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lunes, 22 de junio de 2009

Sobre un moro inglés

Muchos aspectos de la vida de Tomás Moro son bastante conocidos, su profesión de abogado, su erudición, su ejercicio en el servicio civil inglés, su amistad con el rey Enrique VIII, su enfrentamiento a propósito del Acta de Supremacía y, finalmente, su controvertido martirio. Pero hay uno que se suele subestimar, aunque nuestro santo jamás lo hizo.
Nos cuenta Erasmo:
“Moro se ha hecho una casa en Chelsea. Allí, él conversa con su esposa, su hijo, su nuera, sus tres hijas y sus esposos, con once nietos. No existe hombre vivo tan afectuoso como él; ama a su anciana esposa como si fuera una joven doncella.
“Diría que su casa es la Academia de Platón, si no fuese una injusticia compararla con una academia donde las disputas sobre números y cifras era rara vez interrumpidas por disquisiciones acerca de las virtudes morales. Prefiero llamar su casa una Escuela de Cristiandad; pues no hay ni uno allí que no estudie las ciencias liberales, cuyo especial cuidado no sean la piedad y la virtud. Ni peleas ni palabras intemperadas se escuchan; la vagancia nunca se ve.
“No tuvo que sufrir que ninguno de sus sirvientes se diera a las cartas o los dados; sino que permitió que algunos de ellos cuidaran del jardín, asignando a cada uno su terreno; algunos, también, les enseñó a cantar, a algunos a tocar el órgano. Los hombres habitaban un ala de la casa; las mujeres la otra. Solía, antes de ir a dormir, reunirlos a todos y decir algunas oraciones con ellos. No tuvo que sufrir que ninguno de ellos faltase a Misa los domingos o días santos; y en las grandes festividades les ordenaba velar hasta los maitines. Solía tener a alguien que leyera durante la comida, y al terminar, solía preguntar a los demás qué habían entendido de tal o cual pasaje; y así se aseguraba una amistosa comunicación, recreando a todos los hombres allí presentes con alguna broma u otra cosa."
Thomas había nacido en 1480 en Londres, en la casa que su padre, Sir John More, tenía sobre la calle de la leche (Milk Street). Sir John era uno de los jueces de la Corte Suprema y mandó a su hijo a la escuela elemental de la calle de los sastres (Threadneedle Street) y, más tarde, a la escuela de la Casa del Cardenal Morton, por ese entonces arzobispo de Canterbury, primado de Inglaterra y Lord Canciller. El Cardenal tomó mucho aprecio por el niño al que auguraba un futuro extraordinario, no sólo por su inteligencia, sino por su buen humor. Una de las actividades que más gustaba al pequeño Thomas era el teatro y se destacaba especialmente en la comedia.
A los 16 años, el Cardenal envió a su pupilo a Oxford. A pesar de los buenos ingresos de su padre, sólo pagaba por el alojamiento y la comida del joven Thomas que, así, se dedicaba únicamente al estudio con toda su atención. Al principio pareció que su vocación sería la religión, pero pronto comprendió que lo suyo era el Derecho.
Graduado con honores, estuvo primero con los abogados que se reunían en una taberna nueva (New Inn) y rápidamente fue requerido a la taberna de Lincoln, una de los cuatro colegios de profesionales del derecho tradicionales de Londres. Allí se hizo reconocido por su disciplina, honestidad y valentía, pero también por su religiosidad. Trabajaba muchas horas y dormía sólo cuatro o cinco horas. Frecuentaba la capilla de la escuela St. Paul, de donde era director su confesor, el Deán Colet. Algunos de los casos más difíciles recayeron en él y los sacó adelante con éxito.
Algunos de los abogados más prestigiosos y el mismo pueblo común se agolpaban para escuchar sus intervenciones en la corte. Incluso su propio maestro de Oxford quiso ver en acción al joven prodigio. Siendo aún muy chico para las convenciones de la época, casó con Joan Colt, la hija mayor de los Colt de New Hall (Essex), quienes no opusieron reparos ante las perspectivas y reputación del abogadito. Con ella, se estableció cerca de la casa de su familia en Bucklerbury. Y aquí comienza a cambiar la historia.
Poco antes de cumplir 23 años, fue electo miembro de la Cámara de los Comunes en representación de su distrito. Allí se opuso a la dote que el rey Enrique VII exigía por su hija, la princesa Margarita. Por esta “ofensa”, fue a parar a prisión, junto con su padre, hasta que pagaran una inmensa multa que les fue impuesta. Además, se lo amenazó para que abandonase su práctica.
En el sexto año de su matrimonio, Thomas perdió a su mujer. Viudo y con un hijo y tres hijas —Margaret, Elizabeth y Cecily— y sin poder ejercer, no obstante, encontró tiempo de conocer a la viuda Alice Middleton, de quien se enamoró y casó a los tres años. Alice tenía una hija —llamada Margaret como la primera de Thomas— a la que quiso como una más de las suyas. Lo mismo que a Margaret Giggs, una dulce niña huérfana que los More adoptaron. La familia More era ahora grande y se mudaron primero a Crosby y, poco tiempo después adquiere un terreno en Chelsea, junto al río Támesis que en esa época era la principal vía de comunicación, donde comenzará a construir su casa.
Mientras tanto, More había seguido dando consejos legales y su nombre era pronunciado por todos. Fue así que cuando decide retomar su práctica, los ingresos de la familia se vieron muy mejorados. Aproximadamente en este tiempo fue que Thomas conoce personalmente a Erasmo, de quien ya era corresponsal, alrededor de una mesa con cerveza y ostras que el alcalde de Londres ofrecía a su ilustre huésped. Dicen que More preguntó a Erasmo, desconociendo de quién se trataba, “¿De dónde venís?” “— De las tierras bajas.” “— ¿Y qué hacéis allí?” “— Beber de botas y comer ostras vivas.” “O sois Erasmo o el mismo diablo.” “O sois More o nadie.” Rieron a carcajadas.
Erasmo se alojó en lo de los More, una casa “ni magnificente ni provocadora de envidia, sino austera y lo suficientemente cómoda”. Los modales alegres y simpáticos de la familia sorprendieron y gustaron al célebre holandés. Pero sobretodo, la erudición de los hijos de Thomas.
John, Margaret, Elizabeth y Cecily, junto a hermana adoptiva Margaret Giggs y su hermanastra Margaret Middleton, aprendían todos juntos latín, griego, lógica, matemática, filosofía y astronomía. Margaret Moore y Margaret Giggs, incluso, estudiaron medicina y, su padre, las alentó a proseguir estos estudios, y también la teología, aún después de casadas. Sabemos que More hacía competir a sus hijos en las traducciones y en la composición de poesía. De entre todos, se destacó la primera Margaret, “Meg”, casada con William Roper —quien habiéndose pasado al luteranismo, para sufrimiento de su suegro, retornaría a Roma poco antes del martirio de éste—.
Otro humanista como Vives se referirá a las “hijas de More”, notables por su educación y su castidad. De hecho, Hyrde, el traductor del “De Institutione” al inglés, por encargo de la reina María Tudor (que había sido tutelada de Vives), pondrá a las “chicas More” como ejemplo de la necesidad de una buena educación para las mujeres.
Thomas hizo circular entre sus amigos las excelentes —a su juicio— traducciones de su hija Margaret del latín y el griego clásico. Tampoco eran malas sus poesías, según nos dicen las cartas desde la Torre. El mismo Erasmo quiso que la traducción de 1524 de sus Comentarios a la Oración del Señor fuese realizada por Margaret.
La conducta pública de Thomas como canciller es bastante conocida. Tras la muerte de su padre, heredó la casa de los More en Gubbins, Hertfordshire, donde vivirán la viuda y los hijos del mártir, pues les serían retiradas las rentas que le correspondían por su cargo y todas sus propiedades.
Tomás Moro, abogado, humanista, estadista, mártir… y hombre de familia.
Ora pro nobis.



