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miércoles, 26 de enero de 2011

Suspender el juicio... indefinidamente

En estos días, el amigo Wanderer anda “wandereando” alrededor del concepto del neo-conservadurismo eclesial, de la mano de Ludovicus y otros comentaristas habituales. A no perderse las entregas I, II y III. Para profundizar un poco más, podemos leer (o releer) los interesantes ensayitos de Jack Tollers sobre las “sectas católicas”: De sectis I (stricto sensu), De sectis II (lato sensu), De gaudio in sectis, Carta a un camarada (tentado por el Opus), Carta a un amigo (cooptado por otra secta).

Una de estas sectas neocon es la de nuestros viejos conocidos kukuses que, sin perder sus particularidades (la grosería, el matonismo, etc.), comparten las notas esenciales que muy bien se han definido en estos trabajos y sintéticamente en “El decálogo del zombi católico”.

Dicen que como muestra basta un botón pues, bueno, he aquí la demostración de cómo “el zombi católico adhiere en forma incondicional e irreflexiva a todo lo que dice o mande… el líder del movimiento que integra”.

Es un poco largo, pero vale la pena. Por favor, lean este texto acerca de El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien.

EL «HOMBRE PEREGRINO» DE TOLKIEN

Si los hasta ahora desafortunados esfuerzos de nuestros aprendices de antropólogos llegasen algún día a la suspirada meta de encontrar el «eslabón perdido» de nuestra raza, yo no me extrañaría al escuchar el estruendoso anuncio del hallazgo de un montón de huesos ordenadamente enterrados junto... a un bordón de peregrino.

El hombre es un extraño en este mundo, aunque sea su mundo. En el hogar que ha construido con sus manos es un mendigo que pide alojamiento por una noche. Es un huesped en su propia casa.

Siempre me ha desconcertado el que todas las grandes historias de los hombres sean historias de odiseas; viajes con destinos inciertos o al menos por caminos dignos de recelo. Apenas dos capítulos después de comenzar el Libro de los Libros, se nos describe a nuestros primeros padres emigrando del Paraíso perdido. Vagabundea Caín por el mundo y Abram se hace caminante por voluntad divina. El viaje marítimo de Noé es el más antiguo aliento que podría haber encontrado Colón para animarse a su empresa. Peregrina el pueblo elegido. Peregrina la Iglesia, como escribe Agustín, entre las persecusiones del mundo y los consuelos de Dios. Peregrino es Gilgamesh; también Ulises, Eneas, Colón; los misteriosos personajes de las leyendas del holandés y del judío errantes. Viajero es Dante por los reinos de ultratumba, y trotamundos es Don Alonso Quijano, el loco, por las gastadas tierras de España.

Confieso que comencé a leer El Señor de los anillos con cierta desconfianza. ¿Por qué tantos -y tan extraños- personajes lo leen con avidez? ¿Por qué hombres de inteligencias trasnochadas se entusiasman con la trilogía de Tolkien? ¿No habrá en ella algo que condiga con sus gustos morbosos por lo oculto y esotérico? ¿Será un exponente más de oníricos fantasmas de nuestro tiempo? Pero, por otra parte, ¿cómo podría ser así la obra máxima de quien ha confesado: «debo estar agradecido principalmente al hecho de haber sido formado en una fe que me ha alimentado y que me ha enseñado todo lo que sé»? Y Tolkien hablaba de la fe que recibió de su madre heróica, de la fe católica por quien su madre no titubeó en abrazar la estrechez y la miseria: «murió joven -escribía con orgullo su hijo- debido en buena parte a las incomodidades y privaciones de la pobreza resultante de su conversión». Entonces algo debía interpretarse de otro modo.

Sólo después de leer por entero los tres libros de la epopeya del Anillo relacioné El Señor de los Anillos con aquel atractivo irresistible que, como decía más arriba, los hombres -buenos y malos- sienten por los peregrinajes épicos. Reflexionando entendí que si éste es -como alguno pretende- el poema épico más grande de este siglo, lo es por ser el romance de un pequeño peregrino que desafió las muelas del Infierno.

Un «cuento de hadas a gran escala», lo definió su autor. En realidad, el cuento del hobbit Frodo es la historia del hombre. La historia del hombre inconsciente del Drama Misterioso que constituye el entorno de toda vida terrena, y que de pronto es vocado a protagonizar una epopeya que supera infinitamente sus fuerzas.

