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lunes, 14 de febrero de 2011

Lecturas

Hacía un tiempo que no recomendábamos lecturas, más allá de las que pueden verse en el margen izquierdo de esta bitácora, pero en esta ocasión hay buenos artículos por ahí:

  • Nuevas iglesias: El Vaticano desaprueba a los obispos italianos. En "L'Osservatore Romano" el cardenal Ravasi y el "arquitecto star" Paolo Portoghesi critican las nuevas construcciones sagradas hechas en Italia con el patrocinio de la Conferencia Episcopal, porque rompen con la tradición y deforman la liturgia. Un comentario de Timothy Verdon. (Sandro Magister)
  • Martin Mosebach in the US – Part I. On Sunday, January 30, Martin Mosebach spoke at the parish of Our Saviour, New York. A solemn high mass preceded his talk. We were heartened by the impressive turnout for both the mass and Mr. Mosebach’s talk. In attendance were numerous seminarians and clergy as well as some well-known represenative of various Catholic media. Mr Mosebach gave a forceful presentation on the Traditional liturgy: how it had been destroyed; its essential features; how it is being recovered; and its significance for the overall liturgical and spiritual life of the Church. The text of the original version of his talk (given at an Archdiocesan conference in Sri Lanka last year) can be found HERE. (Stuart Chessman, The Society of St. Hugh of Cluny)
  • First Valentine: Lasting legacy of 500-year-old love. Continue reading the main story. Love it or hate it, even the most hardened anti-Romeo will be hard pressed to avoid Valentine's Day this year. But as an exhibit at the British Library currently on show is testament to, there is a first for everything - even on Valentine's Day. It is a letter, written from a young woman to her love, and is the first mention of the word Valentine in the English language. And, for the first time, the descendants of Margery Brews and her betrothed John Paston have been traced. (Anna Browning, BBC News)
  • The Errors of the Economists: The Uselessness of Utility. Our current economic problems caught the economists unawares, and the few who did sound the warnings were ridiculed by their colleagues as Cassandras and doomsayers. But this professional myopia should not surprise us, since the same thing happened at the last crises, and the one before that, and the one before that, etc. The record of the economists in predicting crisis is perfect: they always get it wrong. Further, they can't seem to agree on any solutions; rather, we get a set of warring ideologies clothed as economic “science,” with a wealth of conflicting policy prescriptions. Clearly, this is a “science” in need of reconstruction. In this series, we tackle the basic errors of the economists, with a view to reconstructing the discipline along more scientific grounds, which is to say as a humane science concerned with the common good and the material provisioning of a just social order. (John Médaille, The Distributist Review)
  • La noble sencillez de las vestimentas litúrgicas. La tradición sapiencial bíblica aclama a Dios como “el mismo autor de la belleza” (Sab 13,3), glorificandolo por la grandeza y la belleza de las obras de la creación. El pensamiento cristiano, partiendo sobre todo de la Sagrada Escritura, pero también de la filosofía clásica como auxiliar, desarrolló la concepción de la belleza como categoría teológica. (Uwe Michael Lang, C.O., Zenit)


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viernes, 7 de enero de 2011

“Top Ten” de 'La Roca del Grifo': Las entradas más visitadas durante 2010

1. Preocupación: ¿Mártires latinoamericanos?. De los “mártires” del tercermundismo, el indigenismo y la revolución marxista que algunos clérigos conmemoran con misas y actos ecuménicos.

2. Neo-Conservaduros. Una sátira sobre los “movimientos” y las “sectas católicas”.

3. El proceso revolucionario inglés: La revolución desconocida. Un breve ensayo sobre Inglaterra y su papel en la historia moderna, a la luz de la Fe.

4. La familia como "bloque edilicio fundamental de la sociedad medieval". Un comentario a propósito de un libro acerca de la familia en la Edad Media.

5. Acerca de Reescribir la Biblia: Los estudios bíblicos católicos en los ’60. Traducción de un interesante trabajo del Padre Brian Harrison sobre la “revolución” operada en los estudios bíblicos y su cristalización en leyenda áurea.

6. Las Tres Leyes Naturales de la Arquitectura Eclesiástica Católica. Traducción de un breve ensayo de Michael Rose, aparecido en la New Oxford Review, donde enumera las características arquitectónicas que, según la teología y el sentido común, deberían tener todas las iglesias.

7. El "zombi católico", sus notas características. Genial caracterización de los seguidores de las “sectas católicas”, realizada por Ludovicus.

8. Internet: Un documental y algunas conclusiones interesantes. Un comentario de la serie de la BBC La revolución virtual y —en particular— del capítulo “¿La gran nivelación?” que desmitifica la supuesta democratización social que representaría Internet.

9. Acerca de fiestas del té, desinformación, esperanzas y engaños. Algunas reflexiones y un poco de historia sobre el “Tea Party” yanqui.

10. De pluma ajena: Consejos de Maquiavelo al apologista de un grupo católico. Una buena crítica que nos envió un amigo que prefiere permanecer anónimo sobre los excesos apologéticos de miembros de ciertos grupos católicos.






Observando la realidad
Desde la Roca del Grifo


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martes, 9 de noviembre de 2010

La tradición en acción: El Domo de Milán


La obra se inició en 1386 en estilo gótico francés medio (rayonnant). En 1399 un arquitecto traído especialmente de Francia le dio al proyecto ideas para mejorar los instrumentos y las técnicas de construcción, especialmente para elevar las piedras hasta alturas sin precedentes. Para 1402, año de la muerte del primer Duque de Milán, la mitad de la catedral estaba terminada. Durante el siglo XV, excepto algunas construcciones menores, el ábside, parte de la nave y algunas capillas laterales, la obra estuvo parada. En 1500 y durante diez años, se construyó la cúpula octagonal y se decoró su interior con quince estatuas. Luego se agregó el gran órgano del lado norte del coro (1552) y el famoso candelabro Trivulzio (1562). Entre 1575 y 1585 se reconstruyó el presbiterio y se agregaron nuevos altares menores y el baptisterio. En ese tiempo, San Carlos Borromeo consagró el templo. En 1614 se agregaron los escaños de madera en el coro del altar mayor. A lo largo de los siglos XVII y XVIII se discutieron varios proyectos para terminar la fachada que, principalmente por falta de fondos, no pudieron llevarse a cabo. En 1762 se agregó la aguja de la "Madonnina" a 108,5 metros de altura. En 1805, Bonaparte mandó terminar la fachada, lo cual se hizo en gótico según el proyecto de Buzzi de 1649 con algunos detalles neogóticos, como por ejemplo los vitrales superiores. A lo largo del siglo XIX se fueron agregando los arcos y agujas faltantes, así como las estatuas del muro sur. La última puerta fue inaugurada a comienzos de 1965. Aún hoy se están finalizando algunos bloques que no estaban tallados.

Piedra sobre piedra, con idas y vueltas, frenadas y aceleres, veinticinco generaciones de milaneses, durante más de seis siglos, han levantado una catedral de la que se sienten orgullosos, ejemplo de magnanimidad y belleza, y de que Las Tres Leyes Naturales de la Arquitectura Eclesiástica Católica no son mera cuestión de recursos económicos, sino de la paciencia que significa formar parte de un proyecto de muy largo aliento, la humildad de saberse un mero eslabón de una cadena de generaciones y la confianza puesta en Aquél de Quien en última instancia depende el éxito o no de la obra y de Quien proveerá cómo y cuándo quiera.






Fuente: CapZicco

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jueves, 28 de octubre de 2010

Las Tres Leyes Naturales de la Arquitectura Eclesiástica Católica

DOMUS DEI ET PORTA CAELI

Michael S. Rose, New Oxford Review, Septiembre de 2009

Michael S. Rose es editor asociado de la revista New Oxford Review y autor de seis libros, incluyendo Ugly As Sin, del cual se ha sacado este fragmento.