Retrato de la familia More, realizado por Rowland Lockey, 1593/4, sobre la base del retrato pintado "en vivo" por Hans Holbein el Joven en la década de 1520 y que se ha extraviado. De izquierda a derecha: John More (padre de Tomás), Anne Cresacre (nuera), Santo Tomás Moro, John More II (hijo), Cecily Heron (hija), Henry Patenson (criado), Elizabeth Dauncy (hija), Margaret Roper (hija), John More III (nieto), Thomas More II (nieto), Creasacre More (bisnieto), Maria More (esposa de su nieto).

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jueves, 18 de junio de 2009

La familia como "bloque edilicio fundamental de la sociedad medieval"


La Edad Media sigue siendo en muchos sentidos un misterio para los hombres de fines del siglo XX y comienzos del XXI. Tantos son los prejuicios, los preconceptos, las leyendas, derivadas de la ideología progresista que pretende que el desarrollo de la humanidad ha seguido una línea recta de desarrollo desde las cavernas hasta los viajes interestelares.

Uno de estos prejuicios está asociado a la consideración de la niñez en tiempos medievales. Suponemos que, como todos hemos escuchado historias de nuestros padres o abuelos acerca de cómo los castigaban físicamente o del excesivo temor reverencial que tenían hacia sus mayores, extrapolando unos cuantos cientos de años en forma recta, los medievales deben haber sido terribles con sus hijos.

Bueno, nada más lejos de la realidad. Ya en el caso de la mujer, en el trabajo de Mme. Pernoud al que nos referimos antes, la insigne medievalista señalaba cómo mucho de la denigración de la mujer (que dio por reacción el feminismo) tenía su origen en la Ilustración y, posteriormente, en la moralidad victoriana (extendida en todo el mundo hacia fines del siglo XIX).

