viernes, 12 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El proyecto

Estamos en 1967. El Papa Pablo VI publica su constitución apostólica Indulgentiarum Doctrina, donde, al mismo tiempo que ratificaba la doctrina de las indulgencias (puesta en duda desde el Vaticano II), rompía con la antiquísima tradición de cuantificar en días o años (simbólicos) las indulgencias parciales. Poco después, el mismo pontífice sanciona su encíclica Populorum Progressio, que incluye una necesaria condena del capitalismo y que algunos interpretan ad intra como un guiño hacia el socialismo (“mensaje de los obispos del Tercer Mundo”).

El “Che”, Ernesto Guevara de La Serna, comienza operaciones de guerrilla en la selva de Bolivia, pero, abandonado por un pueblo impermeable a su prédica, será pronto capturado y ejecutado.

El boxeador Cassius Clay asume el islámico nombre de Muhammad Alí y continúa con sus impresionantes victorias.

Israel se enfrenta exitosamente a las fuerzas combinadas de Egipto y Siria en la llamada Guerra de los Seis Días, cometiendo numerosas atrocidades que recientemente (1995) han salido a la luz en memorias de un oficial israelí.

La psicodelia y el consumo de sustancias alucinógenas se expande rápidamente, lo que obviamente tiene su influencia en producciones musicales como Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de los Beatles y en todas las demás bandas de rock.

Estalla la Guerra de Biafra, cuando este micro-estado declara su independencia de Nigeria. En dos años se cobrará más de 600.000 vidas y demostrará al mundo que la descolonización de África era mucho menos romántica de lo que se quería creer.

Al mismo tiempo que la Guerra de Vietnam asume otra magnitud en un esfuerzo desesperado de los Estados Unidos por derrotar a los comunistas en combate abierto, las manifestaciones antibélicas se multiplican en casa. Incluso la opinión pública que, hasta la fecha había sido favorable a la intervención, comienza a darse vuelta bajo la indudable influencia de la prensa, las celebridades y el movimiento de los “derechos civiles” liderado por el ministro luterano Martin Luther King. El pacifismo se convierte en una moda, con su “flower power” y el hipismo.

1967 es un año bisagra. Tema sobre el que volveremos.

Mientras trabajaba como asistente de su amigo Francis Ford Coppola en la película “Llueve en mi corazón” (The rain people), John Frederick Milius fue alentado por sus amigos George Lucas y Steven Spielberg para escribir el argumento de un film sobre la Guerra de Vietnam. Milius, quien, a pesar de pertenecer a esta nueva generación de directores entonces aún poco conocidos, era un entusiasta del cine bélico, se tomó en serio el proyecto y tuvo la idea de adaptar la novela corta de Joseph Conrad, “El corazón de las tinieblas” (Heart of darkness), al conflicto del Sudeste de Asia.

Józef Teodor Konrad Nałęcz-Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad, pertenecía a una familia de la pequeña nobleza polonesa de Ucrania y, como su padre, se vio involucrado en actividades clandestinas del nacionalismo polaco por lo que fue perseguido por la temible policía política rusa. Vivió luego en Italia y Francia, hasta que recaló en el puerto de Marsella y decidió pasar el resto de su vida como marino. De espíritu aventurero, no pudo, sin embargo, mantenerse alejado de los problemas. Parece que contrabandeó armas para los carlistas españoles y los legitimistas franceses, y un amor no correspondido casi lo lleva al suicidio. Enamorado de la obra de Shakespeare, llegó a obtener un excelente dominio del inglés y pensó en radicarse en este país. Allí, pasado a la marina mercante británica y recorriendo el Imperio victoriano, comenzó también a publicar sus primeras obras literarias. El éxito le pudo haber hecho vivir bien de sus escritos, pero su afición al juego y a la bebida, le acarrearon necesidades económicas. En 1899 comienza a publicar en entregas su novela corta (o cuento largo) “El corazón de las tinieblas”, quizá su obra más conocida, si bien tal vez no sea la mejor.

En esta historia, un marino de nombre Marlow realiza una travesía desde Europa, por mar y, luego, en África, a lo largo del río Congo, en busca de Kurtz, el jefe de una explotación de marfil cuyo paradero se desconoce. A medida que se aproxima a él, Marlow se entera de que Kurtz ha tenido notable éxito en el negocio pero que, al hacerlo, ha abandonado la vida civilizada, en una regresión a un estado salvaje y bárbaro de vida. Los nativos lo idolatran como un dios y éste, a su vez, aconseja exterminarlos a todos. Habiendo perdido la razón y muy enfermo, Kurtz es cargado por Marlow, quien lo saca de la selva y sube a su pequeño vapor. Kurtz muere en el trayecto pronunciando enigmáticas palabras: “el horror... el horror”.

Lecturas superficiales han querido ver en esta obra una simple denuncia del colonialismo europeo en África, pero es más bien un viaje a lo más oscuro de la psicología del hombre o, como dijo Borges, “el más intenso de los relatos de la imaginación humana”. También Apocalypse Now será vista como una denuncia del intervencionismo yanqui o un simple panfleto pacifista, siendo, como es, mucho más que eso.

En esta película, un oficial de operaciones especiales, el capitán Willard, es enviado a buscar y asesinar al renegado y presumiblemente loco coronel Kurtz, internado en la selva de la neutral Camboya con un grupo de seguidores que lo veneran como un antiguo dios pagano.

Habiendo logrado su primer éxito con “Llueve en mi corazón”, Coppola se interesa en la producción de la historia de Milius y pide a éste que componga el guión o libreto que, originalmente, fue llamado The Psychedelic Soldier (“El soldado psicodélico”) y luego “Apocalipsis ahora”, parodiando el lema “Nirvana ahora” de los hippies. George Lucas iba a ser el director y la filmación iba a comenzar en 1971 en Vietnam mismo, con cámaras de 16 mm. y en formato símil documental. Como extras trabajarían soldados estadounidenses en actividad.

Pero Lucas se ocupó en otros proyectos. Coppola, lleno de ideas y entusiasmadísimo con la idea original, no encontraba un director apropiado y decidió encargarse él mismo. Tras un viaje a Australia para promocionar “El Padrino”, Coppola recorre posibles sets de filmación en el Sudeste Asiático. Visita las Filipinas y el presidente Ferdinand Marcos se entusiasma con el film y asegura al director el acceso a material militar estadounidense en desuso que había sido recientemente vendido a las fuerzas armadas filipinas.

Ahora era cuestión de encontrar a los protagonistas. Steve McQueen, Al Pacino, Jack Nicholson, Robert Redford y James Caan estuvieron entre los primeros seleccionados pero por una u otra razón no pudieron ser. El estudio United Artists exigía a Coppola un protagonista de peso si iban a financiar semejante proyecto, así que, finalmente, tuvo que acceder a pagar el enorme cachet que exigía Marlon Brando para viajar a las Filipinas y encarnar al coronel Kurtz.

El papel de Willard recae en un principio en Harvey Keitel. Pero, habiendo comenzado ya la filmación, finalmente, Coppola lo reemplaza por un entonces virtualmente desconocido Ramón Estévez (Martin Sheen por su nombre artístico).

Con muchos atrasos, la presión de United Artists, el final desastroso de la guerra tras la caída de Saigón y las indecisiones de Coppola, que había comprometido su propio patrimonio en el proyecto, comienzan en 1976 a filmar en las Filipinas. Pero el tifón “Olga” que asoló la región ese año, destruyó los escenarios y obligó a suspender durante varios meses la empresa.

