Mostrando las entradas con la etiqueta Neocons. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Neocons. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de noviembre de 2011

«Una bella squadra»

Recuerdo hace unos cuantos años leer en The Economist un curioso artículo donde el sorprendido autor anónimo —anonimato riguroso en casi todos los artículos de dicha prestigiosa publicación inglesa— que hablaba de un economista y banquero italiano, bastante respetado en el establishment, que se había hecho presente en un congreso católico para exponer sobre algún tema teológico. Ese economista y banquero “católico” no era otro que Mario Monti, el recientemente nombrado como Presidente del Consejo de Ministros de la República Italiana.

Monti tiene fama de técnico y apolítico, habiendo sido, además de asesor europeo de la financiera tristemente célebre Goldman Sachs, funcionario de gobiernos italianos y europeos de muy distinto signo partidario. Y el equipo que ha nombrado para acompañarlo, comparte en mayor o menor medida estas mismas características. Es el regreso de los tecnócratas.

Parece ser que el término tecnocracia (de tékhne [τέχνη] —arte, oficio, habilidad— y krátos [κράτος] —poder, fuerza, dominio—) fue acuñado en California por un ingeniero estadounidense en 1919 como forma de lograr la “democracia industrial” en las empresas, mediante el uso de los métodos de las ciencias positivas y la ingeniería. Recién a comienzos de los ’30, se comienza a aplicar el término en la política.

Comte de Saint-Simon 


Un siglo antes, el conde de Saint-Simon, Claude Henri de Rouvroy, abogaba por un gobierno de industriales —los que hacen— y científicos —los que saben—, y profetizaba “el gobierno de los charlatanes está llegando a su fin, el gobierno de los que hacen no tardará en hacerse presente”.

Los callejones sin salida que se presentan como únicas opciones en la presente y duradera crisis económica del hemisferio norte en general, pero muy particularmente en Europa, han reflotado la idea de entregarse “a los que saben”, para que ellos gobiernen y nos lleven a buen puerto. Lo llamativo es que esta idea también ha sido promovida desde instancias vaticanas, pero ya volveremos sobre ello.

Primero fue en Grecia, donde el presidente del banco central Papedemos se quedó con el cargo de primer ministro. Y luego tocó el turno a Italia, donde han aterrizado los que la gente ya llama “banqueros del Vaticano”.

Y es que, lamentablemente, algo de eso hay.

En un comunicado, la agencia de los obispos italianos, SIR, se congratulaba del “currículum impecable” del nuevo gabinete, la presencia de representantes de los “más tradicionales cuerpos del Estado” (un prefecto, un embajador y un almirante), funcionarios de carrera y profesores… “entre quienes se destacan exponentes del vasto mundo católico”, nombrando por su nombre a Lorenzo Ornaghi (rector de la Univ. Católica, ahora ministro de Cultura), Andrea Riccardi (fundador de la Comunità di Sant’Egidio, ahora en Relaciones Exteriores) y Renato Balduzzi (ex presidente del MEIC, ex “Laureati Cattolici”, ahora en Salud). [Nótese, al margen, el infumable clericalismo del comunicado que desconoce como “exponentes del vasto mundo católico” a otros ministros como Francesco Profumo (de Educación), Paola Severino (de Justicia) y Piero Gnudi (de Turismo)… porque, a pesar de ser católicos practicantes, no son dirigentes de movimientos ni “funcionarios” episcopales.]

También el periódico de los obispos, Avvenire, colmaba de elogios a Monti, “honra de Italia en los cargos públicos ejercidos en el país y el extranjero, y [capaz de] representar un punto de referencia tan transversal como limpio”.


Es que Il Messaggero ha confirmado que el elenco de ministros le ha sido sugerido a Monti “personalmente por el cardenal Angelo Bagnasco”, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana y hombre de confianza de Benedicto XVI. Y, por su parte, el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de la Santa Sede, ha comentado a los medios que el nuevo gabinete es “un lindo equipo al cual auguro un buen trabajo”.

Pero ya comienzan a sentirse quejas contra este nuevo gobierno demasiado “norteño” y, lo que es peor visto, “bancario”, demasiado ligado a la tan cuestionada casa Goldman Sachs. Por otro lado, cuando Italia debería cuestionarse seriamente su participación en la U. E., Monti un burócrata estará difícilmente dispuesto a dejar de lado aquel proyecto utópico en el que invirtió tantos años de su vida.

Aún no ha pasado un mes y ya la indignación crece. Se habla de “golpe de Estado”, de “gobierno de los banqueros”, de un ajuste que ya se vislumbra durísimo… y donde nadie piensa que serán justamente los que impulsaron esta crisis —los bancos— los que terminarán pagando los platos rotos.

La historia demuestra que las tecnocracias terminan mal, tarde o temprano. Ya sea por su fracaso, ya por su falta de apoyo político.

Lo lamentable es que la Iglesia quedará pegada. Espero que Su Santidad esté investigando las comodidades de las cuevas palestinas para cuando los indignados italianos le prendan fuego al Vaticano.

