Lo nuevo en la Liga Distributista

lunes, 9 de enero de 2012

--> Leer...

martes, 22 de noviembre de 2011

«Una bella squadra»

Recuerdo hace unos cuantos años leer en The Economist un curioso artículo donde el sorprendido autor anónimo —anonimato riguroso en casi todos los artículos de dicha prestigiosa publicación inglesa— que hablaba de un economista y banquero italiano, bastante respetado en el establishment, que se había hecho presente en un congreso católico para exponer sobre algún tema teológico. Ese economista y banquero “católico” no era otro que Mario Monti, el recientemente nombrado como Presidente del Consejo de Ministros de la República Italiana.

Monti tiene fama de técnico y apolítico, habiendo sido, además de asesor europeo de la financiera tristemente célebre Goldman Sachs, funcionario de gobiernos italianos y europeos de muy distinto signo partidario. Y el equipo que ha nombrado para acompañarlo, comparte en mayor o menor medida estas mismas características. Es el regreso de los tecnócratas.

Parece ser que el término tecnocracia (de tékhne [τέχνη] —arte, oficio, habilidad— y krátos [κράτος] —poder, fuerza, dominio—) fue acuñado en California por un ingeniero estadounidense en 1919 como forma de lograr la “democracia industrial” en las empresas, mediante el uso de los métodos de las ciencias positivas y la ingeniería. Recién a comienzos de los ’30, se comienza a aplicar el término en la política.

Comte de Saint-Simon 


Un siglo antes, el conde de Saint-Simon, Claude Henri de Rouvroy, abogaba por un gobierno de industriales —los que hacen— y científicos —los que saben—, y profetizaba “el gobierno de los charlatanes está llegando a su fin, el gobierno de los que hacen no tardará en hacerse presente”.

Los callejones sin salida que se presentan como únicas opciones en la presente y duradera crisis económica del hemisferio norte en general, pero muy particularmente en Europa, han reflotado la idea de entregarse “a los que saben”, para que ellos gobiernen y nos lleven a buen puerto. Lo llamativo es que esta idea también ha sido promovida desde instancias vaticanas, pero ya volveremos sobre ello.

Primero fue en Grecia, donde el presidente del banco central Papedemos se quedó con el cargo de primer ministro. Y luego tocó el turno a Italia, donde han aterrizado los que la gente ya llama “banqueros del Vaticano”.

Y es que, lamentablemente, algo de eso hay.

En un comunicado, la agencia de los obispos italianos, SIR, se congratulaba del “currículum impecable” del nuevo gabinete, la presencia de representantes de los “más tradicionales cuerpos del Estado” (un prefecto, un embajador y un almirante), funcionarios de carrera y profesores… “entre quienes se destacan exponentes del vasto mundo católico”, nombrando por su nombre a Lorenzo Ornaghi (rector de la Univ. Católica, ahora ministro de Cultura), Andrea Riccardi (fundador de la Comunità di Sant’Egidio, ahora en Relaciones Exteriores) y Renato Balduzzi (ex presidente del MEIC, ex “Laureati Cattolici”, ahora en Salud). [Nótese, al margen, el infumable clericalismo del comunicado que desconoce como “exponentes del vasto mundo católico” a otros ministros como Francesco Profumo (de Educación), Paola Severino (de Justicia) y Piero Gnudi (de Turismo)… porque, a pesar de ser católicos practicantes, no son dirigentes de movimientos ni “funcionarios” episcopales.]

También el periódico de los obispos, Avvenire, colmaba de elogios a Monti, “honra de Italia en los cargos públicos ejercidos en el país y el extranjero, y [capaz de] representar un punto de referencia tan transversal como limpio”.


Es que Il Messaggero ha confirmado que el elenco de ministros le ha sido sugerido a Monti “personalmente por el cardenal Angelo Bagnasco”, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana y hombre de confianza de Benedicto XVI. Y, por su parte, el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de la Santa Sede, ha comentado a los medios que el nuevo gabinete es “un lindo equipo al cual auguro un buen trabajo”.

Pero ya comienzan a sentirse quejas contra este nuevo gobierno demasiado “norteño” y, lo que es peor visto, “bancario”, demasiado ligado a la tan cuestionada casa Goldman Sachs. Por otro lado, cuando Italia debería cuestionarse seriamente su participación en la U. E., Monti un burócrata estará difícilmente dispuesto a dejar de lado aquel proyecto utópico en el que invirtió tantos años de su vida.

Aún no ha pasado un mes y ya la indignación crece. Se habla de “golpe de Estado”, de “gobierno de los banqueros”, de un ajuste que ya se vislumbra durísimo… y donde nadie piensa que serán justamente los que impulsaron esta crisis —los bancos— los que terminarán pagando los platos rotos.

La historia demuestra que las tecnocracias terminan mal, tarde o temprano. Ya sea por su fracaso, ya por su falta de apoyo político.

Lo lamentable es que la Iglesia quedará pegada. Espero que Su Santidad esté investigando las comodidades de las cuevas palestinas para cuando los indignados italianos le prendan fuego al Vaticano.

«Una bella squadra» (Bertone).
--> Leer...

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Serie de ensayitos histórico-teológicos (con “t” minúscula) que me gustaría escribir si tuviese tiempo


1. Culpa y pena temporal. La situación en el cristianismo primitivo. Penitencia canónica, penitencia pública. ¿Qué raro que los que bregan por una vuelta a la Iglesia de los primeros siglos no hablan de esto?

2. Las grandes obra de piedad que hicieron la cristiandad. Abadías, peregrinaciones peligrosas, cambios radicales de vida, cruzadas, grandes donaciones, etc. para obtener la remisión de la pena. Jubileos y perdón de las deudas. Triquiñuelas, simonía y “venta de indulgencias” (en plata… o especie). La ley del menor esfuerzo y la declinación de la cristiandad. Un padrenuestro, tres avemarías y un gloria, y vuelta a empezar…

3. Indulgencias parciales, purgatorio y “tiempo”. Importancia moral o práctica. Estandarización de Pablo VI. “Rationale”: “ad intra”… y “ad extra”. Cambalache católico: todo es igual, nada es mejor. ¿Pena? ¿qué es eso? un concepto teológico olvidado, con nefastas consecuencias prácticas.

4. Gracia y gracias. Gratuidad y regalo. San Francisco y Chesterton. Deuda consecuente. Sociedad y mutua dependencia: tejido de créditos y deudas. Propiedad y función social. Sociedad de propietarios versus sociedad de inquilinos. “Dimitte nobis debita nostra sicut et nos dimittimus debitoribus nostris”: el perdón de las deudas como una obligación de todo cristiano y las consecuencias sociales de ello.

5. La usura, factor destructor de las relaciones sociales. San Antonio. Magnanimidad cristiana y perdón de deudas. Rico versus noble. Camellos y ojos de aguja. “Mamona iniquitatis” ataca de nuevo. El Quijote contra Don Dinero, “poderoso caballero”. La muerte de la caballería a manos de las finanzas… y de la Iglesia.

6. El cambio en el Padrenuestro, ofensas en vez de deudas. ¿Mateo 6,12 o Lucas 11,4? La eterna cuestión del arameo versus el griego en los Evangelios y por qué es éste un planteo errado. Excusa arqueologista, Orígenes y la mar en coche. La usura reforzada, banqueros “católicos” contentos.

