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miércoles, 10 de noviembre de 2010

El "zombi católico", sus notas características

A propósito de una entrada en InfoCatólica con un muy penoso nombre: "Lo maravilloso de las 'sectas católicas'", y apropiándose de un concepto enunciado en una buena entrada de ese mismo portal en otra bitácora, dice genialmente Luis en un comentario:

  1. El zombi católico no piensa, obedece.
  2. El zombi católico adhiere en forma incondicional e irreflexiva a todo lo que dice o mande la autoridad, sea el Papa, sea el líder del movimiento que integra. Es más: adhiere porque es autoridad, no porque se diga o mande algo bueno. Adhiere sin distinguir jerarquía o modalidad. Si el Papa reinante dice que le gusta el strudel, pues le gustará a él. Si el próximo abomina de la repostería alemana, despedirá a su cocinera.
  3. El zombi católico está siempre seguro. Jamás se interroga si estará en lo cierto. Jamás desconfiará de la pureza de los motivos interiores que lo hacen adherir a la buena causa.
  4. El zombi católico está contento y conforme con el modo y todas las prácticas con que se vive el catolicismo en la Iglesia o en el grupo o movimiento que integra. Ni se le ocurre cuestionarlas o enfrentarlas con el Evangelio, para constatar si se han desviado.
  5. El zombi católico tiene alegría compulsiva. Desconoce la tristeza, las resistencias de la materia, el sufrimiento verdadero. Es más, lo niega. Niega, en general, la realidad y su realidad. Todo es maravilloso, porque vive en Disneylandia... católica.
  6. El zombi católico descuenta la mala fe de quienes critican a la Iglesia o el movimiento que integra. En particular, considera todo ataque a la organización como una conspiración. En última instancia, es Satanás el que ataca su movimiento.
  7. La crítica interna, es decir, de los mismos católicos o miembros de la organización o movimiento que integra, será para el zombi católico "mal espíritu".
  8. El zombi católico considera que el fin justifica los medios, si de salvaguardar la institución, Iglesia o movimiento que integra, se trata. En particular, recurrirá, para defender buenas causas, a argumentos capciosos, restricciones o reservas mentales, argumentos ad hominem. Tendrá especial gusto por resaltar los vicios del adversario ("Y tú más"). Si está en la verdad, puede permitirse ciertas licencias.
  9. El zombi católico se olvida que pertenece a una relgión cuyo Fundador fue crucificado por la autoridad religiosa. Que fue sacrificado con el argumento de que "es preferible que muera un hombre a que perezca todo el pueblo".
  10. El zombie católico nunca investiga las denuncias contra las autoridades de su movimiento u organización. Fundamental: No lee lo que escriben las víctimas o ex adeptos. Jamás se permite sospechar sobre sus superiores. Se limita a repetir lo que le dicen: son calumniadores, resentidos y mentirosos. Estigmatiza, sobre todo, a los "ex".
  11. El zombie católico "suspende el ejercicio de la razón, reprimiendo todo impulso de crítica o revisión de lo que dicen o mandan sus superiores" (Padre Thomas Berg, ex sacerdote legionario, explicando su salida de la Legión de Cristo).
  12. El zombie católico, cuando se pone a defender a su grupo de pertenencia, o a la Iglesia misma, suele caer en maquiavelismos.
Por cierto, para el que le interese profundizar en la zombiología católica, de mi amigo Jack Tollers.

Algunas de las geniales viñetas de la New Oxford Review que acompañaban artículos sobre la Legión de Cristo y otras de estas "sectas". Aún en tiempos en que escribir dichos artículos implicaba casi ser "excomulgado", la New Oxford Review investigó, documentó y dio a conocer terribles escándalos protagonizados por estas "sectas" y la "mafia lavanda". Aquí una muestra de esos artículos en inglés.


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jueves, 28 de octubre de 2010

Las Tres Leyes Naturales de la Arquitectura Eclesiástica Católica

DOMUS DEI ET PORTA CAELI

Michael S. Rose, New Oxford Review, Septiembre de 2009

Michael S. Rose es editor asociado de la revista New Oxford Review y autor de seis libros, incluyendo Ugly As Sin, del cual se ha sacado este fragmento.

Uno de los principios básicos generalmente aceptados por los arquitectos, al menos durante un milenio, es que el entorno edilicio tiene la capacidad de afectar profundamente a la persona —la forma en que actúa, la manera en que siente y el modo en que ella es—. Los arquitectos eclesiásticos del pasado y del presente entienden que la atmósfera que genera el templo afecta no sólo el culto, sino también la fe. En última instancia, lo que creemos afecta la forma en que vivimos nuestras vidas. Es difícil separar la teología y la eclesiología del entorno de culto, sea una iglesia tradicional o una iglesia moderna. Si un templo católico no refleja la teología y eclesiología católica, si la construcción debilita y desprecia las leyes naturales de la arquitectura eclesiástica, los fieles arriesgan acepar una fe distinta al catolicismo.

La arquitectura no es aséptica.

Por eso es que el Código de Derecho Canónico explícitamente define al edificio iglesia como “un edificio sagrado destinado al culto divino” (canon 1214). El Catecismo de la Iglesia Católica reitera el punto y va más allá al establecer que las “iglesias visibles no son simples lugares de reunión, sino que significan y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar, morada de Dios con los hombres reconciliados y unidos en Cristo” (n. 1180).

Ésta es una tarea formidable, sabemos, y el arquitecto actual naturalmente se pregunta cómo un simple edificio puede lograr algo así. Afortunadamente, no se encuentra solo en un peligroso vacío, sino que tiene a su alcance más de mil quinientos años de oficio sobre el que reflexionar.