Uno de los principios básicos generalmente aceptados por los arquitectos, al menos durante un milenio, es que el entorno edilicio tiene la capacidad de afectar profundamente a la persona —la forma en que actúa, la manera en que siente y el modo en que ella es—. Los arquitectos eclesiásticos del pasado y del presente entienden que la atmósfera que genera el templo afecta no sólo el culto, sino también la fe. En última instancia, lo que creemos afecta la forma en que vivimos nuestras vidas. Es difícil separar la teología y la eclesiología del entorno de culto, sea una iglesia tradicional o una iglesia moderna. Si un templo católico no refleja la teología y eclesiología católica, si la construcción debilita y desprecia las leyes naturales de la arquitectura eclesiástica, los fieles arriesgan acepar una fe distinta al catolicismo.

La arquitectura no es aséptica.

Por eso es que el Código de Derecho Canónico explícitamente define al edificio iglesia como “un edificio sagrado destinado al culto divino” (canon 1214). El Catecismo de la Iglesia Católica reitera el punto y va más allá al establecer que las “iglesias visibles no son simples lugares de reunión, sino que significan y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar, morada de Dios con los hombres reconciliados y unidos en Cristo” (n. 1180).

Ésta es una tarea formidable, sabemos, y el arquitecto actual naturalmente se pregunta cómo un simple edificio puede lograr algo así. Afortunadamente, no se encuentra solo en un peligroso vacío, sino que tiene a su alcance más de mil quinientos años de oficio sobre el que reflexionar.

Cuando uno se asoma a la gran herencia arquitectónica de la Iglesia, descubre que desde las primeras basílicas cristianas de Roma hasta las iglesias neogóticas de comienzos del siglo XX en América, las leyes naturales de la arquitectura eclesiástica se siguen fielmente para diseñar iglesias católicas que logran su objeto, edificios que sirven a Dios y al hombre como estructuras trascendentales, que transmiten verdades eternas a la generaciones futuras.

Consideremos, por ejemplo, Notre Dame de París, la joya de la corona parisina, quizá la más famosa de las grandes catedrales cristianas. De esta obra maestra arquitectónica han hablado con devoción incontables crónicas, poemas, novelas y obras artísticas. Considerando que, si lo pensamos, no es la más alta, ni la más grande, ni siquiera la más bella de las catedrales, no se explica fácilmente en el plano natural la universal atracción que ejerce Notre Dame.

Existe algo más.

Más aún, la familiaridad que podemos adquirir a la distancia por medio de guías de viaje, libros de texto, artículos de revistas, películas e, incluso, historietas no se deduce fácilmente del sentido sobrecogedor de bondad, belleza y verdad que el peregrino siente durante su primera experiencia personal en esta iglesia. Sus arbotantes, sus vitrales, su gran rosetón con sus formas que asemejan pétalos de una flor, sus portales ricamente tallados, las alturas impresionantes de sus columnas que florecen hacia sus arcos, sus muchas reliquias y relicarios, sus altares y la presencia de Jesús en su gran tabernáculo, todo obra en conjunto para elevar la mente del peregrino hacia las cosas celestiales.

En esta catedral, la fe está encarnada, del mismo modo que el catolicismo es una fe encarnada —“la Palabra se hizo carne”—. El reino de Dios se nos manifiesta, siglo tras siglo, por medio de este edificio eclesiástico, piedra sobre piedra, escultura tras escultura tallada en la roca, construida y cavada con manos humanas —un evangelio en piedra traído a la vida—.

Notre Dame es fácilmente reconocida como una de las formas de arte más noble, arquitectura del más alto rango, un edificio plantado como un “lugar sagrado” —un lugar sagrado que es, primero antes que nada, una casa de Dios, un lugar para su habitación terrenal, formado a la manera de las cosas celestiales—.

¿Pero que lo hace así?

Primero, Notre Dame es maciza y durable, pensada para resistir la violencia del hombre y la brutalidad de la naturaleza. Sirvió como testigo silencioso de la tumultuosa historia de Francia en los últimos más de ochocientos años en el corazón de su gran capital. Se yergue como sobreviviente de distintas épocas, testimoniando la permanencia del Evangelio y la sociedad cristiana, a pesar de la secularización de casi todo lo que hay a su alrededor. El edificio ha trascendido tanto al tiempo como a la cultura —un logro nada fácil—. Es una estructura permanente.

Segundo, lo celestial y lo eterno es evocado a través de las impresionantes alturas de los espacios interiores de la catedral, hechos posibles mediante muchos elementos del sistema estructural gótico (los arcos ojivales, los arbotantes y contrafuertes y las bóvedas de crucería, por ejemplo). De este modo, es una estructura vertical.

Tercero, la gran catedral es “traída a la vida” como un evangelio en piedra mediante sus muchas obras de arte sacro, cuyas bellas representaciones artesanales, tanto figurativas como simbólicas, que señalan mucho más allá de ellas mismas, hacia verdades religiosas. En otras palabras, Notre Dame presenta una arquitectura iconográfica. El peregrino casi puede escuchar al patriarca Jacob, luego de su sueño con los ángeles ascendiendo y descendiendo del cielo, anunciar: “¡Cuán digno de todo respeto es este lugar! ¡Es nada menos que la Casa de Dios! ¡Ésta es la puerta del Cielo!” (Gn. 28:17).

Las tres leyes naturales de la arquitectura religiosa

Las iglesias de cada siglo —grandes o pequeñas, en grandes ciudades, pequeños pueblos o ámbitos rurales— lograron lo que Notre Dame logró a través de la adhesión fiel a estas leyes naturales.

Sí, los resultados se manifiestan en los estilos individuales, productos de un tiempo y lugar particular, cada uno de los cuales la Iglesia admitió felizmente como parte de su tesoro de arquitectura sagrada. Aún así, cada uno sirve como casa de Dios que mira al pasado, sirve al presente e informa el futuro.

¿Cómo logran esto?

En cada caso, estos templos exitosos establecen firmemente un lugar sagrado para ser usado en el culto del Dios trino, tanto en la devoción privada como en la liturgia pública, y hacen de la presencia de Cristo algo firmemente conocido a su alrededor.

En cada caso, se conformaron a las tres leyes naturales de verticalidad, permanencia e iconografía, como ejemplificamos con la catedral de Notre Dame. Estas leyes naturales son tal vez obvias para muchos, sin embargo, para quienes desean entender cómo deben —y cómo no deben— construirse iglesias católicas, son los puntos más obvios por donde comenzar, en principio porque estas cualidades producen la atmósfera apropiada para el culto de Dios.

Sin las cualidades de verticalidad, permanencia e iconografía, Notre Dame no sería reconocida como un lugar sagrado; no la conoceríamos hoy. Si no adhiriese a las leyes naturales de la arquitectura eclesiástica, Notre Dame no existiría hoy de ninguna forma significativa. Faltando la verticalidad, la catedral no nos inspiraría las cosas del otro mundo; no hubiese servido efectivamente como el alma de la París medieval ni de la metrópolis actual; ni hubiese efectivamente hecho a Cristo y a su Iglesia presentes y activos en la capital francesa. Sin la permanencia, el edificio hubiese sido destruido por los bárbaros y los revolucionarios de otros siglos. Sin la iconografía, Notre Dame nunca hubiese atraído peregrinos hacia este evangelio de piedra.

Por lo tanto, consideremos más de cerca cada una de estas leyes naturales, que son indispensables para que una arquitectura eclesiástica católica cumpla su objeto.