Frodo, constituido portador del «anillo», encargado de desafiar el pavoroso poder de Sauron para introducirse en el impenetrable corazón de Mordor y arrojar el anillo en las ardientes calderas de la Montaña del Destino, es, definitivamente, figura del hombre. El lleva atado a su cuello el «anillo», como cada hijo de Adán carga con su herencia de pecado y su filiación de ira (cf. Ef 2,3). En su interior su libertad lucha un dramático combate, ante el cual las pavorosas incursiones de los orcos, de los espectros, de los nazgûl y los balrogs, son sólo escaramuzas y sonido de huecas trompetas: éstos amenazan la vida, en cambio, en el alma de Frodo se arriesga la pervivencia del bien y del ser.

El «Anillo» da poder, pero al mismo tiempo esclaviza, oscurece y deforma. «¡No me tientes!», grita Gandalf cuando Frodo le ofrece guardarlo. «¡No me tientes! Pues no quiero convertirme en algo semejante al Señor Oscuro. No me atrevo a tomarlo, ni siquiera para esconderlo...». A través del Anillo se recrea algo similar a las tentaciones que Cristo padece en el desierto. Es tentación de poder, de dominio, de ser dios sin Dios, de hacer del mundo y de los hombres un feudo personal. El Anillo no tienta con placeres, delicias o caprichos, sino con poder y conocimiento. El dramático final en que Frodo, agotado por la tensión sobrehumana a que ha estado sometido a lo largo de su larga aventura, se niega -en una arranque de locura- a destruir el Anillo, muestra precisamente el poder diabólico que éste encierra y que llega casi al punto de conseguir anular el sacrificio del héroe.

El anillo tiene «voluntad» propia y misteriosa. O mejor, es la voluntad de Sauron, el Señor de las Tinieblas, que actúa desde el anillo, tentando a Frodo, buscando asociárlo a su empresa, obnubilándolo, y tentando arrastrarlo hacia las manos del Amo de los Espectros. La salvación de cuanto queda de belleza, cuanto hay de ser, de armonía y de bien sobre el mundo dependen de Frodo, de su resistencia a la voluntad del anillo, de su desafío a las iras sangrientas de Mordor; depende de que destruya el «poder» en las fraguas de Las Grietas del Destino; pero esto exige una lucha moral, una «agonía» en algún sentido «mística». Y para eso Frodo se siente desamparado. Es decir, su libertad por un lado se sabe acompañada y protegida; por otro parece saborear la más amarga soledad. Gandalf el Gris vela sobre él casi al modo en que la gracia lo hace sobre el cristiano («No olvides que puedes contar siempre conmigo... Te ayudaré a soportar esta carga todo el tiempo que sea necesario»); Sam Ganyi lo acompaña como su conciencia irreprochable y su «buensentido», y de algún modo es la otra parte de Frodo: él le dice lo que Frodo en el fondo escucha en su propia conciencia, lo anima con optimismo a hacer lo que su propio corazón le está insinuando con sonidos casi imperceptibles por la agonía. Pero de todos modos, su libertad no puede renunciar a sentir sobre sí, como un monte que lo aplasta, el peso grueso del combate.

Creo que el talento de Tolkien radica en su enorme capacidad de enseñarnos filosofía y teología sin hacérnoslo notar. Copioso es el número de quienes jamás han trascendido las epidérmicas interpretaciones de la Trilogía. Para muchos Tolkien es el máximo exponente de la literatura fantástica contemporánea. Pero pocos han comprendido que el Drama del Anillo es una fábula, o mejor una parábola. Al oído fino, en cambio, Tolkien habla profundamente de la belleza y el dolor, de la verdad y la conciencia, del mal y del bien, del hombre peregrino de su existencia, de la heroicidad y la lealtad, y, por sobre todo, del hombre envuelto en la poesía y el misterio, portador de una vocación irrenunciable, y sobre quien Dios gusta hacer sentir el peso de su llamado, como si de sus solos actos, aunque efímeros, dependiese paradójicamente el destino del Universo.