«Una bella squadra» (Bertone).
--> Leer...

miércoles, 9 de marzo de 2011

Correo recibido: Cuando un moralista escribe a pedido sobre lo que no sabe

En el año de 1985 el profesor de la Universidad de Bonn, Günther Jakobs, introdujo el concepto de derecho penal del enemigo (Feindstrafrecht).
El derecho penal es el conjunto de normas jurídicas que regulan la potestad punitiva, asociando a hechos, determinados por la ley, una pena, medida de seguridad o corrección como consecuencia. 
A partir del aporte de Carl Schnitt, se entiende por enemigo (político) a un grupo humano que se opone abiertamente o hace peligrar públicamente a otro grupo. 
El denominado derecho penal del enemigo se caracteriza por aplicar al grupo enemigo una sanción desproporcionada y por relativizar los derechos y garantías de justa defensa que tiene todo acusado. Es usual que este derecho penal venga acompañado de una política de discurso populachero (völkisch), que alimenta y resalta los peores prejuicios, para estimular públicamente la identificación y el ataque alevoso al enemigo de turno. 
D. José María Iraburu, la entrada en su blog referida a los “filo-lefebvrianos”
http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1103051053-126-filo-lefebvrianos-i#comments, ha identificado al grupo enemigo de turno. A partir de su concepto de “filo-lefebvriano”, deliberadamente oscuro, y con un matiz despectivo, ha señalado la presa a sus perros de caza. Y así ha logrado reforzar la cohesión de su grupo (los llama: “infocatólicos”) por medio del menosprecio de otros colectivos (los designa: “lefebvrianos” y “filo-lefebvrianos”).
Luego de identificar al grupo enemigo, mediante el discurso populachero, se ha dedicado a estimular el linchamiento del principal grupo hostil. Y para eso ha contado con la cooperación activa del director del portal, Luis Fernando Pérez y de José Miguel Arráiz. El primero, ha colaborado con la censura sistemática de los objetores más lúcidos, mientras ha dejado expresarse con gran libertad a los más exaltados y menos inteligentes, para reforzar así los peores prejuicios; y el segundo, ha completado la faena, dando rienda suelta a la calumnia colectiva, y al matonismo bolivariano que lo caracteriza. 
Es digno de elogio, frente a tanta estupidez infocatolica, la nobleza y el coraje del P. Angel David Martín Rubio,
que ha dado derecho a réplica a uno de sus lectores refrendando su opinión.
Un Curiacio.

Nota desde la Roca del Grifo: Si bien podemos estar más o menos de acuerdo con algún postulado del artículo del P. Iraburu, nos parece que se hace una generalización totalmente injusta. Por otro lado, la lógica de este reputado moralista, al meterse en un terreno que claramente no conoce, queda en evidencia en los comentarios cuando, tras recibir objeciones de tenor de comentaristas como "Martin Ellingham", no le queda más que recurrir a un argumento de autoridad, sacando de contexto opiniones de Juan Pablo II o Benedicto XVI para apoyar las propias.

Varias veces me he topado con el lefebvrismo como ideología, pero en cuanto a Mons. Lefebvre, debo decir en su beneficio que, habiendo requerido en numerosas oportunidades que se le someta a juicio canónico o, al menos, a una disputa teológica pública, nadie le hizo caso y, con el mayor desprecio, se lo castigó con total dureza.

Las similitudes con otros casos de la historia, algunos de ellos de verdaderos santos, son más que evidentes y dan por tierra con argumentos de autoridad como los utilizados por el P. Iraburu en los comentarios de dicho artículo en el portal Infocatólica.

Si vamos a utilizar argumentos de autoridad, hablemos de Teología y con el método de la Teología. Si vamos a hablar de cánones, discutamos Derecho Canónico y analicemos el caso con el método propio de esta rama del Derecho. Pero si vamos a hablar desde la Etica, utilicemos el método de la Etica. Sino, es hacer trampa.


--> Leer...

miércoles, 26 de enero de 2011

Suspender el juicio... indefinidamente

En estos días, el amigo Wanderer anda “wandereando” alrededor del concepto del neo-conservadurismo eclesial, de la mano de Ludovicus y otros comentaristas habituales. A no perderse las entregas I, II y III. Para profundizar un poco más, podemos leer (o releer) los interesantes ensayitos de Jack Tollers sobre las “sectas católicas”: De sectis I (stricto sensu), De sectis II (lato sensu), De gaudio in sectis, Carta a un camarada (tentado por el Opus), Carta a un amigo (cooptado por otra secta).

Una de estas sectas neocon es la de nuestros viejos conocidos kukuses que, sin perder sus particularidades (la grosería, el matonismo, etc.), comparten las notas esenciales que muy bien se han definido en estos trabajos y sintéticamente en “El decálogo del zombi católico”.