Una iglesia católica debe tener permanencia

El templo, que representa la presencia de Cristo en un lugar particular, es también necesariamente una estructura permanente —“Cristo Jesús permanece hoy como ayer y por la eternidad” (Heb. 13:8)— concebida en la teoría y en la práctica “cimentada sobre roca”. Entonces, también, es la Iglesia Católica la que perdura y permanece, trascendiendo el espacio y el tiempo.

El canonista medieval y obispo Guillermo Durando (1220-1296) nos recuerda que la Iglesia está construida con toda dureza “sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular. Su cimiento está sobre la montaña santa” (Rationale Divinorum Officiorum, §27). La permanencia de nuestras estructuras eclesiásticas refleja estas cualidades de la Iglesia universal. Y así como la verticalidad señala a lo celestial y eterno, del mismo modo lo hace el principio básico de permanencia. Es otro modo en que el arquitecto crea una atmósfera de trascendencia.

El arquitecto decimonónico Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc escribió acerca de Notre Dame que “todo aquél que entiende sobre construcciones se sorprende cuando ve las innumerables precauciones a las que se echó mano en su construcción —cómo la prudencia del constructor práctico se combina con el atrevimiento del artista lleno de poder e imaginación inventiva—” (Dictionnaire raisonné de l’architecture française, 1854). Viollet-le-Duc se refiere a la permanencia de lo que ha venido en ser conocido como sistema estructural gótico, un ingenioso método de construcción que tiende tanto a la verticalidad —impresionantes alturas logradas gracias al genial sistema de arbotantes— y la permanencia.

Las iglesias góticas construidas en Europa durante los siglos medievales no pueden ser acusadas de ser estructuras baratas y fugaces destinadas a la corrupción. Las estructuras como Notre Dame fueron concebidas como templos sólidos y durables, recordatorios perpetuos de la presencia activa de Cristo en el mundo. Lo mismo puede decirse de la mayoría de las iglesias construidas en los estilos cristiano primitivo, románico, bizantino, renacentista, barroco y neoclásico.

Existen muchas formas en que una iglesia puede asentar su permanencia. Primero, la más obvia, es por su durabilidad. La iglesia, un edificio que servirá generación tras generación, trascendiendo el tiempo y la cultura, debe ser construida en materiales durables. En forma típica, se utiliza algún método de construcción en piedra, empleando los materiales más finos disponibles.

En relación con la durabilidad está lo macizo: la iglesia debe ser una maza significativa, construida con cimientos sólidos, paredes gruesas y que permita espacios interiores generosos. La característica de ser macizas es otro aspecto del lenguaje arquitectónico de las iglesias. Es integral tanto verticalmente (los volúmenes macizos crean hacia arriba verticalidad) e iconográficamente (una iglesia maciza la ayuda a transmitir un significado icónico).

Tercero está la continuidad. Desde hace dos mil años, aquellas iglesias cuyo diseño crece en forma orgánica se identifican con la vida de la Iglesia a través de estos dos milenios, y por su continuidad en la historia y la tradición de la arquitectura eclesiástica católica, manifiestan de otra forma su permanencia en la fe.

En otras palabras, para demostrar este aspecto de la permanencia enraizada en la continuidad, el lenguaje arquitectónico de las iglesias debe desarrollarse orgánicamente a través del tiempo, del mismo modo que el lenguaje de las iglesias renacentistas se permutó en el lenguaje barroco, o cuando las formas góticas emergieron del lenguaje románico. En ambos casos, el crecimiento del lenguaje fue orgánico. El estilo puede haber cambiado, como cuando el arco semicircular dio paso al arco ojival. Pero no hubo quiebre repentino con la tradición, menos aún hubo rechazo de las iglesias de los siglos anteriores (los arcos eran tanto parte del lenguaje del gótico como del románico). Los arquitectos construían con lo que sabían del pasado, refinando ciertos aspectos del lenguaje y desarrollando otros.

Los arquitectos de las generaciones futuras necesitan comprender el lenguaje de la arquitectura eclesiástica para construir edificios sagrados permanentes para sus propios tiempos y para los siglos futuros. Ningún arquitecto eclesiástico que quiera cumplir bien su objeto debe ignorar —o pretender ignorar— el patrimonio histórico de la Iglesia. La continuidad exige que, para cumplir con su objeto, el diseño de una iglesia no pueda surgir de los caprichos de un hombre o la moda del día. Una iglesia católica auténtica es una obra de arte que reconoce la grandeza previa del patrimonio arquitectónico de la Iglesia: se refiere al pasado, sirve al presente e informa el futuro.

Una iglesia católica debe tener verticalidad

A diferencia de la mayoría de los edificios profanos, la iglesia para cumplir con su objeto debe estar construida de modo que el elemento vertical domine por sobre el horizontal. La altura inmensa de sus espacios nos habla de elevarnos hacia el Cielo, de la trascendencia —de traer la Jerusalén celeste hacia nosotros por medio del templo—. No es coincidencia que el texto litúrgico para la dedicación de una iglesia haya sido tomado de la visión de Juan de la Jerusalén celeste: “Y vi a la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia que se adorna para recibir a su esposo. Y oí una voz que clamaba desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres…” (Ap 21:2-3).

De acuerdo con las palabras de Juan, los espacios interiores de una iglesia deben caracterizarse por el sentido dramático de la altura —en una palabra, verticalidad—. Es un hecho de la experiencia humana que la verticalidad, la acumulación de volúmenes hacia arriba, mejor que nada genera una atmósfera de trascendencia y, al mismo tiempo, permite al hombre crear un edificio que expresa el sentido de lo espiritual y lo celestial. Es esta trascendencia que hace posible la arquitectura sagrada.

Los elementos arquitectónicos del edificio —tales como las ventanas, las columnas, los muros y el arte sagrado— deben reforzar su aspiración celestial. Del mismo modo y más aún, la articulación del cielorraso debe generar el sentido de acercarse a la Jerusalén celestial a través del uso de mosaicos, murales y artesonado, así como incorporando un juego misterioso de la luz natural en la nave de la iglesia.

Consideremos también que los primeros cristianos, antes de la era constantiniana, solemnizaban el Santo Sacrificio de la Misa en lugares ordinarios —probablemente en hogares y algunas veces en las catacumbas— que no tenían formas de enfatizar la verticalidad. Por eso, una vez que Constantino legalizó el culto público cristiano, los cristianos rápidamente adoptaron la forma de la basílica, en donde los espacios eran enfáticamente verticales y conspicuos. No sólo los amplios espacios de estas estructuras permitían simbolizar el elevarse hacia Dios y hacia las cosas celestiales, sino que también representaba la nobleza real, puesto que la basílica era la “casa del rey” en Roma, adaptada correctamente como la Casa del Rey de Reyes.

Es difícil visualizar el tipo de espacios que se crearían si los cielorrasos en iglesias tan grandes como Notre Dame, la basílica de San Pedro o la Hagia Sophia de Constantinopla fuesen bajados a, digamos, 10 pies —o, incluso, a 30 pies—. A pesar de la iconografía y permanencia ejemplar de estas estructuras, quedaría drásticamente cortos —literalmente— como lugares sagrados, como casas de Dios, si las proporciones de sus edificios fuesen reducidos para reflejar un énfasis en lo horizontal más que en lo vertical.

Esta necesidad de enfatizar el alzarse hacia los cielos fue principalmente lo que inspiró a los constructores góticos para desarrollar un sistema estructural que permitiese espacios mucho más amplios. El arquitecto gótico sabía que sin la verticalidad enfatizada, la iglesia es esterilizada, su razón de ser subvertida.

Una iglesia católica debe ser iconografía

El tercer principio requerido es el de la iconografía, que se refiere específicamente al valor como “signo” del edificio.

