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lunes, 25 de abril de 2011

De series y procesos

Hace unas semanas terminamos de ver la serie histórica novelada “The Tudors”. En general solemos rehuir a las series por temor a “engancharnos”. Cosa que, tras caer en la tentación, sucedió en este caso.

“The Tudors” no es la historia de la dinastía de ese nombre como podría parecer, sino que se limita, más bien, al reinado de Enrique VIII de Inglaterra. Por supuesto que, como suele suceder con la novela histórica, los autores se toman muchas libertades necesarias —como ciertas fusiones de personas reales en un único personaje y algunas alteraciones cronológicas— e innecesarias —como la obsesión con el sexo y la personalidad hipócrita de casi todo individuo que era “alguien”, excepto algunos “mártires” tanto protestantes como católicos que salen, en general, bien parados—.

Sin embargo, hay muchos temas históricos que están muy bien tratados: la mundanización del alto clero renacentista, las motivaciones políticas y económicas detrás de la Reforma, la recepción apática de la misma por el pueblo inglés y, al mismo tiempo, la furiosa reacción de éste ante la supresión de los monasterios, el ateísmo práctico de gran parte de los funcionarios y la nobleza, la mayoritaria confusión dogmática tanto en católicos como en anglicanos, luteranos y calvinistas, la popularidad de la reina Catalina y de su hija María y los sufrimientos a que ambas fueron sometidas, el maquiavelismo de los príncipes renacentistas dispuestos a pactar con el mismo diablo para lograr sus objetivos, el despotismo creciente de Enrique VIII derribando una tras otra las antiguas leyes medievales, la calidad moral del cripto-luterano arzobispo Cranmer y del cripto-católico obispo Gardiner, entre algunos que recordamos. Incluso, hechos que en los libros de historia sólo han merecido un párrafo, como la “Peregrinación de la Gracia”, tienen aquí su lugar.

Estéticamente es notable. La reconstrucción por computadora de la Londres renacentista está muy lograda; en algunas otras ocasiones la animación no logra pasar desapercibida (por ejemplo, las viejas murallas medievales de Boulogne-sur-Mer). Algunas panorámicas no tienen nada que envidiar a las grandes súper producciones de Hollywood. Los vestuarios son, en general, impecables, aunque se suele exagerar con lo vistoso como si la ropa de gala fuese la de todos los días. En cuanto a los actores, se ha preferido apelar a los gustos estéticos contemporáneos por sobre los de la época; pero esto es entendible en la mayoría de los casos.

En fin, para quien tenga estómago para algunas imágenes subidas de tono, ya sea por su morbo o por su erotismo, es una buena serie para adentrarse un poco más en la pérdida de la Merry Old England (como se lamenta uno de los personajes principales), eso que llamamos aquí “proceso revolucionario inglés”.



Gerard McSorley como Robert Aske, líder de la “Peregrinación de la Gracia” y uno de los mártires praetermissi de Inglaterra.
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jueves, 16 de diciembre de 2010

Plus ça change...

Nisi granum frumenti cadens in terram mortuum fuerit, ipsum solum manet;

si autem mortuum fuerit, multum fructum affert.


Muchos hemos escuchado hablar de Migne o lo hemos visto citado numerosas veces, pero pocos saben qué o quién es o era.

Jacques-Paul Migne nació a fines de 1800 en St.-Flour, comuna del departamento de Cantal, en la Auvernia, centro-sur de Francia. Entró al seminario y estudió teología en Orleáns. En 1824 se ordenó sacerdote y fue asignado a la parroquia de Puiseaux, correspondiente a esa diócesis. Todo anduvo bien hasta que en 1830, la caída de la monarquía de la Restauración dio inicio a sus problemas.

Orleáns se enorgullecía de ser la sede del “Rey Ciudadano”, Luis Felipe. Y un cura rural con simpatías legitimistas era un inconveniente para el nuevo régimen. Tras sucesivos problemas con el obispo local, Migne decidió marchar a París, donde sus escritos polémicos podrían tener mayor repercusión. Allí en noviembre de 1833 comenzó a publicar el diario L’Univers Religieux, que pretendía convertir en un medio de difusión católico independiente de las ideologías políticas que debatían acaloradamente en la Ciudad Luz. Tuvo bastante éxito inicialmente, más de 1800 suscriptores en corto tiempo, pero no comparable a los diarios principales de París; al menos hasta que ingresó en el periódico un joven autodidacta y católico a machamartillo, Louis Veuillot.

Mucho se ha criticado a L’Univers, Veuillot y el llamado “Partido Ultramontano”, al que perteneció Migne, a izquierda y a derecha, desde fuera y desde dentro de la Iglesia. Pero, en general, las críticas han sido extemporáneas, descontextualizadas y basadas en las calumnias que propagaba la prensa competidora. Nos es imposible, ahora, relatar los pormenores del catolicismo francés del siglo XIX, muy complejo y comprometido en las luchas políticas de todo signo que tuvieron lugar. Incluso la gran mayoría del Episcopado francés se sentía más cómodo con el liberalismo de los católicos de L’Avenir, que con L’Univers que tenía el desparpajo de publicar las encíclicas papales. El mismo arzobispo de París reconocía haberse sorprendido de la Paroles d’un croyant de Lamennais, cuando hacía rato que el mismo venía expresando públicamente opiniones heterodoxas. Por no hablar del Partido Legitimista, donde el galicanismo aún campeaba y los “ultramontanos” eran un problema.

Migne se sorprendía constantemente de la ignorancia de sus colegas sacerdotes y se comprometió a ayudar a combatirla. Para ello, en 1836 abrió su propia imprenta en Petit Montrouge, XIV arrondissement de París. En papel de diario y pequeños fascículos, a muy bajo precio, comenzó la distribución masiva de obras religiosas en compilaciones monumentales: “Curso completo de Sagrada Escritura” (28 volúmenes de comentarios de autores antiguos y modernos), “Curso de teología” (otro tanto), “Demostraciones evangélicas” (20 de apologética por cien autores de todos los tiempos), “Colección integral y universal de autores sagrados” (102 de homilías de los siglos precedentes), “Suma áurea de la Santísima Virgen María” (13), “Enciclopedia teológica” (171, incluyendo temas filosóficos, geográficos, históricos, naturales, etc.) y, fundamentalmente, las dos recopilaciones que se convertirían en sinónimo de Migne: Patrologia Latina (221 volúmenes) y Patrologia Graeca (85 volúmenes; 165 la edición bilingüe).

Como no podía ser de otra manera, los académicos criticaron duramente estas obras, aunque eran las colecciones de literatura patrística más completas jamás publicadas, y todo a precios sumamente accesibles para sacerdotes y religiosos sin recursos.

La Imprimerie Catholique, como se llamaba la editorial de Migne, se convirtió en una gran editorial independiente y, posteriormente, fábrica de órganos y utensillos litúrgicos. Para evitar los monopolios de libreros, recurrió a las suscripciones directas, lo que en esa época era una novedad. La editorial pronto se diversificó en otras producciones. En la noche del 12 al 13 de febrero de 1868 un incendio destruyó completamente el establecimiento. Las aseguradoras sólo entregaron una parte y la célebre imprenta nunca pudo recuperarse del todo. Muy poco después, Monseñor Darboy, arzobispo de París, prohibió a Migne seguir publicando e, incluso, le suspendió su ministerio. La guerra Franco-Prusiana de 1870-71 empeoró aún lo que ya era una situación precaria. El golpe final llegó con el decreto de la Curia Romana que prohibió el uso del dinero procedente de las colectas en la compra de libros.