Veremos…



--> Leer...

lunes, 5 de septiembre de 2011

Apocalypse Now: El argumento VI


Siguen navegando y adentrándose en la selva. Willard siente que ya están llegando a destino, por lo que junta el legajo, las fotos, las cartas y los artículos de diarios, rompe todo y lo arroja al río.

De pronto, en canoas, unos nativos con las caras pintadas de blanco, parecen estar esperándolos como si de guardianes del hades se tratara. La lancha disminuye la velocidad y se abre camino lentamente entre esos espectros. Pronto, en la orilla se acercan a verlos guerrilleros montagnards y otros vestidos con ropas del Vietcong, del Ejército de Vietnam del Norte o del Khmer Rouge. También se perciben cadáveres mutilados, ahorcados o empalados, cabezas sobre picas y calaveras. Han, finalmente, descendido al infierno, al infierno de Kurtz.



Llegan al campamento de este ejército de indígenas y desertores vietnamitas y camboyanos. Desde una especie de muelle,  parecen ser recibidos por un fotógrafo frenético, hiperactivo y aparentemente drogado (Dennis Hopper). Grita a los nativos y guerrilleros: “Han sido aprobados.” Y, luego, dirigiéndose a los del bote patrulla, “salgan, somos todos sus hijos”.

Aconseja a Willard que pedía hablar con Kurtz, “uno no habla con el Coronel, bueno, uno lo escucha. El hombre amplió mi mente. Es un poeta-guerrero en el sentido clásico… Yo soy un hombre pequeño. Él es un gran hombre. ‘Hubiera preferido ser un par de recias tenazas que corren en el silencio de oceánicas terrazas’ [repite estos versos de La canción de amor de J. Alfred Prufrock de T. S. Eliot]. Quiero decir. Él puede ser terrible y puede ser malvado y estar en lo cierto. Él está luchando la guerra. Es un gran hombre.” Y por detrás se ve un enigmático graffiti: “Nuestro lema: ¡Apocalipsis ahora!”


Es ahí cuando ve al capitán Colby (Scott Glenn) que había sido enviado antes que él en un estado casi catatónico, con las manos ensangrentadas sujetando su arma. Continúa el fotógrafo exaltado con sus consejos: “Entonces, tú sólo déjalo tranquilo, estate tranquilo, pregúntale… Pero no juzgues al Coronel.” 

Y las cabezas en picas por todos lados. “Las cabezas. Están viendo las cabezas. Eh, bueno, a veces llega demasiado lejos, y él es el primero en admitirlo.” Afirma una y otra vez que Kurtz no está loco. “Si hubiesen podido escucharlo hace dos días… Si hubiesen podido escucharlo entonces… Dios…”

“Este tipo, el Coronel, está chiflado, hombre”, dice el Chef a Willard. “Está peor que loco. Es demoníaco… Esto es puta idolatría pagana. Mire a su alrededor. Mierda. Está loco. No tengo miedo de todas estas calaveras, altares y mierda. Solía pensar que si moría en un lugar maldito, entonces mi alma no podría encontrar el Cielo. Pero ahora, ¡carajo! Quiero decir, no me importa a dónde vaya, con tal que no llegue a aquí. Entonces, ¿qué quiere hacer? Yo mataré al hijo de puta.” Pero deja al Chef en el bote y le pide que convoque un ataque aéreo sobre el campamento de Kurtz si en 8 horas no tiene noticias suyas.

Willard piensa: “Todo lo que vi me decía que Kurtz estaba loco. El lugar estaba lleno de cadáveres. Nordvietnamitas, vietcongs, camboyanos. Si aún estaba yo vivo, era porque él me quería de ese modo.” Y al llegar al “cuartel general” de Kurtz: “Olía a muerte lenta allí, malaria y pesadillas. Éste era el fin del río, estaba bien.”

En medio de la penumbra, Kurtz, tambaleándose, cansado, entrado en peso y pelado, se toma la cabeza con las dos manos. Pregunta a Willard sobre su pasado y al escuchar el nombre de Ohio, el estado en el que nació el Capitán, recuerda el río del mismo nombre y una travesía que hizo en él de niño hasta un vivero de flores, de gardenias: “podía pensar que el Cielo había caído en la tierra en la forma de gardenias”. El viaje de un niño hasta el Cielo, el viaje de un adulto hasta el infierno…

Se imagina la misión y que el fin de Willard es matarlo. “¿Has considerado alguna vez las libertades auténticas? ¿La libertad ante la opinión de otros? ¿Incluso ante la opinión de uno mismo? ¿Te dijeron por qué, Willard? ¿Por qué querían poner fin a mi mando?”

Al comienzo, Willard se escuda en lo secreto de su misión. Pero Kurtz insiste. “—¿Qué te dijeron? —Me dijeron que se había vuelto loco y que sus métodos eran anormales.” Kurtz toma su puño. “—¿Son mis métodos anormales? —No veo ningún método, mi Coronel. —Me esperaba alguien como tú. ¿Qué esperabas tú? ¿Eres un asesino? —Soy un soldado. —No eres ni una cosa ni la otra. Eres un niño vagabundo, enviado por el verdulero a cobrar una factura.”

A la mañana siguiente Willard amanece en una jaula de cañas, de las que se usan en esas regiones para atrapar tigres. A su alrededor, cuerpos putrefactos y moscas.

El fotógrafo cuestiona al enviado: “¿Por qué un buen muchacho como tú quiere matar a un genio? ¿Sabes que el hombre realmente te quiere? Él te quiere. Realmente te quiere. Pero tiene algo en mente para ti. ¿No tienes curiosidad? Algo está pasando allí afuera, hombre. Sé algo que tú no. Está bien, muchacho. El hombre tiene claridad en su mente, pero su alma está loca. Oh, sí. Está muriendo, creo. Odia todo esto. Lo odia, pero el hombre es, bueno… Lee poesía en voz alta, ¿está bien? Le gustas porque aún estás vivo. Tiene planes para ti. No, no, no voy a ayudarte. Tú vas a ayudarlo a él, hombre. Quiero decir, ¿qué van a decir, hombre, cuando él ya no esté? ¿Eh? Porque morirá cuando muera, hombre. Cuando muera, morirá. ¿Qué dirán de él? ¿Qué dirán? ¿Que era un buen hombre? ¿Un hombre inteligente? ¿Que tenía planes? ¿Tenía sabiduría? ¡Mierda, hombre! ¿Seré yo el que los corrija? Mírame. ¡Estás equivocado! ¡Serás tú!”

Siguiendo las órdenes dadas por el Capitán, y habiendo pasado más de 8 horas sin noticias de él, el Chef intenta comunicarse con “Todopoderoso” y pedir un ataque aéreo sobre el cuartel de Kurtz.


En la siguiente escena, el Coronel, con la cara camuflada, se acerca despacio a Willard en su jaula. Y arroja entre las piernas de éste, la cabeza del Chef.

En Redux, Kurtz da un monólogo a Willard, explicando sus razones, no sólo para defeccionar de sus “mandos naturales”, sino también para exiliarse del mundo, de la sociedad. Rodeado de niños, cita un artículo de la revista Time en el que se asegura que, aunque el fin de la guerra parece lejano, los funcionarios del gobierno piensan que el enemigo está a punto de llegar al límite y no podrá seguir combatiendo. Cita socarronamente otras noticias “optimistas”.