Dicen que como muestra basta un botón pues, bueno, he aquí la demostración de cómo “el zombi católico adhiere en forma incondicional e irreflexiva a todo lo que dice o mande… el líder del movimiento que integra”.

Es un poco largo, pero vale la pena. Por favor, lean este texto acerca de El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien.

EL «HOMBRE PEREGRINO» DE TOLKIEN

Si los hasta ahora desafortunados esfuerzos de nuestros aprendices de antropólogos llegasen algún día a la suspirada meta de encontrar el «eslabón perdido» de nuestra raza, yo no me extrañaría al escuchar el estruendoso anuncio del hallazgo de un montón de huesos ordenadamente enterrados junto... a un bordón de peregrino.

El hombre es un extraño en este mundo, aunque sea su mundo. En el hogar que ha construido con sus manos es un mendigo que pide alojamiento por una noche. Es un huesped en su propia casa.

Siempre me ha desconcertado el que todas las grandes historias de los hombres sean historias de odiseas; viajes con destinos inciertos o al menos por caminos dignos de recelo. Apenas dos capítulos después de comenzar el Libro de los Libros, se nos describe a nuestros primeros padres emigrando del Paraíso perdido. Vagabundea Caín por el mundo y Abram se hace caminante por voluntad divina. El viaje marítimo de Noé es el más antiguo aliento que podría haber encontrado Colón para animarse a su empresa. Peregrina el pueblo elegido. Peregrina la Iglesia, como escribe Agustín, entre las persecusiones del mundo y los consuelos de Dios. Peregrino es Gilgamesh; también Ulises, Eneas, Colón; los misteriosos personajes de las leyendas del holandés y del judío errantes. Viajero es Dante por los reinos de ultratumba, y trotamundos es Don Alonso Quijano, el loco, por las gastadas tierras de España.

Confieso que comencé a leer El Señor de los anillos con cierta desconfianza. ¿Por qué tantos -y tan extraños- personajes lo leen con avidez? ¿Por qué hombres de inteligencias trasnochadas se entusiasman con la trilogía de Tolkien? ¿No habrá en ella algo que condiga con sus gustos morbosos por lo oculto y esotérico? ¿Será un exponente más de oníricos fantasmas de nuestro tiempo? Pero, por otra parte, ¿cómo podría ser así la obra máxima de quien ha confesado: «debo estar agradecido principalmente al hecho de haber sido formado en una fe que me ha alimentado y que me ha enseñado todo lo que sé»? Y Tolkien hablaba de la fe que recibió de su madre heróica, de la fe católica por quien su madre no titubeó en abrazar la estrechez y la miseria: «murió joven -escribía con orgullo su hijo- debido en buena parte a las incomodidades y privaciones de la pobreza resultante de su conversión». Entonces algo debía interpretarse de otro modo.

Sólo después de leer por entero los tres libros de la epopeya del Anillo relacioné El Señor de los Anillos con aquel atractivo irresistible que, como decía más arriba, los hombres -buenos y malos- sienten por los peregrinajes épicos. Reflexionando entendí que si éste es -como alguno pretende- el poema épico más grande de este siglo, lo es por ser el romance de un pequeño peregrino que desafió las muelas del Infierno.

Un «cuento de hadas a gran escala», lo definió su autor. En realidad, el cuento del hobbit Frodo es la historia del hombre. La historia del hombre inconsciente del Drama Misterioso que constituye el entorno de toda vida terrena, y que de pronto es vocado a protagonizar una epopeya que supera infinitamente sus fuerzas.

Frodo, constituido portador del «anillo», encargado de desafiar el pavoroso poder de Sauron para introducirse en el impenetrable corazón de Mordor y arrojar el anillo en las ardientes calderas de la Montaña del Destino, es, definitivamente, figura del hombre. El lleva atado a su cuello el «anillo», como cada hijo de Adán carga con su herencia de pecado y su filiación de ira (cf. Ef 2,3). En su interior su libertad lucha un dramático combate, ante el cual las pavorosas incursiones de los orcos, de los espectros, de los nazgûl y los balrogs, son sólo escaramuzas y sonido de huecas trompetas: éstos amenazan la vida, en cambio, en el alma de Frodo se arriesga la pervivencia del bien y del ser.

El «Anillo» da poder, pero al mismo tiempo esclaviza, oscurece y deforma. «¡No me tientes!», grita Gandalf cuando Frodo le ofrece guardarlo. «¡No me tientes! Pues no quiero convertirme en algo semejante al Señor Oscuro. No me atrevo a tomarlo, ni siquiera para esconderlo...». A través del Anillo se recrea algo similar a las tentaciones que Cristo padece en el desierto. Es tentación de poder, de dominio, de ser dios sin Dios, de hacer del mundo y de los hombres un feudo personal. El Anillo no tienta con placeres, delicias o caprichos, sino con poder y conocimiento. El dramático final en que Frodo, agotado por la tensión sobrehumana a que ha estado sometido a lo largo de su larga aventura, se niega -en una arranque de locura- a destruir el Anillo, muestra precisamente el poder diabólico que éste encierra y que llega casi al punto de conseguir anular el sacrificio del héroe.

