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miércoles, 2 de febrero de 2011

Darc vs. More?

En audiencia general el pasado miércoles 26 de enero, el Papa se refirió a Santa Juana de Arco, Jehanne Darc de Domrémy en el siglo, o “La Pucelle” (la doncella) en la leyenda, como “un bello ejemplo de santidad para los laicos empeñados en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles”. [Leer texto completo en italiano.]

Entre otros puntos jugosos, Benedicto XVI se detuvo en:

- El necesario ligamen entre la experiencia mística y la política;

- la misión política como compasión y empeño frente al sufrimiento del pueblo;

- la lucha por la liberación del pueblo como obra de la justicia y la caridad;

- la paz basada en la justicia y no como mera ausencia de conflicto (pacifismo);

- la verdadera pasión de esta santa a manos de clérigos y obispos.

¡Qué mejor ejemplo que la Doncella de Orleáns! Contra todo tipo de corrección política, de pacifismo, de clericalismo y episcopolatría...

Santa Juana no temía decir la verdad, oportuna e inoportunamente, molestase a quien molestase... No temía mandarse a la batalla contra todo cálculo y falsa prudencia, dejando la victoria en manos de Dios, si Él lo quiere, sólo si Él lo quiere (“los hombres pelearán y Dios dará la victoria”)...

No temía enfrentarse a los malos sacerdotes y obispos (no sólo los que la acusaron, sino también los que ya al comienzo de “su carrera” la inspeccionaron), no temía confiar más en su recta conciencia que en una obediencia mal entendida (nunca se le hubiese ocurrido a un cristiano medieval que haya que “suspender el juicio”, como mandaba cierto sacerdote con fama de tradicional), no temía marcar a obispos y sacerdotes sus límites en cuanto a las cuestiones temporales...

No era “prudente” jugarse por el Delfín, individuo que personalmente valía bien poco, y cuya causa tenía pocas probabilidades de éxito. Tampoco pensó que primero hubiese que “re-cristianizar” a Francia, reconquistar la Patria o restaurar las viejas leyes tradicionales para que, recién luego, discutir quién debía ser el rey. Por el contrario, sabía que una cosa no quita la otra y que se puede (y debe) hacer todo al mismo tiempo; puesto que somos cuerpo y alma, y que nadie pelea por abstracciones como una monarquía sin rey.

Tampoco era “prudente” a la hora de plantar batalla. Lo importante era pelear, salir al combate, y si Dios quería (sólo si Él así lo disponía), la causa triunfaría. Pero a los hombres comunes, sólo queda pelear. Como dice Sir Gawain en la célebre saga restaurada por Tolkien, “en cuanto a los destinos, tristes o alegres, los verdaderos hombres no pueden más que intentarlo”.

No pensaba esta jovencita (¡“su carrera” va de los 16 a los 19 años!) que fuese mejor “naturalizar” el combate, dejando de lado las banderas de Dios, de la patria y de la legitimidad, para empeñarse en plataformas de mínimos “no negociables”, porque lo otro (la lucha por el rey legítimo) por el momento no tenía probabilidades de éxito.

Finalmente, confiando en su conciencia, rectamente formada en la virtud y dócil a las mociones del Espíritu, no temía plantarse ante la mayoría del clero, siempre temerosa y mundana, más preocupada por no agitar las aguas que por defender la verdad. Si había que pelear por una causa justa, se peleaba, aunque ciertos clérigos y obispos estuviesen más preocupados por mantener una falsa paz, fruto no de la justicia sino del status quo. Ella bien pedía a los curas, con total desfachatez, que se dedicaran a rezar y dejaran a los seglares cumplir sus deberes para con Dios y con la Patria. Eso y no otra cosa es una sana laicidad, pienso.