En el caso de los niños pasó algo similar durante la llamada Revolución Industrial. Ya Dickens denunciaba la situación de la niñez en el medio urbano, contrapuesta con la misma situación en el medio rural. Pero en el caso británico, el campo también se encontraba “revolucionado”, tras años de un proceso bastante largo de apropiación de tierras comunales y consuetudinarias, de colocación de alambrados, tranqueras y pircas divisorias, de hambrunas y de explotación tecnológica y química del suelo. Ejemplos paradigmáticos de esto pueden encontrarse en Inglaterra durante la discusión de las “leyes de pobres”, en Irlanda con la “hambruna de la papa” y en Escocia con la “limpieza de las Tierras Altas”. De hecho, estudios arqueológicos y forenses que fueron divulgados en su momento por la revista The Economist hace varios años demostraban que los niños del Antiguo Régimen tenían un nivel de vida muchísimo mejor que el de los niños entre el siglo XVIII y mediados del XX, sólo comparable al de los niños ingleses de la actualidad.

[A quien le interese profundizar en el tema de los niños y adolescentes en la Edad Media, recomiendo el hilo “The Medieval Child” en el sitio Medieval History, de Melissa Snell, una historiadora de la Universidad de Texas, que elabora sobre la base de sus propias in de las investigaciones de célebres medievalistas como Barbara Hanawalt (Oxford), Frances y Joseph Gies (Michigan), Edith Rickert (Chicago), Eileen Power (Cambridge), Marjorie Rowling, Compton Reeves (Oxford), etc., etc.]

El prestigioso “Journal of Medieval History”, editado en Holanda en inglés, trae en su nueva edición de junio un muy interesante artículo sobre la “familia ampliada” en la Edad Media: “Family and familiars: The concentric household in late medieval penitentiary petitions”.

El autor es el Dr. Philip Grace, profesor de la Universidad de Minnesota, medievalista especializado en cuestiones sociológicas en general y familiares en particular. Comienza el profesor Grace haciendo un relevamiento de los pocos estudios que se han presentado acerca de las relaciones dentro de las familias ampliadas (uso este término por no encontrar en castellano un equivalente exacto al inglés household) no-nucleares en el medioevo. Este artículo demuestra que los lazos afectivos que existían entre los miembros de la familia nuclear a fines de la Edad Media se extendían a los miembros de la familia ampliada, aunque en menor grado. Se esperaba que los “familiares” se dieran lazos de lealtad que incluso iban más allá de los límites de los estratos sociales. Gracias a una serie de peticiones a la Penitenciaría Papal desde países germano parlantes durante el siglo XV, el autor demuestra los lazos afectivos profundos que existían entre individuos de distintas clases, no sólo en situaciones violentas, sino también en un amplio abanico de circunstancias. El estudio de este profesor norteamericano indica la importancia de la familia ampliada en la Edad Media como un “bloque edilicio fundamental de la sociedad medieval tanto en términos relacionales como logísticos”.




Imagen gentileza Tradition In Action.
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martes, 2 de junio de 2009

No dummies

Ya lo había dicho Régine Pernoud, la célebre medievalista francesa injustamente olvidada (1909-98), en numerosas obras tanto académicas como de divulgación, pero muy especialmente en "La femme au temps des cathédrales", la idea de la mujer cristiana sometida fue un invento muy posterior -- quizá como reacción ante la sumisión cierta de la mujer en las sociedades post-reformistas.

Ahora, un profesor canadiense ha encontrado en la Biblioteca Nacional de Nápoles un libro inglés de mediados del siglo XV exclusivo para mujeres. El descubrimiento fue presentado en la última reunión anual de la Sociedad Canadiense de Medievalistas. Este libro de 73 páginas, escrito en inglés medio, iluminado a mano, recopila una serie de trabajos anteriores sobre medicina, administración del hogar, incluso el arte de la guerra; que demuestran que muchas mujeres de la época constituían "una población ávida, activa, inteligente y lectora". Entre las curiosidades, trae recetas medicinales para aliviar el dolor en los nacimientos, instrucciones para cazar conejos, recetas para conservas de frutas, o un "paso a paso" para hacer cera para sellos.

"Es una imagen interesante, dice el profesor James Weldon, de los intereses de las mujeres y su verdadera contribución en las actividades de la Edad Media. ...Nadie sabe cómo ni por qué este manuscrito secular terminó en Nápoles, pero nos da una imagen bastante dinámica de la cultura femenina."

Algo más, las recetas e instrucciones van intercaladas con textos de la vida de Sir Bevys de Hampton y el Cuento de la Mujer del Mercader de Chaucer. Ni a los editores de la serie "for dummies" se les habría ocurrido.