Primero, la estructura misma debe ser un ícono. Esto se logra principalmente a través de su forma y su relación con el entorno que la rodea, sea urbano o rural. Por ejemplo, el templo no debe quedar oculto sino integrado en el vecindario y el paisaje de modo que su ubicación nos recuerde la importancia y propósito del edificio.

Segundo, el templo digno presenta una iconografía que señala más allá de él mismo. Tomás de Aquino se dio cuenta que la mente del hombre se eleva a la contemplación a través de los objetos materiales. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales (1548), del mismo modo subrayaba la importancia de visualizar el objeto de la meditación: la pintura, la escultura y la arquitectura deben trabajar juntas para producir un efecto unificado.

De este modo, es aquí donde estas obras de arte entran al juego, donde estos objetos materiales tienen efectividad para este fin, al apoyarse sobre el campo del simbolismo religioso. La belleza arquitectónica debe reflejar la creación de Dios —particularmente el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios—. Debe generar un entorno que eleve el alma del hombre desde las cosas seculares hacia la armonía de las celestiales.

El arquitecto Ralph Adams Cram escribió hace más de cien años en su libro Church Building, “el arte ha sido, es y será siempre, la más grande agencia para la impresión espiritual que la Iglesia puede tener”. Es por esta razón, agrega, que el arte es en su manifestación más elevada la expresión de verdades religiosas. Es a través del arte que los cristianos han desarrollado el simbolismo ingenioso que eleva nuestras facultades espirituales hacia Dios.

La tradición iconográfica y simbólica de la cultura católica es amplia y rica. El significado viene dado por cuatro elementos formales, desde las formas geométricas básicas hasta la imaginería figurativa, hasta la representación literal de personas y escenas, como en la escultura o la pintura. Los significados logrados a través de los programas iconográficos de una iglesia son típicamente los de las verdades religiosas o los eventos históricos de significancia religiosa. Son siempre expresiones de la fe católica.

Por ejemplo, los maestros de la contrarreforma católica—inspirados en clérigos como San Ignacio y San Carlos Borromeo—expresaron la fe católica en el mismo nacimiento de su arte mediante altares mayores y sagrarios elaborados, nichos especiales y oratorios laterales dedicados a la Virgen María y a los santos, púlpitos prominentes para la predicación, y la abundancia de arte en los vidrios, esculturas, mosaicos y pinturas, pensadas para enseñar las verdades necesarias para la salvación. La atmósfera generada sobre este modelo es una de misterio religioso donde podemos experimentar un poco del gozo celestial de la Nueva Jerusalén, donde podemos encontrarnos con Cristo de una forma única.

Estas iglesias iconográficas, estos íconos, cuentan la historia de Cristo y su Iglesia. Enseñan, catequizan e ilustran las vidas de las almas santas de la Iglesia. Manifiestan verdades eternas y trascendentes.

Si miramos a Notre Dame una vez más, fácilmente comprendemos cómo un peregrino puede pasar días —incluso, semanas— meditando los misterios que están “encarnados” en la arquitectura de los programas esculturales de la catedral. Un estudioso de la Iglesia puede pasar meses y años reflejando la ingenuidad y la belleza de las verdades católicas reveladas en el arte y la arquitectura de este evangelio de piedra. Los seglares ordinarios también se ven atraídos a la iglesia, a la casa de Dios, atraídos por la iconografía de este edificio medieval, que aún nos habla con claridad hoy en día, más que hace ochocientos años cuando fue construida.

Esto sólo es posible porque la arquitectura tiene la capacidad de dar sentido. Un templo es un “portador de sentido” con la más grande de las responsabilidades simbólicas: debe portar el significado de las verdades eternas que se transmiten a través de su forma material, sus adornos arquitectónicos y sus obras de arte sacro. Estos elementos —de hecho todo el edificio eclesiástico— debe generar un sentimiento de otro mundo que inspira al hombre a adorar a Dios, a humillarse frente a su Creador, a tomar parte de los misterios sagrados y enfocarse en lo eterno. La iconografía es otra forma —tal vez, la forma más directa y eficaz— de lograr una arquitectura trascendente.

Estas tres leyes naturales de la arquitectura eclesiástica—verticalidad, permanencia e iconografía—trascienden las distintas épocas del cristianismo; son cualidades presentes en todas las grandes iglesias verdaderas de la Cristiandad. Son el fundamento, como si dijéramos, sobre el que los buenos arquitectos construyen iglesias que logran convertirse en su propio tiempo y para todas las generaciones en puertas del Cielo y en casas dignas de Dios.

Notre Dame de París
[Fuente: http://www.flickr.com/photos/brooklyn_museum]

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lunes, 14 de junio de 2010

El Pol Pot de la arquitectura



Le Corbusier fue a la arquitectura lo que Pol Pot a la reforma social. En un sentido, es menos excusable que Pol Pot por sus actividades: pues a diferencia del camboyano, tenía gran talento, incluso genio. Desafortunadamente, volvió sus dones hacia fines destructivos, y no es coincidencia que haya servido voluntariamente tanto a Stalin como a Vichy. Como Pol Pot, deseaba comenzar desde el Año Cero: antes de mí, nada; luego de mí, todo. Por su misma presencia, las torres rectangulares de concreto pelado que lo obsesionaban ponían fin a siglos de arquitectura. Casi ninguna ciudad del mundo no ha visto su patrimonio edilicio arruinado por arquitectos y planificadores inspirados por sus ideas.

Los escritos acerca de Le Corbusier con frecuencia comienzan encomiando su importancia, algo como: Fue el arquitecto más importante del siglo veinte. Amigos y enemigos están de acuerdo con este juicio, pero la importancia, por supuesto, es moral y estéticamente ambigua. Después de todo, Lenin fue uno de los políticos más importantes del siglo XX, pero fue su influencia en la historia, no su mérito, lo que lo hace importante: del mismo modo con Le Corbusier.

Del mismo modo que Lenin siguió siendo reverenciado mucho tiempo después de que su monstruosidad fuese obvia para todos, Le Corbusier continúa siendo reverenciado. De hecho, existe una especie de renacimiento de su adulación. Nicholas Fox Weber ha publicado hace poco una biografía exhaustiva y en general laudatoria, y Phaidon ha editado un libro enorme y caro en amorosa devoción hacia la obra de Le Corbusier. Más aún, una exhibición hagiográfica dedicada a Le Corbusier tuvo lugar recientemente en Londres y Rotterdam. En Londres, la exhibición encajó perfectamente en un horrendo complejo de edificios construidos en los ’60, llamado The Barbican, cuyo brutalismo en concreto parece haber sido diseñado para abrumar, humillar y confundir a cualquier ser humano con bastante mala suerte para tener que encontrar la forma de entrar en él. The Barbican no fue diseñado por Le Corbusier, pero sí fue inspirado por este particular estilo de arquitectura desalmada.

En la exhibición, terminé conversando con dos mujeres elegantemente vestidas del tipo que suele pasar sus tardes recorriendo exhibiciones. Maravilloso, ¿no cree?, una me dijo. A lo que respondí: Monstruoso. Ambas abrieron sus ojos, como si hubiese negado la existencia de Alá en la Mecca. Si la mayoría de los arquitectos veneran a Le Corbusier, ¿quiénes somos nosotros legos, mero relleno humano de estos edificios, que no sabemos nadas de los problemas sobre construcción edilicia, para criticarlo? Entrando en calor, hablé de los horrores del material favorito de Le Corbusier, el concreto reforzado, que no añeja, sino que se desmorona, mancha y decae. Uno solo de sus edificios, o uno inspirado por él, puede arruinar la armonía de todo un pueblo, insistí. Un edificio corbusiano es incompatible con cualquier cosa excepto con él mismo.

