| “Teníamos acceso a demasiado dinero, a demasiado equipo y poco a poco enloquecimos... Mi film no es acerca de Vietnam, el es Vietnam." Declaraciones de F. F. Coppola a la prensa. [Foto: El director en el set de filmación -- fuente: aquí.] |
| “Teníamos acceso a demasiado dinero, a demasiado equipo y poco a poco enloquecimos... Mi film no es acerca de Vietnam, el es Vietnam." Declaraciones de F. F. Coppola a la prensa. [Foto: El director en el set de filmación -- fuente: aquí.] |
Efectivamente, no sé si los primeros cristianos nos envidiarían, como dice W., pero sí que ansiarían estar con nosotros —aunque más no sea porque cronológicamente estamos más cercas de los Últimos Tiempos—. Mientras difundían el Evangelio por todo el mundo conocido arriesgando (literalmente) la vida, anhelaban el pronto regreso del Cristo. Esto es evidentísimo en las Actas de los Mártires, especialmente en la historia de santas Perpetua y Felicitas, donde los paralelismos con el Apocalipsis son evidentes. Como bien, pronosticó Castellani el principal problema de nuestro cristianismo de hoy es pensar o vivir como si Cristo no fuera a volver. Vale decir que lo mismo (con otras palabras) pronosticaron los peritos de un reciente congreso sobre el Apocalipsis que tuvo lugar en el Vaticano.
Como ya comentamos en alguna oportunidad, y creo que en esto coincido con algunos comentaristas y (si no recuerdo mal) con el mismo W., esa inversión del orden natural de que habla W. (que incluye en primer lugar el falseamiento del principio de autoridad, empezando por la autoridad paterna que recuerda un anónimo), siendo elevada a la categoría de ley, es el katejón siendo retirado —de una forma que nuestros antepasados no pudieron prever puesto que atenta contra la misma evidencia de la razón y los sentidos—, es la destrucción de los últimos vestigios de Romanidad.En cuanto a la persecución creo pueden darse las dos posibilidades: la de un martirio incruento en la forma de una marginación social creciente de los fieles (Castellani en algún lado [¿Cristo y los fariseos?] sostiene que ésta es la verdadera persecución), o la de un martirio cruento similar a lo ocurrido con los cristianos de los primeros tres siglos. Pero tal vez, este último sea en realidad el “typo” nomás.En cuanto al Anticristo, es cierto, aun no lo “vemos”, pero eso no quiere decir que su espíritu no esté ya actuando en el mundo. ¿Será una persona de carne y hueso? Aun entre los teólogos de la historia de nuestro tiempo, como Castellani o Canals Vidal, para citar sólo dos, el asunto no está claro. Y si no es una persona física, tampoco es necesario que sea una nación, una etnia, un grupo… tal vez sea el espíritu de una época, un “ethos” particular. Tal vez sea todo lo anterior…En cuanto a lo que dice Atilio, es probable que la persecución venga por ese lado. El último año, cuando se dio todo el escándalo de los curas pedófilos, numerosas voces salieron a acusar al cristianismo de ser “inhumano”, “bestial”, “anti-natural”, etc., incluso “dentro de la Iglesia”, entre curas y monjas que abogan porque se “libere” la doctrina moral. Creo que es genial lo que dice René Girard acerca de los “chivos expiatorios” y su función en la sociedad pagana, y qué es lo que puede suceder en el actual presente neopagano, donde se acusa al cristianismo justamente de aquello que ha ingresado al mundo gracias a él (la protección de los débiles, la eliminación de los linchamientos públicos, la conmiseración por las victimas, etc.). En la sociedad pagana, los sacrificios tenían como fin traer el equilibrio a la sociedad. Y vivimos en una sociedad mundial neopagana en busca de su equilibrio… y en busca de una victima que sacrificar.También concuerdo con Atilio en que hay que observar lo que sucede en Medio Oriente. Tras la Revolución Francesa apareció un Napoleón, tras la Comunista, un Stalin. Estas supuestas revoluciones democratizadoras, al mismo tiempo, pueden que