Willard es liberado de su jaula mientras el Coronel lee un fragmento de “Los hombre huecos” de T. S. Eliot: “Somos los hombres huecos, los hombres rellenos de aserrín, que se apoyan unos contra otros, con cabezas embutidas de paja. ¡Sea! Ásperas nuestras voces, cuando susurramos juntos, quedas, sin sentido, como viento sobre hierba seca… Contornos sin forma, sombras sin color, paralizada fuerza, ademán inmóvil.”

Y el fotógrafo agrega: “Está realmente allí. ¿Entiendes lo que dice? ¿Lo haces? Esto es dialéctica. Dialéctica muy simple. Uno por nueve. Sin talvez, sin supuestos, sin fracciones. No puedes viajar por el espacio. No puedes salir al espacio, sabes, sin, sabes, con fracciones. ¿Dónde vas a aterrizar? ¿Un cuarto? ¿Tres octavos? ¿Qué harás cuando vayas de aquí a Venus o algo así? Eso es física dialéctica, OK. Lógica dialéctica es que sólo hay amor y odio. O amas a alguien o lo odias. ‘Así es como se acaba el [puto] mundo.’ Mira esta puta mierda aquí, hombre. ‘No con un golpe seco sino un gemido.’ [repite estos versos finales de Los hombres huecos.] Y con un gemido, me estoy partiendo, muchacho.”

Un paneo de cámara muestra unos textos en la guarida de Kurtz: la Santa Biblia, “Del ritual al romance” de Jessie Lailay Weston y “La rama dorada” de sir James George Frazer. Libros clásicos, sobre mitos, sobre búsquedas espirituales, sobre viajes iniciáticos…

“En el río, pensé que en el minuto en que lo viese, sabría qué hacer, pero no pasó así. Estuve allí con él durante días, sin guardias. Era libre, pero él sabía que no iría a ningún lado. Sabía mejor que yo lo que yo mismo iba a hacer. Si los generales en el cuartel de Nha Trang pudiesen ver lo que yo vi, ¿querrían aún que lo matase? Probablemente más que nunca. ¿Y qué querría su gente en casa si supiese qué tan lejos de ellos estaba ahora realmente? Se había separado de ellos y luego se separó de sí mismo. Nunca había visto un hombre tan quebrado y tan dividido.”

Nuevamente Kurtz intenta explicarse. “He visto horrores, los horrores que tú has visto. Pero no tienes derecho a llamarme asesino. Tienes derecho a matarme. Tienes ese derecho… pero no tienes derecho a juzgarme.”

“Es imposible que las palabras puedan describir lo que es necesario para aquéllos que no saben lo que significa el horror. Horror. El horror tiene cara. Y uno debe hacerse amigo del horror. El horror y el terror moral son tus amigos. Si no lo son, entonces son enemigos que debes temer. Son enemigos de verdad.”

Y la memoria de un punto de inflexión en su vida. “Recuerdo cuando estaba en las Fuerzas Especiales. Parecen mil años atrás. Fuimos a un campo a vacunar a unos niños. Dejamos el campo luego de inocularlos contra la polio. Y este viejo vino corriendo detrás de nosotros y lloraba. No podía hablar. Volvimos y ellos habían ido y habían arrancado cada brazo vacunado. Estaban ahí, en una pila… una pila de bracitos. Y recuerdo que… lloré. Lagrimeé como una abuela. Quería arrancarme los dientes. No sabía lo que quería hacer. Y quiero recordarlo. No quiero nunca olvidarlo. No quiero nunca olvidarlo. Y entonces me di cuenta… como si hubiese recibido un disparo, como si hubiese recibido un disparo con un diamante, una bala de diamante en mi frente. Y pensé: ‘Mi Dios, ¡qué genialidad eso! ¡Qué genialidad!’ La voluntad para hacer eso. Perfecta, genuina, completa, cristalina, ¡pura! Y entonces me di cuenta de que ellos eran más fuertes que nosotros, porque podían soportarlo. Éstos no eran monstruos. Éstos eran hombres… tropas entrenadas. Estos hombres que peleaban con sus corazones, que tenían familias, que tenían hijos, que estaban llenos de amor… que tenían la fuerza, la fuerza de hacer eso. Si tuviese diez divisiones de aquellos hombres, entonces nuestros problemas aquí acabarían rápidamente. Debes contar con hombres que son morales y a la vez pueden utilizar sus instintos primitivos para matar… sin sentimientos, sin pasión, sin deliberación… sin deliberación. Porque es la deliberación la que nos vence.”

“Me preocupa que mi hijo no comprenda lo que he intentado ser. Y si debo morir, Willard, desearía que alguien vaya a casa y cuente todo a mi hijo. Todo lo que hice, todo lo que viste. Porque no hay nada que deteste más que el hedor de las mentiras. Y si me entiendes, Willard, tú… tú harás esto por mí.”

Mientras tanto, los nativos se preparan para un sacrificio ritual. Lance, semidesnudo, se mezcla con ellos. Y Willard regresa a la lancha, donde escucha: “Éste es Todopoderoso esperando instrucciones. ¿Me copian?” Sabe que el ataque aéreo es inminente, pero se cuestiona sus órdenes: “Me harán Mayor por esto y ni siquiera estaba más en el puto Ejército. Todo el mundo quería que lo haga. Él más que nadie. Sentía como que me esperaba, aguardando que ponga fin a sus dolores. Sólo quería irse como un soldado, de pié. No como un renegado pobre, malgastado y cubierto en harapos. Incluso la jungla lo quería muerto, y, en cualquier caso, era de allí de donde tomaba sus órdenes.”

Abandona la lancha y parte lentamente hacia un viejo templo budista que oficia de cuartel de Kurtz, donde éste aguarda el sacrificio final. Mimetizado, Willard surge de las aguas con un machete en la mano. Se escucha nuevamente la música de los Doors, “El fin”, como al comienzo.

Kurtz graba una lectura. “Entrenamos a los jóvenes para arrojar fuego sobre seres humanos, pero sus comandantes no les permiten escribir ‘carajo’ en sus aviones porque es obsceno.” 



Ve a Willard aproximarse y se entrega. Mientras que, afuera, los nativos sacrifican un búfalo de agua. Agonizante, en el suelo, Kurtz se limita a repetir: “El horror. El horror.”

Willard lentamente abandona el templo mientras lee una anotación de Kurtz en rojo sobre unos papales escritos a máquina: “Arrojad la bomba. ¡Exterminadlos a todos!” Se sienta por un instante en el lugar del Coronel ahora muerto, mientras se le aproximan nativos que lo veneran como un nuevo rey-dios. 

Pero Willard decide seguir y camina entre ellos, mientras bajan sus armas y lo observan con temor reverencial. Toma de la mano a un Lance completamente perdido y lo conduce lentamente hasta la lancha.

Se van lentamente por el río, cae una lluvia torrencial, y “Todopoderoso” sigue intentando comunicarse por radio… una radio que Willard apaga abruptamente. Mientras, como entre sueños, se escuchan ecos de Kurtz: “El horror… El horror.”



FIN

--> Leer...

viernes, 26 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El argumento V



Luego del ataque al bote patrulla, en la versión Redux tiene lugar un extraño encuentro con un puesto colonial francés en ruinas que surge de entre el vapor del río. Son como fantasmas de otra era, de otra guerra anterior, que se les aparecen. Se trata de una plantación de caucho, un perdido enclave colonial francés dirigido por la familia de un tal Hubert de Marais (Christian Marquand).