El 24 de octubre de 1875, el abate Jacques-Paul Migne murió, derrotado, abandonado por la Iglesia, en medio de deudas y calumnias. Al año siguiente, la Imprimerie Catholique fue adquirida por la editorial Garnier.

Sin embargo, su colección de patrística no sólo fue una de las mayores contribuciones a la historia eclesiástica de todos los tiempos —textos que hasta ese entonces yacían olvidados en bibliotecas conventuales o monásticas quedaron por primera vez a mano de simples sacerdotes, religiosos o investigadores laicos— sino que, con el tiempo y posteriores mejoras, índices y ediciones críticas, se convirtió en la edición canónica de los Padres de la Iglesia, tanto latinos como griegos, posibilitando el renacimiento de la Patrística en el siglo XX.

Pero, claro, este progresivo refinamiento de la obra ha conspirado contra del costo de la misma, recluyéndola nuevamente en las grandes bibliotecas. Ahora, el excelente sitio web Documenta Catholica Omnia ha terminado de publicar, gratuitamente y en formato PDF, la Patrologia Graeca y la Patrologia Latina. Ahora queda que diligentes traductores (el latín ha dejado ya de ser patrimonio común) lo vuelquen a las lenguas vernáculas.


Humilde placa que recuerda al abate Migne.
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martes, 9 de noviembre de 2010

La tradición en acción: El Domo de Milán


La obra se inició en 1386 en estilo gótico francés medio (rayonnant). En 1399 un arquitecto traído especialmente de Francia le dio al proyecto ideas para mejorar los instrumentos y las técnicas de construcción, especialmente para elevar las piedras hasta alturas sin precedentes. Para 1402, año de la muerte del primer Duque de Milán, la mitad de la catedral estaba terminada. Durante el siglo XV, excepto algunas construcciones menores, el ábside, parte de la nave y algunas capillas laterales, la obra estuvo parada. En 1500 y durante diez años, se construyó la cúpula octagonal y se decoró su interior con quince estatuas. Luego se agregó el gran órgano del lado norte del coro (1552) y el famoso candelabro Trivulzio (1562). Entre 1575 y 1585 se reconstruyó el presbiterio y se agregaron nuevos altares menores y el baptisterio. En ese tiempo, San Carlos Borromeo consagró el templo. En 1614 se agregaron los escaños de madera en el coro del altar mayor. A lo largo de los siglos XVII y XVIII se discutieron varios proyectos para terminar la fachada que, principalmente por falta de fondos, no pudieron llevarse a cabo. En 1762 se agregó la aguja de la "Madonnina" a 108,5 metros de altura. En 1805, Bonaparte mandó terminar la fachada, lo cual se hizo en gótico según el proyecto de Buzzi de 1649 con algunos detalles neogóticos, como por ejemplo los vitrales superiores. A lo largo del siglo XIX se fueron agregando los arcos y agujas faltantes, así como las estatuas del muro sur. La última puerta fue inaugurada a comienzos de 1965. Aún hoy se están finalizando algunos bloques que no estaban tallados.

Piedra sobre piedra, con idas y vueltas, frenadas y aceleres, veinticinco generaciones de milaneses, durante más de seis siglos, han levantado una catedral de la que se sienten orgullosos, ejemplo de magnanimidad y belleza, y de que Las Tres Leyes Naturales de la Arquitectura Eclesiástica Católica no son mera cuestión de recursos económicos, sino de la paciencia que significa formar parte de un proyecto de muy largo aliento, la humildad de saberse un mero eslabón de una cadena de generaciones y la confianza puesta en Aquél de Quien en última instancia depende el éxito o no de la obra y de Quien proveerá cómo y cuándo quiera.






Fuente: CapZicco

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jueves, 28 de octubre de 2010

Las Tres Leyes Naturales de la Arquitectura Eclesiástica Católica

DOMUS DEI ET PORTA CAELI

Michael S. Rose, New Oxford Review, Septiembre de 2009

Michael S. Rose es editor asociado de la revista New Oxford Review y autor de seis libros, incluyendo Ugly As Sin, del cual se ha sacado este fragmento.

Uno de los principios básicos generalmente aceptados por los arquitectos, al menos durante un milenio, es que el entorno edilicio tiene la capacidad de afectar profundamente a la persona —la forma en que actúa, la manera en que siente y el modo en que ella es—. Los arquitectos eclesiásticos del pasado y del presente entienden que la atmósfera que genera el templo afecta no sólo el culto, sino también la fe. En última instancia, lo que creemos afecta la forma en que vivimos nuestras vidas. Es difícil separar la teología y la eclesiología del entorno de culto, sea una iglesia tradicional o una iglesia moderna. Si un templo católico no refleja la teología y eclesiología católica, si la construcción debilita y desprecia las leyes naturales de la arquitectura eclesiástica, los fieles arriesgan acepar una fe distinta al catolicismo.

La arquitectura no es aséptica.

Por eso es que el Código de Derecho Canónico explícitamente define al edificio iglesia como “un edificio sagrado destinado al culto divino” (canon 1214). El Catecismo de la Iglesia Católica reitera el punto y va más allá al establecer que las “iglesias visibles no son simples lugares de reunión, sino que significan y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar, morada de Dios con los hombres reconciliados y unidos en Cristo” (n. 1180).

Ésta es una tarea formidable, sabemos, y el arquitecto actual naturalmente se pregunta cómo un simple edificio puede lograr algo así. Afortunadamente, no se encuentra solo en un peligroso vacío, sino que tiene a su alcance más de mil quinientos años de oficio sobre el que reflexionar.

Cuando uno se asoma a la gran herencia arquitectónica de la Iglesia, descubre que desde las primeras basílicas cristianas de Roma hasta las iglesias neogóticas de comienzos del siglo XX en América, las leyes naturales de la arquitectura eclesiástica se siguen fielmente para diseñar iglesias católicas que logran su objeto, edificios que sirven a Dios y al hombre como estructuras trascendentales, que transmiten verdades eternas a la generaciones futuras.

Consideremos, por ejemplo, Notre Dame de París, la joya de la corona parisina, quizá la más famosa de las grandes catedrales cristianas. De esta obra maestra arquitectónica han hablado con devoción incontables crónicas, poemas, novelas y obras artísticas. Considerando que, si lo pensamos, no es la más alta, ni la más grande, ni siquiera la más bella de las catedrales, no se explica fácilmente en el plano natural la universal atracción que ejerce Notre Dame.

Existe algo más.

Más aún, la familiaridad que podemos adquirir a la distancia por medio de guías de viaje, libros de texto, artículos de revistas, películas e, incluso, historietas no se deduce fácilmente del sentido sobrecogedor de bondad, belleza y verdad que el peregrino siente durante su primera experiencia personal en esta iglesia. Sus arbotantes, sus vitrales, su gran rosetón con sus formas que asemejan pétalos de una flor, sus portales ricamente tallados, las alturas impresionantes de sus columnas que florecen hacia sus arcos, sus muchas reliquias y relicarios, sus altares y la presencia de Jesús en su gran tabernáculo, todo obra en conjunto para elevar la mente del peregrino hacia las cosas celestiales.

