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lunes, 14 de junio de 2010

El Pol Pot de la arquitectura



Le Corbusier fue a la arquitectura lo que Pol Pot a la reforma social. En un sentido, es menos excusable que Pol Pot por sus actividades: pues a diferencia del camboyano, tenía gran talento, incluso genio. Desafortunadamente, volvió sus dones hacia fines destructivos, y no es coincidencia que haya servido voluntariamente tanto a Stalin como a Vichy. Como Pol Pot, deseaba comenzar desde el Año Cero: antes de mí, nada; luego de mí, todo. Por su misma presencia, las torres rectangulares de concreto pelado que lo obsesionaban ponían fin a siglos de arquitectura. Casi ninguna ciudad del mundo no ha visto su patrimonio edilicio arruinado por arquitectos y planificadores inspirados por sus ideas.

Los escritos acerca de Le Corbusier con frecuencia comienzan encomiando su importancia, algo como: Fue el arquitecto más importante del siglo veinte. Amigos y enemigos están de acuerdo con este juicio, pero la importancia, por supuesto, es moral y estéticamente ambigua. Después de todo, Lenin fue uno de los políticos más importantes del siglo XX, pero fue su influencia en la historia, no su mérito, lo que lo hace importante: del mismo modo con Le Corbusier.

Del mismo modo que Lenin siguió siendo reverenciado mucho tiempo después de que su monstruosidad fuese obvia para todos, Le Corbusier continúa siendo reverenciado. De hecho, existe una especie de renacimiento de su adulación. Nicholas Fox Weber ha publicado hace poco una biografía exhaustiva y en general laudatoria, y Phaidon ha editado un libro enorme y caro en amorosa devoción hacia la obra de Le Corbusier. Más aún, una exhibición hagiográfica dedicada a Le Corbusier tuvo lugar recientemente en Londres y Rotterdam. En Londres, la exhibición encajó perfectamente en un horrendo complejo de edificios construidos en los ’60, llamado The Barbican, cuyo brutalismo en concreto parece haber sido diseñado para abrumar, humillar y confundir a cualquier ser humano con bastante mala suerte para tener que encontrar la forma de entrar en él. The Barbican no fue diseñado por Le Corbusier, pero sí fue inspirado por este particular estilo de arquitectura desalmada.

En la exhibición, terminé conversando con dos mujeres elegantemente vestidas del tipo que suele pasar sus tardes recorriendo exhibiciones. Maravilloso, ¿no cree?, una me dijo. A lo que respondí: Monstruoso. Ambas abrieron sus ojos, como si hubiese negado la existencia de Alá en la Mecca. Si la mayoría de los arquitectos veneran a Le Corbusier, ¿quiénes somos nosotros legos, mero relleno humano de estos edificios, que no sabemos nadas de los problemas sobre construcción edilicia, para criticarlo? Entrando en calor, hablé de los horrores del material favorito de Le Corbusier, el concreto reforzado, que no añeja, sino que se desmorona, mancha y decae. Uno solo de sus edificios, o uno inspirado por él, puede arruinar la armonía de todo un pueblo, insistí. Un edificio corbusiano es incompatible con cualquier cosa excepto con él mismo.

Las dos señores a que me refiero comentaron que viven en una zona de la ciudad compuesta casi enteramente de edificios del siglo XVIII, cuya apariencia y atmósfera social resultó comprensiblemente alterada por dos torres de concreto. Las torres las confrontan diariamente con su propia impotencia de poder hacer algo al respecto, poniéndolas tristes y enojosas. ¿Y quién suponen que inspiró esas torres?, pregunté. Sí, vemos lo que dice, una de ellas reconoció, como si la conexión fuese dificultosa e incluso peligrosa de hacer.

Señalé a las señoras el sector de la exhibición que se ocupaba del Plan Voisin, el proyecto de Le Corbusier de reemplazar todo un barrio de París con edificios con el mismo diseño fundamental como aquéllos que agracian las afueras de Novosibirsk y cualquier otra ciudad soviética (para no decir nada de la misma París y sus banlieues alienados). Si se hubiese llevado a la práctica, el plan hubiese cambiado, dominado y, según creo, destruido la apariencia de toda la ciudad. Aquí, en la exhibición se proyectó un film de los ’20 donde se mostraba a Le Corbusier frente a un mapa del centro de París, una gran parte del cual procede a tachar con un gran crayón negro con todo el entusiasmo del bombardero Harris planificando la aniquilación de una ciudad alemana durante la Segunda Guerra Mundial.

Le Corbusier adornaba este tipo de destructividad como un ejercicio de imaginación y valentía, contraponiéndola al convencionalismo y timidez del que acusaba a todos los contemporáneos que no caían de rodillas ante él. Dice algo del espíritu destructivo que aún perdura en Europa el que un film como éste sea exhibido no para evocar horror o disgusto, o tal vez risa, sino admiración.

...

El idioma de Le Corbusier revela su mente enfermizamente totalitaria. Por ejemplo, en aquél que es tal vez su libro más influyente, editado en 1924, Hacia una Nueva Arquitectura (ya el título sugiere que el mundo había estado esperándolo), escribe poéticamente:

Nosotros debemos crear una mente para la producción en masa:

Una mente para construir hogares producidos en masa.