Imagen medieval de mujeres en cacería,
actividad que según la "leyenda negra" las mujeres tenían prohibida

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viernes, 8 de mayo de 2009

La catedral y la ciudad

La catedral pertenecía tanto a la ciudad como al obispo. Las comunas monopolizaban su construcción, reconstrucción y embellecimiento. En 1267, los padres de la ciudad de Siena organizaron la Opera del Duomo, un consejo responsable del sostenimiento material de la querida Santa Maria. Después de fundir por primera vez la lámpara de vigilia de la ciudad ante el altar de María, los padres nombraron a sus miembros, los juramentos para tomar el cargo y las responsabilidades del consejo. Para la década de 1290, los funcionarios de la Opera eran nombrados directamente por los Nueve, el comité ejecutivo de la comuna. Dos veces al año requisaban todos los animales de carga de la ciudad para transportar mármol para la construcción del Duomo.[1] La ciudad proveía la comida para los trabajadores y la protección de las bestias.[2] Otras ciudades hacían lo mismo. En 1264, Vicenza contrató a un supervisor para su catedral y estableció un subsidio anual para su decoración y mantenimiento.[3] Para 1286, Pisa tenía a disposición de la catedral de Santa Maria Maggiore y su ya famosa torre un sistema a escala incluso mayor que el de Siena. Cuando la ciudad nombró a Giovanni Scorcialupo di Ser Ranieri director, le proveyeron con un secretario, un abogado, tres sirvientes, dos caballos y una casa.[4] Tan importante era su servicio que la ciudad le prohibió acometer cualquier otro trabajo o negocio durante el tiempo que permaneciera en su cargo.[5] Las ciudades competían por famosos arquitectos, pintores y escultores. Módena se consideraba afortunada por comisionar al famoso Tommaso de Fredo para esculpir el púlpito de la catedral.[6] Pisa contó con uno de los mayores artistas del período, Giovanni di Incola Pisano. La ciudad se aseguró sus servicios como capomaestro de Santa Maria mediante una exención impositiva y la promesa de expulsar cualquier miembro del personal de la Opera con el que no se llevara bien.[7]

Como símbolo de la ciudad, el Duomo estaba primero en la caridad municipal. En 1262, Siena limitó las donaciones a los pobres a uno meros 10d. por día, de modo de que pudiese disponer de más fondos para la concreción de la catedral.[8] Aseguró a la Opera di Santa Maria derechos de pastoreo en los bosques de la ciudad y contrató un guardia nocturno para el sitio de construcción.[9] En Bologna un incendio destruyó la vieja catedral en 1131. Cuando el obispo no había aún comenzado la reconstrucción a pesar de haber pasado ya treinta años, los padres de la ciudad tomaron control del proyecto. Completaron el nuevo edificio en sólo cuatro años.[10] Las crónicas y la legislación de la ciudad registran la solicitude de Bologna a la Iglesia Madre. Cuando los arcos abovedados de la catedral colapsaron el día de Navidad de 1228, los padres de la ciudad contrataron al Maestro Ventura para restaurarlos, una tarea completada en 1232.[11] En 1250, se aprobaron £15 bon. – permitiendo un exceso en los costos de hasta £10 – de modo que el nuevo capomaestro Alberto pudiese adquirir mármol para mejorar el Duomo, lo mismo que la torre y el claustro.[12] El campanile obtuvo un techo de plomo en 1254.[13] Tal vez estos proyectos fueron demasiado para las dotes de organización del industrioso Alberto. En 1259, la ciudad ordenó el retorno de los fondos no gastados dentro de los dos meses siguientes a la promulgación del estatuto y comisionó una auditoría.[14] Su preocupación era obtener un gasto eficiente del dinero y lo antes posible. La legislación subsiguiente no mostró rechazo alguno hacia el gasto de fondos en la Iglesia Madre. En 1260, la ciudad encargó a Alberto la reforma de la piazza que rodeaba el baptisterio de San Giovanni, que quedaba justo en frente del pórtico oeste de la catedral, para permitir más luz y de ese modo mostrar la fachada.[15] Una vez que se terminó esta construcción, mantuvieron a Alberto en la nómina de la ciudad para que se encargara del mantenimiento y las reparaciones.

El cuidado del centro ritual, sin embargo, era la preocupación de todos, no sólo de los padres de la ciudad, y los ciudadanos privados demostraban públicamente su gratitud y reconocimiento participando de los trabajos. Dos mujeres de Orvieto, Milita de Monte Amiata y su amiga Giulitta, ganaron reputación de grandes patronas del Duomo por proveer fondos para un nuevo techo. En gratitud, la confraternidad del clero de la catedral incluyó sus nombres en las oraciones públicas. Imaginemos el horror del obispo Riccardo (1169-1200) cuando descubrió que ambas mujeres eran activas cátaras y que su buena civilidad había cegado a la gente sobre sus ideas heterodoxas.[16] Si alguien era buen ciudadano de Orvieto, entonces también era buen católico, habría razonado el obispo. Bueno, tal vez no. Al final, su civilidad probablemente importó más a la gente que sus peculiares idiosincrasias teológicas. Las mujeres habían probado su orgullo por la ciudad y gastaron su dinero en honor de Orvieto.