nos traigan a un nuevo Saladino (quien para los cristianos de Tierra Santa fue un verdadero anticristo menor). Estas “revoluciones” en países musulmanes, con apoyo de la ONU e, incluso, de parte de la jerarquía católica (L’Osservatore Romano, es un ejemplo no menor.), son algo para tener en cuenta. “¿Qué papel juega o jugará Israel en todo esto?” no es una pregunta menor.En cuanto a lo que plantea Pippin, pienso que la apostasía profetizada quizás no sea un “pecado social”, sino más bien una “estructura de pecado” —al menos, si se entiende como una situación donde ya no tenemos posibilidad de elegir “el bien”, sino donde lo que predominan son opciones malas, donde quizá elegir “el bien”, conlleve el martirio social. Pienso en el ejemplo que ponen muchos. Imaginemos si criar a los hijos “a la manera tradicional”, llega a ser considerado una especie de conducta depravada (equivalente a lo que no hace mucho era no cumplir con la enseñanza primaria obligatoria) que habilita al Estado a retirar la patria potestad a los padres. ¿Qué elegiríamos? ¿Cómo actuaríamos? Quizá la jerarquía haga alguna pirueta para que los católicos nos mezclemos con “el mundo” (recordemos “Su Majestad Dulcinea” y como los obispos autorizaron el uso de la insignia que antes habían prohibido sobre la base de una curiosa pirueta teológica). Tal vez sea necesario desobedecer, aunque la perspectiva repugne a los anti-filo-lefes.Y, efectivamente, como bien recuerda Ludovicus, tal vez esto que estamos viviendo (o recién comenzando a vivir) no sea más que el typo de otra cosa… la lista de anticristos menores del pasado que se creyó podían ser el verdadero es enorme (Dioclesiano, Atila, Saladino, Federico II, Lutero, Napoleón, Garibaldi…)Hace bien Milkus al recordar a Tolkien y su “Señor de los Anillos”, obra que tiene mucho de “apocalíptica” aunque más no sea como el fin de una edad y el comienzo de otra. Como toda obra “eterna” debe ser alimento constante nuestro, especialmente en esta época, para no desesperar, para confiar en las profecías, para perseverar en nuestro camino, para no desfallecer, para no impacientarse, para no querer cortar el trigo y la paja…El texto de Ratzinger es también muy valedero, aunque no sé si se aplica a este caso especifico. Por supuesto que el Apocalipsis y los demás textos “apocalípticos” en el Evangelio y las Epístolas, admiten una lectura espiritual y moral —como toda la Biblia, es cierto—. En cada uno de nosotros se repite, como “a escala”, la historia de la Salvación, con su Génesis y su Apocalipsis.Y por esto es que una fe que mutila las profecías o que las transforma en algo hermético, cerrado, inaccesible, de imposible aplicación e interpretación, es una fe a la que le falta una pata. Una pata importante, la de la esperanza, no como algo utópico que está más allá del tiempo, sino también como algo presente aquí y ahora, y que de alguna forma se viene desenvolviendo. Casi la mitad de los Padres (como bien explicaba San Justino) creía que algunas de las promesas de Israel (especialmente las de Isaías) aun estaban por cumplirse o, mejor, por completarse. Lo mismo dice, para quien lo quiera entender, el Catecismo (nn. 674 et seq.).Solo así, en “tensión escatológica” constante, los primeros cristianos pudieron soportar indecibles padecimientos. Solo así nosotros, creo, podremos soportar lo que se viene. Sea o no el último y final mamporro.
Sanctae Perpetua et Felicitas, orate pro nobis.
En el año de 1985 el profesor de la Universidad de Bonn, Günther Jakobs, introdujo el concepto de derecho penal del enemigo (Feindstrafrecht).
El derecho penal es el conjunto de normas jurídicas que regulan la potestad punitiva, asociando a hechos, determinados por la ley, una pena, medida de seguridad o corrección como consecuencia.
A partir del aporte de Carl Schnitt, se entiende por enemigo (político) a un grupo humano que se opone abiertamente o hace peligrar públicamente a otro grupo.