Enterados del ataque que habían sufrido, los milicianos franceses despiden con honores al Sr. Limpio y lo entierran junto a la casa, rodeada de una especie de cementerio. Cuatro generaciones de de Marais han vivido en ese sitio en Camboya por décadas, advierte el patriarca, y lo seguirán haciendo “hasta que estemos todos muertos”.

En medio de la jungla más terrible, estos extravagantes franceses ofrecen a Willard y sus hombres, una comida de gala. Los dos más jóvenes de la familia, Gilles y Francis (Giancarlo y Roman Coppola, hijos del director) recitan Baudelaire en la mesa. “Es un poema demasiado cruel para los niños. Pero lo necesitan, porque la vida a veces es muy cruel.”

El paterfamilias da un largo discurso a los visitantes acerca de la Segunda Guerra Mundial, Indochina, Dien Bien Phu y Argelia. Las derrotas francesas, las derrotas de los políticos, y los cambios que estaban teniendo lugar en el mundo.

“Pero aquí, no perdemos. Este pedazo de tierra, lo conservamos. Nunca lo perderemos. ¡Nunca!”, dice amenazante.

En la mesa, en medio de los hambrientos estadounidenses, discuten entre ellos los franceses acerca de la presente guerra. “Al Vietcong lo inventaron los americanos”, dice uno. Y sentencia otro: “¿Y qué pueden hacer? Nada. Absolutamente, nada. Los vietnamitas son muy inteligentes. Nunca sabes lo que piensan.” Mientras se ve a entrar a unos sirvientes viet que retiran los platos.

Uno de los jóvenes sentados en la mesa interpela a Willard: “¿Por qué ustedes, los americanos, no aprenden de nosotros, de nuestros errores? Mon Dieux, con su ejército, su fuerza, su poder, ¡podrían ganar si quisieran!... Pueden ganar.”

Pero interviene ahora el patriarca poniendo fin a la discusión: “Los vietnamitas, trabajamos con ellos, hicimos algo… algo de la nada… Queremos seguir aquí porque es nuestro… nos pertenece. Es lo que mantiene unida a nuestra familia… Yo peleo por eso. Mientras que ustedes, americanos, pelean por la nada más grande de la historia.”

Como decía alguien una vez, uno se sacrifica por la Patria, por su familia… ¿pero quién se deja matar por la democracia… “la nada más grande de la historia”?

Todos abandonan la mesa y Willard se acerca a Roxanne Sarrault (Aurore Clement), una bella y joven viuda con la que cruzaban miradas. Nota lo cansado que el Capitán está de la guerra y le dice: “Veía lo mismo en los ojos de los soldados de nuestra guerra. Los llamábamos ‘les soldats perdus’, los soldados perdidos.”

Con ella, bebe coñac y fuma opio, que la joven viuda aprendió a preparar para calmar las heridas de guerra de su esposo. “Existen dos versiones tuyas. ¿No lo ves? Una que mata y una que ama”, repite Roxanne recordando a su marido… y su eco perdura.

A la mañana siguiente, continúan el viaje en medio de la niebla. Con mucho miedo, pasan junto a un avión de combate derribado. Willard siente que se aproxima a Kurtz: “Estaba cerca, muy cerca. No podía verlo aún, pero podía sentirlo, como si el bote fuera succionado río arriba y la corriente fuese en sentido contrario hacia la jungla. Sea lo que sea que fuese a suceder, no iba a ser del modo en que dijeron antes en la base.”

Repentinamente sufren un nuevo ataque sorpresa desde la costa, pero esta vez con flechas y lanzas. Una de estas primitivas armas atraviesa al Jefe Phillips. Cuando Willard se inclina para ayudarlo, el Jefe intenta matarlo. Pelean, forcejean y éste termina de morir. Flechas y lanzas…

Lance, poniéndose una mitad de flecha de cada lado de la cabeza, como si una se le hubiese atravesado, sumerge al Jefe en el agua como un ritual pagano de réquiem, mientras que el Chef cuestiona a Willard acerca de la misión. Finalmente, este último cede y confiesa lacónicamente: “Mi misión es adentrarnos en Camboya. Hay un coronel boina verde allí que se ha vuelto loco. Se supone que lo mate.”

Luego de despotricar contra el gobierno, la guerra y esta misión “típica” de Vietnam, el Chef está a punto de abandonar, pero tal vez pensando en que, a esta altura, ya están jugados, pone como condición a Willard ir todos juntos con Lance en la lancha, sin separarse en ningún momento.

El caso es que el Capitán asiente pues, obsesionado, ya sólo piensa en qué hacer cuando llegue el momento del encuentro con Kurtz.

“Parte de mí tenía miedo de lo que iba a encontrar y de lo que iba a hacer cuando estuviese allí. Conocía los riesgos, o me los imaginaba. Pero lo que más sentía, mucho más que el miedo, era el deseo de confrontarlo.”

--> Leer...

martes, 23 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El argumento IV




En una de las escenas eliminadas de la versión original, en medio de una fuerte lluvia, se encuentran con un Centro Médico, donde el helicóptero que llevaba a las conejitas de Playboy espera por combustible. Luego tiene lugar un poco probable desenlace donde Willard cambia bidones de diesel por sexo para sus hombres. Pero el supuesto sexo se transforma en sesiones de psicoanálisis que terminan en una discusión entre los mismos protagonistas.

Nuevamente están en el río y la moral de la tripulación ha empeorado. El clima, el sexo que no fue, la creciente locura de Lance que se ha pintado la cara con pintura mimética (“están en todos lados”, repite como mantra), y las sospechas sobre la misión de Willard.

Se encuentran entonces con un pequeño sampán que el Jefe insiste en requisar a pesar de lo inocente de la vista. Lance y el Sr. Limpio apuntan las ametralladoras pesadas, mientras el Jefe aborda el bote e investiga. Pero cuando quiere revistar un pequeño paquete, una jovencita comienza a gritar y correr, provocando el fuego indiscriminado de las ametralladoras. Casi todos los vietnamitas mueren y el Jefe encuentra que el paquete contenía un cachorrito.

Quieren subir a la única sobreviviente, la malherida jovencita, y llevarla a un hospital. Con total sangre fría, Willard se niega a seguir retrasando la misión y pone un tiro en el pecho de la niña. En shock y con culpa, la tripulación se grita e insulta, mientras Lance —cada vez más ajeno a lo que sucede a su alrededor— se limita a agarrar al cachorrito y ponerlo dentro de su camisa.

“Era la forma que teníamos de vivir con nosotros mismos aquí. Los partimos por la mitad y queríamos ponerles una bandita adhesiva. Es una mentira… y cuanto más veo eso, tanto más odio las mentiras. Estos muchachos ya no me verán de la misma manera, pero siento que sé una o dos cosas sobre Kurtz que no están en su legajo.”

Llegan así al último puesto militar antes de la frontera camboyana junto al río Do Lung. Fuego de morteros, luces de trazadoras y un clima psicodélico en una muy confusa batalla nocturna. Soldados con maletas en las manos nadan hacia la lancha y ruegan que los lleven a casa, aunque el bote, en realidad, se abre paso en la dirección contraria. Atracan junto a la orilla donde los llama un mensajero, y Willard recibe un paquete para él y sus hombres. “Capitán, usted está en el culo del mundo”, dice el mensaje mientras emprende su regreso. Junto a un Lance drogado y con alucinaciones que se multiplican con las luces y los sonidos, Willard sube a tierra y va en busca del jefe del puesto.