El anillo tiene «voluntad» propia y misteriosa. O mejor, es la voluntad de Sauron, el Señor de las Tinieblas, que actúa desde el anillo, tentando a Frodo, buscando asociárlo a su empresa, obnubilándolo, y tentando arrastrarlo hacia las manos del Amo de los Espectros. La salvación de cuanto queda de belleza, cuanto hay de ser, de armonía y de bien sobre el mundo dependen de Frodo, de su resistencia a la voluntad del anillo, de su desafío a las iras sangrientas de Mordor; depende de que destruya el «poder» en las fraguas de Las Grietas del Destino; pero esto exige una lucha moral, una «agonía» en algún sentido «mística». Y para eso Frodo se siente desamparado. Es decir, su libertad por un lado se sabe acompañada y protegida; por otro parece saborear la más amarga soledad. Gandalf el Gris vela sobre él casi al modo en que la gracia lo hace sobre el cristiano («No olvides que puedes contar siempre conmigo... Te ayudaré a soportar esta carga todo el tiempo que sea necesario»); Sam Ganyi lo acompaña como su conciencia irreprochable y su «buensentido», y de algún modo es la otra parte de Frodo: él le dice lo que Frodo en el fondo escucha en su propia conciencia, lo anima con optimismo a hacer lo que su propio corazón le está insinuando con sonidos casi imperceptibles por la agonía. Pero de todos modos, su libertad no puede renunciar a sentir sobre sí, como un monte que lo aplasta, el peso grueso del combate.

Creo que el talento de Tolkien radica en su enorme capacidad de enseñarnos filosofía y teología sin hacérnoslo notar. Copioso es el número de quienes jamás han trascendido las epidérmicas interpretaciones de la Trilogía. Para muchos Tolkien es el máximo exponente de la literatura fantástica contemporánea. Pero pocos han comprendido que el Drama del Anillo es una fábula, o mejor una parábola. Al oído fino, en cambio, Tolkien habla profundamente de la belleza y el dolor, de la verdad y la conciencia, del mal y del bien, del hombre peregrino de su existencia, de la heroicidad y la lealtad, y, por sobre todo, del hombre envuelto en la poesía y el misterio, portador de una vocación irrenunciable, y sobre quien Dios gusta hacer sentir el peso de su llamado, como si de sus solos actos, aunque efímeros, dependiese paradójicamente el destino del Universo.

Es una parábola del homo viator. Una alegoría donde se describe ese status viatoris que es uno de los conceptos fundamentales de la teoría cristiana de la vida. Tolkien parece haber llegado al concepto raigal del ser creatural: su estado de no-plenitud unido al encaminamiento hacia la plenitud, como lo describía Pieper. Siendo el hombre un ser en movimiento, El Señor de los Anillos se despliega como la gran parábola de la transformación interior del hombre, y también de las tentaciones de abortar esta tranfiguración: con aquello que alguien denominó la anticipación de la no-plenitud (la desesperación), y la falaz anticipación de la plenitud (la presunción). Frodo Bolson, probado como el oro en el crisol, se va transformando; y lo hace por la fidelidad a las cosas verdaderamente grandes de la vida, por aquellas por las que juzga lógico su sufrimiento y su presumible muerte: su hogar, su campo en flor, los bosques de su tierra, los cantos y los poemas recitados junto al fuego de la chimenea, sus tradiciones, sus amigos, la lealtad, la libertad o, simplemente, el agua que corre límpida por el Molino de Shire. Es el hombre que se tranfigura a través de la paradójica convicción que de hallará la victoria en el naufragio, y en la certeza de que combate una Lucha que no se reduce a los horizontes huidizos que puede alcanzar con su vista vacilante. Frodo, con un proceso casi imperceptible, madura en la fragua purificadora de la tentación, del despojo total, de la persecusión y del dolor. En Shire su corazón es un corazón lleno de justicia; en Mordor (tras experimentar la debilidad y el abatimiento) es un corazón henchido de compasión propenso a la misericordia y al perdón.

Si sólo tomasemos la primera y la última parte de esta historia, tendríamos razón en pensar que el insignificante hobbit que parte titubeante y asustado de Shire, no puede ser el mismo personaje que enfrenta -agonizando- la última pendiente de la Meseta de Gorgoroth («Has crecido Mediano -le dice amargo Saruman-. Sí, has crecido mucho»). Y sin embargo lo es; y nadie puede acusar a la pluma de Tolkien de suplantar el personaje. Tolkien -a decir verdad- logró templar con pulcritud, con paciencia y con suavidad (con mano de madre) el carácter de su héroe, hasta hacer de él -sin cambios bruscos, con una maduración psicológicamente normal y admisible- el gigante espiritual de la última batalla. Si no fuese por su maestría, Tolkien -en rigor de argumento- hubiera debido hacer del postrer Frodo o un necio que teme la muerte y huye, o un loco que la busca en su desesperación; hizo, en cambio, un sabio que la espera, porque espera algo después de ella. Por eso vuelvo a decirlo, pienso que esta historia es la parábola del itinerario espiritual, interior, de todo ser humano, peregrino, viador, desterrado y navegante sobre las aguas de este mundo.