Las dos señores a que me refiero comentaron que viven en una zona de la ciudad compuesta casi enteramente de edificios del siglo XVIII, cuya apariencia y atmósfera social resultó comprensiblemente alterada por dos torres de concreto. Las torres las confrontan diariamente con su propia impotencia de poder hacer algo al respecto, poniéndolas tristes y enojosas. ¿Y quién suponen que inspiró esas torres?, pregunté. Sí, vemos lo que dice, una de ellas reconoció, como si la conexión fuese dificultosa e incluso peligrosa de hacer.

Señalé a las señoras el sector de la exhibición que se ocupaba del Plan Voisin, el proyecto de Le Corbusier de reemplazar todo un barrio de París con edificios con el mismo diseño fundamental como aquéllos que agracian las afueras de Novosibirsk y cualquier otra ciudad soviética (para no decir nada de la misma París y sus banlieues alienados). Si se hubiese llevado a la práctica, el plan hubiese cambiado, dominado y, según creo, destruido la apariencia de toda la ciudad. Aquí, en la exhibición se proyectó un film de los ’20 donde se mostraba a Le Corbusier frente a un mapa del centro de París, una gran parte del cual procede a tachar con un gran crayón negro con todo el entusiasmo del bombardero Harris planificando la aniquilación de una ciudad alemana durante la Segunda Guerra Mundial.

Le Corbusier adornaba este tipo de destructividad como un ejercicio de imaginación y valentía, contraponiéndola al convencionalismo y timidez del que acusaba a todos los contemporáneos que no caían de rodillas ante él. Dice algo del espíritu destructivo que aún perdura en Europa el que un film como éste sea exhibido no para evocar horror o disgusto, o tal vez risa, sino admiración.

...

El idioma de Le Corbusier revela su mente enfermizamente totalitaria. Por ejemplo, en aquél que es tal vez su libro más influyente, editado en 1924, Hacia una Nueva Arquitectura (ya el título sugiere que el mundo había estado esperándolo), escribe poéticamente:

Nosotros debemos crear una mente para la producción en masa:

Una mente para construir hogares producidos en masa.

Una mente para vivir en hogares producidos en masa.

Una mente que conciba hogares producidos en masa.

¿Quiénes son esos nosotros de quienes habla airadamente, responsables de crear, entre otras cosas, mentes universales? Sólo una respuesta es posible: Le Corbusier y sus discípulos (entre quienes habrá, lamentablemente, muchos). Todos los demás tienen ojos que no ven, como tolerantemente dice.

He aquí algunos mandamientos:

Debemos definir normas que nos permitan encarar el problema de la perfección.

El hombre debe ser construido sobre este eje, en equilibrio perfecto con la naturaleza y, probablemente, el universo.

Debemos encontrar y aplicar nuevos métodos, métodos claros que nos permitan diseñar planes útiles para el hogar, tendiendo naturalmente a la estandarización, la industrialización y la taylorización.

El plan debe ser todo… Las calles deben desaparecer.

Y también aparece una afirmación similar: El muro de material ya no tiene derecho a existir.

...

La única ciudad que Le Corbusier llegó a construir, Chandigarh, en la India, es un monumento a esta idea miserable. En la exhibición de Londres, se mostraron imágenes, al son de música india clásica y bella, como si existiera alguna conexión intrínseca entre la refinada civilización india y las feas losas de concreto. La asombrosa incompetencia de Le Corbusier—el producto natural de su arrogancia inflexible—se revelaba, sin duda en forma no intencional, mediante las fotos del enorme parque de concreto que colocó en Chandigarh, totalmente desprovisto de forma. Es como si hubiese querido que el sol encogiese a los insectos humanos que se atrevan a manchar la perfecta geometría de sus planos con las irregularidades que traen consigo.

Su antihumanismo se hace evidente por sí sólo en su actitud hacia el pasado. Repetidamente, habla del pasado como de una tiranía de la que es necesario escapar, como si nadie hubiese descubierto o sabido nada hasta que él llegó. No es que el pasado nos haya legado problemas que debemos esforzarnos por superar: sino que todo el pasado, con pocas excepciones, es un horroroso error que estaría mejor si se destruye y olvida. Su desprecio por sus contemporáneos, excepto aquéllos que lo seguían si reservas, es total…

Al denunciar la arquitectura gótica, por ejemplo, dice Le Corbusier:

La arquitectura gótica no es básicamente esferas, conos y cilindros… Es por esta razón que una catedral no es bella… Una catedral nos interesa en cuanto solución ingeniosa a un problema difícil, pero un problema cuyos postulados han sido mal estimados pues no proceden de las grandes formas primarias.

¡Ahora sabemos por qué a la gente le gustan las catedrales de Chartres y Rheims! ¡Resuelven mal los problemas formulados! Le Corbusier me recuerda al padre de un amigo ruso, un hombre que era un gran experto soviético en vidrio plano que, al visitar Londres por primera vez, miró un bloque modernista de diseño corbusiano que arruinaba un parque del siglo XVIII y dijo, refiriéndose a algún aspecto del vidrio plano, Ésa es una solución interesante del problema.

El tributo a Le Corbusier más sincero, por inconciente, proviene de los garabateadores de grafitis. Si uno se acerca a los resultados de sus actividades en forma epidemiológica, digamos, notaremos rápidamente que, cuando la arquitectura buena está al alcance de la arquitectura corbusiana, tienden a cambiar el rostro de las superficies y los edificios corbusianos. Como si fuese por instinto, estos incultos habitantes de los arrabales han comprendido precisamente aquello que muchos arquitectos han debido realizar un enorme esfuerzo intelectual para evitar comprender: que Le Corbusier es el enemigo de la humanidad.

Le Corbusier no pertenece tanto a la historia de la arquitectura como a la del totalitarismo, a la deformidad espiritual, intelectual y moral de la Europa de entreguerras. Claramente no estuvo solo; fue tanto un creador como un síntoma del zeitgeist. Sus planes para Estocolmo, después de todo, fueron la respuesta a una competencia sueca oficial sobre modos para reconstruir la bella ciudad antigua, de modo que su destrucción era parte del menú. Es un signo de la fuerza perdurable de la tentación totalitaria, como la llama el filósofo francés Jean-François Revel, que Le Corbusier sea aún reverenciado en las facultades de arquitectura y otras instituciones, en vez de ser universalmente rechazado.

Se puede leer el artículo entero aquí. El autor es médico y colaborador del City Journal (revista trimestral de asuntos urbanísticos) y miembro académico del Instituto de Manhattan para la Investigación de Políticas Públicas. Durante 13 años fue columnista del London Spectator, es colaborador de National Review, Wall Street Journal, The Times, Los Angeles Times, The Daily Telegraph, entre los diarios y periódicos más conocidos, y autor de cuatro libros sobre políticas públicas. El resumen está tomado del sitio The Lion & the Cardinal de Daniel Mitsui.








Muestra de la arquitectura de Le Corbusier en su ciudad, Chandigarh (India). [Tomado respectivamente de la Facultad de Arquitectura del Bryn Mawr College, The Tribune (diario en inglés de Chandigarh) y Scott Larsen.]