El denominado derecho penal del enemigo se caracteriza por aplicar al grupo enemigo una sanción desproporcionada y por relativizar los derechos y garantías de justa defensa que tiene todo acusado. Es usual que este derecho penal venga acompañado de una política de discurso populachero (völkisch), que alimenta y resalta los peores prejuicios, para estimular públicamente la identificación y el ataque alevoso al enemigo de turno.
D. José María Iraburu, la entrada en su blog referida a los “filo-lefebvrianos”http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1103051053-126- filo-lefebvrianos-i#comments, ha identificado al grupo enemigo de turno. A partir de su concepto de “filo-lefebvriano”, deliberadamente oscuro, y con un matiz despectivo, ha señalado la presa a sus perros de caza. Y así ha logrado reforzar la cohesión de su grupo (los llama: “infocatólicos”) por medio del menosprecio de otros colectivos (los designa: “lefebvrianos” y “filo-lefebvrianos”).
Luego de identificar al grupo enemigo, mediante el discurso populachero, se ha dedicado a estimular el linchamiento del principal grupo hostil. Y para eso ha contado con la cooperación activa del director del portal, Luis Fernando Pérez y de José Miguel Arráiz. El primero, ha colaborado con la censura sistemática de los objetores más lúcidos, mientras ha dejado expresarse con gran libertad a los más exaltados y menos inteligentes, para reforzar así los peores prejuicios; y el segundo, ha completado la faena, dando rienda suelta a la calumnia colectiva, y al matonismo bolivariano que lo caracteriza.
Es digno de elogio, frente a tanta estupidez infocatolica, la nobleza y el coraje del P. Angel David Martín Rubio,que ha dado derecho a réplica a uno de sus lectores refrendando su opinión.Un Curiacio.
Je ne vous promets pas de vous rendre heureuse en ce monde mais dans l’autre
Lourdes, la Sainte Vierge à Bernadette, 18 février 1858
De afflictione innocentium ridebit…
Liber Iob, IX: 23 (Nova Vulgata)
Beati, qui lugent…
Evangelium secundum Matthæum, V:4
Desconfiemos de las “sectas” que nos prometen la felicidad en esta tierra, por mucha cara de felicidad que nos pongan.
Desconfiemos de las “sectas” que nos prometen el éxito en esta vida, por muchas misiones, universidades, fotito con el Papa y aprobaciones que tengan.
Desconfiemos de las “sectas” que nos prometen respuestas para todos los interrogantes que se nos puedan presentar, por mucha inspiración del Espíritu que digan tener.
No prometo haceros felices en este mundo
Dios… se ríe de la desesperación de los inocentes
Felices los que lloran
“Cosas malas” suceden a la “gente buena”. Las desgracias existen y recaen sobre todos, buenos y malos. Nadie está protegido contra ellas… por más “secta” en la que se haya metido.
Es un problema que sólo tiene solución fuera de este mundo. Como en el laberinto de Marechal, sólo se sale por Arriba. Como en Job, sólo nos queda esperar y confiar. Nuestra esperanza es una espera esjatológica.
El Reino no se realizará... mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el Cielo a su Esposa. Dice el Catecismo. Cualquier “secta”, fundador o iluminado que nos prometa otra cosa distinta a la Cruz, miente.

Fotografía de Santa Bernardita (Maria-Bernarda Sobirós, 1844-79)
[Fuente: Secret Harbour ~ Portus Secretioris.]
Hodie gloriosa cœli Regina in terris apparuit
En audiencia general el pasado miércoles 26 de enero, el Papa se refirió a Santa Juana de Arco, Jehanne Darc de Domrémy en el siglo, o “La Pucelle” (la doncella) en la leyenda, como “un bello ejemplo de santidad para los laicos empeñados en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles”. [Leer texto completo en italiano.]
Entre otros puntos jugosos, Benedicto XVI se detuvo en:
- El necesario ligamen entre la experiencia mística y la política;
- la misión política como compasión y empeño frente al sufrimiento del pueblo;
- la lucha por la liberación del pueblo como obra de la justicia y la caridad;
- la paz basada en la justicia y no como mera ausencia de conflicto (pacifismo);
- la verdadera pasión de esta santa a manos de clérigos y obispos.