Cuando, casi a fin de año, regresaron a Manila para continuar, los problemas no habían acabado. Brando estaba excedido de peso y se vieron obligados a contratar un doble para algunas escenas y otras debieron rodarse en la penumbra para disimular su pobre estado físico. Además, parece que no se molestaba en aprender su parte del guión y muchas veces Coppola se veía en la necesidad de impulsarlo a improvisar de una manera que se amoldara al personaje.

Cuando Martin Sheen cumplió sus 36 años, el director lo instó a que “sacase sus demonios interiores”, proveyéndolo con drogas y alcohol, con las que realizó el rodaje de la escena introductoria, con rotura de espejo y lastimaduras incluidas. Pero en marzo del ’77, el protagonista sufrió un ataque cardíaco y debió caminar más de 400 metros antes de ser atendido. Coppola escondió el hecho a la United Artists y, durante algunas escenas, debieron recurrir a Joe Estévez, hermano del actor que no aparece en los créditos.

Otro actor con el que tuvieron problemas era Dennis Hopper, el que había sido elegido para interpretar a un fotógrafo “free lance” admirador de Kurtz. Pero Hopper estaba tan drogado todo el tiempo que se hizo casi imposible convivir con él. Marlon Brando llegó a exigir el no tener que compartir escenas con él y Coppola tuvo que hacerlos filmar en distintos días.

El ’77 estaba a punto de culminar y Coppola no se decidía aún por el final de la película. En la idea original de Milius, Willard y Kurtz se unían en su locura y morían bajo un ataque aéreo. Pero Coppola, que ya había hecho muchos cambios en el guión, quería otra cosa. Y, aunque hubiese querido, Brando estaba demasiado gordo como para aparecer al aire libre en escenas de combate junto a Sheen. Hubiese sido más ridículo que el papel de John Wayne con peluquín en “Los boinas verdes”.

Eventualmente, Coppola se decidió —según sus propias palabras— por “el mito clásico del asesino que va río arriba, mata al rey y se convierte él mismo en el rey, como el Rey Pescador de ‘La rama dorada’”.

“La rama dorada” (The golden bough) es el nombre de un libro de Sir James Frazer. En este libro, Sir James desarrollaba la idea de que los mitos de las religiones se vinculan todos ellos en el antiguo culto de la fertilidad a la que se le hacen sacrificios periódicos. Al momento de su publicación, el libro causó bastante conmoción dado que, entre los mitos analizados, incluía a Cristo. Pero el hecho es que tuvo un enorme éxito y su lectura influenció, sin duda, la literatura modernista de comienzos del siglo XX.

Como aún no tenía claro como se vería el final, Coppola hizo que el mismo se filmara desde distintos ángulos. De allí el rumor de que se habían hecho varios finales distintos.

Otro problema fue el sonido. Aunque en un principio el proyecto era el de una película narrada en off, durante el rodaje Coppola abandona la idea y contrata a Walter Murch para ensamblar los sonidos. Pero éste le explica que necesita al menos 10 meses más y que, a falta de bancos de sonido estéreo de las armas utilizadas en la guerra y del ambiente selvático del Sudeste Asiático, deberían crearlos ellos mismos, abultando más el presupuesto.

No sin dificultades, Coppola obtiene de United Artists otro retraso del estreno para finales de 1978 y encarga al periodista Michael Herr que trabajase sobre la narración del film. Felizmente, este retraso permitió a Murch trabajar sobre la tecnología Dolby, en ese tiempo en estado experimental.

Michael Herr había sido corresponsal de guerra en Vietnam para la revista Esquire, entre 1967 y 1969. Con un estilo entre visceral y literario, publicó en 1977 el libro “Despachos de guerra” (Dispatches) que expuso, por primera vez para el gran público norteamericano, las circunstancias especiales de la Guerra de Vietnam, los sentimientos del soldado de a pié, lo terrible de ese conflicto, entre otras perspectivas nuevas. Además de colaborar con el guión de Apocalypse Now, Herr lo hizo años después con el libreto de “Nacido para matar” (Full metal jacket) de su amigo Stanley Kubrick.

En cuanto a la banda de sonido, un papel preponderante tiene la canción “El fin” (The End) de los Doors, que, en una versión especial para este film, se escucha en la secuencia introductoria de la película y en la escena final de la muerte de Kurtz. Jim Morrison, autor del tema, voz de los Doors y amigo de Coppola, compuso esta canción (de casi 12 minutos de duración) pensando en una novia que dejaba. Sin embargo, era para él una alegoría del final de la niñez y, sobre todo, el final de una era de inocencia.

Los retrasos seguían y, a medidos del ’78, Coppola pide al estudio un año más para trabajar en la edición final. Presentaciones en grupos reducidos fueron mal recibidas. En abril de 1979 se invita a un grupo selecto de periodistas a verla. Se filtraron un par de comentarios que hablaban de una película extraña, violenta y aburrida. Coppola hizo otras presentaciones limitadas y, en todas ellas, modificaba los finales. Incluso el presidente Jimmy Carter sugirió que la película debía ser prohibida. Lo mejor que podía pasar era que Vietnam fuese olvidado era el mensaje. Todo hacía pensar que no llegaría a ser estrenada.

La primera presentación oficial fue durante el festival de Cannes del ’79. Donde la película, proyectada de una forma bastante improvisada en un teatro preparado por los técnicos de sonido de Coppola, obtuvo las Palmas de Oro, aunque el final proyectado en aquella ocasión no fue el definitivo. Sin embargo, el éxito francés e internacional abrió las puertas de este film en los cines norteamericanos y el 15 de agosto se estrenó simultáneamente en quince salas con notable éxito.

Ya sea para denigrarla, ya para alabarla, nadie podía dejar de hablar de Apocalypse Now.

“Teníamos acceso a demasiado dinero, a demasiado equipo y poco a poco enloquecimos... Mi film no es acerca de Vietnam, el es Vietnam." Declaraciones de F. F. Coppola a la prensa. [Foto: El director en el set de filmación -- fuente: aquí.]

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jueves, 11 de agosto de 2011

Apocalypse Now: Explicación debida

Desde que comenzamos con esta bitácora, nos suelen llegar comentarios y preguntas acerca de la elección del personaje de Kurtz, lo que esto representa, su relación con la película Apocalipsis Now de Coppola o con el libro El Corazón de las Tinieblas de Conrad. Dijimos en su momento que dedicaríamos algunas entradas a explicar todo esto, dar nuestra opinión sobre el libro y la película, y expresar algunas ideas al respecto.

Walter E. Kurtz es uno de los personajes principales del film Apocalypse Now, traducido entre nosotros como Apocalipsis Ahora al momento de su estreno, pero más conocido actualmente como Apocalipsis Now. Fue éste un largometraje bélico, pero atípico, producido y dirigido por Francis Ford Coppola, y que se estrenó en los Estados Unidos a mediados de 1979. Su atipicidad, algunas escenas muy logradas, una historia eterna y muy buenas actuaciones, junto con el hecho de estar contextualizado en la Guerra de Vietnam aún demasiado reciente para los norteamericanos (la caída de Saigón en poder comunista ocurrió en 1975), hizo de este film todo un éxito.

Hoy, pasados más de 30 años, y con una versión "del director" en el medio, creemos que este film tiene aún un mensaje potente para el que quiera y pueda entenderlo. En próximas entradas iremos analizando la película, sus fuentes e inspiraciones, el contexto histórico y, sobre todo, su tema.

