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jueves, 18 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El argumento II




Willard se une entonces a la tripulación de una lancha de patrulla fluvial de la Armada estadounidense, la improvisada “Armada de Aguas Marrones” como fue conocida. Este bote de fibra de vidrio y motor a propulsión, armado con dos ametralladoras pesadas además de armas livianas y lanzacohetes, PBR en las siglas militares, contaba con una variopinta tripulación, integrada por el comandante, el suboficial primero George “el Jefe” Phillips (Albert Hall), y los jóvenes marineros: artillero de tercera clase Lance B. Johnson (Sam Bottoms), el maquinista Jay Hicks “el Chef” (Frederic Forrest) y el también artillero de tercera clase Tyrone Miller “el Señor Limpio” (Laurence Fishburne).

En la versión Redux del film, la tripulación se entretiene con el hit de los ’60 “No puedo obtener satisfacción”, de los Rolling Stones —todo un lema de esos tiempos de cambio—. Incluso Lance se anima a esquiar en el agua, molestado con las olas a los botes de juncos vietnamitas.

Mientras tanto, Willard estudia un dossier que le dieron sobre Kurtz. “Al comienzo, pensé que me habían dado el legajo equivocado. No podía creer que quisiesen a este hombre muerto. Tercera generación de graduados en West Point, el mejor de su clase. Veterano de Corea. Entrenamiento como paracaidista. Casi mil condecoraciones. Etcétera, etcétera. Había escuchado su voz en una cinta y me habían hecho morder el anzuelo, realmente. Pero no podía conectar aquella voz con este hombre. Como decía, tenía una foja impresionante, quizá demasiado, quiero decir perfecta. Estaba destinado a ocupar una de las casillas más altas en el organigrama: general, comandante en jefe, cualquier cosa. En 1964, regresó de su período como jefe de asesores en Vietnam y las cosas empezaron a andar mal. Su reporte al Comando Conjunto del Estado Mayor y al presidente Lyndon Johnson era convertido en lectura restringida. Parecía que no querían escuchar lo que él quería decirles. En los meses siguientes, tres veces pidió que lo transfieran al Fuerte Benning (Georgia) para entrenarse como paracaidista y finalmente fue aceptado. ¿Paracaidista? Tenía 38 años. ¿Por qué carajo iba a querer eso? En 1966 se une a las Fuerzas Especiales y regresa a Vietnam.”

Ven y escuchan pasar a un impresionante bombardero B-52, de aquéllos que habían sido diseñados para transportar bombas atómicas pero que en Vietnam fueron utilizados para castigar con toneladas de explosivos convencionales todo el Sudeste de Asia. Llegan entonces hasta los helicópteros del 1º Escuadrón del 9º de Caballería Aérea (1ª División Aeromóvil), revoloteando tras un ataque a posiciones del Vietcong. “El 1º del 9º era parte de una antigua división de caballería que había trocado sus caballos por helicópteros y que volaban por ‘Nam buscando la mierda. Habían dado a Charlie algunas sorpresas desde que estaban allí.”

En el comienzo de una de las secuencias más famosas del cine bélico, encuentran entonces al teniente coronel Bill Kilgore (Robert Duvall), arquetipo del militar estadounidense heroico, tipo Patton o Custer: peleador, exuberante, casi lunático. Lleva un sombrero de caballería, un revolver largo tipo Colt a la cintura en vez de la pistola reglamentaria, anteojos de sol y un pañuelo amarillo, y arroja sobre los cadáveres barajas francesas que tienen el emblema de la unidad (en campo de oro una banda de sable; cargado de una cabeza de caballo en sable en la siniestra del jefe): “Que Charlie sepa quién lo hizo.” Al mismo tiempo que, por un altavoz, un soldado yanqui anuncia a la población civil estupefacta: “Estamos aquí para ayudaros.”

Es entonces cuando este excéntrico personaje descubre que el marinero Lance Johnson, uno de los que acompaña a Willard en su misión, es un famoso surfer californiano. “Es un honor conocerte, Lance. Ninguno de nosotros está a tu nivel, pero hacemos mucho surf por aquí, Lance.”

Esa noche, mientras Kilgore daba una fiesta en la playa para sus hombres, Willard se cuestiona. “Cuanto más tratan de convertir esto en algo parecido a como es en casa, más nos hacen a todos extrañar.” Millones de dólares gastó en esta guerra el gobierno estadounidense en cervezas, cigarrillos y revistas porno… Y respecto al salvaje Bill, “bueno, supongo que no era un mal oficial. Amaba a sus muchachos y uno se sentía seguro con él. Era uno de esos hombres que tienen una extraña aura a su alrededor.”

En un primer momento, Kilgore se niega a escoltar a Willard y su lancha hasta la boca del río Nung, “esa aldea que señalas es de lo más salvaje, Willard”. Entonces se hace intervenir a Lance, quien comenta que ese lugar “es increíble, es la ciudad de las olas tubo”, convenciendo al coronel de caballería sobre la necesidad de “recuperar’’ esa playa porque, como dice éste, “¡Charlie no surfea!”