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viernes, 8 de mayo de 2009

La catedral y la ciudad

La catedral pertenecía tanto a la ciudad como al obispo. Las comunas monopolizaban su construcción, reconstrucción y embellecimiento. En 1267, los padres de la ciudad de Siena organizaron la Opera del Duomo, un consejo responsable del sostenimiento material de la querida Santa Maria. Después de fundir por primera vez la lámpara de vigilia de la ciudad ante el altar de María, los padres nombraron a sus miembros, los juramentos para tomar el cargo y las responsabilidades del consejo. Para la década de 1290, los funcionarios de la Opera eran nombrados directamente por los Nueve, el comité ejecutivo de la comuna. Dos veces al año requisaban todos los animales de carga de la ciudad para transportar mármol para la construcción del Duomo.[1] La ciudad proveía la comida para los trabajadores y la protección de las bestias.[2] Otras ciudades hacían lo mismo. En 1264, Vicenza contrató a un supervisor para su catedral y estableció un subsidio anual para su decoración y mantenimiento.[3] Para 1286, Pisa tenía a disposición de la catedral de Santa Maria Maggiore y su ya famosa torre un sistema a escala incluso mayor que el de Siena. Cuando la ciudad nombró a Giovanni Scorcialupo di Ser Ranieri director, le proveyeron con un secretario, un abogado, tres sirvientes, dos caballos y una casa.[4] Tan importante era su servicio que la ciudad le prohibió acometer cualquier otro trabajo o negocio durante el tiempo que permaneciera en su cargo.[5] Las ciudades competían por famosos arquitectos, pintores y escultores. Módena se consideraba afortunada por comisionar al famoso Tommaso de Fredo para esculpir el púlpito de la catedral.[6] Pisa contó con uno de los mayores artistas del período, Giovanni di Incola Pisano. La ciudad se aseguró sus servicios como capomaestro de Santa Maria mediante una exención impositiva y la promesa de expulsar cualquier miembro del personal de la Opera con el que no se llevara bien.[7]

Como símbolo de la ciudad, el Duomo estaba primero en la caridad municipal. En 1262, Siena limitó las donaciones a los pobres a uno meros 10d. por día, de modo de que pudiese disponer de más fondos para la concreción de la catedral.[8] Aseguró a la Opera di Santa Maria derechos de pastoreo en los bosques de la ciudad y contrató un guardia nocturno para el sitio de construcción.[9] En Bologna un incendio destruyó la vieja catedral en 1131. Cuando el obispo no había aún comenzado la reconstrucción a pesar de haber pasado ya treinta años, los padres de la ciudad tomaron control del proyecto. Completaron el nuevo edificio en sólo cuatro años.[10] Las crónicas y la legislación de la ciudad registran la solicitude de Bologna a la Iglesia Madre. Cuando los arcos abovedados de la catedral colapsaron el día de Navidad de 1228, los padres de la ciudad contrataron al Maestro Ventura para restaurarlos, una tarea completada en 1232.[11] En 1250, se aprobaron 15 bon. – permitiendo un exceso en los costos de hasta 10 – de modo que el nuevo capomaestro Alberto pudiese adquirir mármol para mejorar el Duomo, lo mismo que la torre y el claustro.[12] El campanile obtuvo un techo de plomo en 1254.[13] Tal vez estos proyectos fueron demasiado para las dotes de organización del industrioso Alberto. En 1259, la ciudad ordenó el retorno de los fondos no gastados dentro de los dos meses siguientes a la promulgación del estatuto y comisionó una auditoría.[14] Su preocupación era obtener un gasto eficiente del dinero y lo antes posible. La legislación subsiguiente no mostró rechazo alguno hacia el gasto de fondos en la Iglesia Madre. En 1260, la ciudad encargó a Alberto la reforma de la piazza que rodeaba el baptisterio de San Giovanni, que quedaba justo en frente del pórtico oeste de la catedral, para permitir más luz y de ese modo mostrar la fachada.[15] Una vez que se terminó esta construcción, mantuvieron a Alberto en la nómina de la ciudad para que se encargara del mantenimiento y las reparaciones.

El cuidado del centro ritual, sin embargo, era la preocupación de todos, no sólo de los padres de la ciudad, y los ciudadanos privados demostraban públicamente su gratitud y reconocimiento participando de los trabajos. Dos mujeres de Orvieto, Milita de Monte Amiata y su amiga Giulitta, ganaron reputación de grandes patronas del Duomo por proveer fondos para un nuevo techo. En gratitud, la confraternidad del clero de la catedral incluyó sus nombres en las oraciones públicas. Imaginemos el horror del obispo Riccardo (1169-1200) cuando descubrió que ambas mujeres eran activas cátaras y que su buena civilidad había cegado a la gente sobre sus ideas heterodoxas.[16] Si alguien era buen ciudadano de Orvieto, entonces también era buen católico, habría razonado el obispo. Bueno, tal vez no. Al final, su civilidad probablemente importó más a la gente que sus peculiares idiosincrasias teológicas. Las mujeres habían probado su orgullo por la ciudad y gastaron su dinero en honor de Orvieto.

A comienzos del siglo XIII, Don Guidolino de Enzola, un rico ciudadano de Parma, se retiró al centro de la ciudad para vivir cerca de la catedral y su espléndido baptisterio. Salimbene lo vio sentado en la piazza “miles de veces”, frente a la catedral de la Santísima Virgen:

Y todos los días escuchaba Misa en la catedral y, cuando podía, los Oficios Divinos, tanto el diurno como el nocturno. Y cuando no estaba asistiendo al oficio en la iglesia, se sentaba con sus vecinos bajo el pórtico comunal cerca del palacio episcopal, para hablar de Dios y escuchar a otros hablar de Él. También solía frenar a los niños de la ciudad que arrojaban piedras contra el baptisterio y la catedral, destruyendo los bajorrelieves y frescos. Cada vez que veía a un niño haciendo esto, lo perseguía y azotaba con su cinturón, actuando como si fuera el guardián oficial, aunque lo hacía por puro celo de Dios y amor divino… Y una vez a la semana preparaba una cena abierta de caridad con pan, granos y vino en la calle cerca de su casa para todos los pobres de la ciudad a quienes agradecía por asistir.[17]

La piedad y el orgullo cívico de Don Guidolino eran lo mismo. Las acciones realizadas por las comunas mismas exhiben la misma unidad. Cuando la comuna de Parma financió las renovaciones y la construcción de su Duomo, se aseguraron de conmemorarlo con una placa monumental.[18] Donaciones como ésta embellecían la iglesia y reflejaban el honor de la comuna.

LA CASA DE LA CIUDAD

A fines del siglo XII y comienzos del XIII, antes de la creación de los primeros edificios públicos comunales, la catedral servía como lugar de las más importantes funciones cívicas. Esto era natural, dado que la nave, despejada de la invención moderna de los bancos, era ciertamente el espacio interior más grande de la ciudad. Allí, en la nave, los cónsules y otros funcionarios públicos
tomaban juramento al asumir sus cargos; allí el obispo y el clero bendecían los estandartes del ejército y sus carruajes de batalla, el carroccio. En Brescia, el mismo carroccio era guardado allí; quedaba frente a un pilar en la nave, asegurado con cadenas.[19] Las asambleas de la ciudad deliberaban allí y oficialmente proclamaban sus tratados con otras comunas.[20] La consagración de un altar en el Duomo podía atraer a personajes importantes de tierras lejanas, mejorando el estatus de la ciudad. En Bologna en 1261, cuando el cardenal Ottaviano consagró el nuevo alta de San Pietro, los arzobispos de Rávena y Bari y no menos de otros trece obispos lo asistieron.[21] La instalación de puertas monumentales para el uso exclusivo en las ceremonias cívicas hacía visible el vínculo entre la comuna y la catedral. Una puerta de este tipo es la del flanco del Duomo de Módena, próxima a la más pequeña para uso común. Se abre desde el pasillo sur hacia la Piazza Comunale. Se abría una sola vez al año, cuando los funcionarios de la ciudad entraban en procesión para ofrecer candelas al patrono de la ciudad, San Giminiano, en su altar sepulcral en la cripta. La catedral de Ferrara tiene una puerta similar, la Porta dei Mesi, de la cual sólo quedan vestigios. En 1222, los boloñeses construyeron su puerta ceremonial en el flanco sur de San Pietro, la famosa Porta de’Leoni.[22] Tristemente, sólo los leones esculpidos por el Maestro Ventura quedan en pie, ahora desplegados del lado de adentro de las puertas occidentales del edificio.