Ahora bien, en su bitácora en la plataforma Religión en Libertad, “Anotaciones de pensamiento y crítica”, Manuel Morillo contrapone el modelo de Santa Juana al de Santo Tomás Moro —un santo de muy otras características que Juan Pablo II proclamara “patrono de los gobernantes y de los políticos” durante el Jubileo del año 2000—, inclinándose por la primera. Y dice: “aunque, bien pensado, quizá la Iglesia, que es muy sabia, considere, que, dado el tipo humano del político actual, es imposible ponerles como modelo lo bueno, como Santa Juana, por inalcanzable y se conforma con que algún político, llegado el momento, tras haber intentado salirse por la tangente, evitar el compromiso y el conflicto, y, no poder, en ese momento, no traicione la Verdad, como es lo corriente en la actualidad, y, fijándose en el ejemplo de Tomás Moro, al verse en esa tesitura dé la cara y se enfrente a las mentiras y la opresión, a las estructuras de pecado del Sistema.”

Por el contrario, Don Terzio, en su bitácora Ex Orbe, aprovecha para explicarnos sus suspicacias acerca de la canonización tardía de Juan y sobre el “caso”. “¿Cómo se justifica cristianamente hasta el punto des ser puesta como ejemplo por el Papa? ¿Ejemplo de qué y para quién? Me refiero a su decisión belicista… La santidad de Jeanne d'Arc, entiendo yo, no se manifiesta en sus momentos bélicos, ni en su caudillaje, ni en su patriotismo, sería una contradicción cristiana afirmarlo… me parece desproporcionada y desajustada la comparación de Juana de Arco, tan circunscrita a su propia historia, con la gran Catalina de Siena (una figura de inmenso valor, con pocos - yo diría ninguno - personajes que puedan parangonársele; Catherina da Siena es una santa excepcional). Tampoco comprendo la citación de St. Thomas More, no veo ningún paralelo entre su caso y el de Juana de Arco, tampoco en su proceso, tan distinto en génesis, desarrollo y consecuencias.” Poniéndose más explícito en los comentarios: “En el Nuevo Testamento el ideal del guerrero se ha abolido y vige la vocación del mártir, mucho más alta puesto que incluye junto con el sacrificio de uno mismo el acto supremo de la caridad y la imitación de Cristo… Por eso mi crítica al belicismo en el santoral. Más vale un Santo Inocente degollado como el Cordero Divino que toda la tropa junta de los santos guerreros, muy señores mios a los que también venero, of course, pero que pongo por detrás, muy por detrás, de los que supieron seguir el camino manso y humilde de Cristo Sacerdote y Víctima de propiciación. Y en esto no me equivoco ni un punto… En el siglo XXI entiendo inviable cualquier santo guerrillero insistiendo en la causa de santidad guerrera, incompatible con el Evangelio y el ejemplo de Nuestro Señor… Precisamente la actitud de Juana de Arco durante su inicuo proceso, el sufrimiento paciente por el que se finalmente se santifica (por supuesto no por armar guerra contra los ingleses, una actitud violenta indigna de un santo).”

Más allá de no compartir el “pacifismo” del apreciado Don Terzio cuando se trata de tolerar el mal en el prójimo, y la barbaridad de exigir el martirio del prójimo de ordinario en vez de la obligación de buscar restaurar la justicia con medios proporcionados lícitos, sobre lo que dejé allí un comentario; observemos las diferencias entre uno y otro santo.

En el motu proprio de Juan Pablo II que proclamaba patrono a Moro, se dan las siguientes notas características que justificarían la designación:

- “una extraordinaria carrera política”

- “entró desde joven al servicio del Arzobispo de Canterbury”

- se interesó “por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica”

- “mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam”

- “asidua práctica ascética”

- “un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos

- “una brillante carrera en la administración pública”

- “indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria”

- “gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia”

- “durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado”

No sé ustedes, pero para mí todas éstas son virtudes personales o individuales, pero no políticas. De hecho, no se escucharon públicamente en boca de este poderoso hombre público que fue Tomás Moro condenas a las torturas y asesinatos que sometían contemporáneamente a cientos de monjes, sacerdotes y seglares de a pié a los que ningún prestigio personal o amistad personal con el monarca los salvaba. Pues no está, no se encuentran. Su apología al final del inicuo proceso al que fue sometido se limita a una clase de un profesor de moral.