Les dejamos las colas originales:



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viernes, 22 de julio de 2011

Hacer la tradición odiosa (II)

Antes de nuestra prolongada ausencia, hablábamos de aquellos quienes hacen odiosa la tradición (y, para dejarlo bien aclarado de entrada, no nos referimos únicamente a la liturgia).

Conocemos infinidad de razones por las cuales alguien se acerca a la tradición. Hay quienes se han arrimado para poder experimentar en primera persona aquello que leían en obras de santos, en libros de historia o en clásicos de teología. Otros con el fin de ver restaurado algo de una tradición cultural bimilenaria abandonada conciente y criminalmente por cronólatras de todo signo, vistan hábito o no.

Pero también los hay, y no son pocos, los que llegan a la tradición reaccionando con asco ante los abusos, las claudicaciones, las mimetizaciones, tanto del clero, como del laicado católico. Es, quizá, el peor motivo, pero, igualmente, no pocas veces, quienes llegan como reaccionarios, terminan no sólo queriendo afectivamente la tradición, sino también amándola intelectualmente (conociendo sus defectos, limitaciones, imperfecciones y fealdades).

Y amándola, aún así, con gratitud, porque nos viene dada, transmitida, regalada, entregada gratuitamente, habiendo sido cuidada (mejor o peor) por aquéllos que nos precedieron, y convirtiéndonos a nosotros en sus custodios, mejoradores, cultivadores y acrecentadores, con el mando tácito de, algún día, también transmitirla, regalarla, entregarla gratuitamente, a quienes han de venir.

Así, vista como algo vivo, la tradición es algo alegre, algo natural, algo normal. Algo bello y bueno que, si no fuera por nuestras propias limitaciones e imperfecciones, debería tender a difundirse en medio de un mundo asqueado de tristeza, artificialidad y anormalidad…

Pero también están los otros, los que se quedan toda la vida en la mera reacción asqueada, los que necesitan alimentarla constantemente de “denuncias”, de descensos al abismo de “los otros”, para reafirmarse en la postura de que hicieron lo correcto, de que están “donde deben”. Los que usan de la tradición como mero refugio o, peor, instrumento de una psicología y moral farisaica. “Gracias, Dios, por no ser como…” No hay alegría, no hay naturalidad, no hay normalidad.

Por supuesto que esto no se aplica únicamente a los “tradicionalistas”. También lo hemos visto en movimientos “primaverales”, en parroquias, en Cáritas, en grupos misioneros, en comunidades de base, en ecumenistas, en movimientos políticos… cambiando lo que haya que cambiar y dejando lo que haya que dejar.

Pero, claro, nos duele ver estas actitudes donde suponemos que no deberían verse. Y nos duele mucho verlas, cuando se ven demasiado… De ahí la anécdota que contábamos la última vez; que no es más que un pequeño síntoma de algo bastante (demasiado) generalizado en el ambiente.

La tradición expuesta como simple denuncia, rigorismo, exceso, superficialidad, que no hace distinciones, que no reconoce lo que haya de rescatable donde lo haya, que no es inteligente… hace odiosa a la misma tradición. Y produce rechazo, lógico y entendible, en quienes no tiene la gracia de poder superar esa primera barrera y llegar un poco más cerca del núcleo. Y Dios nos pedirá cuentas de esto.


Por supuesto que no estamos llamando al silencio, a la ingenuidad, a la falsa caridad o a la falsa prudencia. Si hay algo que nos pide el mundo a gritos, es que hablemos claro. No hay nada que repugne más a nuestros contemporáneos que el pasteleo y el endulzamiento de las cosas importantes. No está mal denunciar lo que haya que denunciar, exponer lo que haya que exponer, debatir donde haya que debatir y, especialmente, desmitificar lo que haya que desmitificar. Pero si nos quedamos sólo con eso y no presentamos una alternativa amable (en todos los sentidos que tiene este término), empobrecemos tristemente a la tradición.

Pero esto entraña otro peligro al que nos referiremos próximamente: hacer la tradición ridícula.


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lunes, 16 de mayo de 2011

Hacer la tradición odiosa



Hace unas semanas releíamos Cristo y los fariseos, del Padre Castellani. Genial obra que quedó inconclusa y que, en la edición que tenemos, cuenta con notas del P. Biestro y artículos agregados, además de algunas de las “Cartas Provinciales” que, muy probablemente (creemos), hicieron más por provocar su expulsión de la Compañía de Jesús que su candidatura “en broma” a diputado o sus “desobediencias”.

Como otros han notado, el tema del fariseísmo en Castellani es quizá “el” tema. Pareciera cruzar o atravesar toda su obra, ya desde el comienzo, en alguna de sus fábulas, hasta sus últimos escritos en la revista Jauja. Ya sea que hable del liberalismo, el problema editorial, haga la crítica literaria de algún autor o “rete” a sus amigos nacionalistas por alguna actitud, aparece la cuestión de los fariseos. Y, por supuesto, en toda su obra esjatológica, la cual, para el lector atento, no se limita únicamente a su célebre “trilogía” (Los papeles de Benjamín Benavides, Cristo ¿vuelve o no vuelve? y El Apokalypsis de San Juan).

De alguna manera, en realidad, el fariseísmo, en tanto presente en la Iglesia, está —en la mente de Castellani (y, creemos, de una manera bastante convincente)— íntimamente relacionado con los misterios de los últimos tiempos.

Combinando su conocimiento de autores modernos y a-cristianos como Baudelaire (“el maldito”, como lo llama), sus lecturas de Rosmini (sus Cinque piaghe della Santa Chiesa, en el Index, y 150 años después recomendadas por un Papa), Newman (“the most dangerous man in England” y hoy, Beato) y “su maestro” Billot (el más grande teólogo de su tiempo, forzado a renunciar al cardenalato por no convalidar una decisión equivocada del Papa de entonces, decisión revocada por el Papa siguiente), su profundización de Suero Kirkegord (quien, aunque pastor luterano danés, fue casi un hermano de alma) y sus propios padecimientos y sufrimientos, el tratado del fariseísmo de Castellani es, quizá, su gran aporte para nosotros, y para la Iglesia. Y, en el terreno esjatológico, aquello que hace única la teología de la historia del P. Castellani.

Y es que, aunque el marco —la Iglesia— ha cambiado desde que Castellani escribiera y describiera el fariseísmo, éste está más vivo que nunca. Y sigue cruzando transversalmente toda la Iglesia: desde el progresismo incrédulo de las cátedras de teología hasta sectores maniqueos y donatistas conservadores o tradicionalistas, desde el activismo social histérico hasta el pietismo de devociones superpuestas y colecciones de estampas y medallas. Lo vemos en quienes se creen “mejores” por acumular horas y millaje de misiones rurales, “noches de la caridad”, visitas a barrios marginales o villas, Cáritas, apoyo escolar, orientación a comunidades de base, charlas de derechos humanos, etc. Lo vemos asimismo en quienes defienden a capa y espada lo que provenga de los palacios episcopales (o de Roma) y, mañana, sin el menor asombro, estarían dispuestos a defender exactamente lo contrario, ellos se enorgullecen de su “obediencia extrema”, puesto que la Iglesia es para ellos como un partido político y —al fin y al cabo— hay que ganar “votos”. Last but not least, lo vemos también en los que “se saben salvados”, puesto que siguen tal o cual devoción, asisten a Misa tridentina, se confiesan una vez por semana, son miembros de determinada “orga”, luchan —dicen— por el Reinado Social de Cristo…

En fin, nadie está exento. Tampoco nosotros. Después de todo, el fariseísmo no discrimina; edad, ideas políticas o religiosas, sexo, etc., todos pueden ser motivos de orgullo, sectarismo, vanagloria...