A comienzos del siglo XIII, Don Guidolino de Enzola, un rico ciudadano de Parma, se retiró al centro de la ciudad para vivir cerca de la catedral y su espléndido baptisterio. Salimbene lo vio sentado en la piazza “miles de veces”, frente a la catedral de la Santísima Virgen:

Y todos los días escuchaba Misa en la catedral y, cuando podía, los Oficios Divinos, tanto el diurno como el nocturno. Y cuando no estaba asistiendo al oficio en la iglesia, se sentaba con sus vecinos bajo el pórtico comunal cerca del palacio episcopal, para hablar de Dios y escuchar a otros hablar de Él. También solía frenar a los niños de la ciudad que arrojaban piedras contra el baptisterio y la catedral, destruyendo los bajorrelieves y frescos. Cada vez que veía a un niño haciendo esto, lo perseguía y azotaba con su cinturón, actuando como si fuera el guardián oficial, aunque lo hacía por puro celo de Dios y amor divino… Y una vez a la semana preparaba una cena abierta de caridad con pan, granos y vino en la calle cerca de su casa para todos los pobres de la ciudad a quienes agradecía por asistir.[17]

La piedad y el orgullo cívico de Don Guidolino eran lo mismo. Las acciones realizadas por las comunas mismas exhiben la misma unidad. Cuando la comuna de Parma financió las renovaciones y la construcción de su Duomo, se aseguraron de conmemorarlo con una placa monumental.[18] Donaciones como ésta embellecían la iglesia y reflejaban el honor de la comuna.

LA CASA DE LA CIUDAD

A fines del siglo XII y comienzos del XIII, antes de la creación de los primeros edificios públicos comunales, la catedral servía como lugar de las más importantes funciones cívicas. Esto era natural, dado que la nave, despejada de la invención moderna de los bancos, era ciertamente el espacio interior más grande de la ciudad. Allí, en la nave, los cónsules y otros funcionarios públicos
tomaban juramento al asumir sus cargos; allí el obispo y el clero bendecían los estandartes del ejército y sus carruajes de batalla, el carroccio. En Brescia, el mismo carroccio era guardado allí; quedaba frente a un pilar en la nave, asegurado con cadenas.[19] Las asambleas de la ciudad deliberaban allí y oficialmente proclamaban sus tratados con otras comunas.[20] La consagración de un altar en el Duomo podía atraer a personajes importantes de tierras lejanas, mejorando el estatus de la ciudad. En Bologna en 1261, cuando el cardenal Ottaviano consagró el nuevo alta de San Pietro, los arzobispos de Rávena y Bari y no menos de otros trece obispos lo asistieron.[21] La instalación de puertas monumentales para el uso exclusivo en las ceremonias cívicas hacía visible el vínculo entre la comuna y la catedral. Una puerta de este tipo es la del flanco del Duomo de Módena, próxima a la más pequeña para uso común. Se abre desde el pasillo sur hacia la Piazza Comunale. Se abría una sola vez al año, cuando los funcionarios de la ciudad entraban en procesión para ofrecer candelas al patrono de la ciudad, San Giminiano, en su altar sepulcral en la cripta. La catedral de Ferrara tiene una puerta similar, la Porta dei Mesi, de la cual sólo quedan vestigios. En 1222, los boloñeses construyeron su puerta ceremonial en el flanco sur de San Pietro, la famosa Porta de’Leoni.[22] Tristemente, sólo los leones esculpidos por el Maestro Ventura quedan en pie, ahora desplegados del lado de adentro de las puertas occidentales del edificio.

La nave pertenecía a toda la gente de la ciudad, no sólo a su gobierno. Diversos grupos crearon sus propios espacios semi-privados allí, construyendo capillas en los pasillos laterales y consagrando altares. El Duomo de Bologna tenía al menos ocho capillas de este tipo, cada una atendida por un capellán.[23] Las capillas se multiplicaron en las catedrales y grandes iglesias a lo largo del siglo XIII. La ciudad y las corporaciones comerciales las construyeron; las familias ricas las consagraron en reemplazo de sus viejas chapelle gentilizie en sus propias casas.[24] Este cambio marca, tal vez, la integración de la vieja aristocracia en el nuevo régimen republicano. Esas capillas eran en sí mismas pequeñas iglesias, separadas de los pasillos por una reja abierta de acero o madera, que las dejaba visibles desde afuera. Dentro, los patrones se sentían en un espacio íntimo, parados a unos pocos pies del altar. Cada capellán estaba obligado a celebrar los Oficios y la Misa, y en este tiempo cuando la silenciosa Misa Rezada no existía, la cantaba. Algunas veces los fieles en una capilla habrán advertido la música que provenía de otras partes del edificio. Si los cantores trataban de igualarse en volumen, la mañana en la nave se hubiese presentado al ocasional visitante con una disonancia santa.