La nave pertenecía a toda la gente de la ciudad, no sólo a su gobierno. Diversos grupos crearon sus propios espacios semi-privados allí, construyendo capillas en los pasillos laterales y consagrando altares. El Duomo de Bologna tenía al menos ocho capillas de este tipo, cada una atendida por un capellán.[23] Las capillas se multiplicaron en las catedrales y grandes iglesias a lo largo del siglo XIII. La ciudad y las corporaciones comerciales las construyeron; las familias ricas las consagraron en reemplazo de sus viejas chapelle gentilizie en sus propias casas.[24] Este cambio marca, tal vez, la integración de la vieja aristocracia en el nuevo régimen republicano. Esas capillas eran en sí mismas pequeñas iglesias, separadas de los pasillos por una reja abierta de acero o madera, que las dejaba visibles desde afuera. Dentro, los patrones se sentían en un espacio íntimo, parados a unos pocos pies del altar. Cada capellán estaba obligado a celebrar los Oficios y la Misa, y en este tiempo cuando la silenciosa Misa Rezada no existía, la cantaba. Algunas veces los fieles en una capilla habrán advertido la música que provenía de otras partes del edificio. Si los cantores trataban de igualarse en volumen, la mañana en la nave se hubiese presentado al ocasional visitante con una disonancia santa.

Luego de los servicios de la mañana, la nave volvía al laicado. Éste era un lugar natural para llevar adelante negocios, al menos cuando no había servicios diurnos, nunca en domingos, y, al menos en Reggio Emilia, tampoco los sábados.[25] La expectativa de Faenza por tales negocios en la nave eran tan natural que en 1195 la ciudad hizo poner sus medidas lineales en roca y montarlas en la puerta de la iglesia.[26] En 1222, Volterra, aunque no pretendía evitar el uso de la catedral como mercado, sí se ocupó de prohibir el uso del Duomo como depósito de madera durante la noche.[27] Para mediados del siglo XIII, numerosas voces se hicieron escuchar preocupadas de que la actividad de compraventa no desacralizara el edificio. Reggio trasladó sus medidas oficiales al atrio en 1259.[28] Parma, también, en 1255, prohibió el uso del Duomo como depósito.[29] El clero tomó acciones similares en Rávena, ordenando que el grano y los animales no sean depositados en la iglesia principal.[30] Cualquier grano que fuese dejado allí podía ser confiscado. En 1262, la ciudad de Bologna mandó a Alberto velar porque el Duomo, “cabeza de la misma ciudad”, no fuese usado como mercado y que no se depositara en él madera o granos.[31] Sin embargo, ninguna otra ciudad del siglo XIII, excepto Bologna, intentó frenar los mercados de la nave. Esa sección de la catedral era terreno de los laicos y para su exclusivo uso. Cuando, en 1311, el concilio provincial de Rávena finalmente intentó prohibir los mercados, las reuniones comunitarias y los juicios seculares en las iglesias, los obispos debieron hacer excepciones en tiempos de necesidad, como en guerra.[32]

Al este de la nave estaba el coro, la parte del clero en la iglesia. Galvano Fiamma, un cronista contemporáneo, da una descripción detallada del interior de una iglesia de una orden religiosa durante el período comunal, Sant’Eustorgio de Milán.[33] Como en muchas catedrales, un trascoro separaba el coro, que pertenecía al clero (aquí frailes dominicos), de la nave, que pertenecía al pueblo. En esta gran iglesia, el trascoro era una estructura imponente, con la forma de una pared alta, atravesada por una puerta central, que estaba flanqueada por dos grandes ventanas para poder ver la elevación de la Hostia. Las pinturas en ella mostraban a Santo Domingo enviando a sus hermanos a Milán. Un gran púlpito para cantar el Evangelio y predicar salía del trascoro en el ala norte. El diácono ingresaba en él por una escalera que salía del coro. El trascoro tenía tres altares adheridos a él para Misas menos solemnes con el pueblo. Sobre la puerta, en el centro del trascoro, había un gran crucifijo, mostrando el sacrificio de Cristo. La Misa solemne en el altar mayor, visible justo bajo la cruz, a través de la puerta del trascoro, hacía presente ese sacrificio todos los días en el acto de adoración principal de la iglesia[34]. El coro de Sant’Eustorgio contenía veintiocho sillerías, catorce de cada lado mirando hacia el centro, para que el clero cantase el Oficio. Durante las renovaciones de 1246, el prior, Pedro de Verona, elevó el altar mayor en el extremo este del coro varios escalones y lo embelleció con un fino retablo que mostraba a San Jorge. También cambió el piso del coro y la nave. Tras el asesinato de Pedro, el laicado de la iglesia comisionó un nuevo retablo que mostrara al santo mártir y decoró las paredes de la nave con un ciclo de frescos mostrando su vida. Incluso en una iglesia conventual, la nave seguía siendo el lugar especial de los laicos.

Otro arreglo común, de nuevo especialmente en las grandes iglesias y las catedrales, fue colocar un coro elevado sobre la cripta en el extremo este. Éste era un modelo antiguo y muy copiado, que se originaba en las renovaciones de la vieja San Pedro de Roma encargadas por el Papa Gregorio Magno. La entrada a la cripta era a través de una escalera lateral hacia abajo; el pueblo podía ascender al coro por escaleras laterales en los pasillos. Los visitantes pueden ver tales arreglos hoy en la catedral de Fiesole. Las viejas iglesias monásticas, como la de San Miniato en Florencia, conservan un arreglo similar. Incluso iglesias menores, como la Chiesa del Crocifisso en el complejo de Santo Stefano en Bologna, podían llegar a tener estos arreglos. El ejemplo más llamativo que conservamos es el de la catedral de Módena, donde el coro del siglo XIII se conserva íntegro[35]. Allí una pared de la altura de una pierna remataba una graciosa pareja de columnas y un architrave rodea el coro elevado. Al obispo Sicardo de Cremona, comentador del siglo XII sobre liturgia, le gustaba especialmente la idea de un divisor con columnas mellizas, como el de Módena. Para él estas columnas recordaban las parejas en que los apóstoles fueron enviados a predicar, así como la separación del clero y el laicado recordaba las muchas habitaciones en la cada de Dios Padre[36]. La columnata de Módena, que se extendía también a lo largo del parapeto frontal del coro, servía menos para ocultar el coro que para delimitar su espacio. Dentro del coro, en cada lado mirando hacia dentro, estaban la sillería de los canónigos. Los canónigos de mayor dignidad se encontraban en el lado norte, la dirección hacia la cual el diácono cantaba el Evangelio en Misa. Aquéllos más ancianos encontraban sus sillas cerca de la nave. El obispo, cuando presidía, sin embargo, tenía su sede en el centro de ábside hacia el este.