Pero, ahora bien, cuando una chica adolescente, bastante inocentona, recién llegada de un pueblito del Interior para entrar en la universidad, es avergonzada en cierto priorato por no llevar falda y mantilla, no podemos menos que recordar aquello de “qui autem scandalizaverit unum de pusillis istis, qui in me credunt, expedit ei, ut suspendatur mola asinaria in collo eius et demergatur in profundum maris”. Ay de los que hacen odiosa la tradición.


El fariseísmo no hace distinciones. Reemplazando el talit y las filactelias por una camisa y una cruz de madera colgada de una soga, tenemos un fariseo progre. Si en cambio, le emprolijamos la barba y lo metemos en un clergy, tenemos un fariseo neocon. Si, finalmente, le afeitamos la barba y le ponemos una sotana, podemos también obtener un fariseo tradi. 

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar... ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad... ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?"

Como decía Chesterton, "hay algo de espantoso, algo que hiela la sangre, ante la sola idea de una estatua de Cristo enojado. Hay algo insoportable, incluso para la imaginación, en la idea de voltear en la esquina saliendo de un mercado, para encontrarse con la figura de piedra petrificante como la vio una generación de víboras, o aquella cara como la vio frente a frente un hipócrita."

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jueves, 12 de mayo de 2011

Aquí no pasó nada...


La crisis del catolicismo europeo tradicional

 

Stuart Chessman, The Society of St. Hugh of Cluny, 11 de Mayo de 2011

Sandro Magister en su bitácora una vez más nos llama la atención sobre un ensayo subrayable. Acompañando la reciente visita del Papa a Venecia, L’Osservatore Romano publicó un interesantísimo artículo y encuesta de Alessandro Castegnaro sobre las creencias y la práctica entre los católicos del la esquina nordeste de Italia y cómo éstas han evolucionado en los últimos 50 años. De acuerdo con este autor al menos, esta region fue alguna vez el baluarte de la práctica religiosa del norte italiano. Lo que sucedió en los últimos 50 años es la misma triste historia que nos es familiar. La asistencia a Misa dominical cayó desde 80% a comienzos de los ’60 – porcentaje ejemplar para Italia en ese tiempo – a apenas un 26-28%. 90% de los entrevistados reconocieron con algún nivel de certeza la existencia de Dios – pero sólo la mitad de ellos aceptó la existencia de un “Dios cristiano”. 80-90% tenía algún tipo de creencia en la vida después de la muerte, pero sólo 30% creía en la resurrección. En el Alto Adigio (Tirol Meridional) bastante más del 90% de los niños está bautizado – pero 48% son extramatrimoniales. Mientras que la vasta mayoría de la población del Véneto aún se considera cristiana, el grado con el que aceptan las enseñanzas y la moral de la Iglesia varía ampliamente. Lo que existe hoy es un espectro amplio de creencias y prácticas religiosas individuales. “Han aparecido catolicismos múltiples.”
Ahora bien, muchos observadores inteligentes que previeron o describieron esta situación la han visto como la consecuencia natural de decisiones asociadas al Concilio Vaticano II, el Post-concilio o ambos. El P. Gomar De Pauw habló (¡en 1965!) de un laicado estadounidense al que los obispos que regresaban del Concilio le decían que ahora se podía ser católico sin practicar el catolicismo. Más tarde, Malachi Martin escribió acerca de iglesias, movimientos y comunidades “autozoícas”, que existían individualmente dentro de la Iglesia en una marco cada vez más nebuloso. George Weigel se refirió a la “Tregua de 1968”, cuando, en relación a la Humanae Vitae, el Vaticano aceptó de facto y, de hecho, apoyó el “disenso” interno en la Iglesia respecto a su magisterio, tanto en la teoría como en la práctica. A día de hoy, la Iglesia institucional se yergue formalmente firme y los católicos siguen considerándose tales – pero para la mayoría, lo sustancial de la fe y la práctica católica ha sufrido una transformación radical. Por su parte, la jerarquía no se atreve a desafiar este estado de cosas por miedo de “cisma”. Mantener la “gran fachada” de la unidad eclesial y del control jerárquico se ha convertido en un fin en sí mismo.
Castegnano ofrece una descripción sucinta y perceptiva sobre el catolicismo del tiempo presente. Lamentablemente, no logra dar con un análisis igualmente convincente acerca de cómo se llegó a esta situación. En cambio, en los párrafos inicial y final de su artículo (los que Sandro Magister no reproduce en su bitácora), insinúa que el catolicismo tradicional del Véneto como existió hasta los ’60 se apoyaba en el subdesarrollo económico, la identidad social con un grupo y el conformismo religioso. Este mundo se ha visto conmovido por el progreso económico, el consumismo, la inmigración, etc. Obviamente estos hechos tuvieron sus efectos – pero ¡Castegnano ni siquiera menciona los cambios significativos que hubo en la misma Iglesia en los últimos 50 años! De acuerdo con él, lo que reemplazó al catolicismo popular tradicional es una religión de “elección… en libertad” por aquéllos que “no buscan evadirse de las preguntas del hombre contemporáneo y viven en el precipicio de una búsqueda incierta”. De este modo, Castegnaro parecería concluir que la pérdida de la cultura católica y el declive de la práctica religiosa son desarrollos positivos. El mismo tipo de sinsentido (acerca del “gueto católico” y de los nuevos “cristianos maduros” que emergían de él) podría haber sido escrito en los ’60 – parece que nada ha cambiado. Pasará mucho tiempo hasta que la retórica y las actitudes de la “hermenéutica de la ruptura” desaparezcan de la prensa católica oficial.



La Iglesia en ruinas, pero aquí no pasa nada.
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lunes, 25 de abril de 2011

De series y procesos

Hace unas semanas terminamos de ver la serie histórica novelada “The Tudors”. En general solemos rehuir a las series por temor a “engancharnos”. Cosa que, tras caer en la tentación, sucedió en este caso.

“The Tudors” no es la historia de la dinastía de ese nombre como podría parecer, sino que se limita, más bien, al reinado de Enrique VIII de Inglaterra. Por supuesto que, como suele suceder con la novela histórica, los autores se toman muchas libertades necesarias —como ciertas fusiones de personas reales en un único personaje y algunas alteraciones cronológicas— e innecesarias —como la obsesión con el sexo y la personalidad hipócrita de casi todo individuo que era “alguien”, excepto algunos “mártires” tanto protestantes como católicos que salen, en general, bien parados—.

Sin embargo, hay muchos temas históricos que están muy bien tratados: la mundanización del alto clero renacentista, las motivaciones políticas y económicas detrás de la Reforma, la recepción apática de la misma por el pueblo inglés y, al mismo tiempo, la furiosa reacción de éste ante la supresión de los monasterios, el ateísmo práctico de gran parte de los funcionarios y la nobleza, la mayoritaria confusión dogmática tanto en católicos como en anglicanos, luteranos y calvinistas, la popularidad de la reina Catalina y de su hija María y los sufrimientos a que ambas fueron sometidas, el maquiavelismo de los príncipes renacentistas dispuestos a pactar con el mismo diablo para lograr sus objetivos, el despotismo creciente de Enrique VIII derribando una tras otra las antiguas leyes medievales, la calidad moral del cripto-luterano arzobispo Cranmer y del cripto-católico obispo Gardiner, entre algunos que recordamos. Incluso, hechos que en los libros de historia sólo han merecido un párrafo, como la “Peregrinación de la Gracia”, tienen aquí su lugar.