Pero nadie sabe quién es ni dónde está. Un aterrorizado soldado dispara a la oscuridad: “Hay chinitos por ahí cerca del alambrado, pero creo que los maté a todos”, dice. Cuando le pregunta por su jefe, “¿No es usted?” responde.

Música de Jimi Hendrix, gritos, explosiones, un altavoz vietnamita intentando desmoralizar a las tropas yanquis… Y el puente a punto de desmoronarse. “Lo construimos todas las noches. Charlie lo destruye y volvemos a empezar. De modo que los generales puedan decir que el camino está abierto. Piensen en eso.”

Le han dado a Willard nueva información: “Meses atrás, se ordenó a un hombre una misión idéntica a la suya. Tenemos razones para creer que ahora está operando con el coronel Kurtz. En Saigón dijeron a su familia que había desaparecido en acción, pero en realidad asumieron que estaba muerto. Luego, interceptaron una carta que intentaba enviar a su esposa. Capitán Richard Colby (Scott Glenn). Él está con Kurtz.”

Lance ya no pasa ni un segundo sobrio: “Disneylandia. Carajo, hombre, esto es mejor que Disneylandia”, dice revoleando una bengala. Mientras, los demás leen cartas de sus seres queridos y noticias que les enviaron. Es entonces cuando llueve sobre ellos un ataque sorpresa del Vietcong desde la orilla.

El Sr. Limpio muere y, ya terminado el ataque, todos escuchan la grabación de su madre: “Me alegro tanto de que hayas decidido enrolarte en la Armada. Eso es mucho más de lo que puedo decir de algunos de tus amigos. Si esta cinta sirve de algo, haré que Papá y la familia te envíen también sus propias cintas… Y entonces espero que pronto, no ya pero pronto, tenga muchos nietos para amar y  malcriar. Y que cuando tu esposa regrese, se enoje conmigo. Ja, ja, ja. Incluso la tía Jessie y Mamá vendrán a celebrar tu regreso. El abuelo y Papá están juntando dinero para intentar comprarte un auto, pero no les digas porque es nuestro secreto. En cualquier caso, haz lo correcto. Aléjate de las balas. Y trae tu trasero de regreso en una sola pieza. Porque te amamos mucho. Cariños, Mamá.”

--> Leer...

viernes, 19 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El argumento III



El Chef, que realmente había sido cocinero profesional “en su otra vida” en Nueva Orleáns, pide permiso para bajar a tierra y buscar mangos, que —según él— abundan en la zona y son muy demandados y preciosos para un chef que se precie de tal.

Posiblemente cansado de tanga agua, Willard se ofrece para acompañarlo. La jungla virgen los rodea y convierte en enanos impotentes. En guardia ante un posible ataque Vietcong, no imaginan el tipo de ataque que sobrevendrá: un bello tigre asiático que los hace correr como nunca lo han hecho en la vida. Regresan aterrorizados al bote, sólo para jurar nunca bajarse de la lancha hasta llegar a destino. No sólo es Charlie el enemigo, también la naturaleza parece conjurada contra estos jóvenes e inexpertos exploradores.

Siguen avanzando y Willard queda más maravillado con lo que lee en el legajo de Kurtz: recortes de diarios, fotografías familiares, cartas… No puede evitar la comparación: “Kurtz sí se bajó del bote. Se desprendió por completo del puto programa. ¿Cómo pasó? ¿Qué es lo que vio en su primer período? 38 años de mierda. Si te unías a los boinas verdes, no había forma de pasar del rango de coronel. Kurtz sabía bien lo que se estaba perdiendo. Cuanto más leía y comenzaba a entender, más lo admiraba. Su familia y amigos no podían comprenderlo, y no podían hacerlo hablar de ello. Tuvo que postularse tres veces y sobrepasar toneladas de mierda, pero cuando amenazó con renunciar, se lo dieron. El sujeto que le seguía en edad en su clase tenía la mitad de la suya. Deben haber pensado ‘¿qué está haciendo ese viejo rompiéndose en este curso?’ Yo mismo lo hice cuando tenía 19 y casi me mata. ¡Qué hijo de puta tan duro! Lo finalizó. Pudo haber ido tras el rango de general, pero, en vez de eso, prefirió ir tras él mismo…

“Octubre de 1967, misión especial, Kurtz monta la Operación Arcángel en combinación con fuerzas locales. Gran éxito. No recibió ninguna autorización oficial. Sólo lo pensó y lo hizo. ¡Qué bolas! Iban a colgarlo por eso, pero luego de que la prensa se enteró, lo promovieron a coronel. Oh, hombre, tanta mierda acumulada en Vietnam tan rápido que se necesitan alas para mantenerse a flote.”

Llegan entonces, en medio de la noche, a una aislada base estadounidense en Hau Phat. Recogen bidones de diesel, cigarrillos y otros pertrechos. Los últimos que podrán conseguir de aquí en más. Se produce una discusión con el sargento a cargo de aprovisionamientos, un típico burócrata que jamás ha estado en combate, por llenar un formulario donde debía figurar el destino de la misión de Willard. Finalmente, quizá pensando en no desgraciarse con un oficial que no conoce, termina con el ofrecimiento gratuito de entradas “para el show” y una botella de Bourbon, el whisky yanqui.

El show es un enorme escenario sobre el que unas conejitas de Playboy descienden en helicóptero para bailar y entretener a la tropa. Como decía un comentario a la película que leímos, “las jovencitas son el peor ejemplo de los valores americanos exportados a un mundo extraño y ajeno”. Las conejitas juegan a vaqueros e indios, provocando a los soldados, y para asombro de vietnamitas aferrados a las rejas. Toda una metáfora de Vietnam y de  la intervención yanqui.

La masa se descontrola y el show termina con las conejitas escapando rápidamente en helicóptero, y la policía militar reprimiendo a los incivilizados.

“Charlie no tiene estos shows”, nota Willard mientras bebe su whisky. “Está demasiado ocupado ocultándose en lo profundo o moviéndose rápidamente. Su idea de descanso y recreo es arroz frío y un poco de carne de rata. Sólo tiene dos formas de llegar a casa: la muerte o la victoria.”

Esto nos recuerda un hecho histórico local. Tras la rendición de Puerto Argentino el 14 de junio de 1982, los soldados y oficiales prisioneros recibieron de sus guardiacárceles pilas de revistas pornográficas. Ante las miradas de los sorprendidos británicos, los argentinos convirtieron en una cuestión de honor no tocar las pilas y dejarlas tal cual las habían recibido. “¡Dios, qué buen vassalo! ¡Si oviesse buen señor!”

En la versión extendida, Willard continúa junto al escenario mientras amanece. Parten con su lancha patrullera y piensa cínicamente: “Nadie más que Kurtz dio un golpe en el trasero al Comando. La guerra está siendo manejada por un grupo de payazos con cuatro estrellas, quienes, al final, terminarán entregando todo el circo.”

La escena del B-52 y de “Satisfacción” de los Stones aparece aquí en la otra versión. Willard lee un informe autoría de Kurtz, casi un manifiesto: “Mientras nuestros oficiales y soldados sigan realizando períodos de servicio de un año, seguirán siendo diletantes en la guerra y turistas en Vietnam. Mientras la cerveza fría, la comida caliente, el rock ‘n’ roll y los otros servicios de hotel sigan siendo la norma esperable, nuestra conducción de la guerra sólo será cada vez más impotente.” Sigue leyendo en voz baja y continúa: “Necesitamos menos hombres, y mejores; si estuviesen comprometidos, esta guerra podría ganarse con un cuarto de nuestra actual fuerza.”

