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lunes, 16 de mayo de 2011

Hacer la tradición odiosa



Hace unas semanas releíamos Cristo y los fariseos, del Padre Castellani. Genial obra que quedó inconclusa y que, en la edición que tenemos, cuenta con notas del P. Biestro y artículos agregados, además de algunas de las “Cartas Provinciales” que, muy probablemente (creemos), hicieron más por provocar su expulsión de la Compañía de Jesús que su candidatura “en broma” a diputado o sus “desobediencias”.

Como otros han notado, el tema del fariseísmo en Castellani es quizá “el” tema. Pareciera cruzar o atravesar toda su obra, ya desde el comienzo, en alguna de sus fábulas, hasta sus últimos escritos en la revista Jauja. Ya sea que hable del liberalismo, el problema editorial, haga la crítica literaria de algún autor o “rete” a sus amigos nacionalistas por alguna actitud, aparece la cuestión de los fariseos. Y, por supuesto, en toda su obra esjatológica, la cual, para el lector atento, no se limita únicamente a su célebre “trilogía” (Los papeles de Benjamín Benavides, Cristo ¿vuelve o no vuelve? y El Apokalypsis de San Juan).

De alguna manera, en realidad, el fariseísmo, en tanto presente en la Iglesia, está —en la mente de Castellani (y, creemos, de una manera bastante convincente)— íntimamente relacionado con los misterios de los últimos tiempos.

Combinando su conocimiento de autores modernos y a-cristianos como Baudelaire (“el maldito”, como lo llama), sus lecturas de Rosmini (sus Cinque piaghe della Santa Chiesa, en el Index, y 150 años después recomendadas por un Papa), Newman (“the most dangerous man in England” y hoy, Beato) y “su maestro” Billot (el más grande teólogo de su tiempo, forzado a renunciar al cardenalato por no convalidar una decisión equivocada del Papa de entonces, decisión revocada por el Papa siguiente), su profundización de Suero Kirkegord (quien, aunque pastor luterano danés, fue casi un hermano de alma) y sus propios padecimientos y sufrimientos, el tratado del fariseísmo de Castellani es, quizá, su gran aporte para nosotros, y para la Iglesia. Y, en el terreno esjatológico, aquello que hace única la teología de la historia del P. Castellani.

Y es que, aunque el marco —la Iglesia— ha cambiado desde que Castellani escribiera y describiera el fariseísmo, éste está más vivo que nunca. Y sigue cruzando transversalmente toda la Iglesia: desde el progresismo incrédulo de las cátedras de teología hasta sectores maniqueos y donatistas conservadores o tradicionalistas, desde el activismo social histérico hasta el pietismo de devociones superpuestas y colecciones de estampas y medallas. Lo vemos en quienes se creen “mejores” por acumular horas y millaje de misiones rurales, “noches de la caridad”, visitas a barrios marginales o villas, Cáritas, apoyo escolar, orientación a comunidades de base, charlas de derechos humanos, etc. Lo vemos asimismo en quienes defienden a capa y espada lo que provenga de los palacios episcopales (o de Roma) y, mañana, sin el menor asombro, estarían dispuestos a defender exactamente lo contrario, ellos se enorgullecen de su “obediencia extrema”, puesto que la Iglesia es para ellos como un partido político y —al fin y al cabo— hay que ganar “votos”. Last but not least, lo vemos también en los que “se saben salvados”, puesto que siguen tal o cual devoción, asisten a Misa tridentina, se confiesan una vez por semana, son miembros de determinada “orga”, luchan —dicen— por el Reinado Social de Cristo…

En fin, nadie está exento. Tampoco nosotros. Después de todo, el fariseísmo no discrimina; edad, ideas políticas o religiosas, sexo, etc., todos pueden ser motivos de orgullo, sectarismo, vanagloria...

Pero, ahora bien, cuando una chica adolescente, bastante inocentona, recién llegada de un pueblito del Interior para entrar en la universidad, es avergonzada en cierto priorato por no llevar falda y mantilla, no podemos menos que recordar aquello de “qui autem scandalizaverit unum de pusillis istis, qui in me credunt, expedit ei, ut suspendatur mola asinaria in collo eius et demergatur in profundum maris”. Ay de los que hacen odiosa la tradición.


El fariseísmo no hace distinciones. Reemplazando el talit y las filactelias por una camisa y una cruz de madera colgada de una soga, tenemos un fariseo progre. Si en cambio, le emprolijamos la barba y lo metemos en un clergy, tenemos un fariseo neocon. Si, finalmente, le afeitamos la barba y le ponemos una sotana, podemos también obtener un fariseo tradi. 

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar... ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad... ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?"

Como decía Chesterton, "hay algo de espantoso, algo que hiela la sangre, ante la sola idea de una estatua de Cristo enojado. Hay algo insoportable, incluso para la imaginación, en la idea de voltear en la esquina saliendo de un mercado, para encontrarse con la figura de piedra petrificante como la vio una generación de víboras, o aquella cara como la vio frente a frente un hipócrita."

 

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