En fin, conociendo los pormenores de esta proclamación, el pedido de Cossiga y cía., se me hace que Tomás Moro en cuanto patrono de los políticos es un patrono demasiado juanpablista, muy de la “democracia con valores” enunciada en la Veritatis Splendor, muy de “gestos simbólicos” como el de Balduino de Bélgica, de políticos que individualmente procuren ser santos en su familia y en su práctica religiosa a ver si algo se le prende por ósmosis al sistema… pero no que sean santos en tanto políticos.

Me parece que, por el contrario, Benedicto XVI, fiel a su agustinismo político, prefiere un político católico integral e íntegro, preocupado por la política como forma de caridad. Y, por lo tanto, frente al mundo, un político que es místico y guerrero… e, incluso, un político que esté dispuesto al martirio final, si acaso a manos de la Madre Iglesia.

En la vieja UCA, la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas tenía dos cuadros de sus patronos: uno de Santo Tomás Moro para los abogados y otro de San Juana de Arco para los politólogos. Me parece sabio.




Iluminación atribuida a Diebold Lauber (1427-71 ca.) en Das Buch von Kaiser Sigmund (1440-50 ca.) que muestra a Santa Juana entregando un mensaje para el Rey.


Iluminación ca. 1420 preservada en los Archives Nationales de París.

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martes, 27 de julio de 2010

A mí me ha sido entregada (III)

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Varias virtudes y condiciones importantes son necesarias para que los cristianos puedan dedicarse a la actividad política concreta.
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3.–Amor a la Cruz, es decir, espíritu martirial, que hace posible vivir libres del diablo y del mundo. No me alargaré en este punto, porque ya lo he tratado en varias ocasiones, por ejemplo en (19). La historia humana es una incesante y tremenda batalla entre las fuerzas de Cristo y las del Maligno, entre la luz y las tinieblas. En esta situación el cristiano, y el político de un modo especial, ha de elegir entre militar bajo la bandera de la Luz divina o militar bajo la bandera de la Mentira diabólica, imperante en el mundo, asociándose en este caso «con los dominadores de este mundo tenebroso, con los espíritus malos» (Ef 6,12). La opción es obligada, inevitable. Y no caben opciones intermedias. «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6,24), y menos si están en guerra.

Pues bien, el cristiano político que no tiene fuerza espiritual para tomar la cruz y seguir a Cristo, el que es incapaz de dar al mundo el testimonio de la verdad, el que está decidido a guardar su propia vida, tiene obligación gravísima de abandonar su profesión, pues si la sigue, se perderá ciertamente en la vida presente y posiblemente en la vida eterna. Por muchas que sean las argucias mentales que elabore para justificarse –no le faltarán ayudas–, su vida política es falsa y diabólica, pues se hace cómplice de quienes pretenden matar a Cristo en la sociedad y destruir su Iglesia. No es una casualidad insignificante que el patrono de los políticos católicos, Santo Tomás Moro, sea mártir.

Vende su alma al diablo, expresión popular muy profunda, el político cristiano que no pone en primer lugar el Reino de Dios y su justicia, sino la prosperidad de sí mismo y de su familia. Así no se puede servir a Cristo Rey. El que quiere guardar su vida, ciertamente la perderá. El que no se niega a sí mismo, el que no toma su cruz cada día, también en el ejercicio de la profesión política, no puede seguir a Cristo (Lc 9,23-24). Traiciona a Cristo y a la Iglesia. Vende su alma al diablo, y éste, cumpliendo el contrato, le da dominio y poder sobre su mundo. No son falsas las palabras del diablo, padre de la mentira, cuando le dice al cristiano lo que le dijo a Cristo: «te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, pues todo mo ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Por eso si tú te postras ante mí, todo eso será tuyo» (Lc 4,6-7).

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Tomado de la entrada "Católicos y política –II. virtudes y condiciones" de la excelente bitácora del P. Iraburu, Reforma o Apostasía.