Una mente para vivir en hogares producidos en masa.

Una mente que conciba hogares producidos en masa.

¿Quiénes son esos nosotros de quienes habla airadamente, responsables de crear, entre otras cosas, mentes universales? Sólo una respuesta es posible: Le Corbusier y sus discípulos (entre quienes habrá, lamentablemente, muchos). Todos los demás tienen ojos que no ven, como tolerantemente dice.

He aquí algunos mandamientos:

Debemos definir normas que nos permitan encarar el problema de la perfección.

El hombre debe ser construido sobre este eje, en equilibrio perfecto con la naturaleza y, probablemente, el universo.

Debemos encontrar y aplicar nuevos métodos, métodos claros que nos permitan diseñar planes útiles para el hogar, tendiendo naturalmente a la estandarización, la industrialización y la taylorización.

El plan debe ser todo… Las calles deben desaparecer.

Y también aparece una afirmación similar: El muro de material ya no tiene derecho a existir.

...

La única ciudad que Le Corbusier llegó a construir, Chandigarh, en la India, es un monumento a esta idea miserable. En la exhibición de Londres, se mostraron imágenes, al son de música india clásica y bella, como si existiera alguna conexión intrínseca entre la refinada civilización india y las feas losas de concreto. La asombrosa incompetencia de Le Corbusier—el producto natural de su arrogancia inflexible—se revelaba, sin duda en forma no intencional, mediante las fotos del enorme parque de concreto que colocó en Chandigarh, totalmente desprovisto de forma. Es como si hubiese querido que el sol encogiese a los insectos humanos que se atrevan a manchar la perfecta geometría de sus planos con las irregularidades que traen consigo.

Su antihumanismo se hace evidente por sí sólo en su actitud hacia el pasado. Repetidamente, habla del pasado como de una tiranía de la que es necesario escapar, como si nadie hubiese descubierto o sabido nada hasta que él llegó. No es que el pasado nos haya legado problemas que debemos esforzarnos por superar: sino que todo el pasado, con pocas excepciones, es un horroroso error que estaría mejor si se destruye y olvida. Su desprecio por sus contemporáneos, excepto aquéllos que lo seguían si reservas, es total…

Al denunciar la arquitectura gótica, por ejemplo, dice Le Corbusier:

La arquitectura gótica no es básicamente esferas, conos y cilindros… Es por esta razón que una catedral no es bella… Una catedral nos interesa en cuanto solución ingeniosa a un problema difícil, pero un problema cuyos postulados han sido mal estimados pues no proceden de las grandes formas primarias.

¡Ahora sabemos por qué a la gente le gustan las catedrales de Chartres y Rheims! ¡Resuelven mal los problemas formulados! Le Corbusier me recuerda al padre de un amigo ruso, un hombre que era un gran experto soviético en vidrio plano que, al visitar Londres por primera vez, miró un bloque modernista de diseño corbusiano que arruinaba un parque del siglo XVIII y dijo, refiriéndose a algún aspecto del vidrio plano, Ésa es una solución interesante del problema.

El tributo a Le Corbusier más sincero, por inconciente, proviene de los garabateadores de grafitis. Si uno se acerca a los resultados de sus actividades en forma epidemiológica, digamos, notaremos rápidamente que, cuando la arquitectura buena está al alcance de la arquitectura corbusiana, tienden a cambiar el rostro de las superficies y los edificios corbusianos. Como si fuese por instinto, estos incultos habitantes de los arrabales han comprendido precisamente aquello que muchos arquitectos han debido realizar un enorme esfuerzo intelectual para evitar comprender: que Le Corbusier es el enemigo de la humanidad.

Le Corbusier no pertenece tanto a la historia de la arquitectura como a la del totalitarismo, a la deformidad espiritual, intelectual y moral de la Europa de entreguerras. Claramente no estuvo solo; fue tanto un creador como un síntoma del zeitgeist. Sus planes para Estocolmo, después de todo, fueron la respuesta a una competencia sueca oficial sobre modos para reconstruir la bella ciudad antigua, de modo que su destrucción era parte del menú. Es un signo de la fuerza perdurable de la tentación totalitaria, como la llama el filósofo francés Jean-François Revel, que Le Corbusier sea aún reverenciado en las facultades de arquitectura y otras instituciones, en vez de ser universalmente rechazado.

Se puede leer el artículo entero aquí. El autor es médico y colaborador del City Journal (revista trimestral de asuntos urbanísticos) y miembro académico del Instituto de Manhattan para la Investigación de Políticas Públicas. Durante 13 años fue columnista del London Spectator, es colaborador de National Review, Wall Street Journal, The Times, Los Angeles Times, The Daily Telegraph, entre los diarios y periódicos más conocidos, y autor de cuatro libros sobre políticas públicas. El resumen está tomado del sitio The Lion & the Cardinal de Daniel Mitsui.








Muestra de la arquitectura de Le Corbusier en su ciudad, Chandigarh (India). [Tomado respectivamente de la Facultad de Arquitectura del Bryn Mawr College, The Tribune (diario en inglés de Chandigarh) y Scott Larsen.]

 

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