Estéticamente es notable. La reconstrucción por computadora de la Londres renacentista está muy lograda; en algunas otras ocasiones la animación no logra pasar desapercibida (por ejemplo, las viejas murallas medievales de Boulogne-sur-Mer). Algunas panorámicas no tienen nada que envidiar a las grandes súper producciones de Hollywood. Los vestuarios son, en general, impecables, aunque se suele exagerar con lo vistoso como si la ropa de gala fuese la de todos los días. En cuanto a los actores, se ha preferido apelar a los gustos estéticos contemporáneos por sobre los de la época; pero esto es entendible en la mayoría de los casos.

En fin, para quien tenga estómago para algunas imágenes subidas de tono, ya sea por su morbo o por su erotismo, es una buena serie para adentrarse un poco más en la pérdida de la Merry Old England (como se lamenta uno de los personajes principales), eso que llamamos aquí “proceso revolucionario inglés”.



Gerard McSorley como Robert Aske, líder de la “Peregrinación de la Gracia” y uno de los mártires praetermissi de Inglaterra.
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domingo, 24 de abril de 2011

Alégrese

Exsultet iam angelica turba caelorum exsultent divina mysteria et pro tanti Regis victoria, tuba insonet salutaris. 
Gaudeat et tellus tantis irradiata fulgoribus et, aeterni regis splendore illustrata, totius orbis se sentiat amisisse caliginem.  
Laetetur et mater Ecclesia tanti luminis adornata fulgoribus: et magnis populorum vocibus haec aula resultet. 
Quapropter adstantes vos, fratres carissimi, ad tam miram huius sancti luminis claritatem, una mecum, quaeso, Dei omnipotentis misericordiam invocate.  
Ut, qui me non meis meritis intra Levitarum numerum dignatus est aggregare luminis sui claritatem infundens cerei huius laudem implere perficiat. 
Per Dominum nostrum Iesum Christum Filium suum, qui cum eo vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum.  Amen.
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domingo, 17 de abril de 2011

Las banderas reales se adelantan


San Venancio Fortunato, Vexilla regis
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jueves, 31 de marzo de 2011

"Cristiada"

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martes, 22 de marzo de 2011

A éstos los llaman cristóbales, viejo-católicos, nazis, aliancistas, rosistas o radicales… o filo-lefes...

—    ¿Y cómo ven ustedes todo esto de ahora? ¿Qué hay ahora, para ustedes? —preguntó el curioso vejete.
—    Yo veo esos “movimientos” que usted dice —dijo el cura—. Eso sí.
—    Una especie de guerra civil insensata. Éstos —dijo Edmundo, señalando al cura—, que están sublevados contra el gobierno de una manera insensata, los “cristóbales”, puesto que nada pueden contra él; y el Gobierno que ha hecho contra ellos una cantidad de leyes que son claramente injustas. No sé quién empezó. Pero es el cuento de nunca acabar… Es una cosa atroz; ¡mire que estos dos, él y su hermana, han sufrido ya lo que no hay idea! Y no cejan. Al revés, cada vez parece más seguros…
—    Bueno, esto del gobierno de ahora se llamaba “liberalismo”, y lo de éstos otros se llamaba religión católica o “iglesia” cuando yo era muchacho. Ahora se llama neocatolicismo o vitalismo cristiano por un lado; y a éstos los llaman cristóbales, viejo-católicos, nazis, aliancistas, rosistas o radicales…
—    Todas las cosas feas tienen muchos nombres —dijo el cura sonriente.
—    El eje de la historia argentina es la pugna entre el liberalismo y la tradición española. Y el liberalismo ha vencido. Eso es todo —dijo el judío—. La francamasonería, que es una creación de nuestra raza, fue su instrumento o brazo derecho; y egregiamente que trabajó, por cierto.
—    Y así como aquí el liberalismo vino de afuera, también venció con el auxilio de afuera —dijo el cura—. ¡La expedición de Brasil!
—    Así es si usted quiere —el viejo prosiguió con su voz de pájaro—, pero a mí me parece que ahora ya no hay “afuera”. El mundo se ha unificado. Lo que no pudo conseguir la Iglesia, lo hizo la Democracia: la unión de las naciones.


Leonardo Castellani, Su Majestad Dulcinea.


“Dulcinea Argentina”
(Ilustración digital realizada por Mariano G. Pérez, 
inspirada en la novela de Leonardo Castellani “Su Majestad Dulcinea”). 

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viernes, 18 de marzo de 2011

Antes del fin

Copio a continuación un comentario enviado a Wanderer pero que nos quedó demasiado largo.



Efectivamente, no sé si los primeros cristianos nos envidiarían, como dice W., pero sí que ansiarían estar con nosotros —aunque más no sea porque cronológicamente estamos más cercas de los Últimos Tiempos—. Mientras difundían el Evangelio por todo el mundo conocido arriesgando (literalmente) la vida, anhelaban el pronto regreso del Cristo. Esto es evidentísimo en las Actas de los Mártires, especialmente en la historia de santas Perpetua y Felicitas, donde los paralelismos con el Apocalipsis son evidentes. Como bien, pronosticó Castellani el principal problema de nuestro cristianismo de hoy es pensar o vivir como si Cristo no fuera a volver. Vale decir que lo mismo (con otras palabras) pronosticaron los peritos de un reciente congreso sobre el Apocalipsis que tuvo lugar en el Vaticano.