En esta catedral, la fe está encarnada, del mismo modo que el catolicismo es una fe encarnada —“la Palabra se hizo carne”—. El reino de Dios se nos manifiesta, siglo tras siglo, por medio de este edificio eclesiástico, piedra sobre piedra, escultura tras escultura tallada en la roca, construida y cavada con manos humanas —un evangelio en piedra traído a la vida—.

Notre Dame es fácilmente reconocida como una de las formas de arte más noble, arquitectura del más alto rango, un edificio plantado como un “lugar sagrado” —un lugar sagrado que es, primero antes que nada, una casa de Dios, un lugar para su habitación terrenal, formado a la manera de las cosas celestiales—.

¿Pero que lo hace así?

Primero, Notre Dame es maciza y durable, pensada para resistir la violencia del hombre y la brutalidad de la naturaleza. Sirvió como testigo silencioso de la tumultuosa historia de Francia en los últimos más de ochocientos años en el corazón de su gran capital. Se yergue como sobreviviente de distintas épocas, testimoniando la permanencia del Evangelio y la sociedad cristiana, a pesar de la secularización de casi todo lo que hay a su alrededor. El edificio ha trascendido tanto al tiempo como a la cultura —un logro nada fácil—. Es una estructura permanente.

Segundo, lo celestial y lo eterno es evocado a través de las impresionantes alturas de los espacios interiores de la catedral, hechos posibles mediante muchos elementos del sistema estructural gótico (los arcos ojivales, los arbotantes y contrafuertes y las bóvedas de crucería, por ejemplo). De este modo, es una estructura vertical.

Tercero, la gran catedral es “traída a la vida” como un evangelio en piedra mediante sus muchas obras de arte sacro, cuyas bellas representaciones artesanales, tanto figurativas como simbólicas, que señalan mucho más allá de ellas mismas, hacia verdades religiosas. En otras palabras, Notre Dame presenta una arquitectura iconográfica. El peregrino casi puede escuchar al patriarca Jacob, luego de su sueño con los ángeles ascendiendo y descendiendo del cielo, anunciar: “¡Cuán digno de todo respeto es este lugar! ¡Es nada menos que la Casa de Dios! ¡Ésta es la puerta del Cielo!” (Gn. 28:17).

Las tres leyes naturales de la arquitectura religiosa

Las iglesias de cada siglo —grandes o pequeñas, en grandes ciudades, pequeños pueblos o ámbitos rurales— lograron lo que Notre Dame logró a través de la adhesión fiel a estas leyes naturales.

Sí, los resultados se manifiestan en los estilos individuales, productos de un tiempo y lugar particular, cada uno de los cuales la Iglesia admitió felizmente como parte de su tesoro de arquitectura sagrada. Aún así, cada uno sirve como casa de Dios que mira al pasado, sirve al presente e informa el futuro.

¿Cómo logran esto?

En cada caso, estos templos exitosos establecen firmemente un lugar sagrado para ser usado en el culto del Dios trino, tanto en la devoción privada como en la liturgia pública, y hacen de la presencia de Cristo algo firmemente conocido a su alrededor.

En cada caso, se conformaron a las tres leyes naturales de verticalidad, permanencia e iconografía, como ejemplificamos con la catedral de Notre Dame. Estas leyes naturales son tal vez obvias para muchos, sin embargo, para quienes desean entender cómo deben —y cómo no deben— construirse iglesias católicas, son los puntos más obvios por donde comenzar, en principio porque estas cualidades producen la atmósfera apropiada para el culto de Dios.

Sin las cualidades de verticalidad, permanencia e iconografía, Notre Dame no sería reconocida como un lugar sagrado; no la conoceríamos hoy. Si no adhiriese a las leyes naturales de la arquitectura eclesiástica, Notre Dame no existiría hoy de ninguna forma significativa. Faltando la verticalidad, la catedral no nos inspiraría las cosas del otro mundo; no hubiese servido efectivamente como el alma de la París medieval ni de la metrópolis actual; ni hubiese efectivamente hecho a Cristo y a su Iglesia presentes y activos en la capital francesa. Sin la permanencia, el edificio hubiese sido destruido por los bárbaros y los revolucionarios de otros siglos. Sin la iconografía, Notre Dame nunca hubiese atraído peregrinos hacia este evangelio de piedra.

Por lo tanto, consideremos más de cerca cada una de estas leyes naturales, que son indispensables para que una arquitectura eclesiástica católica cumpla su objeto.

Una iglesia católica debe tener permanencia

El templo, que representa la presencia de Cristo en un lugar particular, es también necesariamente una estructura permanente —“Cristo Jesús permanece hoy como ayer y por la eternidad” (Heb. 13:8)— concebida en la teoría y en la práctica “cimentada sobre roca”. Entonces, también, es la Iglesia Católica la que perdura y permanece, trascendiendo el espacio y el tiempo.

El canonista medieval y obispo Guillermo Durando (1220-1296) nos recuerda que la Iglesia está construida con toda dureza “sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular. Su cimiento está sobre la montaña santa” (Rationale Divinorum Officiorum, §27). La permanencia de nuestras estructuras eclesiásticas refleja estas cualidades de la Iglesia universal. Y así como la verticalidad señala a lo celestial y eterno, del mismo modo lo hace el principio básico de permanencia. Es otro modo en que el arquitecto crea una atmósfera de trascendencia.

El arquitecto decimonónico Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc escribió acerca de Notre Dame que “todo aquél que entiende sobre construcciones se sorprende cuando ve las innumerables precauciones a las que se echó mano en su construcción —cómo la prudencia del constructor práctico se combina con el atrevimiento del artista lleno de poder e imaginación inventiva—” (Dictionnaire raisonné de l’architecture française, 1854). Viollet-le-Duc se refiere a la permanencia de lo que ha venido en ser conocido como sistema estructural gótico, un ingenioso método de construcción que tiende tanto a la verticalidad —impresionantes alturas logradas gracias al genial sistema de arbotantes— y la permanencia.

Las iglesias góticas construidas en Europa durante los siglos medievales no pueden ser acusadas de ser estructuras baratas y fugaces destinadas a la corrupción. Las estructuras como Notre Dame fueron concebidas como templos sólidos y durables, recordatorios perpetuos de la presencia activa de Cristo en el mundo. Lo mismo puede decirse de la mayoría de las iglesias construidas en los estilos cristiano primitivo, románico, bizantino, renacentista, barroco y neoclásico.

Existen muchas formas en que una iglesia puede asentar su permanencia. Primero, la más obvia, es por su durabilidad. La iglesia, un edificio que servirá generación tras generación, trascendiendo el tiempo y la cultura, debe ser construida en materiales durables. En forma típica, se utiliza algún método de construcción en piedra, empleando los materiales más finos disponibles.

En relación con la durabilidad está lo macizo: la iglesia debe ser una maza significativa, construida con cimientos sólidos, paredes gruesas y que permita espacios interiores generosos. La característica de ser macizas es otro aspecto del lenguaje arquitectónico de las iglesias. Es integral tanto verticalmente (los volúmenes macizos crean hacia arriba verticalidad) e iconográficamente (una iglesia maciza la ayuda a transmitir un significado icónico).

Tercero está la continuidad. Desde hace dos mil años, aquellas iglesias cuyo diseño crece en forma orgánica se identifican con la vida de la Iglesia a través de estos dos milenios, y por su continuidad en la historia y la tradición de la arquitectura eclesiástica católica, manifiestan de otra forma su permanencia en la fe.