Luego de los servicios de la mañana, la nave volvía al laicado. Éste era un lugar natural para llevar adelante negocios, al menos cuando no había servicios diurnos, nunca en domingos, y, al menos en Reggio Emilia, tampoco los sábados.[25] La expectativa de Faenza por tales negocios en la nave eran tan natural que en 1195 la ciudad hizo poner sus medidas lineales en roca y montarlas en la puerta de la iglesia.[26] En 1222, Volterra, aunque no pretendía evitar el uso de la catedral como mercado, sí se ocupó de prohibir el uso del Duomo como depósito de madera durante la noche.[27] Para mediados del siglo XIII, numerosas voces se hicieron escuchar preocupadas de que la actividad de compraventa no desacralizara el edificio. Reggio trasladó sus medidas oficiales al atrio en 1259.[28] Parma, también, en 1255, prohibió el uso del Duomo como depósito.[29] El clero tomó acciones similares en Rávena, ordenando que el grano y los animales no sean depositados en la iglesia principal.[30] Cualquier grano que fuese dejado allí podía ser confiscado. En 1262, la ciudad de Bologna mandó a Alberto velar porque el Duomo, “cabeza de la misma ciudad”, no fuese usado como mercado y que no se depositara en él madera o granos.[31] Sin embargo, ninguna otra ciudad del siglo XIII, excepto Bologna, intentó frenar los mercados de la nave. Esa sección de la catedral era terreno de los laicos y para su exclusivo uso. Cuando, en 1311, el concilio provincial de Rávena finalmente intentó prohibir los mercados, las reuniones comunitarias y los juicios seculares en las iglesias, los obispos debieron hacer excepciones en tiempos de necesidad, como en guerra.[32]

Al este de la nave estaba el coro, la parte del clero en la iglesia. Galvano Fiamma, un cronista contemporáneo, da una descripción detallada del interior de una iglesia de una orden religiosa durante el período comunal, Sant’Eustorgio de Milán.[33] Como en muchas catedrales, un trascoro separaba el coro, que pertenecía al clero (aquí frailes dominicos), de la nave, que pertenecía al pueblo. En esta gran iglesia, el trascoro era una estructura imponente, con la forma de una pared alta, atravesada por una puerta central, que estaba flanqueada por dos grandes ventanas para poder ver la elevación de la Hostia. Las pinturas en ella mostraban a Santo Domingo enviando a sus hermanos a Milán. Un gran púlpito para cantar el Evangelio y predicar salía del trascoro en el ala norte. El diácono ingresaba en él por una escalera que salía del coro. El trascoro tenía tres altares adheridos a él para Misas menos solemnes con el pueblo. Sobre la puerta, en el centro del trascoro, había un gran crucifijo, mostrando el sacrificio de Cristo. La Misa solemne en el altar mayor, visible justo bajo la cruz, a través de la puerta del trascoro, hacía presente ese sacrificio todos los días en el acto de adoración principal de la iglesia[34]. El coro de Sant’Eustorgio contenía veintiocho sillerías, catorce de cada lado mirando hacia el centro, para que el clero cantase el Oficio. Durante las renovaciones de 1246, el prior, Pedro de Verona, elevó el altar mayor en el extremo este del coro varios escalones y lo embelleció con un fino retablo que mostraba a San Jorge. También cambió el piso del coro y la nave. Tras el asesinato de Pedro, el laicado de la iglesia comisionó un nuevo retablo que mostrara al santo mártir y decoró las paredes de la nave con un ciclo de frescos mostrando su vida. Incluso en una iglesia conventual, la nave seguía siendo el lugar especial de los laicos.