Alguno ha considerado extraño que en todo El Señor de los Anillos nunca se mencione a Dios. Es verdad, no se habla de Dios, tal vez porque Dios es allí omnipresente. Parece una paradoja chestertoniana, y en cierto sentido lo es. Dios está presente en la placidez en la sencilla rusticidad de Shire, la tierra de los hobbits, cuya descripción es el homenaje que rinde Tolkien a la campiña inglesa de su infancia; está presente en la belleza angélica de los elfos, en la dulzura paradisíaca de los bosques de Lothlorien. Está presente en la fuerza que mueve a Frodo a la herocidad, al martirio, al sacrificio de su vida; en la entereza que demuestra afrontando una misión imposible e impensable, consciente de su endeblez e impotencia; presente en esa fuerza indoblegable que brota siempre de su alma en las situaciones límites, mostrando que hay algo superior a él, que lo trasciende y que actúa en él. Pero Dios también está presente en Mordor. La descripción de la tierra de las tinieblas, de la desnudez y la muerte -en cuya pintura Tolkien reproduce la angustia y desolación que contempló en los campos humeantes y sembrados de cadáveres de la Europa destrozada por la primera Guerra mundial- asombra por su vigor. El mal es presentado en El Señor de los anillos con una fuerza tal que uno teme estar pronunciando una blasfemia maniquea. Uno está ante una «fuerza espantosa», como tituló Lewis uno de sus libros. Una Energía que todo lo invade, todo lo ve, todo lo toca, todo lo domina... Pero sin embargo, en eso mismo Tolkien quiere mostrar su nihilidad: todo lo gobierna, todo lo espía, todo lo esclaviza, todo lo diseca, todo lo ensombrece, pero no puede detener aquella pequeña libertad que niega rendírsele. No en vano cuando los últimos defensores de la belleza del ser han ya aceptado la realidad de una muerte segura peleando sin esperanza ante las puertas inconquistables de Mordor, cuando el poder tenebroso no tiene más que apretar el pie con que está aplastando los últimos fulgores del Bien que caen como el Sol crepuscular, precisamente entonces la tierra de Cromallen se estremece bajo los pies de los combatientes, las Torres de la Puerta Negra vacilan y se desmoronan y se escucha el grito: «¡El reino de Sauron ha sucumbido! ¡El Portador del Anillo ha cumplido su Misión!». El anillo ha caído en las Profundidades de Orodruin, y las tinieblas morales se quiebran como mueren, sangrando, las sombras de la noche cada amanecer. Dios está presente porque el Drama de Tolkien, entendido como la lucha entre el reino de Mordor y del hobbit Frodo, no tiene sentido. Mordor no puede lograr su designio porque hay algo que es más fuerte que él y también más fuerte que Frodo, que actúa sin que se vea, y que está esperando que el Señor Oscuro se empine sobre las puntas de sus pies para derrivarlo con el aliento de su boca.

He comparado a Frodo Bolson con los grandes peregrinos épicos, con Eneas, con Ulises, con Don Quijote. Pero hay en él algo que los distancia: su historia -como la del hombre- no termina -no puede- en esta vida. La historia de Frodo no concluye volviendo a la Comarca; sólo se detendrá allí un tiempo, para luego volver a partir. Su retorno y estadía en Shire, en la paz y el orden, están signados por la nostalgia. «¿Qué le pasa, señor Frodo? -dijo Sam. Estoy herido -respondió él-, herido; nunca curaré del todo». La historia de Frodo termina embarcándose nuevamente, con Elrond, Galadriel, los Elfos de la Alta estirpe, Bilbo, Gandalf... todos los portadores de los anillos. Todos saben que el deseo despertado en sus corazones por el Anillo estaba mal... pedírlo al Anillo, pero sólo era la desviación de un deseo verdadero: sus corazones no erraban en desear sino en lo que deseaban. Con la destrucción del Anillo han rectificado el cosmos y sus almas, pero no han saciado lo que éstas pedían bien y buscaban mal. Por eso están heridos, tienen nostalgia, morriña, anhelo de Algo que está más allá. Y tienen necesidad de volver a partir; esta vez definitivamente porque saben el camino. Parten de la Tierra Media, desde los Puertos Grises, y desde allí navegan allende el Mar, rumbo al Oeste, hasta que «por fin en una noche de lluvia Frodo sintió en el aire una fragancia y oyó cantos que llegaban sobre las aguas; y le pareció que, como en el sueño que había tenido en la casa de Tom Bombadil, la cortina de lluvia gris se transformaba en plata y cristal, y que el velo se abría y ante él aparecían unas playas blancas, y más allá un país lejano y verde a la luz de un rápido amanecer».