Como ya comentamos en alguna oportunidad, y creo que en esto coincido con algunos comentaristas y (si no recuerdo mal) con el mismo W., esa inversión del orden natural de que habla W. (que incluye en primer lugar el falseamiento del principio de autoridad, empezando por la autoridad paterna que recuerda un anónimo), siendo elevada a la categoría de ley, es el katejón siendo retirado —de una forma que nuestros antepasados no pudieron prever puesto que atenta contra la misma evidencia de la razón y los sentidos—, es la destrucción de los últimos vestigios de Romanidad.
En cuanto a la persecución creo pueden darse las dos posibilidades: la de un martirio incruento en la forma de una marginación social creciente de los fieles (Castellani en algún lado [¿Cristo y los fariseos?] sostiene que ésta es la verdadera persecución), o la de un martirio cruento similar a lo ocurrido con los cristianos de los primeros tres siglos. Pero tal vez, este último sea en realidad el “typo” nomás.
En cuanto al Anticristo, es cierto, aun no lo “vemos”, pero eso no quiere decir que su espíritu no esté ya actuando en el mundo. ¿Será una persona de carne y hueso? Aun entre los teólogos de la historia de nuestro tiempo, como Castellani o Canals Vidal, para citar sólo dos, el asunto no está claro. Y si no es una persona física, tampoco es necesario que sea una nación, una etnia, un grupo… tal vez sea el espíritu de una época, un “ethos” particular. Tal vez sea todo lo anterior…
En cuanto a lo que dice Atilio, es probable que la persecución venga por ese lado. El último año, cuando se dio todo el escándalo de los curas pedófilos, numerosas voces salieron a acusar al cristianismo de ser “inhumano”, “bestial”, “anti-natural”, etc., incluso “dentro de la Iglesia”, entre curas y monjas que abogan porque se “libere” la doctrina moral. Creo que es genial lo que dice René Girard acerca de los “chivos expiatorios” y su función en la sociedad pagana, y qué es lo que puede suceder en el actual presente neopagano, donde se acusa al cristianismo justamente de aquello que ha ingresado al mundo gracias a él (la protección de los débiles, la eliminación de los linchamientos públicos, la conmiseración por las victimas, etc.). En la sociedad pagana, los sacrificios tenían como fin traer el equilibrio a la sociedad. Y vivimos en una sociedad mundial neopagana en busca de su equilibrio… y en busca de una victima que sacrificar.
También concuerdo con Atilio en que hay que observar lo que sucede en Medio Oriente. Tras la Revolución Francesa apareció un Napoleón, tras la Comunista, un Stalin. Estas supuestas revoluciones democratizadoras, al mismo tiempo, pueden que nos traigan a un nuevo Saladino (quien para los cristianos de Tierra Santa fue un verdadero anticristo menor). Estas “revoluciones” en países musulmanes, con apoyo de la ONU e, incluso, de parte de la jerarquía católica (L’Osservatore Romano, es un ejemplo no menor.), son algo para tener en cuenta. “¿Qué papel juega o jugará Israel en todo esto?” no es una pregunta menor.
En cuanto a lo que plantea Pippin, pienso que la apostasía profetizada quizás no sea un “pecado social”, sino más bien una “estructura de pecado” —al menos, si se entiende como una situación donde ya no tenemos posibilidad de elegir “el bien”, sino donde lo que predominan son opciones malas, donde quizá elegir “el bien”, conlleve el martirio social. Pienso en el ejemplo que ponen muchos. Imaginemos si criar a los hijos “a la manera tradicional”, llega a ser considerado una especie de conducta depravada (equivalente a lo que no hace mucho era no cumplir con la enseñanza primaria obligatoria) que habilita al Estado a retirar la patria potestad a los padres. ¿Qué elegiríamos? ¿Cómo actuaríamos? Quizá la jerarquía haga alguna pirueta para que los católicos nos mezclemos con “el mundo” (recordemos “Su Majestad Dulcinea” y como los obispos autorizaron el uso de la insignia que antes habían prohibido sobre la base de una curiosa pirueta teológica). Tal vez sea necesario desobedecer, aunque la perspectiva repugne a los anti-filo-lefes.
Y, efectivamente, como bien recuerda Ludovicus, tal vez esto que estamos viviendo (o recién comenzando a vivir) no sea más que el typo de otra cosa… la lista de anticristos menores del pasado que se creyó podían ser el verdadero es enorme (Dioclesiano, Atila, Saladino, Federico II, Lutero, Napoleón, Garibaldi…)
Hace bien Milkus al recordar a Tolkien y su “Señor de los Anillos”, obra que tiene mucho de “apocalíptica” aunque más no sea como el fin de una edad y el comienzo de otra. Como toda obra “eterna” debe ser alimento constante nuestro, especialmente en esta época, para no desesperar, para confiar en las profecías, para perseverar en nuestro camino, para no desfallecer, para no impacientarse, para no querer cortar el trigo y la paja…
El texto de Ratzinger es también muy valedero, aunque no sé si se aplica a este caso especifico. Por supuesto que el Apocalipsis y los demás textos “apocalípticos” en el Evangelio y las Epístolas, admiten una lectura espiritual y moral —como toda la Biblia, es cierto—. En cada uno de nosotros se repite, como “a escala”, la historia de la Salvación, con su Génesis y su Apocalipsis.
Y por esto es que una fe que mutila las profecías o que las transforma en algo hermético, cerrado, inaccesible, de imposible aplicación e interpretación, es una fe a la que le falta una pata. Una pata importante, la de la esperanza, no como algo utópico que está más allá del tiempo, sino también como algo presente aquí y ahora, y que de alguna forma se viene desenvolviendo. Casi la mitad de los Padres (como bien explicaba San Justino) creía que algunas de las promesas de Israel (especialmente las de Isaías) aun estaban por cumplirse o, mejor, por completarse. Lo mismo dice, para quien lo quiera entender, el Catecismo (nn. 674 et seq.).
Solo así, en “tensión escatológica” constante, los primeros cristianos pudieron soportar indecibles padecimientos. Solo así nosotros, creo, podremos soportar lo que se viene. Sea o no el último y final mamporro.
 


Sanctae Perpetua et Felicitas, orate pro nobis.
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miércoles, 9 de marzo de 2011

Correo recibido: Cuando un moralista escribe a pedido sobre lo que no sabe

En el año de 1985 el profesor de la Universidad de Bonn, Günther Jakobs, introdujo el concepto de derecho penal del enemigo (Feindstrafrecht).
El derecho penal es el conjunto de normas jurídicas que regulan la potestad punitiva, asociando a hechos, determinados por la ley, una pena, medida de seguridad o corrección como consecuencia. 
A partir del aporte de Carl Schnitt, se entiende por enemigo (político) a un grupo humano que se opone abiertamente o hace peligrar públicamente a otro grupo. 
El denominado derecho penal del enemigo se caracteriza por aplicar al grupo enemigo una sanción desproporcionada y por relativizar los derechos y garantías de justa defensa que tiene todo acusado. Es usual que este derecho penal venga acompañado de una política de discurso populachero (völkisch), que alimenta y resalta los peores prejuicios, para estimular públicamente la identificación y el ataque alevoso al enemigo de turno. 
D. José María Iraburu, la entrada en su blog referida a los “filo-lefebvrianos”
http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1103051053-126-filo-lefebvrianos-i#comments, ha identificado al grupo enemigo de turno. A partir de su concepto de “filo-lefebvriano”, deliberadamente oscuro, y con un matiz despectivo, ha señalado la presa a sus perros de caza. Y así ha logrado reforzar la cohesión de su grupo (los llama: “infocatólicos”) por medio del menosprecio de otros colectivos (los designa: “lefebvrianos” y “filo-lefebvrianos”).
Luego de identificar al grupo enemigo, mediante el discurso populachero, se ha dedicado a estimular el linchamiento del principal grupo hostil. Y para eso ha contado con la cooperación activa del director del portal, Luis Fernando Pérez y de José Miguel Arráiz. El primero, ha colaborado con la censura sistemática de los objetores más lúcidos, mientras ha dejado expresarse con gran libertad a los más exaltados y menos inteligentes, para reforzar así los peores prejuicios; y el segundo, ha completado la faena, dando rienda suelta a la calumnia colectiva, y al matonismo bolivariano que lo caracteriza. 
Es digno de elogio, frente a tanta estupidez infocatolica, la nobleza y el coraje del P. Angel David Martín Rubio,
que ha dado derecho a réplica a uno de sus lectores refrendando su opinión.
Un Curiacio.

Nota desde la Roca del Grifo: Si bien podemos estar más o menos de acuerdo con algún postulado del artículo del P. Iraburu, nos parece que se hace una generalización totalmente injusta. Por otro lado, la lógica de este reputado moralista, al meterse en un terreno que claramente no conoce, queda en evidencia en los comentarios cuando, tras recibir objeciones de tenor de comentaristas como "Martin Ellingham", no le queda más que recurrir a un argumento de autoridad, sacando de contexto opiniones de Juan Pablo II o Benedicto XVI para apoyar las propias.

Varias veces me he topado con el lefebvrismo como ideología, pero en cuanto a Mons. Lefebvre, debo decir en su beneficio que, habiendo requerido en numerosas oportunidades que se le someta a juicio canónico o, al menos, a una disputa teológica pública, nadie le hizo caso y, con el mayor desprecio, se lo castigó con total dureza.

Las similitudes con otros casos de la historia, algunos de ellos de verdaderos santos, son más que evidentes y dan por tierra con argumentos de autoridad como los utilizados por el P. Iraburu en los comentarios de dicho artículo en el portal Infocatólica.