Otro arreglo común, de nuevo especialmente en las grandes iglesias y las catedrales, fue colocar un coro elevado sobre la cripta en el extremo este. Éste era un modelo antiguo y muy copiado, que se originaba en las renovaciones de la vieja San Pedro de Roma encargadas por el Papa Gregorio Magno. La entrada a la cripta era a través de una escalera lateral hacia abajo; el pueblo podía ascender al coro por escaleras laterales en los pasillos. Los visitantes pueden ver tales arreglos hoy en la catedral de Fiesole. Las viejas iglesias monásticas, como la de San Miniato en Florencia, conservan un arreglo similar. Incluso iglesias menores, como la Chiesa del Crocifisso en el complejo de Santo Stefano en Bologna, podían llegar a tener estos arreglos. El ejemplo más llamativo que conservamos es el de la catedral de Módena, donde el coro del siglo XIII se conserva íntegro[35]. Allí una pared de la altura de una pierna remataba una graciosa pareja de columnas y un architrave rodea el coro elevado. Al obispo Sicardo de Cremona, comentador del siglo XII sobre liturgia, le gustaba especialmente la idea de un divisor con columnas mellizas, como el de Módena. Para él estas columnas recordaban las parejas en que los apóstoles fueron enviados a predicar, así como la separación del clero y el laicado recordaba las muchas habitaciones en la cada de Dios Padre[36]. La columnata de Módena, que se extendía también a lo largo del parapeto frontal del coro, servía menos para ocultar el coro que para delimitar su espacio. Dentro del coro, en cada lado mirando hacia dentro, estaban la sillería de los canónigos. Los canónigos de mayor dignidad se encontraban en el lado norte, la dirección hacia la cual el diácono cantaba el Evangelio en Misa. Aquéllos más ancianos encontraban sus sillas cerca de la nave. El obispo, cuando presidía, sin embargo, tenía su sede en el centro de ábside hacia el este.

En Módena, luego de ascender al coro por las escaleras laterales, los visitantes entraban a una extensión alta de los pasillos, con acceso externo a las capillas privadas y vista interna hacia el altar mayor dentro del coro. El de Módena era ciertamente un altar mayor, que se elevaba a la altura del pecho del hombre medieval. Como los antiguos altares cristianos, este altar terminaba en forma recta, no estando rematado por algún retablo o reredo. En tiempos de la comuna, los manteles del altar, los candelabros removibles y los relicarios proveían la vestidura. Durante la Misa con el obispo, la llamada Misa pontifical, su decoración más exquisita era el gran misal pontifical de Módena, que aún puede verse en la Biblioteca Palatina de Parma[37]. Los siglos de servicio de este libro en el Duomo pueden saberse por las manchas de grasa acumuladas en la esquina inferior de cada folio – los restos de muchos años de dedos episcopales. El libro es grande, 225 x 300 milímetros, con profusión de ilustraciones y escrito por una particularmente fina y clara mano de fines del siglo XIII. Su legibilidad y la altura del altar deben haber sido una bendición para ancianos obispos miopes. El libro es en sí mismo un monumento al orgullo cívico: la gran miniatura señalando la Misa del patrón de la ciudad, San Giminiano, es mucho mayor que las miniaturas para Navidad o Pascua. Detrás del altar mayor está la sede episcopal, elevándose sobre el coro y la nave. Aunque el obispo en su sede no quedaba oculto para el pueblo en la nave, los canónigos en el coro, elevados por encima de las cabezas del pueblo, no eran visibles durante los cánticos de la Misa solemne y el Oficio diarios. A menos que subiesen las escaleras hacia el coro, los fieles experimentaban la liturgia pontifical principalmente a través de las melodías de los cantos y el evocativo olor del incienso quemado.

La catedral como un todo recordaba al obispo Sicardo tres realidades. Era un modelo del tabernáculo de Moisés donde Dios vino a residir. Era una representación del orden del cosmos, la machina mundi. Y sus partes coordinadas la convertían en una imagen del “ejército del pueblo de Dios”[38]. Tomada como un todo, la catedral hacía presente los órdenes de la Iglesia, la sociedad y la comuna. Los teólogos medievales veían en la Ecclesia Matrix el esquema de la Jerusalén del cielo bajada a la tierra. Ésta era la Casa de Dios, la Ciudad Santa y la Puerta del Cielo.

-- Augustine Thompson, O.P.,

Cities of God: The religion of the Italian communes, 1125-1325

(University Park, PA: The Pennsylvania State University Press, 2005).


[1] Siena Stat. I (1262), 1.6–13, pp. 27–28; acerca de los animales de carga, ibid., 1.17, p. 30.

[2] Siena Stat. II (1290), 1.507–10, 1:319–20; ibid. (1297), 1.57–62, 1:85–87.

[3] Vicenza Stat. (1264), 199. El monto era de £10.

[4] Pisa Stat. I (1286), 1.154, pp. 268–69, 285.

[5] Pisa Stat. II (1313), 1.207, pp. 220–21; ibid. (1333), pp. 1269–74, 1273.

[6] Annales Veteres Mutinenses ab Anno 1131 usque ad 1336, ed. Lodovico Antonio Muratori (1322), RIS 11:80.

[7] Pisa Stat. I (1275), p. 49; ibid. (1286), 1.154, pp. 273–74; Pisa Stat. II (1313), 1.265, pp. 261–62.

[8] Siena Stat. I (1262), 1.20, p. 31.

[9] Siena Stat. II (1310), 1.13–14, 1:56–57.