«La historia eucatastrófica -escribió Tolkien en un vigoroso ensayo- es la esencia del cuento de hadas, y su principal función». Eucatástrofe, es decir, final feliz. Los cuentos de hadas están para que terminen bien. Como El Señor de los Anillos; como la historia del hombre que peregrina sobre este mundo, cargado con su naturaleza herida, en lucha, no ya contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos de los aires (cf. Ef 6,12), con una libertad vacilante, llamado a llevar la lucha hasta la sangre (cf. Hb 12,4) ... pero con la seguridad del triunfo definitivo: No temáis, yo he vencido al mundo.

Muy lindo, ¿no? Ahora, ténganme un poquito más de paciencia y lean lo siguiente:

Leer a Tolkien hoy, ¿supone algún peligro?

Y su secuela,

Aclaraciones sobre Tolkien: una discussion.

Aunque no lo crea, el autor es el mismo, el famoso “Teólogo Respondón”, voz autorizada del Chañaral.

Aunque no lo crea, hay sólo dos años de diferencia entre uno y otro escrito.

¿Qué pasó en el medio?

“— No entendés nada, pibe.”



--> Leer...

viernes, 7 de enero de 2011

“Top Ten” de 'La Roca del Grifo': Las entradas más visitadas durante 2010

1. Preocupación: ¿Mártires latinoamericanos?. De los “mártires” del tercermundismo, el indigenismo y la revolución marxista que algunos clérigos conmemoran con misas y actos ecuménicos.

2. Neo-Conservaduros. Una sátira sobre los “movimientos” y las “sectas católicas”.

3. El proceso revolucionario inglés: La revolución desconocida. Un breve ensayo sobre Inglaterra y su papel en la historia moderna, a la luz de la Fe.

4. La familia como "bloque edilicio fundamental de la sociedad medieval". Un comentario a propósito de un libro acerca de la familia en la Edad Media.

5. Acerca de Reescribir la Biblia: Los estudios bíblicos católicos en los ’60. Traducción de un interesante trabajo del Padre Brian Harrison sobre la “revolución” operada en los estudios bíblicos y su cristalización en leyenda áurea.

6. Las Tres Leyes Naturales de la Arquitectura Eclesiástica Católica. Traducción de un breve ensayo de Michael Rose, aparecido en la New Oxford Review, donde enumera las características arquitectónicas que, según la teología y el sentido común, deberían tener todas las iglesias.

7. El "zombi católico", sus notas características. Genial caracterización de los seguidores de las “sectas católicas”, realizada por Ludovicus.

8. Internet: Un documental y algunas conclusiones interesantes. Un comentario de la serie de la BBC La revolución virtual y —en particular— del capítulo “¿La gran nivelación?” que desmitifica la supuesta democratización social que representaría Internet.

9. Acerca de fiestas del té, desinformación, esperanzas y engaños. Algunas reflexiones y un poco de historia sobre el “Tea Party” yanqui.

10. De pluma ajena: Consejos de Maquiavelo al apologista de un grupo católico. Una buena crítica que nos envió un amigo que prefiere permanecer anónimo sobre los excesos apologéticos de miembros de ciertos grupos católicos.






Observando la realidad
Desde la Roca del Grifo


--> Leer...

viernes, 12 de noviembre de 2010

No dejarse instrumentalizar

Muchos denunciamos en su momento los resultados desastrosos que la política pro-sionista de los Estados Unidos tendría en Oriente Medio, especialmente sobre los cristianos que residen en esa región desde siempre. Lo ocurrido la semana pasada en una iglesia de Irak es una gran tragedia que no debe hacernos caer en las tesis del neo-conservadorismo pro-sionista que justamete fue el que provocó esta situación al retirar el régimen que mantenía el equilibrio en dicho país. Con este motivo, tradujimos el siguiente artículo de The Guardian que ilustra un poco más sobre la situación de los cristianos en Oriente Medio.


El lugar del cristianismo en Oriente Medio

Extrapolar demasiado el ataque a una iglesia iraquí perpetrado por al-Qaida le sigue el juego a los que quieren lucrar con el mito del choque de civilizaciones

Chris Phillips / The Guardian / Jueves 11 de noviembre de 2010


El ataque brutal a una iglesia en Baghdad por parte de al-Qaida la semana pasada, junto con los ataques de esta semana, ha provocado un renovado interés en el número decreciente de los cristianos en el mundo árabe. Aunque algunos comentaristas han limitado sus análisis a la tragedia que tuvo lugar en Irak, otros han generalizado al hablar del destino de los cristianos en toda la región.

Un artículo en Foreign Policy llegó a sugerir que el ataque a la iglesia podia significar “el final del cristianismo en Medio Oriente”. Pero generalizaciones como éstas abonan a los fanáticos que quieren perpetuar el mito del choque de civilizaciones. Aún cuando el sentimiento anti-cristiano pueda haber crecido en las márgenes extremistas de las sociedades árabes como Irak, esto no debería oscurecer la harmonía que ha sido característica de otras partes del mundo árabe.