William Frederick Yeames (1835-1918), The Meeting of Sir Thomas More with His Daughter after His Sentence of Death (1863, Colección privada)
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lunes, 22 de junio de 2009

Sobre un moro inglés

Muchos aspectos de la vida de Tomás Moro son bastante conocidos, su profesión de abogado, su erudición, su ejercicio en el servicio civil inglés, su amistad con el rey Enrique VIII, su enfrentamiento a propósito del Acta de Supremacía y, finalmente, su controvertido martirio. Pero hay uno que se suele subestimar, aunque nuestro santo jamás lo hizo.
Nos cuenta Erasmo:
“Moro se ha hecho una casa en Chelsea. Allí, él conversa con su esposa, su hijo, su nuera, sus tres hijas y sus esposos, con once nietos. No existe hombre vivo tan afectuoso como él; ama a su anciana esposa como si fuera una joven doncella.
“Diría que su casa es la Academia de Platón, si no fuese una injusticia compararla con una academia donde las disputas sobre números y cifras era rara vez interrumpidas por disquisiciones acerca de las virtudes morales. Prefiero llamar su casa una Escuela de Cristiandad; pues no hay ni uno allí que no estudie las ciencias liberales, cuyo especial cuidado no sean la piedad y la virtud. Ni peleas ni palabras intemperadas se escuchan; la vagancia nunca se ve.
“No tuvo que sufrir que ninguno de sus sirvientes se diera a las cartas o los dados; sino que permitió que algunos de ellos cuidaran del jardín, asignando a cada uno su terreno; algunos, también, les enseñó a cantar, a algunos a tocar el órgano. Los hombres habitaban un ala de la casa; las mujeres la otra. Solía, antes de ir a dormir, reunirlos a todos y decir algunas oraciones con ellos. No tuvo que sufrir que ninguno de ellos faltase a Misa los domingos o días santos; y en las grandes festividades les ordenaba velar hasta los maitines. Solía tener a alguien que leyera durante la comida, y al terminar, solía preguntar a los demás qué habían entendido de tal o cual pasaje; y así se aseguraba una amistosa comunicación, recreando a todos los hombres allí presentes con alguna broma u otra cosa."
Thomas había nacido en 1480 en Londres, en la casa que su padre, Sir John More, tenía sobre la calle de la leche (Milk Street). Sir John era uno de los jueces de la Corte Suprema y mandó a su hijo a la escuela elemental de la calle de los sastres (Threadneedle Street) y, más tarde, a la escuela de la Casa del Cardenal Morton, por ese entonces arzobispo de Canterbury, primado de Inglaterra y Lord Canciller. El Cardenal tomó mucho aprecio por el niño al que auguraba un futuro extraordinario, no sólo por su inteligencia, sino por su buen humor. Una de las actividades que más gustaba al pequeño Thomas era el teatro y se destacaba especialmente en la comedia.
A los 16 años, el Cardenal envió a su pupilo a Oxford. A pesar de los buenos ingresos de su padre, sólo pagaba por el alojamiento y la comida del joven Thomas que, así, se dedicaba únicamente al estudio con toda su atención. Al principio pareció que su vocación sería la religión, pero pronto comprendió que lo suyo era el Derecho.
Graduado con honores, estuvo primero con los abogados que se reunían en una taberna nueva (New Inn) y rápidamente fue requerido a la taberna de Lincoln, una de los cuatro colegios de profesionales del derecho tradicionales de Londres. Allí se hizo reconocido por su disciplina, honestidad y valentía, pero también por su religiosidad. Trabajaba muchas horas y dormía sólo cuatro o cinco horas. Frecuentaba la capilla de la escuela St. Paul, de donde era director su confesor, el Deán Colet. Algunos de los casos más difíciles recayeron en él y los sacó adelante con éxito.
Algunos de los abogados más prestigiosos y el mismo pueblo común se agolpaban para escuchar sus intervenciones en la corte. Incluso su propio maestro de Oxford quiso ver en acción al joven prodigio. Siendo aún muy chico para las convenciones de la época, casó con Joan Colt, la hija mayor de los Colt de New Hall (Essex), quienes no opusieron reparos ante las perspectivas y reputación del abogadito. Con ella, se estableció cerca de la casa de su familia en Bucklerbury. Y aquí comienza a cambiar la historia.