[10] Enrico Bottrigari Manzini, Cenni storici sopra le antiche e sulla odierna cattedrale di Bologna (Modena: Vincenzi, 1877), 26–43.

[11] CCB: A, Vill. (1228), 94; Matteo Griffoni (1234), 10; CCB: A (1234), 103; acerca de este colapso, ver Manzini, Cenni storici, 32–34.

[12] Bologna Stat. I (1250), 5.4, 1:442.

[13] Matteo Griffoni (1254), 13.

[14] Bologna Stat. I, 5.23, 1:457.

[15] Ibid. (1260/67), 5.2, 1:440.

[16] Giovanni of Orvieto, Vita [S. Petri Parentii], 1.2, AS 18 (May V), 87. Grado G. Merlo, ‘‘Militia Christi come impegno antiereticale (1179–1233),’’ Militia Christi e crociata nei secoli XI–XIII: Atti della undecima Settimana internazionale di studio, Mendola, 28 agosto–1 settembre 1989 (Milan: Vita e Pensiero, 1992), 364, considera la vida de San Pedro de Parenzo un manifesto antiereticale. El Papa Gregorio IX en 1235 específicamente prohibió la recepción de almas de herejes: Bologna, Biblioteca dell’Archiginnasio, MS B.3695, doc. I (original inédito). Sobre Milita y Giulitta, ver Lansing, Power and Purity, 30–31.

[17] Salimbene, Cronica, 887–88, Baird trad., 616–17. Traducción levemente modificada.

[18] Miller, Bishop’s Palace, 88.

[19] Brescia Stat. (before 1277), col. (185).

[20] L. Salvatorelli, L’Italia comunale dal secolo XI alla metà del secolo XIV, 318; sobre esto, ver Enrico Cattaneo,‘‘Il battistero in Italia dopo il Mille,’’ Miscellanea Gilles Gérard Meersseman, ed. Maccarrone et al., 1:186.

[21] Matteo Griffoni (1261), 15.

[22] Ibid. (1220), 8; CCB: A, Vill. (1220), 82. Sobre esta puerta, ver Manzini, Cenni storici, 29–32.

[23] Pietro Sella, ‘‘La diocesi di Bologna nel 1300,’’ AMDSPPR, 4th ser., 18 (1927/28): 106–7: capillas dedicadas a San Andrés, Santa María, San Nicolás, San Pedro, San Biagio, San Pablo, San Vital y San Martín ya estaban al menos en 1300. Parecerían ser capillas del Duomo. Para 1315, habían sido reducidas a cuatro: Mario Fanti, ‘‘Sulla costituzione ecclesiastica del bolognese IV: La decima del 1315,” AMDSPPR, n.s., 17–19 (1965–68): 117.

[24] Cattaneo, ‘‘Spazio ecclesiale,’’ Pievi e parrocchie, ed. Erba et al., 1:472–73.

[25] Reggio Stat., 21, p. 13.

[26] Maestro Tolosano, Chronicon Faventinum, ed. Giuseppe Rossini, 121, RIS2 28:1:114.

[27] Volterra Stat. (1210–22), 183, p. 95; ibid. (1224), 219, p. 218.

[28] Reggio Stat., 4.26, pp. 253–54.

[29] Parma Stat. I (by 1255), p. 320; el pueblo de San Gimignano, eclesiásticamente dependiente de Florencia, limpió sus Iglesias el mismo año: San Gimignano Stat. (1255), p. 737.

[30] Ravenna Stat., 169, p. 89; 338b, p. 158.

[31] Bologna Stat. I (1262–57), 9.63, 2:612–13.

[32] Concilio de Rávena (1311), 12, p. 457.

[33] Sobre esta iglesia, ver Galvano Fiamma, Cronica Maior Ordinis Praedicatorum, ed. Gundisalvo Odetto, en ‘‘La Cronaca maggiore dell’Ordine Domenicano di Galvano Fiamma: Frammenti inediti,’’ AFP 10 (1940): 323, 326, 327, 330.

[34] Ver Marcia Hall, “The Tramezzo in Santa Croce, Florence, Reconstructed,” Art Bulletin 56 (1974): pl. 17.

[35] Acerca de esta estructura, ver Arturo Carlo Quintavalle, Wiligelmo e Matilda: L’officina romanica (Milan: Electa, 1991), 125–78.

[36] Sicardo, Mitrale, I.4, col. 21. Acerca del simbolismo de las iglesias en Sicardo, ver Joseph Sauer, Symbolik des Kirchengeba¨udes und seiner Ausstattung in der Auffassung des Mittelalters (Muenster: Mehren u. Hobbeling, 1964).

[37] Parma, Biblioteca Palatina, MS Par. 996 (fines del siglo XII).

[38] Sicardo, Mitrale, I.I, col. 15.

Catedral de Orvieto
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