En Egipto, Líbano, Siria, Palestina, Jordania y, muy rápidamente, Irak, la comunidad Cristiana está reduciéndose y, en estos lugares, la vida se está tornando inconfortable. Los ataques sobre los cristianos coptos en Egipto se han elevado y muchos se quejan de la discriminación institucional por parte del Estado. En forma similar, los cristianos que viven en la Gaza gobernada por Hamas se quejan de la falta de protección ante los ataques de los extremistas.

En este contexto, los ataques en Baghdad sólo sirven para escalar los temores de una potencial persecución, especialmente luego de que al-Qaida declarase que los árabes cristianos son un “objetivo legítimo”. De hecho, el ataque fue justificado como represalia por la prisión de dos mujeres musulmanas que ellos dicen están siendo retenidas por sacerdotes coptos en Egipto, sugiriendo la internacionalización de su campaña iraquí a todo el mundo árabe.

Sin embargo, como Robert Fisk ha sugerido, el número declinante de cristianos también puede explicarse en gran medida por la demografía y las condiciones más favorables para la emigración.

En primer lugar, los cristianos tienen familias mucho más pequeñas que los musulmanes—una tendencia de larga data que no está vinculada a los hechos políticos recientes—. En segundo lugar, con la excepción de Irak (donde hubo un incremento dramático de las partidas luego de la invasión de 2003), las migraciones cristianas desde el mundo árabe son parte de un proceso que ya lleva varias generaciones y no una reacción repentina. La migración hacia Occidente comenzó a fines del siglo XIX y nunca se frenó ni siquiera durante el gobierno cristiano del Líbano entre las décadas de 1920 y 1950. Sesenta y tres por ciento de los árabes estadounidenses son cristianos, lo cual ha facilitado la inmigración hacia los Estados Unidos, favorecida por las relaciones familiares. Aunque la inestabilidad política producida por la guerra civil libanesa y la guerra en Irak ha catalizado la migración, ésta debe analizarse en el marco de una tendencia de largo plazo y no como el resultado de un creciente anticristianismo.

De hecho, grandes partes del mundo árabe siguen siendo tolerantes y muestran una profunda harmonía entre las comunidades. El hecho que lo demuestra es que la mayoría de los cristianos desplazados de Irak no han viajado a Occidente sino a otros países árabes, principalmente Siria y Jordania.

En Jordania, la monarquía hashemita desde hace tiempo gusta mostrarse como protectora de la minoría cristiana, que consiste en el 6% de la población. Incluso tienen escaños reservados en el parlamento, representan una proporción significativa de la comunidad de negocios y lugares de fuerte presencia Cristiana como el pueblo de Madaba son atracciones turísticas principales para la industria turística jordana.

Aunque Jordania es una sociedad religiosa, es importante notar que, según un estudio sobre actitudes árabes de 2010 realizado por la Universidad de Maryland, sólo el 16% de los jordanos listaron el Islam como su principal identidad, comparado con el 31% de los egipcios y el 61% de los marroquíes. Por el contrario, el 58% de ellos se ven a sí mismo primero como jordanos, y un 19% como árabes, identidades que no sólo toleran a los cristianos, sino que los ven como iguales.

Siria, también, tiene un largo registro de protección de los cristianos. Históricamente fue un refugio para los cristianos armenios que escapaban de las masacres turcas durante la Primera Guerra Mundial. Hoy, cerca del 10% de los sirios son cristianos y, aunque disminuyan su proporción, mantienen una posición realmente privilegiada. Las festividades cristianas pueden celebrarse en público, los cristianos tienen las posiciones claves en los negocios y el gobierno, e incluso el Estado provee electricidad y agua gratuita a las iglesias y exime de impuestos a los sacerdotes.

Ideológicamente, el partido oficial Ba'ath es laico y, aunque la constitución exija que el presidente sea musulmán, la clase gobernante, miembros todos ellos de la secta alawi, ven el beneficio de apoyar a otra minoría. Por lo que no es sorprendente que la mayoría de los cristianos sirios hablen positivamente del gobierno, viéndolo como protector del Islam radical—un mito que el gobierno quiere perpetuar—.

Por supuesto que los regímenes de Siria y Jordania fallan en otros numerosas cosas. Ambas son dictaduras con malos registros en derechos humanos. Y aunque ambos regímenes ofrecen libertad e igualdad cultural a los cristianos, niegan estos mismos derechos a otros grupos, notoriamente a los kurdos en Siria y a algunos palestinos en Jordania. Sin embargo, en la cuestión específica de la libertada de los cristianos estos dos países demuestran lo errado de quienes sostienen que los gobiernos árabes permiten la discriminación y la persecución de los cristianos.