Cuando uno se asoma a la gran herencia arquitectónica de la Iglesia, descubre que desde las primeras basílicas cristianas de Roma hasta las iglesias neogóticas de comienzos del siglo XX en América, las leyes naturales de la arquitectura eclesiástica se siguen fielmente para diseñar iglesias católicas que logran su objeto, edificios que sirven a Dios y al hombre como estructuras trascendentales, que transmiten verdades eternas a la generaciones futuras.

Consideremos, por ejemplo, Notre Dame de París, la joya de la corona parisina, quizá la más famosa de las grandes catedrales cristianas. De esta obra maestra arquitectónica han hablado con devoción incontables crónicas, poemas, novelas y obras artísticas. Considerando que, si lo pensamos, no es la más alta, ni la más grande, ni siquiera la más bella de las catedrales, no se explica fácilmente en el plano natural la universal atracción que ejerce Notre Dame.

Existe algo más.

Más aún, la familiaridad que podemos adquirir a la distancia por medio de guías de viaje, libros de texto, artículos de revistas, películas e, incluso, historietas no se deduce fácilmente del sentido sobrecogedor de bondad, belleza y verdad que el peregrino siente durante su primera experiencia personal en esta iglesia. Sus arbotantes, sus vitrales, su gran rosetón con sus formas que asemejan pétalos de una flor, sus portales ricamente tallados, las alturas impresionantes de sus columnas que florecen hacia sus arcos, sus muchas reliquias y relicarios, sus altares y la presencia de Jesús en su gran tabernáculo, todo obra en conjunto para elevar la mente del peregrino hacia las cosas celestiales.

En esta catedral, la fe está encarnada, del mismo modo que el catolicismo es una fe encarnada —“la Palabra se hizo carne”—. El reino de Dios se nos manifiesta, siglo tras siglo, por medio de este edificio eclesiástico, piedra sobre piedra, escultura tras escultura tallada en la roca, construida y cavada con manos humanas —un evangelio en piedra traído a la vida—.

Notre Dame es fácilmente reconocida como una de las formas de arte más noble, arquitectura del más alto rango, un edificio plantado como un “lugar sagrado” —un lugar sagrado que es, primero antes que nada, una casa de Dios, un lugar para su habitación terrenal, formado a la manera de las cosas celestiales—.

¿Pero que lo hace así?

Primero, Notre Dame es maciza y durable, pensada para resistir la violencia del hombre y la brutalidad de la naturaleza. Sirvió como testigo silencioso de la tumultuosa historia de Francia en los últimos más de ochocientos años en el corazón de su gran capital. Se yergue como sobreviviente de distintas épocas, testimoniando la permanencia del Evangelio y la sociedad cristiana, a pesar de la secularización de casi todo lo que hay a su alrededor. El edificio ha trascendido tanto al tiempo como a la cultura —un logro nada fácil—. Es una estructura permanente.

Segundo, lo celestial y lo eterno es evocado a través de las impresionantes alturas de los espacios interiores de la catedral, hechos posibles mediante muchos elementos del sistema estructural gótico (los arcos ojivales, los arbotantes y contrafuertes y las bóvedas de crucería, por ejemplo). De este modo, es una estructura vertical.

Tercero, la gran catedral es “traída a la vida” como un evangelio en piedra mediante sus muchas obras de arte sacro, cuyas bellas representaciones artesanales, tanto figurativas como simbólicas, que señalan mucho más allá de ellas mismas, hacia verdades religiosas. En otras palabras, Notre Dame presenta una arquitectura iconográfica. El peregrino casi puede escuchar al patriarca Jacob, luego de su sueño con los ángeles ascendiendo y descendiendo del cielo, anunciar: “¡Cuán digno de todo respeto es este lugar! ¡Es nada menos que la Casa de Dios! ¡Ésta es la puerta del Cielo!” (Gn. 28:17).

Las tres leyes naturales de la arquitectura religiosa

Las iglesias de cada siglo —grandes o pequeñas, en grandes ciudades, pequeños pueblos o ámbitos rurales— lograron lo que Notre Dame logró a través de la adhesión fiel a estas leyes naturales.

Sí, los resultados se manifiestan en los estilos individuales, productos de un tiempo y lugar particular, cada uno de los cuales la Iglesia admitió felizmente como parte de su tesoro de arquitectura sagrada. Aún así, cada uno sirve como casa de Dios que mira al pasado, sirve al presente e informa el futuro.

¿Cómo logran esto?

En cada caso, estos templos exitosos establecen firmemente un lugar sagrado para ser usado en el culto del Dios trino, tanto en la devoción privada como en la liturgia pública, y hacen de la presencia de Cristo algo firmemente conocido a su alrededor.

En cada caso, se conformaron a las tres leyes naturales de verticalidad, permanencia e iconografía, como ejemplificamos con la catedral de Notre Dame. Estas leyes naturales son tal vez obvias para muchos, sin embargo, para quienes desean entender cómo deben —y cómo no deben— construirse iglesias católicas, son los puntos más obvios por donde comenzar, en principio porque estas cualidades producen la atmósfera apropiada para el culto de Dios.

Sin las cualidades de verticalidad, permanencia e iconografía, Notre Dame no sería reconocida como un lugar sagrado; no la conoceríamos hoy. Si no adhiriese a las leyes naturales de la arquitectura eclesiástica, Notre Dame no existiría hoy de ninguna forma significativa. Faltando la verticalidad, la catedral no nos inspiraría las cosas del otro mundo; no hubiese servido efectivamente como el alma de la París medieval ni de la metrópolis actual; ni hubiese efectivamente hecho a Cristo y a su Iglesia presentes y activos en la capital francesa. Sin la permanencia, el edificio hubiese sido destruido por los bárbaros y los revolucionarios de otros siglos. Sin la iconografía, Notre Dame nunca hubiese atraído peregrinos hacia este evangelio de piedra.