Es una parábola del homo viator. Una alegoría donde se describe ese status viatoris que es uno de los conceptos fundamentales de la teoría cristiana de la vida. Tolkien parece haber llegado al concepto raigal del ser creatural: su estado de no-plenitud unido al encaminamiento hacia la plenitud, como lo describía Pieper. Siendo el hombre un ser en movimiento, El Señor de los Anillos se despliega como la gran parábola de la transformación interior del hombre, y también de las tentaciones de abortar esta tranfiguración: con aquello que alguien denominó la anticipación de la no-plenitud (la desesperación), y la falaz anticipación de la plenitud (la presunción). Frodo Bolson, probado como el oro en el crisol, se va transformando; y lo hace por la fidelidad a las cosas verdaderamente grandes de la vida, por aquellas por las que juzga lógico su sufrimiento y su presumible muerte: su hogar, su campo en flor, los bosques de su tierra, los cantos y los poemas recitados junto al fuego de la chimenea, sus tradiciones, sus amigos, la lealtad, la libertad o, simplemente, el agua que corre límpida por el Molino de Shire. Es el hombre que se tranfigura a través de la paradójica convicción que de hallará la victoria en el naufragio, y en la certeza de que combate una Lucha que no se reduce a los horizontes huidizos que puede alcanzar con su vista vacilante. Frodo, con un proceso casi imperceptible, madura en la fragua purificadora de la tentación, del despojo total, de la persecusión y del dolor. En Shire su corazón es un corazón lleno de justicia; en Mordor (tras experimentar la debilidad y el abatimiento) es un corazón henchido de compasión propenso a la misericordia y al perdón.

Si sólo tomasemos la primera y la última parte de esta historia, tendríamos razón en pensar que el insignificante hobbit que parte titubeante y asustado de Shire, no puede ser el mismo personaje que enfrenta -agonizando- la última pendiente de la Meseta de Gorgoroth («Has crecido Mediano -le dice amargo Saruman-. Sí, has crecido mucho»). Y sin embargo lo es; y nadie puede acusar a la pluma de Tolkien de suplantar el personaje. Tolkien -a decir verdad- logró templar con pulcritud, con paciencia y con suavidad (con mano de madre) el carácter de su héroe, hasta hacer de él -sin cambios bruscos, con una maduración psicológicamente normal y admisible- el gigante espiritual de la última batalla. Si no fuese por su maestría, Tolkien -en rigor de argumento- hubiera debido hacer del postrer Frodo o un necio que teme la muerte y huye, o un loco que la busca en su desesperación; hizo, en cambio, un sabio que la espera, porque espera algo después de ella. Por eso vuelvo a decirlo, pienso que esta historia es la parábola del itinerario espiritual, interior, de todo ser humano, peregrino, viador, desterrado y navegante sobre las aguas de este mundo.

Alguno ha considerado extraño que en todo El Señor de los Anillos nunca se mencione a Dios. Es verdad, no se habla de Dios, tal vez porque Dios es allí omnipresente. Parece una paradoja chestertoniana, y en cierto sentido lo es. Dios está presente en la placidez en la sencilla rusticidad de Shire, la tierra de los hobbits, cuya descripción es el homenaje que rinde Tolkien a la campiña inglesa de su infancia; está presente en la belleza angélica de los elfos, en la dulzura paradisíaca de los bosques de Lothlorien. Está presente en la fuerza que mueve a Frodo a la herocidad, al martirio, al sacrificio de su vida; en la entereza que demuestra afrontando una misión imposible e impensable, consciente de su endeblez e impotencia; presente en esa fuerza indoblegable que brota siempre de su alma en las situaciones límites, mostrando que hay algo superior a él, que lo trasciende y que actúa en él. Pero Dios también está presente en Mordor. La descripción de la tierra de las tinieblas, de la desnudez y la muerte -en cuya pintura Tolkien reproduce la angustia y desolación que contempló en los campos humeantes y sembrados de cadáveres de la Europa destrozada por la primera Guerra mundial- asombra por su vigor. El mal es presentado en El Señor de los anillos con una fuerza tal que uno teme estar pronunciando una blasfemia maniquea. Uno está ante una «fuerza espantosa», como tituló Lewis uno de sus libros. Una Energía que todo lo invade, todo lo ve, todo lo toca, todo lo domina... Pero sin embargo, en eso mismo Tolkien quiere mostrar su nihilidad: todo lo gobierna, todo lo espía, todo lo esclaviza, todo lo diseca, todo lo ensombrece, pero no puede detener aquella pequeña libertad que niega rendírsele. No en vano cuando los últimos defensores de la belleza del ser han ya aceptado la realidad de una muerte segura peleando sin esperanza ante las puertas inconquistables de Mordor, cuando el poder tenebroso no tiene más que apretar el pie con que está aplastando los últimos fulgores del Bien que caen como el Sol crepuscular, precisamente entonces la tierra de Cromallen se estremece bajo los pies de los combatientes, las Torres de la Puerta Negra vacilan y se desmoronan y se escucha el grito: «¡El reino de Sauron ha sucumbido! ¡El Portador del Anillo ha cumplido su Misión!». El anillo ha caído en las Profundidades de Orodruin, y las tinieblas morales se quiebran como mueren, sangrando, las sombras de la noche cada amanecer. Dios está presente porque el Drama de Tolkien, entendido como la lucha entre el reino de Mordor y del hobbit Frodo, no tiene sentido. Mordor no puede lograr su designio porque hay algo que es más fuerte que él y también más fuerte que Frodo, que actúa sin que se vea, y que está esperando que el Señor Oscuro se empine sobre las puntas de sus pies para derrivarlo con el aliento de su boca.