En otras palabras, para demostrar este aspecto de la permanencia enraizada en la continuidad, el lenguaje arquitectónico de las iglesias debe desarrollarse orgánicamente a través del tiempo, del mismo modo que el lenguaje de las iglesias renacentistas se permutó en el lenguaje barroco, o cuando las formas góticas emergieron del lenguaje románico. En ambos casos, el crecimiento del lenguaje fue orgánico. El estilo puede haber cambiado, como cuando el arco semicircular dio paso al arco ojival. Pero no hubo quiebre repentino con la tradición, menos aún hubo rechazo de las iglesias de los siglos anteriores (los arcos eran tanto parte del lenguaje del gótico como del románico). Los arquitectos construían con lo que sabían del pasado, refinando ciertos aspectos del lenguaje y desarrollando otros.

Los arquitectos de las generaciones futuras necesitan comprender el lenguaje de la arquitectura eclesiástica para construir edificios sagrados permanentes para sus propios tiempos y para los siglos futuros. Ningún arquitecto eclesiástico que quiera cumplir bien su objeto debe ignorar —o pretender ignorar— el patrimonio histórico de la Iglesia. La continuidad exige que, para cumplir con su objeto, el diseño de una iglesia no pueda surgir de los caprichos de un hombre o la moda del día. Una iglesia católica auténtica es una obra de arte que reconoce la grandeza previa del patrimonio arquitectónico de la Iglesia: se refiere al pasado, sirve al presente e informa el futuro.

Una iglesia católica debe tener verticalidad

A diferencia de la mayoría de los edificios profanos, la iglesia para cumplir con su objeto debe estar construida de modo que el elemento vertical domine por sobre el horizontal. La altura inmensa de sus espacios nos habla de elevarnos hacia el Cielo, de la trascendencia —de traer la Jerusalén celeste hacia nosotros por medio del templo—. No es coincidencia que el texto litúrgico para la dedicación de una iglesia haya sido tomado de la visión de Juan de la Jerusalén celeste: “Y vi a la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia que se adorna para recibir a su esposo. Y oí una voz que clamaba desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres…” (Ap 21:2-3).

De acuerdo con las palabras de Juan, los espacios interiores de una iglesia deben caracterizarse por el sentido dramático de la altura —en una palabra, verticalidad—. Es un hecho de la experiencia humana que la verticalidad, la acumulación de volúmenes hacia arriba, mejor que nada genera una atmósfera de trascendencia y, al mismo tiempo, permite al hombre crear un edificio que expresa el sentido de lo espiritual y lo celestial. Es esta trascendencia que hace posible la arquitectura sagrada.

Los elementos arquitectónicos del edificio —tales como las ventanas, las columnas, los muros y el arte sagrado— deben reforzar su aspiración celestial. Del mismo modo y más aún, la articulación del cielorraso debe generar el sentido de acercarse a la Jerusalén celestial a través del uso de mosaicos, murales y artesonado, así como incorporando un juego misterioso de la luz natural en la nave de la iglesia.

Consideremos también que los primeros cristianos, antes de la era constantiniana, solemnizaban el Santo Sacrificio de la Misa en lugares ordinarios —probablemente en hogares y algunas veces en las catacumbas— que no tenían formas de enfatizar la verticalidad. Por eso, una vez que Constantino legalizó el culto público cristiano, los cristianos rápidamente adoptaron la forma de la basílica, en donde los espacios eran enfáticamente verticales y conspicuos. No sólo los amplios espacios de estas estructuras permitían simbolizar el elevarse hacia Dios y hacia las cosas celestiales, sino que también representaba la nobleza real, puesto que la basílica era la “casa del rey” en Roma, adaptada correctamente como la Casa del Rey de Reyes.

Es difícil visualizar el tipo de espacios que se crearían si los cielorrasos en iglesias tan grandes como Notre Dame, la basílica de San Pedro o la Hagia Sophia de Constantinopla fuesen bajados a, digamos, 10 pies —o, incluso, a 30 pies—. A pesar de la iconografía y permanencia ejemplar de estas estructuras, quedaría drásticamente cortos —literalmente— como lugares sagrados, como casas de Dios, si las proporciones de sus edificios fuesen reducidos para reflejar un énfasis en lo horizontal más que en lo vertical.

Esta necesidad de enfatizar el alzarse hacia los cielos fue principalmente lo que inspiró a los constructores góticos para desarrollar un sistema estructural que permitiese espacios mucho más amplios. El arquitecto gótico sabía que sin la verticalidad enfatizada, la iglesia es esterilizada, su razón de ser subvertida.

Una iglesia católica debe ser iconografía

El tercer principio requerido es el de la iconografía, que se refiere específicamente al valor como “signo” del edificio.

Primero, la estructura misma debe ser un ícono. Esto se logra principalmente a través de su forma y su relación con el entorno que la rodea, sea urbano o rural. Por ejemplo, el templo no debe quedar oculto sino integrado en el vecindario y el paisaje de modo que su ubicación nos recuerde la importancia y propósito del edificio.

Segundo, el templo digno presenta una iconografía que señala más allá de él mismo. Tomás de Aquino se dio cuenta que la mente del hombre se eleva a la contemplación a través de los objetos materiales. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales (1548), del mismo modo subrayaba la importancia de visualizar el objeto de la meditación: la pintura, la escultura y la arquitectura deben trabajar juntas para producir un efecto unificado.

De este modo, es aquí donde estas obras de arte entran al juego, donde estos objetos materiales tienen efectividad para este fin, al apoyarse sobre el campo del simbolismo religioso. La belleza arquitectónica debe reflejar la creación de Dios —particularmente el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios—. Debe generar un entorno que eleve el alma del hombre desde las cosas seculares hacia la armonía de las celestiales.

El arquitecto Ralph Adams Cram escribió hace más de cien años en su libro Church Building, “el arte ha sido, es y será siempre, la más grande agencia para la impresión espiritual que la Iglesia puede tener”. Es por esta razón, agrega, que el arte es en su manifestación más elevada la expresión de verdades religiosas. Es a través del arte que los cristianos han desarrollado el simbolismo ingenioso que eleva nuestras facultades espirituales hacia Dios.

La tradición iconográfica y simbólica de la cultura católica es amplia y rica. El significado viene dado por cuatro elementos formales, desde las formas geométricas básicas hasta la imaginería figurativa, hasta la representación literal de personas y escenas, como en la escultura o la pintura. Los significados logrados a través de los programas iconográficos de una iglesia son típicamente los de las verdades religiosas o los eventos históricos de significancia religiosa. Son siempre expresiones de la fe católica.

Por ejemplo, los maestros de la contrarreforma católica—inspirados en clérigos como San Ignacio y San Carlos Borromeo—expresaron la fe católica en el mismo nacimiento de su arte mediante altares mayores y sagrarios elaborados, nichos especiales y oratorios laterales dedicados a la Virgen María y a los santos, púlpitos prominentes para la predicación, y la abundancia de arte en los vidrios, esculturas, mosaicos y pinturas, pensadas para enseñar las verdades necesarias para la salvación. La atmósfera generada sobre este modelo es una de misterio religioso donde podemos experimentar un poco del gozo celestial de la Nueva Jerusalén, donde podemos encontrarnos con Cristo de una forma única.