Por lo tanto, consideremos más de cerca cada una de estas leyes naturales, que son indispensables para que una arquitectura eclesiástica católica cumpla su objeto.

Una iglesia católica debe tener permanencia

El templo, que representa la presencia de Cristo en un lugar particular, es también necesariamente una estructura permanente —“Cristo Jesús permanece hoy como ayer y por la eternidad” (Heb. 13:8)— concebida en la teoría y en la práctica “cimentada sobre roca”. Entonces, también, es la Iglesia Católica la que perdura y permanece, trascendiendo el espacio y el tiempo.

El canonista medieval y obispo Guillermo Durando (1220-1296) nos recuerda que la Iglesia está construida con toda dureza “sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular. Su cimiento está sobre la montaña santa” (Rationale Divinorum Officiorum, §27). La permanencia de nuestras estructuras eclesiásticas refleja estas cualidades de la Iglesia universal. Y así como la verticalidad señala a lo celestial y eterno, del mismo modo lo hace el principio básico de permanencia. Es otro modo en que el arquitecto crea una atmósfera de trascendencia.

El arquitecto decimonónico Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc escribió acerca de Notre Dame que “todo aquél que entiende sobre construcciones se sorprende cuando ve las innumerables precauciones a las que se echó mano en su construcción —cómo la prudencia del constructor práctico se combina con el atrevimiento del artista lleno de poder e imaginación inventiva—” (Dictionnaire raisonné de l’architecture française, 1854). Viollet-le-Duc se refiere a la permanencia de lo que ha venido en ser conocido como sistema estructural gótico, un ingenioso método de construcción que tiende tanto a la verticalidad —impresionantes alturas logradas gracias al genial sistema de arbotantes— y la permanencia.

Las iglesias góticas construidas en Europa durante los siglos medievales no pueden ser acusadas de ser estructuras baratas y fugaces destinadas a la corrupción. Las estructuras como Notre Dame fueron concebidas como templos sólidos y durables, recordatorios perpetuos de la presencia activa de Cristo en el mundo. Lo mismo puede decirse de la mayoría de las iglesias construidas en los estilos cristiano primitivo, románico, bizantino, renacentista, barroco y neoclásico.

Existen muchas formas en que una iglesia puede asentar su permanencia. Primero, la más obvia, es por su durabilidad. La iglesia, un edificio que servirá generación tras generación, trascendiendo el tiempo y la cultura, debe ser construida en materiales durables. En forma típica, se utiliza algún método de construcción en piedra, empleando los materiales más finos disponibles.

En relación con la durabilidad está lo macizo: la iglesia debe ser una maza significativa, construida con cimientos sólidos, paredes gruesas y que permita espacios interiores generosos. La característica de ser macizas es otro aspecto del lenguaje arquitectónico de las iglesias. Es integral tanto verticalmente (los volúmenes macizos crean hacia arriba verticalidad) e iconográficamente (una iglesia maciza la ayuda a transmitir un significado icónico).

Tercero está la continuidad. Desde hace dos mil años, aquellas iglesias cuyo diseño crece en forma orgánica se identifican con la vida de la Iglesia a través de estos dos milenios, y por su continuidad en la historia y la tradición de la arquitectura eclesiástica católica, manifiestan de otra forma su permanencia en la fe.

En otras palabras, para demostrar este aspecto de la permanencia enraizada en la continuidad, el lenguaje arquitectónico de las iglesias debe desarrollarse orgánicamente a través del tiempo, del mismo modo que el lenguaje de las iglesias renacentistas se permutó en el lenguaje barroco, o cuando las formas góticas emergieron del lenguaje románico. En ambos casos, el crecimiento del lenguaje fue orgánico. El estilo puede haber cambiado, como cuando el arco semicircular dio paso al arco ojival. Pero no hubo quiebre repentino con la tradición, menos aún hubo rechazo de las iglesias de los siglos anteriores (los arcos eran tanto parte del lenguaje del gótico como del románico). Los arquitectos construían con lo que sabían del pasado, refinando ciertos aspectos del lenguaje y desarrollando otros.

Los arquitectos de las generaciones futuras necesitan comprender el lenguaje de la arquitectura eclesiástica para construir edificios sagrados permanentes para sus propios tiempos y para los siglos futuros. Ningún arquitecto eclesiástico que quiera cumplir bien su objeto debe ignorar —o pretender ignorar— el patrimonio histórico de la Iglesia. La continuidad exige que, para cumplir con su objeto, el diseño de una iglesia no pueda surgir de los caprichos de un hombre o la moda del día. Una iglesia católica auténtica es una obra de arte que reconoce la grandeza previa del patrimonio arquitectónico de la Iglesia: se refiere al pasado, sirve al presente e informa el futuro.

Una iglesia católica debe tener verticalidad

A diferencia de la mayoría de los edificios profanos, la iglesia para cumplir con su objeto debe estar construida de modo que el elemento vertical domine por sobre el horizontal. La altura inmensa de sus espacios nos habla de elevarnos hacia el Cielo, de la trascendencia —de traer la Jerusalén celeste hacia nosotros por medio del templo—. No es coincidencia que el texto litúrgico para la dedicación de una iglesia haya sido tomado de la visión de Juan de la Jerusalén celeste: “Y vi a la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia que se adorna para recibir a su esposo. Y oí una voz que clamaba desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres…” (Ap 21:2-3).