¡Qué mejor ejemplo que la Doncella de Orleáns! Contra todo tipo de corrección política, de pacifismo, de clericalismo y episcopolatría...
Santa Juana no temía decir la verdad, oportuna e inoportunamente, molestase a quien molestase... No temía mandarse a la batalla contra todo cálculo y falsa prudencia, dejando la victoria en manos de Dios, si Él lo quiere, sólo si Él lo quiere (“los hombres pelearán y Dios dará la victoria”)...
No temía enfrentarse a los malos sacerdotes y obispos (no sólo los que la acusaron, sino también los que ya al comienzo de “su carrera” la inspeccionaron), no temía confiar más en su recta conciencia que en una obediencia mal entendida (nunca se le hubiese ocurrido a un cristiano medieval que haya que “suspender el juicio”, como mandaba cierto sacerdote con fama de tradicional), no temía marcar a obispos y sacerdotes sus límites en cuanto a las cuestiones temporales...
No era “prudente” jugarse por el Delfín, individuo que personalmente valía bien poco, y cuya causa tenía pocas probabilidades de éxito. Tampoco pensó que primero hubiese que “re-cristianizar” a Francia, reconquistar la Patria o restaurar las viejas leyes tradicionales para que, recién luego, discutir quién debía ser el rey. Por el contrario, sabía que una cosa no quita la otra y que se puede (y debe) hacer todo al mismo tiempo; puesto que somos cuerpo y alma, y que nadie pelea por abstracciones como una monarquía sin rey.
Tampoco era “prudente” a la hora de plantar batalla. Lo importante era pelear, salir al combate, y si Dios quería (sólo si Él así lo disponía), la causa triunfaría. Pero a los hombres comunes, sólo queda pelear. Como dice Sir Gawain en la célebre saga restaurada por Tolkien, “en cuanto a los destinos, tristes o alegres, los verdaderos hombres no pueden más que intentarlo”.
No pensaba esta jovencita (¡“su carrera” va de los 16 a los 19 años!) que fuese mejor “naturalizar” el combate, dejando de lado las banderas de Dios, de la patria y de la legitimidad, para empeñarse en plataformas de mínimos “no negociables”, porque lo otro (la lucha por el rey legítimo) por el momento no tenía probabilidades de éxito.
Finalmente, confiando en su conciencia, rectamente formada en la virtud y dócil a las mociones del Espíritu, no temía plantarse ante la mayoría del clero, siempre temerosa y mundana, más preocupada por no agitar las aguas que por defender la verdad. Si había que pelear por una causa justa, se peleaba, aunque ciertos clérigos y obispos estuviesen más preocupados por mantener una falsa paz, fruto no de la justicia sino del status quo. Ella bien pedía a los curas, con total desfachatez, que se dedicaran a rezar y dejaran a los seglares cumplir sus deberes para con Dios y con la Patria. Eso y no otra cosa es una sana laicidad, pienso.
Ahora bien, en su bitácora en la plataforma Religión en Libertad, “Anotaciones de pensamiento y crítica”, Manuel Morillo contrapone el modelo de Santa Juana al de Santo Tomás Moro —un santo de muy otras características que Juan Pablo II proclamara “patrono de los gobernantes y de los políticos” durante el Jubileo del año 2000—, inclinándose por la primera. Y dice: “aunque, bien pensado, quizá la Iglesia, que es muy sabia, considere, que, dado el tipo humano del político actual, es imposible ponerles como modelo lo bueno, como Santa Juana, por inalcanzable y se conforma con que algún político, llegado el momento, tras haber intentado salirse por la tangente, evitar el compromiso y el conflicto, y, no poder, en ese momento, no traicione la Verdad, como es lo corriente en la actualidad, y, fijándose en el ejemplo de Tomás Moro, al verse en esa tesitura dé la cara y se enfrente a las mentiras y la opresión, a las estructuras de pecado del Sistema.”