He comparado a Frodo Bolson con los grandes peregrinos épicos, con Eneas, con Ulises, con Don Quijote. Pero hay en él algo que los distancia: su historia -como la del hombre- no termina -no puede- en esta vida. La historia de Frodo no concluye volviendo a la Comarca; sólo se detendrá allí un tiempo, para luego volver a partir. Su retorno y estadía en Shire, en la paz y el orden, están signados por la nostalgia. «¿Qué le pasa, señor Frodo? -dijo Sam. Estoy herido -respondió él-, herido; nunca curaré del todo». La historia de Frodo termina embarcándose nuevamente, con Elrond, Galadriel, los Elfos de la Alta estirpe, Bilbo, Gandalf... todos los portadores de los anillos. Todos saben que el deseo despertado en sus corazones por el Anillo estaba mal... pedírlo al Anillo, pero sólo era la desviación de un deseo verdadero: sus corazones no erraban en desear sino en lo que deseaban. Con la destrucción del Anillo han rectificado el cosmos y sus almas, pero no han saciado lo que éstas pedían bien y buscaban mal. Por eso están heridos, tienen nostalgia, morriña, anhelo de Algo que está más allá. Y tienen necesidad de volver a partir; esta vez definitivamente porque saben el camino. Parten de la Tierra Media, desde los Puertos Grises, y desde allí navegan allende el Mar, rumbo al Oeste, hasta que «por fin en una noche de lluvia Frodo sintió en el aire una fragancia y oyó cantos que llegaban sobre las aguas; y le pareció que, como en el sueño que había tenido en la casa de Tom Bombadil, la cortina de lluvia gris se transformaba en plata y cristal, y que el velo se abría y ante él aparecían unas playas blancas, y más allá un país lejano y verde a la luz de un rápido amanecer».

«La historia eucatastrófica -escribió Tolkien en un vigoroso ensayo- es la esencia del cuento de hadas, y su principal función». Eucatástrofe, es decir, final feliz. Los cuentos de hadas están para que terminen bien. Como El Señor de los Anillos; como la historia del hombre que peregrina sobre este mundo, cargado con su naturaleza herida, en lucha, no ya contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos de los aires (cf. Ef 6,12), con una libertad vacilante, llamado a llevar la lucha hasta la sangre (cf. Hb 12,4) ... pero con la seguridad del triunfo definitivo: No temáis, yo he vencido al mundo.

Muy lindo, ¿no? Ahora, ténganme un poquito más de paciencia y lean lo siguiente:

Leer a Tolkien hoy, ¿supone algún peligro?

Y su secuela,

Aclaraciones sobre Tolkien: una discussion.

Aunque no lo crea, el autor es el mismo, el famoso “Teólogo Respondón”, voz autorizada del Chañaral.

Aunque no lo crea, hay sólo dos años de diferencia entre uno y otro escrito.

¿Qué pasó en el medio?

“— No entendés nada, pibe.”



6 comentarios:

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

Más que suspensión del juicio, estamos ante un raro fenómeno volitivo quirúrgico: la amputación del juicio. Teratología pura. Los muñones sangrantes pueden advertirse en el segundo artículo. La cirujía la hizo Sweeney Todd o Jack the Ripper.

Anónimo dijo...

Un amigo muy querido decía: "Son soldaditos de plomo disparan para donde los apuntan"

Anónimo dijo...

Excelente el artículo... aunque sea indignante la materia del mismo. El sr. Ludovicus habla de "muñones sangrando"... yo me atrevería a decir que se tratan de "lóbulos sangrando", de otra manera no me cabe en la cabeza una acitud así.

Oscar

Anónimo dijo...

Sebastián Randle le contestó en forma al P. Fuentes en su libro sobre Castellani. Véase p. 707 y ss.

Anónimo dijo...

"pavada", que no PABADA.

L´osservatore.

Anónimo dijo...

¿Se dan cuenta de que reconoce implícitamente que escribió los dos artículos condenatorios sin haber leído la obra?
No comment.

Tychonius Afer

 

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