Llega entonces al punto donde se entera de que Kurtz investigó y asesinó a cuatro dobles agentes vietnamitas, la razón por la cual lo acusan de asesinato.

“Fines del verano de 1968. Las patrullas de Kurtz en las Tierras Altas son emboscadas con frecuencia. El cuartel se desmorona. Noviembre: Kurtz ordena el asesinato de tres hombres vietnamitas y una mujer. Dos de los hombres eran coroneles del Ejército de Vietnam del Sur. La actividad enemiga en su sector desapareció. Lo que indica que golpeó a la gente correcta. El Ejército intentó una vez más traerlo devuelta al rebaño. Y si se dejaba, todo sería olvidado. Pero siguió adelante, y siguió ganando a su modo. Y así lo perdieron. Desapareció. Nada más que rumores e inteligencia rudimentaria, mayormente de vietcongs capturados. El VC conocía bien su nombre ahora, y lo temía. Él y sus hombres jugaban a las escondidas con ellos hasta bien adentro de Camboya.”

Y sigue con una carta del Coronel a su hijo:

“Querido hijo: Me temo que tanto tú como tu madre se preocupen de no escuchar acerca de mí durante las últimas semanas, pero mi situación se ha vuelto difícil. He sido acusado oficialmente por parte del Ejército de asesinato. Las supuestas víctimas eran cuatro dobles agentes vietnamitas. Pasamos meses descubriéndolos y acumulando evidencia. Cuando la prueba estaba completa, actuamos… actuamos como soldados. Los cargos no se justifican. De hecho y en las circunstancias de este conflicto, son completamente una locura. En guerra existen muchos momentos para la compasión y la ternura. Existen momentos de acción bruta… lo que llamamos con frecuencia brutal, puede ser en muchas circunstancias simple claridad… ver con claridad lo que debe hacerse y hacerlo… directo, rápido, resueltamente, mirándolo de frente. Confío en que le contarás a tu madre lo que sea pertinente de esta carta. En cuanto a los cargos en mi contra, no me preocupan. Estoy más allá de su moral tímida e hipócrita, y por lo tanto, estoy más allá de preocuparme. Tengo toda la fe puesta en ti. Tu padre que te ama.”

(continuará)

--> Leer...

jueves, 18 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El argumento II




Willard se une entonces a la tripulación de una lancha de patrulla fluvial de la Armada estadounidense, la improvisada “Armada de Aguas Marrones” como fue conocida. Este bote de fibra de vidrio y motor a propulsión, armado con dos ametralladoras pesadas además de armas livianas y lanzacohetes, PBR en las siglas militares, contaba con una variopinta tripulación, integrada por el comandante, el suboficial primero George “el Jefe” Phillips (Albert Hall), y los jóvenes marineros: artillero de tercera clase Lance B. Johnson (Sam Bottoms), el maquinista Jay Hicks “el Chef” (Frederic Forrest) y el también artillero de tercera clase Tyrone Miller “el Señor Limpio” (Laurence Fishburne).

En la versión Redux del film, la tripulación se entretiene con el hit de los ’60 “No puedo obtener satisfacción”, de los Rolling Stones —todo un lema de esos tiempos de cambio—. Incluso Lance se anima a esquiar en el agua, molestado con las olas a los botes de juncos vietnamitas.

Mientras tanto, Willard estudia un dossier que le dieron sobre Kurtz. “Al comienzo, pensé que me habían dado el legajo equivocado. No podía creer que quisiesen a este hombre muerto. Tercera generación de graduados en West Point, el mejor de su clase. Veterano de Corea. Entrenamiento como paracaidista. Casi mil condecoraciones. Etcétera, etcétera. Había escuchado su voz en una cinta y me habían hecho morder el anzuelo, realmente. Pero no podía conectar aquella voz con este hombre. Como decía, tenía una foja impresionante, quizá demasiado, quiero decir perfecta. Estaba destinado a ocupar una de las casillas más altas en el organigrama: general, comandante en jefe, cualquier cosa. En 1964, regresó de su período como jefe de asesores en Vietnam y las cosas empezaron a andar mal. Su reporte al Comando Conjunto del Estado Mayor y al presidente Lyndon Johnson era convertido en lectura restringida. Parecía que no querían escuchar lo que él quería decirles. En los meses siguientes, tres veces pidió que lo transfieran al Fuerte Benning (Georgia) para entrenarse como paracaidista y finalmente fue aceptado. ¿Paracaidista? Tenía 38 años. ¿Por qué carajo iba a querer eso? En 1966 se une a las Fuerzas Especiales y regresa a Vietnam.”

Ven y escuchan pasar a un impresionante bombardero B-52, de aquéllos que habían sido diseñados para transportar bombas atómicas pero que en Vietnam fueron utilizados para castigar con toneladas de explosivos convencionales todo el Sudeste de Asia. Llegan entonces hasta los helicópteros del 1º Escuadrón del 9º de Caballería Aérea (1ª División Aeromóvil), revoloteando tras un ataque a posiciones del Vietcong. “El 1º del 9º era parte de una antigua división de caballería que había trocado sus caballos por helicópteros y que volaban por ‘Nam buscando la mierda. Habían dado a Charlie algunas sorpresas desde que estaban allí.”

En el comienzo de una de las secuencias más famosas del cine bélico, encuentran entonces al teniente coronel Bill Kilgore (Robert Duvall), arquetipo del militar estadounidense heroico, tipo Patton o Custer: peleador, exuberante, casi lunático. Lleva un sombrero de caballería, un revolver largo tipo Colt a la cintura en vez de la pistola reglamentaria, anteojos de sol y un pañuelo amarillo, y arroja sobre los cadáveres barajas francesas que tienen el emblema de la unidad (en campo de oro una banda de sable; cargado de una cabeza de caballo en sable en la siniestra del jefe): “Que Charlie sepa quién lo hizo.” Al mismo tiempo que, por un altavoz, un soldado yanqui anuncia a la población civil estupefacta: “Estamos aquí para ayudaros.”

Es entonces cuando este excéntrico personaje descubre que el marinero Lance Johnson, uno de los que acompaña a Willard en su misión, es un famoso surfer californiano. “Es un honor conocerte, Lance. Ninguno de nosotros está a tu nivel, pero hacemos mucho surf por aquí, Lance.”

Esa noche, mientras Kilgore daba una fiesta en la playa para sus hombres, Willard se cuestiona. “Cuanto más tratan de convertir esto en algo parecido a como es en casa, más nos hacen a todos extrañar.” Millones de dólares gastó en esta guerra el gobierno estadounidense en cervezas, cigarrillos y revistas porno… Y respecto al salvaje Bill, “bueno, supongo que no era un mal oficial. Amaba a sus muchachos y uno se sentía seguro con él. Era uno de esos hombres que tienen una extraña aura a su alrededor.”

En un primer momento, Kilgore se niega a escoltar a Willard y su lancha hasta la boca del río Nung, “esa aldea que señalas es de lo más salvaje, Willard”. Entonces se hace intervenir a Lance, quien comenta que ese lugar “es increíble, es la ciudad de las olas tubo”, convenciendo al coronel de caballería sobre la necesidad de “recuperar’’ esa playa porque, como dice éste, “¡Charlie no surfea!”