De acuerdo con las palabras de Juan, los espacios interiores de una iglesia deben caracterizarse por el sentido dramático de la altura —en una palabra, verticalidad—. Es un hecho de la experiencia humana que la verticalidad, la acumulación de volúmenes hacia arriba, mejor que nada genera una atmósfera de trascendencia y, al mismo tiempo, permite al hombre crear un edificio que expresa el sentido de lo espiritual y lo celestial. Es esta trascendencia que hace posible la arquitectura sagrada.

Los elementos arquitectónicos del edificio —tales como las ventanas, las columnas, los muros y el arte sagrado— deben reforzar su aspiración celestial. Del mismo modo y más aún, la articulación del cielorraso debe generar el sentido de acercarse a la Jerusalén celestial a través del uso de mosaicos, murales y artesonado, así como incorporando un juego misterioso de la luz natural en la nave de la iglesia.

Consideremos también que los primeros cristianos, antes de la era constantiniana, solemnizaban el Santo Sacrificio de la Misa en lugares ordinarios —probablemente en hogares y algunas veces en las catacumbas— que no tenían formas de enfatizar la verticalidad. Por eso, una vez que Constantino legalizó el culto público cristiano, los cristianos rápidamente adoptaron la forma de la basílica, en donde los espacios eran enfáticamente verticales y conspicuos. No sólo los amplios espacios de estas estructuras permitían simbolizar el elevarse hacia Dios y hacia las cosas celestiales, sino que también representaba la nobleza real, puesto que la basílica era la “casa del rey” en Roma, adaptada correctamente como la Casa del Rey de Reyes.

Es difícil visualizar el tipo de espacios que se crearían si los cielorrasos en iglesias tan grandes como Notre Dame, la basílica de San Pedro o la Hagia Sophia de Constantinopla fuesen bajados a, digamos, 10 pies —o, incluso, a 30 pies—. A pesar de la iconografía y permanencia ejemplar de estas estructuras, quedaría drásticamente cortos —literalmente— como lugares sagrados, como casas de Dios, si las proporciones de sus edificios fuesen reducidos para reflejar un énfasis en lo horizontal más que en lo vertical.

Esta necesidad de enfatizar el alzarse hacia los cielos fue principalmente lo que inspiró a los constructores góticos para desarrollar un sistema estructural que permitiese espacios mucho más amplios. El arquitecto gótico sabía que sin la verticalidad enfatizada, la iglesia es esterilizada, su razón de ser subvertida.

Una iglesia católica debe ser iconografía

El tercer principio requerido es el de la iconografía, que se refiere específicamente al valor como “signo” del edificio.

Primero, la estructura misma debe ser un ícono. Esto se logra principalmente a través de su forma y su relación con el entorno que la rodea, sea urbano o rural. Por ejemplo, el templo no debe quedar oculto sino integrado en el vecindario y el paisaje de modo que su ubicación nos recuerde la importancia y propósito del edificio.

Segundo, el templo digno presenta una iconografía que señala más allá de él mismo. Tomás de Aquino se dio cuenta que la mente del hombre se eleva a la contemplación a través de los objetos materiales. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales (1548), del mismo modo subrayaba la importancia de visualizar el objeto de la meditación: la pintura, la escultura y la arquitectura deben trabajar juntas para producir un efecto unificado.

De este modo, es aquí donde estas obras de arte entran al juego, donde estos objetos materiales tienen efectividad para este fin, al apoyarse sobre el campo del simbolismo religioso. La belleza arquitectónica debe reflejar la creación de Dios —particularmente el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios—. Debe generar un entorno que eleve el alma del hombre desde las cosas seculares hacia la armonía de las celestiales.

El arquitecto Ralph Adams Cram escribió hace más de cien años en su libro Church Building, “el arte ha sido, es y será siempre, la más grande agencia para la impresión espiritual que la Iglesia puede tener”. Es por esta razón, agrega, que el arte es en su manifestación más elevada la expresión de verdades religiosas. Es a través del arte que los cristianos han desarrollado el simbolismo ingenioso que eleva nuestras facultades espirituales hacia Dios.

La tradición iconográfica y simbólica de la cultura católica es amplia y rica. El significado viene dado por cuatro elementos formales, desde las formas geométricas básicas hasta la imaginería figurativa, hasta la representación literal de personas y escenas, como en la escultura o la pintura. Los significados logrados a través de los programas iconográficos de una iglesia son típicamente los de las verdades religiosas o los eventos históricos de significancia religiosa. Son siempre expresiones de la fe católica.

Por ejemplo, los maestros de la contrarreforma católica—inspirados en clérigos como San Ignacio y San Carlos Borromeo—expresaron la fe católica en el mismo nacimiento de su arte mediante altares mayores y sagrarios elaborados, nichos especiales y oratorios laterales dedicados a la Virgen María y a los santos, púlpitos prominentes para la predicación, y la abundancia de arte en los vidrios, esculturas, mosaicos y pinturas, pensadas para enseñar las verdades necesarias para la salvación. La atmósfera generada sobre este modelo es una de misterio religioso donde podemos experimentar un poco del gozo celestial de la Nueva Jerusalén, donde podemos encontrarnos con Cristo de una forma única.

Estas iglesias iconográficas, estos íconos, cuentan la historia de Cristo y su Iglesia. Enseñan, catequizan e ilustran las vidas de las almas santas de la Iglesia. Manifiestan verdades eternas y trascendentes.

Si miramos a Notre Dame una vez más, fácilmente comprendemos cómo un peregrino puede pasar días —incluso, semanas— meditando los misterios que están “encarnados” en la arquitectura de los programas esculturales de la catedral. Un estudioso de la Iglesia puede pasar meses y años reflejando la ingenuidad y la belleza de las verdades católicas reveladas en el arte y la arquitectura de este evangelio de piedra. Los seglares ordinarios también se ven atraídos a la iglesia, a la casa de Dios, atraídos por la iconografía de este edificio medieval, que aún nos habla con claridad hoy en día, más que hace ochocientos años cuando fue construida.

