltan completamente los medios económicos, mediáticos, propagandísticos y, hasta, humanos para alcanzar el poder). Cada vez más, la sociedad, como un todo, se está impermeabilizando ante nuestra prédica (preocupada en la satisfacción de su hedonismo material, sexual e, incluso, psicológico y espiritual). La Iglesia misma, una parte importante de ella (obispos, sacerdotes y laicos practicantes), no nos entiende, como si hablásemos una lengua desconocida; preocupada por el consenso, el diálogo, los valores, la democracia, etc. parece haber perdido de vista los principios eternos que debería predicar. Creemos que es ésta, la del hogar —no un hogar ideal, abstracto o general, sino el nuestro, éste y ahora—, la última trinchera antes del fin. Y el Enemigo lo sabe y por eso la ataca como lo hace, con todas las armas de la cultura de la muerte —aunque esto no es nuevo.

Decía, más o menos, Joseph de Maistre que, desde el hecho de la Revolución, debíamos “re-aprender” a ser tradicionales. Lo que antes era intuitivo; lo que antes sabíamos de nuestros padres y abuelos; lo que antes respirábamos en el ambiente; hoy, debemos estudiarlo, meditarlo, contemplarlo y transmitirlo. Creo que ya no nos alcanza solo con los grandes textos contrarrevolucionarios y tradicionalistas del pasado, hoy necesitamos “re-aprender” a ser buenos padres, esposos, hermanos, hijos y amigos, en Cristo y María; a la vez que astutos defensores del hogar en que Dios nos ha insertado. Y, desde allí, quizá, si Dios quiere, reconquistar algunos espacios públicos más o menos pequeños para Cristo. Necesitamos ser como los “últimos de Filipinas”, como esos soldados japoneses que a 30 años de terminada la Segunda Guerra seguían atrincherados en defensa de su emperador... En fin, como esos vietnamitas, yanquis y camboyanos de Apocapypse Now.

Creemos, como un extraordinario artículo que leímos una vez, que

Dios confió a la humanidad el cuidado de su Iglesia en este mundo hasta la Parusía. Es construyéndola en el territorio del Enemigo que participamos en la acción de la Providencia en la historia, y que nos santificamos. Dios ciertamente puede asistirnos de maneras extraordinarias; la notable vigorosidad de la Iglesia en algunos momentos sólo se puede explicar por intervención divina. Pero nada en justicia, exige a Dios darnos un nuevo grupo de santos, héroes y sabios para arreglar todas las cosas como si nada. Cuando la Iglesia necesita santos, héroes y sabios, no tiene a nadie más que a nosotros. Y la mayoría de nosotros estamos demasiado malditamente orgullosos de nuestra falsa humildad para aunque sea intentar la santidad heroica.


El estado de la vida cristiana hoy, como siempre, es el de rezar entre ruinas; de rastrillar entre los escombros de una iglesia largamente destruida en busca de pedazos que podamos reconocer; en asirnos a ellos y atesorarlos de una manera que los hombres que los disfrutaron en su esplendor nunca hicieron. Venerar estos pedazos de escombros, y estudiarlos para darnos una idea de la forma en que encajaron y el significado que alguna vez tuvieron. Inducir lo que podamos de los olvidados métodos de construcción y el lenguaje del simbolismo también olvidado, y reconstruir lo que podamos en el tiempo que se nos da. Construir algo bello para Dios, de modo que el recuerdo de la antigua fe pueda sobrevivir para la próxima generación, hasta que las fuerzas del mal destruyan, quemen y sepulten nuestras construcciones.


Y hacer esto creyendo, a pesar de toda tentación para desesperarse, que la victoria ya se ha ganado, y que la liberación está cerca. Nos ha sido dada la tarea de modo que en ella podamos encontrar nuestro propósito, nuestro gozo y nuestra santidad. Y perseverando, heredaremos un nuevo cielo y una nueva tierra, en la cual construir en forma permanente lo que hemos construido en pobre imitación en este mundo roto.*


Placa del siglo XII que representa a Hugo de Vaudemont y su esposa Ana. Cuenta la historia que el conde Hugo partió a las Cruzadas y allí fue tomado prisionero por los sarracenos. Toda su familia lo dio por muerto, excepto su esposa, Ana de Lorena quien lo esperó durante 16 devotos años. Al regreso del cruzado, su mandó realizar esta placa conmemorativa que aún puede verse en la iglesia franciscana de Nancy.



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miércoles, 15 de abril de 2009

Hombres para poco

Debo decir algo sobre los malos soldados del Rey Cristo, es decir, los cristianos cobardes. Nada aborrece tanto a un Rey como la cobardía de sus soldados; si sus soldados son cobardes, el Rey está listo. No hacen honor al Rey Cristo los cristianos que tienen un especie de complejo de inferioridad de ser cristianos. [...] Para que Cristo sea realmente Rey, por lo menos en nosotros, hemos de vencer el miedo, la cobardía, la pusilanimidad; no ser ‘hombres para poco’, como decía Santa Teresa, y ¡pobre de aquel a quien ella se lo aplicaba! ¿Y cómo podemos vencer al miedo? ¡El miedo es un gigante! ‘¿Os olvidasteis que Yo estaba con vosotros?’.

R.P. Leonardo Castellani,

Domingueras prédicas.

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miércoles, 25 de marzo de 2009

Aviso

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viernes, 20 de marzo de 2009

Se olerá en el aire, como las tormentas


La Venida Segunda es imprevisible y es previsible a la vez... Es imprevisible desde lejos y en cuanto al tiempo exacto; pero a medida que se aproxime se irá haciendo... no diré cierta, pero sí, como dicen, «inminente». Se olerá en el aire, como las tormentas; pero no por todos, ciertamente, sino por muy pocos.

R.P. Leonardo Castellani,
Los papeles de Benjamín Benavides



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