Poco antes de cumplir 23 años, fue electo miembro de la Cámara de los Comunes en representación de su distrito. Allí se opuso a la dote que el rey Enrique VII exigía por su hija, la princesa Margarita. Por esta “ofensa”, fue a parar a prisión, junto con su padre, hasta que pagaran una inmensa multa que les fue impuesta. Además, se lo amenazó para que abandonase su práctica.
En el sexto año de su matrimonio, Thomas perdió a su mujer. Viudo y con un hijo y tres hijas —Margaret, Elizabeth y Cecily— y sin poder ejercer, no obstante, encontró tiempo de conocer a la viuda Alice Middleton, de quien se enamoró y casó a los tres años. Alice tenía una hija —llamada Margaret como la primera de Thomas— a la que quiso como una más de las suyas. Lo mismo que a Margaret Giggs, una dulce niña huérfana que los More adoptaron. La familia More era ahora grande y se mudaron primero a Crosby y, poco tiempo después adquiere un terreno en Chelsea, junto al río Támesis que en esa época era la principal vía de comunicación, donde comenzará a construir su casa.
Mientras tanto, More había seguido dando consejos legales y su nombre era pronunciado por todos. Fue así que cuando decide retomar su práctica, los ingresos de la familia se vieron muy mejorados. Aproximadamente en este tiempo fue que Thomas conoce personalmente a Erasmo, de quien ya era corresponsal, alrededor de una mesa con cerveza y ostras que el alcalde de Londres ofrecía a su ilustre huésped. Dicen que More preguntó a Erasmo, desconociendo de quién se trataba, “¿De dónde venís?” “— De las tierras bajas.” “— ¿Y qué hacéis allí?” “— Beber de botas y comer ostras vivas.” “O sois Erasmo o el mismo diablo.” “O sois More o nadie.” Rieron a carcajadas.
Erasmo se alojó en lo de los More, una casa “ni magnificente ni provocadora de envidia, sino austera y lo suficientemente cómoda”. Los modales alegres y simpáticos de la familia sorprendieron y gustaron al célebre holandés. Pero sobretodo, la erudición de los hijos de Thomas.
John, Margaret, Elizabeth y Cecily, junto a hermana adoptiva Margaret Giggs y su hermanastra Margaret Middleton, aprendían todos juntos latín, griego, lógica, matemática, filosofía y astronomía. Margaret Moore y Margaret Giggs, incluso, estudiaron medicina y, su padre, las alentó a proseguir estos estudios, y también la teología, aún después de casadas. Sabemos que More hacía competir a sus hijos en las traducciones y en la composición de poesía. De entre todos, se destacó la primera Margaret, “Meg”, casada con William Roper —quien habiéndose pasado al luteranismo, para sufrimiento de su suegro, retornaría a Roma poco antes del martirio de éste—.
Otro humanista como Vives se referirá a las “hijas de More”, notables por su educación y su castidad. De hecho, Hyrde, el traductor del “De Institutione” al inglés, por encargo de la reina María Tudor (que había sido tutelada de Vives), pondrá a las “chicas More” como ejemplo de la necesidad de una buena educación para las mujeres.
Thomas hizo circular entre sus amigos las excelentes —a su juicio— traducciones de su hija Margaret del latín y el griego clásico. Tampoco eran malas sus poesías, según nos dicen las cartas desde la Torre. El mismo Erasmo quiso que la traducción de 1524 de sus Comentarios a la Oración del Señor fuese realizada por Margaret.
La conducta pública de Thomas como canciller es bastante conocida. Tras la muerte de su padre, heredó la casa de los More en Gubbins, Hertfordshire, donde vivirán la viuda y los hijos del mártir, pues les serían retiradas las rentas que le correspondían por su cargo y todas sus propiedades.
Tomás Moro, abogado, humanista, estadista, mártir… y hombre de familia.
Ora pro nobis.



Retrato de la familia More, realizado por Rowland Lockey, 1593/4, sobre la base del retrato pintado "en vivo" por Hans Holbein el Joven en la década de 1520 y que se ha extraviado. De izquierda a derecha: John More (padre de Tomás), Anne Cresacre (nuera), Santo Tomás Moro, John More II (hijo), Cecily Heron (hija), Henry Patenson (criado), Elizabeth Dauncy (hija), Margaret Roper (hija), John More III (nieto), Thomas More II (nieto), Creasacre More (bisnieto), Maria More (esposa de su nieto).

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