Esto sólo es posible porque la arquitectura tiene la capacidad de dar sentido. Un templo es un “portador de sentido” con la más grande de las responsabilidades simbólicas: debe portar el significado de las verdades eternas que se transmiten a través de su forma material, sus adornos arquitectónicos y sus obras de arte sacro. Estos elementos —de hecho todo el edificio eclesiástico— debe generar un sentimiento de otro mundo que inspira al hombre a adorar a Dios, a humillarse frente a su Creador, a tomar parte de los misterios sagrados y enfocarse en lo eterno. La iconografía es otra forma —tal vez, la forma más directa y eficaz— de lograr una arquitectura trascendente.

Estas tres leyes naturales de la arquitectura eclesiástica—verticalidad, permanencia e iconografía—trascienden las distintas épocas del cristianismo; son cualidades presentes en todas las grandes iglesias verdaderas de la Cristiandad. Son el fundamento, como si dijéramos, sobre el que los buenos arquitectos construyen iglesias que logran convertirse en su propio tiempo y para todas las generaciones en puertas del Cielo y en casas dignas de Dios.

Notre Dame de París
[Fuente: http://www.flickr.com/photos/brooklyn_museum]

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lunes, 28 de junio de 2010

¿De qué profanación estamos hablando?


Mientras que algunos se lamentan por el allanamiento que hizo la justicia belga a la residencia arzobispal y a la cripta de la catedral de Malinas en busca de documentos relativos a más de 400 casos de curas pedófilos, llegando a hablar de persecución a la Iglesia e, incluso, de profanación, la realidad completa no se dice. Abajo traduzco un relato estremecedor e impresionable acerca de la verdadera situación del catolicismo belga y la verdadera profanación (de cuerpos y almas de niños) ocurrida allí desde hace años—con silencios (y complicidades) sobre las que, por ahora, preferimos no especular.

No por puritanismo, sino porque determinadas expresiones vulgares se dicen distinto en los diferentes países y regiones de España y América de donde provienen los visitantes de esta bitácora, preferimos utilizar términos castellanos neutros. Por prudencia legal, omití el dibujo que puede verse en el original y reproduce una de las ilustraciones del catecismo belga para adolescentes.

La caída de la iglesia belga

Hoy en Bélgica la policía allanó la residencia del arzobispo de Malinas-Bruselas y la cripta arzobispal de la catedral de Malinas. Estaban buscando evidencia de encubrimiento en una investigación en proceso acerca de las prácticas de pedofilia difundidas dentro de la iglesia belga en las décadas en que el cardenal Godfried Danneels fue arzobispo. Danneels se retiró en enero de este año.

La policía también confiscó 450 carpetas conteniendo informes de delitos de pedofilia cometidos por el clero, que habían sido sometidos a un comité de investigación establecido dentro de la iglesia para tratar los casos de pedofilia.

Desde que tuvo lugar en abril la revelación de que el buen amigo y colaborador del Cardenal Danneels, Monseñor Roger Vangheluwe, obispo de Brujas, había practicado la pedofilia durante toda su carrera como obispo, e incluso antes, las víctimas creyeron que serían tomadas en serio y comenzaron a llegar las quejas, tanto desde los tribunales como del comité de investigación extrajudicial de la arquidiócesis. El nuevo arzobispo Monseñor André-Joseph Léonard, ha alentado a las víctimas a que lleven sus casos a los tribunales.

Su predecesor, el cardenal progresista Danneels, que era muy popular con la prensa de Bélgica y el exterior, fue arzobispo de Malinas-Bruselas y primado de Bélgica entre 1979 y 2010. La comprensión ante las actitudes y argumentos pedófilos entre los obispos belgas durante este período no era un secreto, especialmente desde 1997 cuando la fiera controversia sobre el texto de catecismo Roeach llegó a los titulares. Los editores de Roeach eran los profesores Jef Bulckens de la Universidad Católica de Lovaina y Frans Lefevre del Seminario de Brujas. El texto contenía un dibujo que mostraba a una beba desnuda que decía: “Tocar mi vagina me hace sentir bien”, “Me gusta sacarme la ropa interior con mis amigos”, “Quiero estar en la habitación cuando mamá y papá tienen sexo”. Los dibujos también mostraba un niño y una niña pequeños “jugando al doctor” y el niño diciendo: “Mira, mi pene está grande”.

Los dibujos también mostraban a tres pares de padres. Aquéllos con la actitud “correcta” decían: “Sí, sentir y tocar esos lugarcitos es muy divertido.” Este “texto de catecismo” se usaba en las clases de catequesis de las escuelas católicas hasta que un día lo descubrí entre los libros escolares de mi hija más grande, entonces con 13 años. El 3 de septiembre de 1997 escribí una carta al Cardenal Danneels diciendo:

“Cuando veo este dibujo y su mensaje, tengo la impresión clara de que este catecismo está diseñado intencionalmente para hacer creer a muchachos de 13 y 14 años que los bebés disfrutan la estimulación genital. De esta forma uno cría pedófilos que sinceramente creen que los niños piensan que lo que les están haciendo es ‘muy divertido’, cuando lo real es lo opuesto.”