Si vamos a utilizar argumentos de autoridad, hablemos de Teología y con el método de la Teología. Si vamos a hablar de cánones, discutamos Derecho Canónico y analicemos el caso con el método propio de esta rama del Derecho. Pero si vamos a hablar desde la Etica, utilicemos el método de la Etica. Sino, es hacer trampa.


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jueves, 3 de marzo de 2011

Castellanianas: A 30 años de su fallecimiento


  • Misa in memoriam en la iglesia de San Ignacio (Bolívar y Alsina, Ciudad de Buenos Aires) el martes 15 de marzo a las 19.00 hs.
  • Conferencia a cargo del Dr. Jorge N. Ferro en la nueva Librería "Leonardo Castellani" (Bartolomé Mitre 2162, Ciudad de Buenos Aires) el jueves 17 de marzo a las 19.30 hs.



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lunes, 14 de febrero de 2011

Lecturas

Hacía un tiempo que no recomendábamos lecturas, más allá de las que pueden verse en el margen izquierdo de esta bitácora, pero en esta ocasión hay buenos artículos por ahí:

  • Nuevas iglesias: El Vaticano desaprueba a los obispos italianos. En "L'Osservatore Romano" el cardenal Ravasi y el "arquitecto star" Paolo Portoghesi critican las nuevas construcciones sagradas hechas en Italia con el patrocinio de la Conferencia Episcopal, porque rompen con la tradición y deforman la liturgia. Un comentario de Timothy Verdon. (Sandro Magister)
  • Martin Mosebach in the US – Part I. On Sunday, January 30, Martin Mosebach spoke at the parish of Our Saviour, New York. A solemn high mass preceded his talk. We were heartened by the impressive turnout for both the mass and Mr. Mosebach’s talk. In attendance were numerous seminarians and clergy as well as some well-known represenative of various Catholic media. Mr Mosebach gave a forceful presentation on the Traditional liturgy: how it had been destroyed; its essential features; how it is being recovered; and its significance for the overall liturgical and spiritual life of the Church. The text of the original version of his talk (given at an Archdiocesan conference in Sri Lanka last year) can be found HERE. (Stuart Chessman, The Society of St. Hugh of Cluny)
  • First Valentine: Lasting legacy of 500-year-old love. Continue reading the main story. Love it or hate it, even the most hardened anti-Romeo will be hard pressed to avoid Valentine's Day this year. But as an exhibit at the British Library currently on show is testament to, there is a first for everything - even on Valentine's Day. It is a letter, written from a young woman to her love, and is the first mention of the word Valentine in the English language. And, for the first time, the descendants of Margery Brews and her betrothed John Paston have been traced. (Anna Browning, BBC News)
  • The Errors of the Economists: The Uselessness of Utility. Our current economic problems caught the economists unawares, and the few who did sound the warnings were ridiculed by their colleagues as Cassandras and doomsayers. But this professional myopia should not surprise us, since the same thing happened at the last crises, and the one before that, and the one before that, etc. The record of the economists in predicting crisis is perfect: they always get it wrong. Further, they can't seem to agree on any solutions; rather, we get a set of warring ideologies clothed as economic “science,” with a wealth of conflicting policy prescriptions. Clearly, this is a “science” in need of reconstruction. In this series, we tackle the basic errors of the economists, with a view to reconstructing the discipline along more scientific grounds, which is to say as a humane science concerned with the common good and the material provisioning of a just social order. (John Médaille, The Distributist Review)
  • La noble sencillez de las vestimentas litúrgicas. La tradición sapiencial bíblica aclama a Dios como “el mismo autor de la belleza” (Sab 13,3), glorificandolo por la grandeza y la belleza de las obras de la creación. El pensamiento cristiano, partiendo sobre todo de la Sagrada Escritura, pero también de la filosofía clásica como auxiliar, desarrolló la concepción de la belleza como categoría teológica. (Uwe Michael Lang, C.O., Zenit)


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viernes, 11 de febrero de 2011

Que soy era Immaculada Concepciou

Je ne vous promets pas de vous rendre heureuse en ce monde mais dans l’autre

Lourdes, la Sainte Vierge à Bernadette, 18 février 1858

De afflictione innocentium ridebit…

Liber Iob, IX: 23 (Nova Vulgata)

Beati, qui lugent…

Evangelium secundum Matthæum, V:4

Desconfiemos de las “sectas” que nos prometen la felicidad en esta tierra, por mucha cara de felicidad que nos pongan.

Desconfiemos de las “sectas” que nos prometen el éxito en esta vida, por muchas misiones, universidades, fotito con el Papa y aprobaciones que tengan.

Desconfiemos de las “sectas” que nos prometen respuestas para todos los interrogantes que se nos puedan presentar, por mucha inspiración del Espíritu que digan tener.


No prometo haceros felices en este mundo

Dios… se ríe de la desesperación de los inocentes

Felices los que lloran

“Cosas malas” suceden a la “gente buena”. Las desgracias existen y recaen sobre todos, buenos y malos. Nadie está protegido contra ellas… por más “secta” en la que se haya metido.

Es un problema que sólo tiene solución fuera de este mundo. Como en el laberinto de Marechal, sólo se sale por Arriba. Como en Job, sólo nos queda esperar y confiar. Nuestra esperanza es una espera esjatológica.

El Reino no se realizará... mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el Cielo a su Esposa. Dice el Catecismo. Cualquier “secta”, fundador o iluminado que nos prometa otra cosa distinta a la Cruz, miente.


Fotografía de Santa Bernardita (Maria-Bernarda Sobirós, 1844-79)

[Fuente: Secret Harbour ~ Portus Secretioris.]


Hodie gloriosa cœli Regina in terris apparuit


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miércoles, 2 de febrero de 2011

Darc vs. More?

En audiencia general el pasado miércoles 26 de enero, el Papa se refirió a Santa Juana de Arco, Jehanne Darc de Domrémy en el siglo, o “La Pucelle” (la doncella) en la leyenda, como “un bello ejemplo de santidad para los laicos empeñados en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles”. [Leer texto completo en italiano.]

Entre otros puntos jugosos, Benedicto XVI se detuvo en:

- El necesario ligamen entre la experiencia mística y la política;

- la misión política como compasión y empeño frente al sufrimiento del pueblo;

- la lucha por la liberación del pueblo como obra de la justicia y la caridad;

- la paz basada en la justicia y no como mera ausencia de conflicto (pacifismo);

- la verdadera pasión de esta santa a manos de clérigos y obispos.

¡Qué mejor ejemplo que la Doncella de Orleáns! Contra todo tipo de corrección política, de pacifismo, de clericalismo y episcopolatría...

Santa Juana no temía decir la verdad, oportuna e inoportunamente, molestase a quien molestase... No temía mandarse a la batalla contra todo cálculo y falsa prudencia, dejando la victoria en manos de Dios, si Él lo quiere, sólo si Él lo quiere (“los hombres pelearán y Dios dará la victoria”)...

No temía enfrentarse a los malos sacerdotes y obispos (no sólo los que la acusaron, sino también los que ya al comienzo de “su carrera” la inspeccionaron), no temía confiar más en su recta conciencia que en una obediencia mal entendida (nunca se le hubiese ocurrido a un cristiano medieval que haya que “suspender el juicio”, como mandaba cierto sacerdote con fama de tradicional), no temía marcar a obispos y sacerdotes sus límites en cuanto a las cuestiones temporales...