Al amanecer, luego de que una trompeta toque a la carga al viejo estilo, cientos de helicópteros artillados se elevan. En una imagen impresionante, la caballería aérea se despliega ocupando todo el horizonte anaranjado. “Saldremos como desde el sol naciente y cuando estemos a una milla, pongan la música. Sí”, opina Kilgore, “usen Wagner. Aterroriza a los amarillos. Y mis muchachos lo aman.”



La cabalgata de las Valquirias es lo único que se escucha, mientras los helicópteros alistan sus armas, y los soldados se sientan sobre sus cascos para cubrir sus partes íntimas.

Y así nos aproximamos a una aldea aparentemente pacífica e inocente, donde unos escolares se forman en un patio. Todo parece anunciar una masacre. Cuando, de repente, vemos las fortificaciones del Vietcong preparando sus propias armas para el contraataque. Las coheteras descargan y las ametralladoras hacen lo suyo.

Kilgore festeja los aciertos de sus hombres mientras se pregunta: “¿Esta gente nunca se cansará?” Aún hoy, cuarenta años después, los estadounidenses creen que con lograr absoluto poder de fuego, pueden doblegar a quien sea. Pero hoy, en 2011, en Irak, en Afganistán, como hace cuarenta años, los hechos los desmienten nuevamente.


Mientras tanto, los helicópteros que transportan personal comienzan a descender y dejan soldados en tierra para asegurar la posición. Ya hay heridos y un helicóptero para evacuación médica aterriza, mientras una dulce jovencita vietnamita arroja una bomba dentro del mismo. “¡Los malditos salvajes!”, grita Kilgore. La impotencia ante un tipo de guerra no convencional…

Asegurada la zona de aterrizaje nuevamente, Kilgore desciende. Y comenta con Lance las bondades para surfear en esas playas, al mismo tiempo que ordena a sus hombres que no pierdan la marea alta de la mañana. Ante la locura, Willard cuestiona al hombre. Pero éste responde imperativamente: “Si digo que es seguro surfear en esta playa, Capitán, es seguro surfear en esta playa. Yo no temo surfear aquí”, mientras se quita la camisa para dar el ejemplo.

Pero el fuego de francotirador y mortero se acerca a los hombres que ya están entre las olas de la costa. Es entonces cuando Kilgore solicita un ataque aéreo sobre la línea de árboles: “bombardéalos hasta que regresen a la Edad de Piedra, hijo”, ordena al aviador.

Una jungla encendida, un infierno de llamas, al frente. El Coronel aspira y pronuncia una de las frases más recordadas de la historia del cine: “¿Hueles eso? ¿Hueles eso? Napalm, hijo. Ninguna otra cosa en el mundo huele como eso. Amo el olor del napalm en la mañana. ¿Sabes? Una vez bombardeamos una colina durante doce horas. Cuando todo había acabado, subí caminando. No encontramos ni a uno de ellos, ni un cuerpo amarillo apestoso. El olor, sabes, el olor a gasolina, en toda la colina. Huele, u olía, como… victoria.”

Napalm, un gel de gasolina que, encendido, alcanza temperaturas altísimas, entre 800 y 1200 grados Celsius, no dejando sobrevivientes donde cae. Ni siquiera bajo el agua uno encuentra protección. Además de los daños reales por quemaduras, las altas llamas, los ruidos que provoca al consumir el oxígeno del aire a toda velocidad y el fuerte olor causan un terror psicológico duradero en el enemigo. Y la Dow Chemical se hizo un dineral produciéndolo.

“Algún día”, se lamenta, “esta guerra terminará.”

En un toque adicional de surrealismo, en Redux, Willard roba jugueteando la tabla de surf de Kilgore y se la da a Lance, mientras ambos corren hacia la lancha que ha sido traída también en helicóptero. El Coronel, más preocupado en ello que en el curso del combate, los persigue por aire pidiendo por favor a Lance que le devuelva su tabla. “Sabes lo difícil que es conseguir algo como eso aquí”, ruega.

Comienzan, entonces, realmente el viaje río arriba. Mezcla de viaje iniciático y descenso a los infiernos. “Algún día esta guerra terminará”, piensa Willard. “Eso estará bien para los chicos en la lancha. No buscan nada más que una forma de volver a casa. El problema es que yo ya he estado allí y sé que eso no existe más.”

El mundo en general y los Estados Unidos en particular ya no serán como a comienzos de los ’60. El optimista mundo de postguerra ha desaparecido y se abre paso el nihilismo hecho cultura. Los muchachos que han dejado “el sueño americano” antes de comenzar a vivirlo, regresan a una sociedad cambiada, donde tendrán muchísimas dificultades para volver a encajar. Algunos no lo lograrán nunca.

Piensa Willard, “si así es como Kilgore hace la guerra, comienzo a preguntarme qué es lo que en realidad tenían contra Kurtz. No era sólo por demente y asesino. Había bastante de eso en todas partes por aquí.”

¿Qué es lo que realmente diferenciaba a Kilgore y a Kurtz? ¿Tal vez se trate de que el primero está en “comunión plena” con los generales que dirigen la guerra, al menos de palabra? Por muy mal que conduzcan esta guerra, debe pensar Kilgore, mientras me dejen surfear…

(continuará)

La secuencia completa (en inglés): http://youtu.be/vHjWDCX1Bdw
(hay versiones en castellano en la web pero son demasiado ridículas)

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