Estas iglesias iconográficas, estos íconos, cuentan la historia de Cristo y su Iglesia. Enseñan, catequizan e ilustran las vidas de las almas santas de la Iglesia. Manifiestan verdades eternas y trascendentes.

Si miramos a Notre Dame una vez más, fácilmente comprendemos cómo un peregrino puede pasar días —incluso, semanas— meditando los misterios que están “encarnados” en la arquitectura de los programas esculturales de la catedral. Un estudioso de la Iglesia puede pasar meses y años reflejando la ingenuidad y la belleza de las verdades católicas reveladas en el arte y la arquitectura de este evangelio de piedra. Los seglares ordinarios también se ven atraídos a la iglesia, a la casa de Dios, atraídos por la iconografía de este edificio medieval, que aún nos habla con claridad hoy en día, más que hace ochocientos años cuando fue construida.

Esto sólo es posible porque la arquitectura tiene la capacidad de dar sentido. Un templo es un “portador de sentido” con la más grande de las responsabilidades simbólicas: debe portar el significado de las verdades eternas que se transmiten a través de su forma material, sus adornos arquitectónicos y sus obras de arte sacro. Estos elementos —de hecho todo el edificio eclesiástico— debe generar un sentimiento de otro mundo que inspira al hombre a adorar a Dios, a humillarse frente a su Creador, a tomar parte de los misterios sagrados y enfocarse en lo eterno. La iconografía es otra forma —tal vez, la forma más directa y eficaz— de lograr una arquitectura trascendente.

Estas tres leyes naturales de la arquitectura eclesiástica—verticalidad, permanencia e iconografía—trascienden las distintas épocas del cristianismo; son cualidades presentes en todas las grandes iglesias verdaderas de la Cristiandad. Son el fundamento, como si dijéramos, sobre el que los buenos arquitectos construyen iglesias que logran convertirse en su propio tiempo y para todas las generaciones en puertas del Cielo y en casas dignas de Dios. †

Notre Dame de París
[Fuente: http://www.flickr.com/photos/brooklyn_museum]

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miércoles, 12 de mayo de 2010

Un gran libro del Padre Sáenz

Reseña a Alfredo Sáenz S.J., La Revolución Francesa IV: La Epopeya de La Vendée (Buenos Aires: Ediciones Gladius, Serie “La Nave y las Tempestades” vol. 10, 2009), 448 pp. en 18x11 cm.

Medio de casualidad cayó este libro en nuestras manos. Linda sorpresa es cuando uno cree haber leído todo sobre un tema y, con un libro como éste en sus manos, descubre que no.

El padre Sáenz nos tiene acostumbrados a buenos libros de divulgación sobre los más diversos temas, especialmente los históricos. Hemos tenido la gracia de asistir a muchísimas de sus conferencias y de disfrutar, especialmente, de las tertulias y charlas más informales que se arman tras bastidores.

Pero en esta ocasión se ha lucido. Estamos ante uno de sus mejores escritos. Nos explicamos.

El de La Vendée es un tema histórico complejo. Elípticamente obviado por la historiografía “seria” durante algo más de dos siglos —por diversas razones que van desde el no “ensuciar” a la sacrosanta y pura Revolución francesa, hasta el desencajar en moldes ideológicos apriorísticos que ven la historia como un progreso constante—, al mismo tiempo se convirtió en “trinchera” de toda una bibliografía de barricada de mucha menor circulación pero con importantes ecos en todo el pensamiento contrarrevolucionario contemporáneo. Y el Padre Sáenz no teme entrar al tema con objetividad, resaltando lo santo y heroico que tuvo (innegable), pero sin olvidar los claroscuros, las disensiones, las traiciones, las corrupciones, el cansancio general y los fracasos.

Asimismo, La Vendée es aún hoy una herida abierta. En los últimos años, una iniciativa de legisladores de la Francia Atlántica, de casi todo el arco ideológico, intentó en vano obtener una declaración parlamentaria de reconocimiento del genocidio vandeano. Este tema también aparece aquí considerado por el Padre. También se mete a considerar una herida en la Iglesia de Francia que aún existe: la tan sufrida “Petit Eglise” —tan pequeña (se calculan hoy en día en no más de cuatro mil fieles)—, que se opuso, con una fortaleza épica, al Concordato que Napoleón arrancó a Pío VII (y, especialmente, a sus “Artículos Orgánicos” que lo violaban ab initio).

Con una maestría singular, en un volumen que es de ágil lectura, el P. Sáenz sintetiza extensísimos tomos que se han escrito sobre La Vendée, y no sólo. Además de relatar los sucesos militares y políticos de las Guerras Vandeanas, hay lugar para temas como la cuestión del clero juramentado y el clero refractario, la descripción del “Ejército Católico y Real”, la insurgencia en Bretaña y Normandía, las personalidades de los principales comandantes y jefes de ambos bandos, la conflictiva relación de La Vendée con Napoleón primero y con el gobierno de la Restauración después, y —finalmente— la “epopeya romántica” de la Duquesa de Berry que, en 1832, pone un punto final (y trágico) a la contrarrevolución en Francia. Pero no faltan tampoco las anécdotas, la “historia menuda”, las reflexiones y las moralejas, que hacen más amena aún la lectura de estas poco más de 400 páginas.

No hemos observado erratas, y la edición en tapa blanda es de calidad muy aceptable. Lo cual se agradece en estos tiempos. Se incluyen, además, unas láminas en papel plastificado (aunque en blanco y negro) con retratos de los principales personajes y de algunos de los famosos vitrales de La Vendée (que aquí abajo reproducimos), haciendo de este librito un verdadero tesoro, que, desde ya, recomendamos.




Detalles del vitral llamado "du massacre du Petit-Luc",
en la iglesia de Saint-Pierre, Les Lucs-sur-Boulogne, Vendée,
obra del maestro-vidriero Lux Fournier.


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viernes, 23 de abril de 2010

¿El regreso de los Habsburgo?

Traduzco y copio abajo un interesante artículo, con algunas notas aclaratorias de mi autoría.

Karl von Habsburg mantiene vivo el carácter de sus antepasados en Lviv

por Natalia A. Feduschak*

LVIV, Ucrania – Karl von Habsburg [1] se río a carcajadas cuando se le preguntó qué sentía al caminar las calles de Lviv [2], una ciudad que alguna vez fue gobernada por sus antepasados.

“Lo observo desde un punto de vista académico”, dijo con una sonrisa. “No tiene nada que ver conmigo.”

A pesar de sus buenos modales, sin embargo, von Habsburg evidentemente no tiene intención de dejar que el pasado, en particular el papel de sus antepasados, permanezca inerte en los libros de historia. Casi un siglo después que el gobierno de la monarquía hasbúrguica finalizó en Europa, se está dedicando a asegurar que su legado reviva en Ucrania Occidental.

El Habsburgo de 49 años de edad estuvo en Lviv en marzo pasado para anunciar la creación de una fundación que porta su apellido. Con base en Ivano-Frankivsk [3], la Fundación Habsburg promoverá y preservará el legado cultural que por siglos conformó e identificó a la Europa Central y Oriental.

Junto a la traducción de libros sobre los Habsburgo, la fundación está también planeando crear el Premio Halychyna [4], un trofeo que honrará a individuos que promuevan la cultura de la región a través del arte, los libros y los medios.

Aunque la fundación está aún en la niñez, von Habsburg dice que su misión es vital.