En Módena, luego de ascender al coro por las escaleras laterales, los visitantes entraban a una extensión alta de los pasillos, con acceso externo a las capillas privadas y vista interna hacia el altar mayor dentro del coro. El de Módena era ciertamente un altar mayor, que se elevaba a la altura del pecho del hombre medieval. Como los antiguos altares cristianos, este altar terminaba en forma recta, no estando rematado por algún retablo o reredo. En tiempos de la comuna, los manteles del altar, los candelabros removibles y los relicarios proveían la vestidura. Durante la Misa con el obispo, la llamada Misa pontifical, su decoración más exquisita era el gran misal pontifical de Módena, que aún puede verse en la Biblioteca Palatina de Parma[37]. Los siglos de servicio de este libro en el Duomo pueden saberse por las manchas de grasa acumuladas en la esquina inferior de cada folio – los restos de muchos años de dedos episcopales. El libro es grande, 225 x 300 milímetros, con profusión de ilustraciones y escrito por una particularmente fina y clara mano de fines del siglo XIII. Su legibilidad y la altura del altar deben haber sido una bendición para ancianos obispos miopes. El libro es en sí mismo un monumento al orgullo cívico: la gran miniatura señalando la Misa del patrón de la ciudad, San Giminiano, es mucho mayor que las miniaturas para Navidad o Pascua. Detrás del altar mayor está la sede episcopal, elevándose sobre el coro y la nave. Aunque el obispo en su sede no quedaba oculto para el pueblo en la nave, los canónigos en el coro, elevados por encima de las cabezas del pueblo, no eran visibles durante los cánticos de la Misa solemne y el Oficio diarios. A menos que subiesen las escaleras hacia el coro, los fieles experimentaban la liturgia pontifical principalmente a través de las melodías de los cantos y el evocativo olor del incienso quemado.

La catedral como un todo recordaba al obispo Sicardo tres realidades. Era un modelo del tabernáculo de Moisés donde Dios vino a residir. Era una representación del orden del cosmos, la machina mundi. Y sus partes coordinadas la convertían en una imagen del “ejército del pueblo de Dios”[38]. Tomada como un todo, la catedral hacía presente los órdenes de la Iglesia, la sociedad y la comuna. Los teólogos medievales veían en la Ecclesia Matrix el esquema de la Jerusalén del cielo bajada a la tierra. Ésta era la Casa de Dios, la Ciudad Santa y la Puerta del Cielo.

-- Augustine Thompson, O.P.,

Cities of God: The religion of the Italian communes, 1125-1325

(University Park, PA: The Pennsylvania State University Press, 2005).


[1] Siena Stat. I (1262), 1.613, pp. 2728; acerca de los animales de carga, ibid., 1.17, p. 30.

[2] Siena Stat. II (1290), 1.50710, 1:31920; ibid. (1297), 1.5762, 1:8587.

[3] Vicenza Stat. (1264), 199. El monto era de 10.

[4] Pisa Stat. I (1286), 1.154, pp. 26869, 285.

[5] Pisa Stat. II (1313), 1.207, pp. 22021; ibid. (1333), pp. 126974, 1273.

[6] Annales Veteres Mutinenses ab Anno 1131 usque ad 1336, ed. Lodovico Antonio Muratori (1322), RIS 11:80.

[7] Pisa Stat. I (1275), p. 49; ibid. (1286), 1.154, pp. 27374; Pisa Stat. II (1313), 1.265, pp. 26162.

[8] Siena Stat. I (1262), 1.20, p. 31.

[9] Siena Stat. II (1310), 1.13–14, 1:56–57.

[10] Enrico Bottrigari Manzini, Cenni storici sopra le antiche e sulla odierna cattedrale di Bologna (Modena: Vincenzi, 1877), 2643.

[11] CCB: A, Vill. (1228), 94; Matteo Griffoni (1234), 10; CCB: A (1234), 103; acerca de este colapso, ver Manzini, Cenni storici, 3234.

[12] Bologna Stat. I (1250), 5.4, 1:442.

[13] Matteo Griffoni (1254), 13.

[14] Bologna Stat. I, 5.23, 1:457.

[15] Ibid. (1260/67), 5.2, 1:440.

[16] Giovanni of Orvieto, Vita [S. Petri Parentii], 1.2, AS 18 (May V), 87. Grado G. Merlo, ‘‘Militia Christi come impegno antiereticale (11791233),’’ Militia Christi e crociata nei secoli XIXIII: Atti della undecima Settimana internazionale di studio, Mendola, 28 agosto–1 settembre 1989 (Milan: Vita e Pensiero, 1992), 364, considera la vida de San Pedro de Parenzo un manifesto antiereticale. El Papa Gregorio IX en 1235 específicamente prohibió la recepción de almas de herejes: Bologna, Biblioteca dell’Archiginnasio, MS B.3695, doc. I (original inédito). Sobre Milita y Giulitta, ver Lansing, Power and Purity, 30–31.

[17] Salimbene, Cronica, 88788, Baird trad., 61617. Traducción levemente modificada.

[18] Miller, Bishop’s Palace, 88.

[19] Brescia Stat. (before 1277), col. (185).

[20] L. Salvatorelli, L’Italia comunale dal secolo XI alla metà del secolo XIV, 318; sobre esto, ver Enrico Cattaneo,‘‘Il battistero in Italia dopo il Mille,’’ Miscellanea Gilles Gérard Meersseman, ed. Maccarrone et al., 1:186.

[21] Matteo Griffoni (1261), 15.

[22] Ibid. (1220), 8; CCB: A, Vill. (1220), 82. Sobre esta puerta, ver Manzini, Cenni storici, 2932.

[23] Pietro Sella, ‘‘La diocesi di Bologna nel 1300,’’ AMDSPPR, 4th ser., 18 (1927/28): 1067: capillas dedicadas a San Andrés, Santa María, San Nicolás, San Pedro, San Biagio, San Pablo, San Vital y San Martín ya estaban al menos en 1300. Parecerían ser capillas del Duomo. Para 1315, habían sido reducidas a cuatro: Mario Fanti, ‘‘Sulla costituzione ecclesiastica del bolognese IV: La decima del 1315,” AMDSPPR, n.s., 1719 (1965–68): 117.

[24] Cattaneo, ‘‘Spazio ecclesiale,’’ Pievi e parrocchie, ed. Erba et al., 1:47273.

[25] Reggio Stat., 21, p. 13.

[26] Maestro Tolosano, Chronicon Faventinum, ed. Giuseppe Rossini, 121, RIS2 28:1:114.

[27] Volterra Stat. (121022), 183, p. 95; ibid. (1224), 219, p. 218.

[28] Reggio Stat., 4.26, pp. 25354.

[29] Parma Stat. I (by 1255), p. 320; el pueblo de San Gimignano, eclesiásticamente dependiente de Florencia, limpió sus Iglesias el mismo año: San Gimignano Stat. (1255), p. 737.

[30] Ravenna Stat., 169, p. 89; 338b, p. 158.

[31] Bologna Stat. I (126257), 9.63, 2:61213.

[32] Concilio de Rávena (1311), 12, p. 457.

[33] Sobre esta iglesia, ver Galvano Fiamma, Cronica Maior Ordinis Praedicatorum, ed. Gundisalvo Odetto, en ‘‘La Cronaca maggiore dell’Ordine Domenicano di Galvano Fiamma: Frammenti inediti,’’ AFP 10 (1940): 323, 326, 327, 330.

[34] Ver Marcia Hall, “The Tramezzo in Santa Croce, Florence, Reconstructed,” Art Bulletin 56 (1974): pl. 17.

[35] Acerca de esta estructura, ver Arturo Carlo Quintavalle, Wiligelmo e Matilda: L’officina romanica (Milan: Electa, 1991), 12578.

[36] Sicardo, Mitrale, I.4, col. 21. Acerca del simbolismo de las iglesias en Sicardo, ver Joseph Sauer, Symbolik des Kirchengeba¨udes und seiner Ausstattung in der Auffassung des Mittelalters (Muenster: Mehren u. Hobbeling, 1964).

[37] Parma, Biblioteca Palatina, MS Par. 996 (fines del siglo XII).

[38] Sicardo, Mitrale, I.I, col. 15.

Catedral de Orvieto
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