Decía al Cardenal Danneels que, aunque yo era miembro del Parlamento por el partido secesionista flamenco Vlaams Blok, me dirigía a él como madre católica “que desea ser fiel a la autoridad papal y que también desea educar a sus hijos de forma católica”. Insistía en que debía prohibir el uso de este libro en las clases de catecismo: “Por esto es que insisto—sí, los días en que uno humildemente pedía se acabaron—que usted prohiba el uso de este ‘libro de catecismo’ en las clases de nuestros hijos.”

Hoy, este caso que tiene 12 años cobra un significado nuevo y ominoso. Especialmente ahora que sé que Mons. Roger Vangheluwe, el obispo de Brujas pedófilo y abusador de niños, era el supervisor de ambas instituciones—la Universidad Católica de Lovaina y el Seminario de Brujas—de donde provenían los editores de este texto de “catecismo” perverso.

Monseñor Vangheluwe no solo se entretenía en ideas pedófilas, sino que las ponía en práctica en su sobrino de 11 años. Cientos de niños que no fueron violados físicamente, sí fueron abusados espiritualmente en sus clases de catecismo.

Tras comenzar mi campaña contra el libro Roeach, muchos padres me contactaron para ser vocera de sus preocupaciones. Aparecieron así otras historias de prácticas similares en el sistema educativo católico. Había escuelas donde a los niños les enseñaban a poner condones en penes artificiales y donde debían ver videos que mostraban técnicas de masturbación y copulación.

Debido a que el Cardenal Danneels se rehusó a responder los requerimientos para poner fin a estas prácticas, yo junto a cientos de padres preocupados nos manifestamos frente a su palacio el 15 de octubre de 1997. Llevábamos pancartas pidiendo “Respeto para los padres y los niños”, y dijimos el rosario. El cardenal Danneels se rehusó a recibir una delegación de los manifestantes. “No me dejo presionar”, dijo a la revista libertina Humo el 21 de octubre de 1997. La puerta del arzobispo siguió cerrada de cuando nos manifestamos nuevamente el 10 de diciembre de 1997.

Cuando nos manifestamos frente al palacio del obispo de Amberes el 19 de noviembre de 1997, Mons. Paul van den Berghe recibió una delegación de madres que incluía a la consejera local del Partido Demócrata Cristiano y a mí. Mons. Van den Berghe, que era el supervisor episcopal para la educación, escuchó a las madres, se emocionó y prometió investigar las clases de educación sexual y catecismo. También anunció su intención en una declaración a la prensa.

Debe haber sido amonestado por sus colegas puesto que el 24 de noviembre, tras la reunión de la Conferencia Episcopal, en un comunicado de prensa a la agencia de noticias Belga, el arzobispo de Amberes anunció que, a pesar de su promesa, no habría investigación. Hoy sabemos que uno de sus colegas presente en la reunión fue el abusador de menores Vangheluwe, lo que hace ese incidente también muy desabrido.

El 18 de febrero de 1998, junto a un grupo de padres, estuve nuevamente frente a la puerta del Card. Danneels. Otra vez la puerta siguió cerrada. Entonces el 18 de marzo de 1998 un grupo de unos 200 padres fuimos ante el Nuncio Papal, embajador del Vaticano, en Bruselas. Pero el Nuncio, que era amigo de Danneels, también se negó a reunirse con nosotros. Por el contrario, había alertado a la policía que dispuso varios cañones de agua a la vuelta de la esquina.

Mientras tanto, los amigos de Danneels en la prensa comenzaron una campaña en nuestra contra. “Colen continúa acosando a los obispos”, fue el titular de la Gazet van Antwerpen. Una noche, Toon Osaer, el vocero de Danneels en ese tiempo, me llamó por teléfono para decirme que como católica yo debía “ser obediente” a los obispos. En Humo, Danneels insinuó que yo estaba “dirigiendo mi campaña electoral”.

El 5 de enero de 1998 el diario Het Volk entrevistó a Patrick Vanhaelemeesch, profesor de catecismo de la diócesis de Brujas y uno de los autores de Roeach. Dio algunos detalles acerca de la ilustración sobre bebés que se masturban en el catecismo. Dijo que la ilustración tenía la intención de dar el mensaje de que “los bebés experimentan la lujuria sexual”. Vanhaelemeesch reveló que el comité de los obispos había mencionado dicha ilustración en un informe evaluatorio del texto del catecismo. El informe decía: “La presentación de actitudes pedagógicas sexuales es considerada ridícula por los alumnos en las encuestas.” De acuerdo con Vanhaelemeesch esta crítica “indica que los obispos no tenían ninguna objeción al mensaje subyacente [esto es que los bebés experimentan lujuria sexual], sino que temía que los alumnos no los tomaran seriamente”.

Cuando hube agotado todas las posibilidades y era claro que la iglesia belga no quería escuchar a los padres, decidí romper todo lazo con el sistema educativo católico. Saqué de la escuela a mis cinco hijos y organicé con otros padres una escuela familiar, de modo que nuestros hijos fuesen educados en un ambiente católico.

Envié una carta a todos los cardenales del mundo para informarles acerca de los contenidos del libro escolar Roeach. “Por favor, tenga por seguro que este Dicasterio prestará debida consideración a su informe”, respondió Mons. Clemens, secretario personal del Cardenal Ratzinger, de la Congregación para la Doctrina de la Fe; el Cardenal Gagnon de Roma dijo que apreciaba “la justa batalla que están llevando a cabo”; “el asunto que ustedes han manifestado es muy importante”, nos escribió desde Roma el Cardenal Arinze.