Al amanecer, luego de que una trompeta toque a la carga al viejo estilo, cientos de helicópteros artillados se elevan. En una imagen impresionante, la caballería aérea se despliega ocupando todo el horizonte anaranjado. “Saldremos como desde el sol naciente y cuando estemos a una milla, pongan la música. Sí”, opina Kilgore, “usen Wagner. Aterroriza a los amarillos. Y mis muchachos lo aman.”



La cabalgata de las Valquirias es lo único que se escucha, mientras los helicópteros alistan sus armas, y los soldados se sientan sobre sus cascos para cubrir sus partes íntimas.

Y así nos aproximamos a una aldea aparentemente pacífica e inocente, donde unos escolares se forman en un patio. Todo parece anunciar una masacre. Cuando, de repente, vemos las fortificaciones del Vietcong preparando sus propias armas para el contraataque. Las coheteras descargan y las ametralladoras hacen lo suyo.

Kilgore festeja los aciertos de sus hombres mientras se pregunta: “¿Esta gente nunca se cansará?” Aún hoy, cuarenta años después, los estadounidenses creen que con lograr absoluto poder de fuego, pueden doblegar a quien sea. Pero hoy, en 2011, en Irak, en Afganistán, como hace cuarenta años, los hechos los desmienten nuevamente.


Mientras tanto, los helicópteros que transportan personal comienzan a descender y dejan soldados en tierra para asegurar la posición. Ya hay heridos y un helicóptero para evacuación médica aterriza, mientras una dulce jovencita vietnamita arroja una bomba dentro del mismo. “¡Los malditos salvajes!”, grita Kilgore. La impotencia ante un tipo de guerra no convencional…

Asegurada la zona de aterrizaje nuevamente, Kilgore desciende. Y comenta con Lance las bondades para surfear en esas playas, al mismo tiempo que ordena a sus hombres que no pierdan la marea alta de la mañana. Ante la locura, Willard cuestiona al hombre. Pero éste responde imperativamente: “Si digo que es seguro surfear en esta playa, Capitán, es seguro surfear en esta playa. Yo no temo surfear aquí”, mientras se quita la camisa para dar el ejemplo.

Pero el fuego de francotirador y mortero se acerca a los hombres que ya están entre las olas de la costa. Es entonces cuando Kilgore solicita un ataque aéreo sobre la línea de árboles: “bombardéalos hasta que regresen a la Edad de Piedra, hijo”, ordena al aviador.

Una jungla encendida, un infierno de llamas, al frente. El Coronel aspira y pronuncia una de las frases más recordadas de la historia del cine: “¿Hueles eso? ¿Hueles eso? Napalm, hijo. Ninguna otra cosa en el mundo huele como eso. Amo el olor del napalm en la mañana. ¿Sabes? Una vez bombardeamos una colina durante doce horas. Cuando todo había acabado, subí caminando. No encontramos ni a uno de ellos, ni un cuerpo amarillo apestoso. El olor, sabes, el olor a gasolina, en toda la colina. Huele, u olía, como… victoria.”

Napalm, un gel de gasolina que, encendido, alcanza temperaturas altísimas, entre 800 y 1200 grados Celsius, no dejando sobrevivientes donde cae. Ni siquiera bajo el agua uno encuentra protección. Además de los daños reales por quemaduras, las altas llamas, los ruidos que provoca al consumir el oxígeno del aire a toda velocidad y el fuerte olor causan un terror psicológico duradero en el enemigo. Y la Dow Chemical se hizo un dineral produciéndolo.

“Algún día”, se lamenta, “esta guerra terminará.”

En un toque adicional de surrealismo, en Redux, Willard roba jugueteando la tabla de surf de Kilgore y se la da a Lance, mientras ambos corren hacia la lancha que ha sido traída también en helicóptero. El Coronel, más preocupado en ello que en el curso del combate, los persigue por aire pidiendo por favor a Lance que le devuelva su tabla. “Sabes lo difícil que es conseguir algo como eso aquí”, ruega.

Comienzan, entonces, realmente el viaje río arriba. Mezcla de viaje iniciático y descenso a los infiernos. “Algún día esta guerra terminará”, piensa Willard. “Eso estará bien para los chicos en la lancha. No buscan nada más que una forma de volver a casa. El problema es que yo ya he estado allí y sé que eso no existe más.”

El mundo en general y los Estados Unidos en particular ya no serán como a comienzos de los ’60. El optimista mundo de postguerra ha desaparecido y se abre paso el nihilismo hecho cultura. Los muchachos que han dejado “el sueño americano” antes de comenzar a vivirlo, regresan a una sociedad cambiada, donde tendrán muchísimas dificultades para volver a encajar. Algunos no lo lograrán nunca.

Piensa Willard, “si así es como Kilgore hace la guerra, comienzo a preguntarme qué es lo que en realidad tenían contra Kurtz. No era sólo por demente y asesino. Había bastante de eso en todas partes por aquí.”

¿Qué es lo que realmente diferenciaba a Kilgore y a Kurtz? ¿Tal vez se trate de que el primero está en “comunión plena” con los generales que dirigen la guerra, al menos de palabra? Por muy mal que conduzcan esta guerra, debe pensar Kilgore, mientras me dejen surfear…

(continuará)

La secuencia completa (en inglés): http://youtu.be/vHjWDCX1Bdw
(hay versiones en castellano en la web pero son demasiado ridículas)

--> Leer...

miércoles, 17 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El argumento I



[Advertencia I: Si no ha visto la película, recomendamos no seguir leyendo.]
[Advertencia II: Algunas veces el lenguaje soez abunda en diálogos y expresiones en el film —realismo relativamente lógico en un grupo de hombres, adolescentes su mayoría, viviendo durante meses alejados de la civilización y en una situación de guerra—. Para no quitar fuerza al texto, hemos optado por conservar las malas palabras, traducidas al castellano, no literalmente sino como se utilizan aquí.]

Estamos en Vietnam. Nombre que se dio a la franja costera del Sudeste de Asia al sur de China, unión de tres viejas provincias de la Indochina Francesa: Tonkín, Anam y Cochinchina. Tierra de los viet, etimológicamente. Aunque no sólo la etnia viet la habite, es, sí, la mayoritaria o, al menos, la que cuenta con mayores recursos, cultura y las ciudades principales: Hanoi al norte y Saigón al sur, con la histórica Hué en el medio. Durante milenios, chinos e indios intentaron conquistar esta tierra. Los franceses lo lograron aunque no sin dificultades, colonización sólo lograda con la colaboración de su emperador. Los franceses lograron cierta estabilidad y habían comenzado una eficaz evangelización, especialmente en el sur, pero la invasión japonesa, la Segunda Guerra Mundial y los aires de descolonización de la postguerra, culminaron en la célebre derrota de Dien Bien Phu y la firma de la Paz de Ginebra en 1954. Dicho tratado, sin embargo, significó la ruptura del país en dos: un norte populoso y comunista dirigido por el carismático líder Ho Chin Minh, y un sur fraccionado étnica, religiosa y políticamente (viets, montagnards y nungs, budistas, animistas y católicos, pro-imperiales, republicanos y comunistas —el célebre Vietcong—). Ese mismo año, cuando aún estaban retirándose los últimos funcionarios coloniales franceses, comenzaron las agresiones del Norte sobre el Sur. Y ese mismo año, comienza la intervención estadounidense: primero con “asesores”, luego Fuerzas Especiales y, finalmente, a partir de 1965, con tropas regulares.