No era “prudente” jugarse por el Delfín, individuo que personalmente valía bien poco, y cuya causa tenía pocas probabilidades de éxito. Tampoco pensó que primero hubiese que “re-cristianizar” a Francia, reconquistar la Patria o restaurar las viejas leyes tradicionales para que, recién luego, discutir quién debía ser el rey. Por el contrario, sabía que una cosa no quita la otra y que se puede (y debe) hacer todo al mismo tiempo; puesto que somos cuerpo y alma, y que nadie pelea por abstracciones como una monarquía sin rey.

Tampoco era “prudente” a la hora de plantar batalla. Lo importante era pelear, salir al combate, y si Dios quería (sólo si Él así lo disponía), la causa triunfaría. Pero a los hombres comunes, sólo queda pelear. Como dice Sir Gawain en la célebre saga restaurada por Tolkien, “en cuanto a los destinos, tristes o alegres, los verdaderos hombres no pueden más que intentarlo”.

No pensaba esta jovencita (¡“su carrera” va de los 16 a los 19 años!) que fuese mejor “naturalizar” el combate, dejando de lado las banderas de Dios, de la patria y de la legitimidad, para empeñarse en plataformas de mínimos “no negociables”, porque lo otro (la lucha por el rey legítimo) por el momento no tenía probabilidades de éxito.

Finalmente, confiando en su conciencia, rectamente formada en la virtud y dócil a las mociones del Espíritu, no temía plantarse ante la mayoría del clero, siempre temerosa y mundana, más preocupada por no agitar las aguas que por defender la verdad. Si había que pelear por una causa justa, se peleaba, aunque ciertos clérigos y obispos estuviesen más preocupados por mantener una falsa paz, fruto no de la justicia sino del status quo. Ella bien pedía a los curas, con total desfachatez, que se dedicaran a rezar y dejaran a los seglares cumplir sus deberes para con Dios y con la Patria. Eso y no otra cosa es una sana laicidad, pienso.

Ahora bien, en su bitácora en la plataforma Religión en Libertad, “Anotaciones de pensamiento y crítica”, Manuel Morillo contrapone el modelo de Santa Juana al de Santo Tomás Moro —un santo de muy otras características que Juan Pablo II proclamara “patrono de los gobernantes y de los políticos” durante el Jubileo del año 2000—, inclinándose por la primera. Y dice: “aunque, bien pensado, quizá la Iglesia, que es muy sabia, considere, que, dado el tipo humano del político actual, es imposible ponerles como modelo lo bueno, como Santa Juana, por inalcanzable y se conforma con que algún político, llegado el momento, tras haber intentado salirse por la tangente, evitar el compromiso y el conflicto, y, no poder, en ese momento, no traicione la Verdad, como es lo corriente en la actualidad, y, fijándose en el ejemplo de Tomás Moro, al verse en esa tesitura dé la cara y se enfrente a las mentiras y la opresión, a las estructuras de pecado del Sistema.”

Por el contrario, Don Terzio, en su bitácora Ex Orbe, aprovecha para explicarnos sus suspicacias acerca de la canonización tardía de Juan y sobre el “caso”. “¿Cómo se justifica cristianamente hasta el punto des ser puesta como ejemplo por el Papa? ¿Ejemplo de qué y para quién? Me refiero a su decisión belicista… La santidad de Jeanne d'Arc, entiendo yo, no se manifiesta en sus momentos bélicos, ni en su caudillaje, ni en su patriotismo, sería una contradicción cristiana afirmarlo… me parece desproporcionada y desajustada la comparación de Juana de Arco, tan circunscrita a su propia historia, con la gran Catalina de Siena (una figura de inmenso valor, con pocos - yo diría ninguno - personajes que puedan parangonársele; Catherina da Siena es una santa excepcional). Tampoco comprendo la citación de St. Thomas More, no veo ningún paralelo entre su caso y el de Juana de Arco, tampoco en su proceso, tan distinto en génesis, desarrollo y consecuencias.” Poniéndose más explícito en los comentarios: “En el Nuevo Testamento el ideal del guerrero se ha abolido y vige la vocación del mártir, mucho más alta puesto que incluye junto con el sacrificio de uno mismo el acto supremo de la caridad y la imitación de Cristo… Por eso mi crítica al belicismo en el santoral. Más vale un Santo Inocente degollado como el Cordero Divino que toda la tropa junta de los santos guerreros, muy señores mios a los que también venero, of course, pero que pongo por detrás, muy por detrás, de los que supieron seguir el camino manso y humilde de Cristo Sacerdote y Víctima de propiciación. Y en esto no me equivoco ni un punto… En el siglo XXI entiendo inviable cualquier santo guerrillero insistiendo en la causa de santidad guerrera, incompatible con el Evangelio y el ejemplo de Nuestro Señor… Precisamente la actitud de Juana de Arco durante su inicuo proceso, el sufrimiento paciente por el que se finalmente se santifica (por supuesto no por armar guerra contra los ingleses, una actitud violenta indigna de un santo).”

Más allá de no compartir el “pacifismo” del apreciado Don Terzio cuando se trata de tolerar el mal en el prójimo, y la barbaridad de exigir el martirio del prójimo de ordinario en vez de la obligación de buscar restaurar la justicia con medios proporcionados lícitos, sobre lo que dejé allí un comentario; observemos las diferencias entre uno y otro santo.

En el motu proprio de Juan Pablo II que proclamaba patrono a Moro, se dan las siguientes notas características que justificarían la designación:

- “una extraordinaria carrera política”

- “entró desde joven al servicio del Arzobispo de Canterbury”

- se interesó “por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica”

- “mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam”

- “asidua práctica ascética”

- “un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos

- “una brillante carrera en la administración pública”

- “indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria”

- “gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia”

- “durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado”

No sé ustedes, pero para mí todas éstas son virtudes personales o individuales, pero no políticas. De hecho, no se escucharon públicamente en boca de este poderoso hombre público que fue Tomás Moro condenas a las torturas y asesinatos que sometían contemporáneamente a cientos de monjes, sacerdotes y seglares de a pié a los que ningún prestigio personal o amistad personal con el monarca los salvaba. Pues no está, no se encuentran. Su apología al final del inicuo proceso al que fue sometido se limita a una clase de un profesor de moral.

En fin, conociendo los pormenores de esta proclamación, el pedido de Cossiga y cía., se me hace que Tomás Moro en cuanto patrono de los políticos es un patrono demasiado juanpablista, muy de la “democracia con valores” enunciada en la Veritatis Splendor, muy de “gestos simbólicos” como el de Balduino de Bélgica, de políticos que individualmente procuren ser santos en su familia y en su práctica religiosa a ver si algo se le prende por ósmosis al sistema… pero no que sean santos en tanto políticos.

Me parece que, por el contrario, Benedicto XVI, fiel a su agustinismo político, prefiere un político católico integral e íntegro, preocupado por la política como forma de caridad. Y, por lo tanto, frente al mundo, un político que es místico y guerrero… e, incluso, un político que esté dispuesto al martirio final, si acaso a manos de la Madre Iglesia.

En la vieja UCA, la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas tenía dos cuadros de sus patronos: uno de Santo Tomás Moro para los abogados y otro de San Juana de Arco para los politólogos. Me parece sabio.




Iluminación atribuida a Diebold Lauber (1427-71 ca.) en Das Buch von Kaiser Sigmund (1440-50 ca.) que muestra a Santa Juana entregando un mensaje para el Rey.


Iluminación ca. 1420 preservada en los Archives Nationales de París.

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