Más aún, a un nivel social más amplio en toda la región, parece totalmente injusto sugerir que los musulmanes árabes de repente se han vuelto contra sus compatriotas cristianos. Una porción fundamentalista en cada país puede ser que comparta algunas de las ideas extremistas de al-Qaida, pero eso no significa que las mismas sean aceptadas por toda la sociedad. Incluso grupos islamistas como la Hermandad Musulmana de Egipto expresaron su disgusto por las bombas de Baghdad y llamó al gobierno del Cairo a proteger las iglesias cristianas. Este tema varía a lo largo de la región, mucho más de lo que los comentaristas generalizadores están dispuestos a aceptar.

El número de cristianos puede estar bajando y los grupos fundamentalistas pueden estar ganando protagonismo en ciertos lugares como Irak, cosas que la comunidad internacional deben condenar. Sin embargo, el mundo árabe en general sigue siendo un lugar donde los cristianos y musulmanes han vivido lado a lado durante siglos, y pueden seguir haciéndolo. Tal vez deberíamos subrayar este aspecto en vez de exagerar diciendo que, de repente, toda la región se ha vuelto anti-cristiana.




--> Leer...

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El "zombi católico", sus notas características

A propósito de una entrada en InfoCatólica con un muy penoso nombre: "Lo maravilloso de las 'sectas católicas'", y apropiándose de un concepto enunciado en una buena entrada de ese mismo portal en otra bitácora, dice genialmente Luis en un comentario:

  1. El zombi católico no piensa, obedece.
  2. El zombi católico adhiere en forma incondicional e irreflexiva a todo lo que dice o mande la autoridad, sea el Papa, sea el líder del movimiento que integra. Es más: adhiere porque es autoridad, no porque se diga o mande algo bueno. Adhiere sin distinguir jerarquía o modalidad. Si el Papa reinante dice que le gusta el strudel, pues le gustará a él. Si el próximo abomina de la repostería alemana, despedirá a su cocinera.
  3. El zombi católico está siempre seguro. Jamás se interroga si estará en lo cierto. Jamás desconfiará de la pureza de los motivos interiores que lo hacen adherir a la buena causa.
  4. El zombi católico está contento y conforme con el modo y todas las prácticas con que se vive el catolicismo en la Iglesia o en el grupo o movimiento que integra. Ni se le ocurre cuestionarlas o enfrentarlas con el Evangelio, para constatar si se han desviado.
  5. El zombi católico tiene alegría compulsiva. Desconoce la tristeza, las resistencias de la materia, el sufrimiento verdadero. Es más, lo niega. Niega, en general, la realidad y su realidad. Todo es maravilloso, porque vive en Disneylandia... católica.
  6. El zombi católico descuenta la mala fe de quienes critican a la Iglesia o el movimiento que integra. En particular, considera todo ataque a la organización como una conspiración. En última instancia, es Satanás el que ataca su movimiento.
  7. La crítica interna, es decir, de los mismos católicos o miembros de la organización o movimiento que integra, será para el zombi católico "mal espíritu".
  8. El zombi católico considera que el fin justifica los medios, si de salvaguardar la institución, Iglesia o movimiento que integra, se trata. En particular, recurrirá, para defender buenas causas, a argumentos capciosos, restricciones o reservas mentales, argumentos ad hominem. Tendrá especial gusto por resaltar los vicios del adversario ("Y tú más"). Si está en la verdad, puede permitirse ciertas licencias.
  9. El zombi católico se olvida que pertenece a una relgión cuyo Fundador fue crucificado por la autoridad religiosa. Que fue sacrificado con el argumento de que "es preferible que muera un hombre a que perezca todo el pueblo".
  10. El zombie católico nunca investiga las denuncias contra las autoridades de su movimiento u organización. Fundamental: No lee lo que escriben las víctimas o ex adeptos. Jamás se permite sospechar sobre sus superiores. Se limita a repetir lo que le dicen: son calumniadores, resentidos y mentirosos. Estigmatiza, sobre todo, a los "ex".
  11. El zombie católico "suspende el ejercicio de la razón, reprimiendo todo impulso de crítica o revisión de lo que dicen o mandan sus superiores" (Padre Thomas Berg, ex sacerdote legionario, explicando su salida de la Legión de Cristo).
  12. El zombie católico, cuando se pone a defender a su grupo de pertenencia, o a la Iglesia misma, suele caer en maquiavelismos.
Por cierto, para el que le interese profundizar en la zombiología católica, de mi amigo Jack Tollers.

Algunas de las geniales viñetas de la New Oxford Review que acompañaban artículos sobre la Legión de Cristo y otras de estas "sectas". Aún en tiempos en que escribir dichos artículos implicaba casi ser "excomulgado", la New Oxford Review investigó, documentó y dio a conocer terribles escándalos protagonizados por estas "sectas" y la "mafia lavanda". Aquí una muestra de esos artículos en inglés.


--> Leer...

 

  © 2009 Desde la Roca del Grifo

True Contemplation Blogger Template by M Shodiq Mustika