Recibí cartas de apoyo de cardenales de todas partes del mundo. “Comparto su preocupación. Es importante que no abandonen la causa”, escribió el Cardenal Meisner de Colonia; “tienen bastantes razones para estar preocupados”, escribió el Card. Wamala de Uganda; “me siento persuadido a escribir al Cardenal Danneels en la esperanza de que me ilustre”, escribió el Cardenal Vidal de las Filipinas; “si tengo oportunidad de discutir con el Cardenal Danneels el asunto que ustedes traen a mi consideración, lo haré”, escribió el Cardenal Williams de Nueva Zelanda; “intentaré hacer algo para ayudarles”, escribió el Cardenal López Rodríguez de Santo Domingo; “estoy al tanto de que vuestras preocupaciones han sido presentadas al Cardenal Laghi, prefecto de la Congregación para la Educación Católica”, escribió el Cardenal O’Connor de Nueva York.

El 27 de febrero de 2010 el diario De Standaard dijo que estas cartas “mejoraron la percepción de Roma acerca de la falta de liderazgo eclesial en Bélgica”. De ahí que el progresista Dannels fuese reemplazado por Mons. Léonard. Roma considera que él podrá restaurar la Iglesia en Bélgica. Comparto esta esperanza. Sin embargo, es una pena de que haya demorado tanto tiempo. El daño causado ha sido más grande de lo que nadie pudo haber imaginado.

Comentario en la bitácora Rorate Caeli: “César es el instrumento de una justicia que la jerarquía en Bélgica (y en Roma, al menos durante el último pontificado) negó sin cesar a los niños y los padres. Incontables cuerpos y millones de almas sufrieron abuso. Que Danneels, Vangheluwe y sus colaboradores sean llevados ante la justicia en este mundo—y que Dios tenga piedad de sus almas”.





(pionera en las denuncias de la "mafia lavanda" cuando no estaba de moda).

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jueves, 23 de abril de 2009

Con Dios en Rusia

Joseph P. Bonchonsky
Columnista invitado
New Oxford Review
Noviembre de 2007

Joseph P. Bonchonsky es Presidente del Centro de Investigación Bizantino-Católico de los Estados Unidos en Mount Shasta (Estado de California), y autor de The Other Catholics, Obedient and Faithful.
El viaje de 23 años del sacerdote estadounidense Walter Ciszek, S.J., por la Unión Soviética es un ejemplo clásico del esfuerzo de los jesuitas que respondieron al llamado del Papa Pío XI de ir en ayuda de los ortodoxos rusos en los ’30. Los soviéticos habían reducido el sacerdocio ortodoxo ruso de 57.000 en 1917 a 5000 en 1939. Un total de 146.000 religiosos (sacerdotes, monjes, diáconos y monjas) habían sido reducidos a 15.500 tras el paso por el archipiélago gulag. Las muertes de decenas de millones de ortodoxos rusos obedientes y fieles es un sacrificio más de las iglesias apostólicas particulares de Cristo.

Pío XI estableció el Russicum, el Colegio Pontificio Ruso, en Roma con el propósito de preparar a los jesuitas que irían a ayudar a Rusia. Les respuesta fue tremenda en cuanto vinieron jesuitas de Inglaterra, Bélgica, Francia, los Estados Unidos, etc. para entrenarse en el Russicum. Entre las nuevas vocaciones estaba Walter Ciszek.

Nacido en Shenandoah (Estado de Pennsylvania), en 1904, el P. Ciszek fue el único jesuita estadounidense que respondió al llamado de Pío XII y que regresó vivo de la Unión Soviética. Estuvo prisionero por casi 23 años —cinco en la infame prisión de Lubianka en Moscú y diez en un archipiélago gulag más al norte en Siberia. Unos ocho años adicionales lo econtraron al P. Ciszek restringido por el comunismo ateo a las ciudades de Norilsk, Dudinka, Krasnoyarsk y Abakan. El viaje del P. Ciszek puede leers en dos libros “With God in Russia” y “He Leadeth Me”; el primero (Con Dios en Rusia) detalla su primera travesía y posterior viaje espiritual. Los viajes del P. Ciszek son, ellos mismos, la historia de lo que un hombre hizo para asistir a miles de ortodoxos rusos en las horas más oscuras. Doce años después de la muerte en 1984 del P. Ciszek, se enviaron a Roma los papeles de la causa de canonización. Esos documentos habían sido preparados por la Universidad de Scranton y los monasterios carmelitas bizantinos de Sugarloaf y Shenandoah. Tuve el honor de hospedar al P. Ciszek durante una gira de 30 conferencias por el sur de California en 1964, dos años después de que el presidente John F. Kennedy intercambiara a un espía soviético por el P. Ciszek. Se hizo evidente porqué su causa de canonización ha alcanzado Roma.

El P. Ciszek es un ejemplo heroico del acto fraternal que la Iglesia Romana extendió hacia la Iglesia Ortodoxa. La Iglesia Ortodoxa Rusa, en menos de 800 años, se convirtió en la más grande iglesia ortodoxa del mundo. Sus 54.000 iglesias, 550 monasterios, 450 conventos, 61 seminarios y 41.000 escuelas religiosas ilustran la profundidad y aspiraciones de la Fe en la Madre Rusia antes de la revolución comunista atea. Que menos de 500 comunistas fanáticos tuvieran éxito en subvertir toda una nación profundamente cristiana, es una lección para recordar. Décadas de pobreza, desempleo, diferencias de clase y conducción nacional mal dirigida convirtieron a la nación en una fácil presa de la revolución. La historia de la Rusia del siglo XX es el estudio de todas las naciones que se posicionan por la tiranía.

El gesto de Pío XI de enviar su pelotón de marines, los jesuitas, a Rusia en los ’30 para ayudar a la Iglesia Ortodoxa Rusa a sobrevivir en su hora de mayor necesidad es significativo porque estos valerosos soldados modernos de Cristo sólo tenían un objetivo: ayudar a sus hermanos cristianos. Aunque haya sido un pequeño pelotón de sacerdotes, el gesto es invalorable.