“En esta área necesitamos hacer algo para preserva viva la herencia, la historia y la historia intelectual. Los escritores vienen aquí porque aquí encuentran su inspiración”, respondió al Kyiv Post en una entrevista.

“En Ucrania y en el resto de Europa, se olvida ver qué increíble centro fue Galitzia”, dijo von Habsburg, en referencia la región que actualmente comprende parte de Polonia y la mayoría de Ucrania Occidental. “Estaba el elemento judío, que fue destruido bajo la ocupación alemana. …La gente es sorprendentemente políglota aquí.”

A comienzos del siglo XX, el Imperio Austro-Húngaro – que dio a Europa Central y Oriental mucho de su arte, cultura y arquitectura – se extendía desde los Cárpatos ucranianos hasta el Mar Adriático en el sur. Comprendía a más de veinte pueblos europeos y su monarquía, los Habsburgo, conservaron el poder en forma ininterrumpida durante más de seis siglos.

Un libro reciente del reconocido historiador Timothy Snyder relata la vida de Wilhelm von Habsburg [5], el miembro de la familia Habsburgo que era más cercano con los ucranianos. Intitulado The Red Prince, atrajo atención renovada sobre las conexiones de la familia con la región.

Más conocido como Vasyl Vashyvaniy, Wilhelm era el hijo menor del archiduque Karl Stephan, que estuvo a punto de convertirse eventualmente en el Rey de Polonia. En una apuesta para salvar un mundo que se desmoronaba, en 1916, el emperador Francisco José, junto a su contraparte alemana, creó un Reino de Polonia como estado independiente con su monarquía hereditaria.

Wilhelm, sin embargo, tenía sus propias metas: deseaba establecer una monarquía en lo que hoy es Ucrania Occidental. Escribe Snyder que la idea tuvo buena acogida, particularmente entre algunos líderes militares ucranianos y la Iglesia.

Oficial militar de oficio, Wilhelm apoyó la lucha por la independencia de Ucrania durante la Primera Guerra Mundial. Luchó al mando de tropas ucranianas contra los rusos, y propuso y persuadió a muchísimos políticos para que apoyen sus aspiraciones monárquicas. Casi hasta su muerte a manos de los soviéticos en 1948 – fue abducido de las calles de Viena y transportado a una prisión en Kiev acusado de trabajar como agente contra la Unión Soviética – Wilhelm creía que esta tajada del imperio familiar podía ser suya.

Aunque Wilhelm sigue siendo un personaje poco nombrado en los libros de historia, von Habsburg dijo estar conciente del papel que aquél representó en su familia y la historia de Ucrania.

“Sé acerca de su existencia y conozco su importante dimensión política”, respondió von Habsburg. “Lo leí [el libro de Snyder] y a cada rato preguntaba a mi padre, ‘¿esto es cierto?’”

El padre de von Habsburg es Otto, el anterior heredero al trono imperial. En 2007 dejó su papel de jefe de su familia a su hijo. Siendo un bien conocido miembro del Parlamento Europeo y un historiador prominente, Otto ha visitado Ucrania en varias ocasiones.

La era de los Habsburgo ha visto algo así como un renacimiento en los últimos tiempos en Ucrania Occidental; la nueva fundación no es más que parte de esa tendencia. Una conferencia que tuvo lugar a fines del año pasado, atrajo a académicos de todo el país a Chernivtsi, junto con Lviv una de las ciudades más importantes de la región. En 2008 se publicó un libro en ucraniano acerca de Wilhelm, con el título El patriota ucraniano de la dinastía habsbúrguica. Delinea no sólo su biografía, sino también trae documentos de archivo y la correspondencia de Wilhelm con líderes militares y religiosos ucranianos.

Al mismo tiempo que el legado de su familia está renaciendo en Ucrania, los Habsburgo la están pasando muy mal en Austria, comentó von Habsburg. A Otto sólo se le permitió regresar a Austria a comienzos de la década de 1960 tras renunciar a su reclamo al trono.

A pesar de ello, von Habsburg y sus parientes se mantienen políticamente activos. Von Habsburg fue miembro del Parlamento Europeo, y otros Habsburgo tienen actualmente otros puestos allí. Uno de sus parientes incluso se hizo ciudadano de Georgia y es su nuevo embajador en Alemania [6].

“Es una familia que no se ha limitado a una sola parte del mundo”, dice von Habsburg.

*Natalia A. Feduschak es la corresponsal en Ucranica Occidental del Kyiv Post, el principal periódico ucraniano en inglés desde 1995.

[1] Karl Thomas Robert Maria Franziskus Georg Bahnam von Habsburg-Lothringen es el hijo primogénito del Dr. Otto Habsburg y, por lo tanto, nieto del beato Carlos de Austria. Está casado con la baronesa Francesca von Thyssen-Bornemisza, con quien tiene tres hijos.

[2] Lviv (se pronuncia Leviú) es el nombre en idioma ucraniano de la antigua Lvov, también conocida como Lemberg en alemán, antigua capital del llamado Reino de Galitzia y Lodomeria, que comprendía parte de la actual Polonia y el oeste de Ucrania; porción de la antigua Polonia que quedó bajo dominio de los Habsburgo.

[3] Ivano-Frankivsk es la antigua Stanyslaviv (ucraniano) o Stanisławów (polaco) o Stanislau (alemán), capital de una de las tres provincias en que se divide Ucrania Occidental.

[4] Halychyna es el nombre ucraniano de la antigua región de Galitzia.

[5] Wilhelm Franz Joseph Karl era el tercer hijo de Karl Stephan de la rama de los Duques de Teschen. La vida de este archiduque, tío materno de los Radziwiłł y Czartoryski que vivieron en la Argentina, es realmente de película. Nacido en Istria, siendo un jovencito, escapó de la casa familiar en Saybusch para viajar de incógnito por los Cárpatos. Se interesó mucho por la situación de pobreza de los ucranianos, al punto de llegar a ser conocido como el “Príncipe Rojo”. Durante la Primera Guerra, comandó un regimiento de rifleros “sich” (cosacos ucranianos). Aparentemente, el emperador Carlos vio con buenos ojos su proyecto de crear un reino independiente de Ucrania, a pesar de la oposición del Káiser alemán. Aunque muy querido por los ucranianos, los aliados no confiaban en este príncipe austríaco y en ese momento comenzaron sus problemas. Tras jurar lealtad al gobierno de la República Popular Ucraniana (socialdemócrata y enemiga de los proyectos bolcheviques) y trabajar en el Ministerio de Defensa, se opuso al pacto con Polonia (que, en cualquier caso, no evitó la anexión de Ucrania a la Unión Soviética) y tuvo que exiliarse. Estuvo en Viena intentando organizar a los exiliados y luego en Madrid tratando de convencer a Alfonso XIII para que le dé apoyo económico. Pero nada. Desmoralizado, se radicó en París, donde vivió una vida licenciosa plagada de escándalos. Escapó a Viena y allí volvió a la vida, dedicándose a conspirar contra la URSS. Como otros nacionalistas ucranianos, se vio engañado por la Alemania nazi y, cuando este engaño se hizo evidente, se dedicó a actividades de espionaje para el MI6 y la inteligencia francesa. En 1947 fue secuestrado por la KGB, acusado de trabajar para Francia. Duramente torturado, en los interrogatorios se negó a hablar cualquier idioma que no fuese el ucraniano. Murió poco después de tuberculosis.