Por el contrario, Don Terzio, en su bitácora Ex Orbe, aprovecha para explicarnos sus suspicacias acerca de la canonización tardía de Juan y sobre el “caso”. “¿Cómo se justifica cristianamente hasta el punto des ser puesta como ejemplo por el Papa? ¿Ejemplo de qué y para quién? Me refiero a su decisión belicista… La santidad de Jeanne d'Arc, entiendo yo, no se manifiesta en sus momentos bélicos, ni en su caudillaje, ni en su patriotismo, sería una contradicción cristiana afirmarlo… me parece desproporcionada y desajustada la comparación de Juana de Arco, tan circunscrita a su propia historia, con la gran Catalina de Siena (una figura de inmenso valor, con pocos - yo diría ninguno - personajes que puedan parangonársele; Catherina da Siena es una santa excepcional). Tampoco comprendo la citación de St. Thomas More, no veo ningún paralelo entre su caso y el de Juana de Arco, tampoco en su proceso, tan distinto en génesis, desarrollo y consecuencias.” Poniéndose más explícito en los comentarios: “En el Nuevo Testamento el ideal del guerrero se ha abolido y vige la vocación del mártir, mucho más alta puesto que incluye junto con el sacrificio de uno mismo el acto supremo de la caridad y la imitación de Cristo… Por eso mi crítica al belicismo en el santoral. Más vale un Santo Inocente degollado como el Cordero Divino que toda la tropa junta de los santos guerreros, muy señores mios a los que también venero, of course, pero que pongo por detrás, muy por detrás, de los que supieron seguir el camino manso y humilde de Cristo Sacerdote y Víctima de propiciación. Y en esto no me equivoco ni un punto… En el siglo XXI entiendo inviable cualquier santo guerrillero insistiendo en la causa de santidad guerrera, incompatible con el Evangelio y el ejemplo de Nuestro Señor… Precisamente la actitud de Juana de Arco durante su inicuo proceso, el sufrimiento paciente por el que se finalmente se santifica (por supuesto no por armar guerra contra los ingleses, una actitud violenta indigna de un santo).”
Más allá de no compartir el “pacifismo” del apreciado Don Terzio cuando se trata de tolerar el mal en el prójimo, y la barbaridad de exigir el martirio del prójimo de ordinario en vez de la obligación de buscar restaurar la justicia con medios proporcionados lícitos, sobre lo que dejé allí un comentario; observemos las diferencias entre uno y otro santo.
En el motu proprio de Juan Pablo II que proclamaba patrono a Moro, se dan las siguientes notas características que justificarían la designación:
- “una extraordinaria carrera política”
- “entró desde joven al servicio del Arzobispo de Canterbury”
- se interesó “por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica”
- “mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam”
- “asidua práctica ascética”
- “un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos
- “una brillante carrera en la administración pública”
- “indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria”
- “gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia”
- “durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado”
No sé ustedes, pero para mí todas éstas son virtudes personales o individuales, pero no políticas. De hecho, no se escucharon públicamente en boca de este poderoso hombre público que fue Tomás Moro condenas a las torturas y asesinatos que sometían contemporáneamente a cientos de monjes, sacerdotes y seglares de a pié a los que ningún prestigio personal o amistad personal con el monarca los salvaba. Pues no está, no se encuentran. Su apología al final del inicuo proceso al que fue sometido se limita a una clase de un profesor de moral.
En fin, conociendo los pormenores de esta proclamación, el pedido de Cossiga y cía., se me hace que Tomás Moro en cuanto patrono de los políticos es un patrono demasiado juanpablista, muy de la “democracia con valores” enunciada en la Veritatis Splendor, muy de “gestos simbólicos” como el de Balduino de Bélgica, de políticos que individualmente procuren ser santos en su familia y en su práctica religiosa a ver si algo se le prende por ósmosis al sistema… pero no que sean santos en tanto políticos.
Me parece que, por el contrario, Benedicto XVI, fiel a su agustinismo político, prefiere un político católico integral e íntegro, preocupado por la política como forma de caridad. Y, por lo tanto, frente al mundo, un político que es místico y guerrero… e, incluso, un político que esté dispuesto al martirio final, si acaso a manos de la Madre Iglesia.
En la vieja UCA, la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas tenía dos cuadros de sus patronos: uno de Santo Tomás Moro para los abogados y otro de San Juana de Arco para los politólogos. Me parece sabio.
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