En 1945 los soviéticos comenzaron oficialmente a poner fin a la Iglesia Bizantina Católica de Rusyn en Checoslovaquia. Los sacerdotes católicos fueron asesinados, incluyen el obispo Theodore G. Romzha que, contradiciendo las órdenes soviéticas de 1945, continuó dirigiendo y sirviendo abiertamente a su gente. Los archivos secretos de Nikita Khrushchev revelan que él personalmente ordenó el envenenamiento de este valiente líder religioso de los bizantinos católicos de Rusyn. Los obispos bizantinos católicos de Rusyn, Theodore G. Romzha, Vasil Hopko y Pavel P. Gojdich fueron declarados mártires y beatificados el 27 de junio de 2001 por el papa Juan Pablo II. Los restantes sacerdotes bizantinos católicos de Rusyn obedientes y fieles tuvieron que exiliarse. Algunos se mantuvieron activos en la clandestinidad, pero muy pocos sobrevivieron para atestiguar una de las reconstrucciones más importante de los tiempos modernos unas décadas después.

Los bizantinos católicos de Rusyn son conocidos como rutenos por la Iglesia Católica y son una de las nueve iglesias católicas bizantinas sui iuris (autárquicas) de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. Los soviéticos transfirieron los edificios de la Iglesia Bizantina Católica de Rusyn a la Iglesia Ortodoxa local y el edificio del histórico seminario de Uzhorod (hoy en Podkarpatska Rus Oblast, Ucrania) fue convertido en una depósito. Hoy, en Eslovaquia, casi todas las parroquias se han recuperado, los seminarios reconstruidos están llenos y cada parroquia tiene al menos un sacerdote. De hecho, por cada seminarista en Presov, Eslovaquia (y en Uzhorod, Ucrania), hay dos candidatos esperando a ser admitidos.

Hoy, la Iglesia Ortodoxa Rusa también está atravesando por un período de renacimiento. Los edificios eclesiásticos están siendo restaurados y los seminarios, monasterios, conventos y escuelas religiosas aumentan su número constantemente. Los sacerdotes diocesanos son ordenados en grandes cantidades. La tragedia es que los rusos han perdido más de tres generaciones (70 años) de enseñanza cristiana y el camino está cruzado de obstáculos pesados—pobreza, empleo en negro, codicia empresarial e importantes diferencias de clase entre los ricos y los pobres. La vida en la Rusia de hoy está llena del aura anterior a 1917.

La esperanza real de la Madre Rusia está en la Iglesia Ortodoxa Rusa y su capacidad de enseñanza. Todo acto concebible de asistencia a la Iglesia Ortodoxa es un deber. La Iglesia Ortodoxa Rusa alcanza a las iglesias rusas de la diáspora, cuyos miembros se cuentan en millones y continúan con una fuerte alianza con las otras iglesias ortodoxas. El futuro de la Iglesia Ortodoxa Rusa es brillante en cuanto las alianzas actuales son una oportunidad de crecimiento.

Desafortunadamente, la Iglesia Católica Romana no está en posición de proveer asistencia material, amenazada como está por la falta de sacerdotes, los déficits financieros (tal como los cientos de millones de dólares perdidos en las casos de pedofilia), la tendencia decreciente de la Europa católica, etc. Muchas de las otras iglesias ortodoxas están con demasiadas dificultades financieras como para asistir. Adicionalmente, las iglesias no apostólicas invaden Rusia con ofertas de apoyo, aunque poseen sus propios planes. El cristianismo dividido es un cristianismo débil.

El principal apoyo que las otras iglesias ortodoxas y la Iglesia Romana pueden ofrecer es una alianza. Una alianza entre Roma y Constantinopla proporciona el potencial para un crecimiento mundial en fuerza que se oponga a todas las opresiones, especialmente en Medio Oriente.

Actualmente, la falta de una alianza mundial de la Iglesia es la causa raigal de la incapacidad para oponerse con fuerza a los males del hombre. La fuerza en los números es el garrote que advertiría a otros que busquen oprimir a sus fieles por la fuerza. Los católicos y ortodoxos, divididos por un milenio, han visto en ese tiempo una oposición creciente y de fanatismos variados. La fuerza de nuestra Fe cristiana es la capacidad de ser obediente y fiel para rezar juntos y cooperar entre nosotros para oponernos al mal.

La Iglesia Ortodoxa Rusa, como la más grande de las iglesias ortodoxas, está posicionada como para ser instrumental en la alianza entre los romanos y los ortodoxos. Su existencia obediente y fiel es un verdadero ejemplo heroico del seguimiento de las instrucciones de Cristo. La Madre Rusia es un vasto espacio de tierra con un desafío de increíbles proporciones, y la Iglesia Ortodoxa Rusa proveerá la fuerza y la voluntad para reconvertir la nación.

Las otras iglesias ortodoxas y la Iglesia Romana de alguna forma deben asistir a la Iglesia Ortodoxa Rusa en sus desafíos. Roma y Constantinopla están ambas al tanto de la importancia significativa de la Iglesia Ortodoxa Rusa y apoyan pacientemente la renovación desde las profundidades de la crueldad arrojada sobre Rusia por los comunistas ateos. Rusia es fuerte debido a su Iglesia Ortodoxa, y allí subyace el futuro de la Madre Rusia. Un pueblo con una gran historia de supervivencia y un pueblo con una increíble potencial voluntad de influencia al mundo por medio de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

FINIS




Bellísimo iconostasio de la
Catedral Católica de Rito Bizantino en Uzhorod (Ucrania).
[Fuente: fotos en Flickr de Grkat.net]

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