[6] Se refiere a su hermana mayor Gabriela Maria Charlotte Felicitas Elisabeth Antonia von Habsburg-Lothirngen, hija del Dr. Otto Habsburg y profesora de Arte en Tbilisi (Georgia).


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martes, 13 de abril de 2010

Celebrando el sacerdocio: el P. Vincent McNabb OP

Desde que leí Nazareth or Social Chaos, hace ya una década, la figura e ideas de este dominico irlandés londinense, amigo de Chesterton y Belloc, me impresionó mucho. Desde ese entonces he leído bastante de lo que él escribió y de lo que sobre él se dijo. A pesar de diferencias evidentes, su vida no deja de presentar ciertos asombrosos paralelismos con Castellani (por ejemplo, "A veces era muy difícil convivir con él"). Claro que, Castellani no fue dominico, ni sus superiores eran ingleses... para desgracia del argentino. Los dejo con una linda semblanza que acabo de encontrar en la bitácora de los estudiantes dominicos ingleses Godzdogz.

La primera vez que escuché el nombre de Vincent McNabb fue durante mi primera reunión con el director de vocaciones dominicanas del convento de Londres. Sobre la pared había una pintura de un fraile dominico, un anciano frágil con grandes botines negros y un hábito raído, una imagen de alguien que exudaba santidad. Éste era Vincent McNabb. Me contaron varias anécdotas acerca de él – que solía dormir en el suelo, que tenía un único hábito, tejido artesanalmente con lana de una oveja criada en una granja cercana. Tenía una gran desconfianza de la tecnología moderna prefiriendo lavar su hábito en la bañera con jabón carbólico en vez de confiarlo a un lavarropas. Con frecuencia se ponía el hábito sin esperar que secara, de modo que dejaba un hilo de agua tras él mientras se paseaba por el convento.

Durante sus últimos veinte años de vida se convirtió en una figura muy conocida en las calles de Londres – sus hermanos en broma lo llamaban el Mahatma Gandhi de Kentish Town. La mayoría de los domingos caminaba cinco millas desde el convento hasta la Esquina de los Discursos en el Hyde Park convocando enormes multitudes. Con frecuencia tenía que vérselas con interrupciones persistentes. E. A. Siderman, un no católico, era una espina frecuente en el pie del Padre Vincent mientras predicaba, sin embargo, luego de su muerte en 1943, Siderman escribió un muy afectuoso recordatorio, “El Padre Vincent en Marble Arch”. Escribió que los católicos de la muchedumbre solían encenderse cuando su fe era atacada por uno de los que interrumpían, sin embargo, el Padre Vincent siempre retaba a cualquiera que interfiriese con una pregunta. “Dejenlo tranquilo”, decía. “Los que hacen preguntas son nuestros invitados, y les damos la bienvenida y queremos escuchar sus preguntas. Muchos de ustedes, católicos, aprenden más de su religión de estas preguntas y respuestas que de lo que escucharon en la escuela o la iglesia, y algunos católicos sólo recuerdan su fe cuando escuchan que está bajo ataque. He escuchado a algunos católicos declamar de que morirían por la fe, pero me gustaría más si viviesen la fe.” Y luego se volvía al cuestionador: “Lo siento. Por favor, haz nuevamente la pregunta.”

Vincent McNabb fue casi una leyenda en su tiempo. Existe una historia, que podría ser apócrifa, de una mujer que supuestamente se había vuelto muy impaciente mientras él respondía una pregunta sobre el celibato del clero. Ella gritó: “Si usted fuese mi esposo, le daría veneno.” Y el Padre parece haberle respondido: “Si usted fuese mi esposa, lo hubiese tomado.”

Vincent McNabb tenía una mente filosa y lo sabía, pero no carecía de faltas. Con su gran intelecto algunas veces estaba en peligro moral de cometer el pecado del orgullo. Ocasionalmente tenía estallidos de obstinación invencible y luego mostraría gestos extravagantes de remordimiento. A veces era muy difícil convivir con él. Tales rastros de su personalidad habrían asombrado a quienes lo creían un santo ya hecho. Tenía su buena cuota de faltas y fracasos, y como cualquier otro tenía aún necesidad del poder salvador de Cristo. Aún así, la vida dominicana realmente le ofrecía un ambiente donde poder crecer en santidad. Sabía que la vocación dominicana no era tan sólo salvar las almas de otra gente, sino también salvar su propia alma. A medida que envejecía, se hizo más consciente de sus fallas, y esto lo condujo a un mucho mayor nivel de madurez espiritual. Uno de sus superiores en Londres escribió de él:

“Nadie me dio menos trabajo como superior que el Padre Vincent. Siempre estaba ocupado, pero uno nunca debía convencerlo de hacer o no hacer algo. Sólo había que decírselo, y uno siempre sabía que haría lo que se le había dicho cualquiera fuese el esfuerzo para él. No había nada mediocre en él, y siempre podía decirle y le decía lo que quería que hiciese, sin sentirse él nunca ofendido. A veces sentía que era como intentar llevar un león con un hilo. Pero el hilo nunca se rompió.”

El Padre Vincent fue un ejemplo de cómo el amor de Cristo puede triunfar sobre las fuerzas ingobernables del alma de modo que la gloria de Cristo pueda brillar a través de ellas, y para mí, fue un sacerdote que encontré ampliamente inspirador cuando estaba considerando si unirme a los dominicos.

por Robert Verrill OP




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martes, 23 de marzo de 2010

Cine

Como parte de los enfrentamientos que rodearon todo el asunto de la que es conocida como Carta Magna --que no fue una constitución como suele sostenerse sino un reconocimiento de libertades (fueros), algo bastante común durante toda la Edad Media-- uno de los combates más impresionantes fue el del sitio del castillo de Rochester en 1215, del que un cronista decía ”nadie vivo puede recordar un sitio más ferozmente presionado y tan hombríamente resistido”.

En este contexto histórico, está por estrenarse la película Ironclad, que tiene buena pinta, más allá de ciertas "libertades literarias" (por supuesto que no podía faltar un templario):



Avance oficial:




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viernes, 19 de febrero de 2010

Un gentleman desde el sombrero...

Es casi una definición del gentleman decir que es alguien que nunca inflige dolor. Esta descripción es, al mismo tiempo, refinada y, hasta donde llega, precisa. Él se ocupa principalmente en remover simplemente los obstáculos que impiden la acción libre y desvergonzada de aquéllos sobre él; y sigue sus movimientos antes que él mismo tomar la iniciativa. Sus cuidados pueden considerarse como el paralelo de lo que se conoce como comodidades o mejoras en arreglos de naturaleza personal: como una silla cómoda o un buen fuego, que hacen su parte en disipar el frío y la fatiga, aunque la naturaleza provea los medios tanto de descanso como de calor animal sin ellos. El verdadero gentleman, de modo similar, cuidadosamente evita lo que pueda golpear o sacudir las mentes de aquéllos a quienes estima; – todo choque de opiniones o colisión de sentimientos, toda restricción, o suspicacia, o abatimiento, o resentimiento; siendo su mayor preocupación hacer sentir a cada uno cómodo y en casa. Tiene sus ojos puestos sobre su entera compañía; es tierno con el tímido, apacible con el distante y compasivo con el absurdo; puede recordar con quién habla; se guarda de alusiones intempestivas o de temas que puedan irritar; rara vez busca sobresalir en la conversación, y nunca es fastidioso. Desestima los favores que hace y parece recibir cuando confiere. Nunca habla de sí mismo excepto cuando es obligado, nunca se defiende con una simple réplica, no tiene oídos para la difamación o el chisme, es escrupuloso al imputar motivos a los que tratan con él, e interpreta todo para lo mejor. Nunca es malicioso o trivial en sus discusiones, nunca toma ventajas deshonestas, nunca confunde personalidades o dichos agudos con argumentos, ni insinúa maldades que no se atreve a pronunciar. Desde su prudencia visionaria, observa la máxima del antiguo sabio, que debemos comportarnos hacia nuestro enemigo como si algún día pudiese ser nuestro amigo. Tiene demasiada sensatez como para verse afrentado por los insultos, está demasiado ocupado para recordar las injurias y es demasiado indolente para tener malicia. Es paciente, dueño de sí y resignado, sobre la base de principios filosóficos; se somete al dolor, porque es inevitable, a la pérdida, porque es irreparable, y a la muerte, porque es su destino. Si se involucra en una controversia de cualquier tipo, su intelecto disciplinado lo preserva de meter la pata.