Estamos en 1969. Hace ya dos años que los Estados Unidos invierten anualmente miles de hombres y millones de dólares en una guerra cuyo fin no ven cerca. Toneladas de bombas arrojadas en el Norte y también en el Sur sobre las supuestas posiciones del Vietcong y los nordvietnamitas infiltrados. Toneladas de bombas en las fronteras de Camboya y Laos, supuestamente neutrales, pero por donde cruza el “camino Ho Chi Minh”, por donde el Norte manda miles de hombres y toneladas de pertrechos hacia el Sur, a veces tan lejos como hasta el delta del río Mekong. Y en casa, la paciencia se acaba. Todo ha cambiado en los últimos años y de una manera vertiginosa: desde la forma de vestir y hablar, hasta la forma de pensar y sentir. Es todo un mundo el que ha cambiado en el último lustro de los ’60. Y Vietnam en el medio, a causa de, o por culpa de…

En este film de que hablamos el capitán Benjamin L. Willard (Martin Sheen) es un experimentado y problematizado veterano estacionado en Saigón, la capital de la República de Vietnam oficialmente, Vietnam del Sur —en realidad—. Ha cumplido tres períodos anuales en Vietnam y ha perdido o dejado a su esposa en el medio. No tiene más que el Ejército en su vida y ahora tiene problemas para ajustarse al aburrimiento de la vida en retaguardia. Bebe excesivamente y se droga para escapar de pesadillas y recuerdos de combate: helicópteros, explosiones, jungla.

Willard es miembro del MACV/SOG y eso lo dice todo. El Comando de Asistencia Militar en Vietnam (MACV) era la estructura burocrática que coordinaba el asesoramiento militar estadounidense a las Fuerzas Armadas de Vietnam del Sur. Uno de sus departamentos era el Grupo de Estudios y Observación (SOG) que, en un primer momento, englobaba a exploradores, observadores avanzados y cartógrafos, pero que terminó dirigiendo todas las operaciones secretas y para-legales norteamericanas en el Sudeste de Asia, por lo que recibió el sobrenombre de Grupo de Operaciones Especiales por sus siglas en inglés.

Hastiado como Baudelaire, mientras recostado en una cama deshecha mira el ventilador girar, nos dice Willard:

“Saigón, ¡mierda! Todavía estoy sólo en Saigón. Siempre pienso que voy a despertar en la jungla. Cuando estuve en casa, luego de mi primer período, fue peor. Me despertaba y no había nada. Casi no decía palabra a mi esposa, hasta que le dije ‘sí’ al divorcio. Cuando estaba aquí, quería estar allá. Cuando estaba allá, sólo podía pensar en estar de nuevo en la jungla. Estoy aquí hace ya una semana. Espero una misión… debilitándome. Cada minuto que paso en esta habitación, me debilito. Y cada minuto en que Charlie se ejercita en la selva, se hace más fuerte.”

Charlie, nombre como familiarmente se conoce al enemigo, tomado del código de radio para VC (Vietcong), “Víctor Charlie”. Odiado, temido, admirado. Con sus pijamas negros, con sandalias o botas viejas, escondidos como ratas en túneles o infiltrado entre la población civil a la espera de una misión. Armado con su confiable AK-47 o su versión china, nada más necesita. Un poco de arroz y pescado viejo, y puede caminar cientos de kilómetros en la selva, sin quejarse, sin distraerse de su objetivo: “liberar a su patria”, según le dicen.

Pero entonces. “Cada quien obtiene lo que desea. Yo quería una misión… y por mis pecados, me dieron una. Me la trajeron como servicio a la habitación de un hotel. Era una misión… una elección real. Y cuando se terminó, nunca más quise otra…”



La policía militar lo saca de su miseria y lo lleva ante un grupo de oficiales de Inteligencia, el teniente general Corman (G. D. Spradlin) y el coronel Lucas (Harrison Ford), y un civil que no se identifica, aparentemente agente de la CIA (Jerry Ziesner).

Estos funcionarios de retaguardia comparten un opíparo almuerzo, mientras muestran a Willard la foto de un “boina verde” condecorado y de buen porte. Éste, el coronel Kurtz (Marlon Brando), fue alguna vez un brillante oficial y un héroe de guerra, pero se había vuelto loco y no respondía a las órdenes.

Por si tenía alguna duda, le hacen oír algunas extrañas grabaciones realizadas por el propio Kurtz: “Vi a un caracol arrastrarse por el filo de una navaja. Ése es mi sueño, ésa es mi pesadilla. Arrastrarme, deslizarme a lo largo del filo de una navaja y sobrevivir. Pero debemos matarlos, debemos incinerarlos, cerdo tras cerdo, vaca tras vaca, aldea tras aldea, ejército tras ejército, ¡¿y me llaman a mí asesino?! Mienten. Mienten y tenemos que ser misericordiosos con quienes mienten, esos mercaderes. Los odio. Realmente los odio.”



Con su propio ejército de nativos montagnards que lo veneran como un dios, en la selva de la neutral Camboya, Kurtz pelea su propia guerra privada contra los vietnamitas. Debe seguir el río Nung (¿el Mekong?) hacia la jungla camboyana para encontrar al coronel Walter E. Kurtz, y arrestarlo. “En esta guerra, dice Corman, las cosas se confunden en el campo, el poder, los ideales, la vieja moral y la necesidad militar práctica… Existe un conflicto en todo corazón humano, entre lo racional y lo irracional, entre el bien y el mal. Y el bien no siempre triunfa. Algunas veces, el Lado Oscuro se apodera de lo que Lincoln llamó ‘los mejores ángeles en nuestra naturaleza’. Todo hombre tiene su límite. Usted y yo lo tenemos. Walter Kurtz ha alcanzado el suyo. Y obviamente, se ha vuelto loco.”

Arrestarlo habían dicho antes. Pero ahora le dicen que debe poner fin al mando del Coronel. “Está por ahí operando sin límites de decencia, totalmente más allá de cualquier límite aceptable en la conducta humana… y está aún allí en el campo de batalla al frente de tropas.” El agente de la CIA remarca: “poner fin al mando de cualquier forma” – terminate with extreme prejudice, lo que en el lenguaje de inteligencia equivale a asesinar. Misión que Willard debe entender, por supuesto, “que no existe, ni nunca existirá”.



“Iba al peor lugar del mundo”, había pensado Willard antes, “y no lo sabía aún. Semanas después y cientos de millas río arriba que serpenteaba a lo largo de la guerra como el cable principal de un circuito enchufado en Kurtz. No fue un accidente que me convirtiese en el guardián del recuerdo del coronel Walter E. Kurtz, no más accidente que estar en Saigón. No hay forma de contar esta historia sin contar la mía. Y si su historia es realmente una confesión, entonces también lo es la mía.”

Aunque como veterano de misiones “especiales” había asesinado ya, nunca antes lo había hecho con un estadounidense. “No se supone que fuese diferente para mí, pero lo era.”

“¡Mierda! Acusar a un hombre de asesinato en este lugar es como dar multas por exceso de velocidad en las 500 millas de Indianápolis. Tomé la misión. ¿Qué se supone que iba a hacer? Pero no sabía realmente qué iba a hacer cuando lo encontrase.”

(continuará…)

--> Leer...

 

  © 2009 +

True Contemplation Blogger Template by M Shodiq Mustika