John Henry Newman, The Idea of a University (1852).




Una característica del vestuario del gentleman en tiempos del cardenal Newman fue su uso del sombrero “Bowler” o bombín. El pasado 11 de febrero fue el Día del Sombrero Bowler, vaya pues nuestro recordatorio a los gentlemen de todos los tiempos. [Fotografía gentileza de la interesante bitácora The Monarchist.]

NB: Dejamos sin traducir gentleman porque no se corresponde exactamente con “caballero” o con “gentilhombre”; menos aún en el contexto de este texto de Newman, donde no tiene nada de clasista o elitista pues dirige estas palabras a los irlandeses católicos, un pueblo colonizado al que muy recientemente se le había permitido en forma oficial practicar su religión. Adicionalmente, vale recordar que la educación del gentleman era para Newman el objetivo de una universidad católica, y no transformarla en un instrumento pastoral de evangelización.


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jueves, 28 de enero de 2010

Thomæ Aquinatis, doctoris angelici ordinis praedicatorum

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jueves, 17 de diciembre de 2009

Recuerdo debido


First Principles, el interesante diario electrónico del ISI (Intercollegiate Studies Institute), trae hoy un recordatorio de la revista estadounidense Triumph, que dirigiera Brent Bozell entre 1966 y 1975, y que marcó un verdadero hito en el pensamiento católico de ese país de América del Norte.

Triumph
Patrick Allitt - 12/17/09

L. Brent Bozell fundó Triumph en 1966 como un periódico para los católicos romanos estadounidenses conservadores. Bozell era abogado y autor de The Warren Revolution (1966), un estudio crítico acerca de la Corte Suprema, muy activa durante la presidencia del Juez Jefe Earl Warren. También, era el cuñado de William F. Buckley Jr., con quien había trabajado en la National Review durante los once años anteriores a la fundación de Triumph. Bozell se encontró estupefacto ante los cambios ocurridos en la Iglesia Católica al concluir el Concilio Vaticano II (1962-65), especialmente porque éstos coincidían con las convulsiones sociales de los ’60 y la revolución sexual en los Estados Unidos.

Bozell y sus compañeros editores Frederick Wilhelmsen, Michael Lawrence, Gary Potter y John Wisner se opusieron a la tendencia de los católicos (ubicados políticamente tanto a la izquierda como a la derecha) a elegir y optar discrecionalmente entre las doctrinas y enseñanzas de la Iglesia. Creían que el propósito del Concilio había sido fortalecer la ortodoxia, no diluirla. Esperaban que la Iglesia continuase actuando como si Ella sola fuese el camino de la salvación, continuase procurando conversos y continuase condenando todas las otras religiones así como otras formas de cristianismo. Les disgustó el cambio del latín al vernáculo pero, poniendo la lealtad al Papa por sobre todas las otras virtudes, gruñendo lo aceptaron cuando llegó el momento. Enamorados del catolicismo español (las familias Bozell y Wilhelmsen pasaron años viviendo en España), dieron clases de verano en el Palacio del Escorial, cerca de Madrid. Wilhelmsen señalaba que España sola había derrotado a los dos mayores enemigos de la Cristiandad: el Islam en la Reconquista y el Comunismo en la Guerra Civil. En Washington (DC) un grupo de activistas lectores de Triumph, los “Hijos del Trueno”, montaron la primera manifestación pro-vida de los Estados Unidos en 1970. Impresionaron a los curiosos, vistiendo boinas rojas carlistas y gritando en castellano “¡Viva Cristo Rey!”

La National Review de Buckley siempre había sido ecuménica y siempre había tomado la enseñanza de la Iglesia con una pizca de sal (“¡Mater sí, Magistra no!” fue un titular en respuesta a la encíclica Mater et Magistra de Juan XXIII), e incluso predicó el agnosticismo cuando se presentó la cuestión del aborto en 1965. Cuando Triumph comenzó a cuestionar el rol de los Estados Unidos en Vietnam y su consonancia con la doctrina católica de la guerra justa, la relación entre Buckley y Bozell quedó dañada. Bozell declaró que los buenos católicos, en vez de ponerse de todo corazón del lado de la nación, debían distanciarse de los Estados Unidos debido a la violación de principios religiosos y políticos cuya negociación era imposible. La “tribu” católica, argumentaba Triumph a comienzos de los ’70, flotaba en un mar de herejía y paganismo.

Muchos lectores que habían aceptado el rigor de Triumph en materia religiosa se volvieron atrás cuando los redactores de la revista hablaron en contra del patriotismo; los lectores tampoco apreciaron el hecho de que Triumph fuese casi tan estridente en la condena del capitalismo liberal como lo era respecto al comunismo. La circulación cayó precipitadamente en los ’70. Desde 1972 comenzó a aparecer en forma infrecuente, y en 1975 la revista se cerró definitivamente. Ya en ese momento, su editor estaba siendo atacado por el desorden bipolar. En su día, sin embargo, Triumph había publicado artículos vigorosos de Wilhelmsen, editoriales brillantemente irónicas de Bozell y columnas provocadoras de colaboradores como Jeffrey Hart, John Lukacs y Thomas Molnar.

Para saber más:

  • Patrick Allitt, Catholic Intellectuals and Conservative Politics in America, 1950–1985 (Ithaca, Nueva York: Cornell University Press, 1993).
  • L. Brent Bozell, Mustard Seeds: A Conservative Becomes a Catholic: Collected Essays (Front Royal, Virginia: Christendom Press, 2001).
  • E. Michael Lawrence (editor), The Best of Triumph (Front Royal, Va.: Christendom Press, 2001).

Nota del Cnel. Kurtz: Agregaríamos como lectura adicional la excelente monografía de Gary Potter, “R.I.P. Triumph Magazine: A Memorial to an American Distributist Enterprise”, incluida en la obra colectiva de Tobias J. Lanz (Editor), Beyond Capitalism and Socialism: A New Statement of an Old Ideal (Norfolk, Virginia: IHS Press, 2008).



Fotografía de Frederick Daniel Wilhelmsen (1923-96), filósofo tomasiano, profesor durante décadas de la Universidad de Dallas (Irving, Texas) y uno de los fundadores del Christendom College (Front Royal, Virginia), orgulloso requeté honorario. [Gentileza de la bitácora Guard Duty].


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