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viernes, 18 de marzo de 2011

Antes del fin

Copio a continuación un comentario enviado a Wanderer pero que nos quedó demasiado largo.



Efectivamente, no sé si los primeros cristianos nos envidiarían, como dice W., pero sí que ansiarían estar con nosotros —aunque más no sea porque cronológicamente estamos más cercas de los Últimos Tiempos—. Mientras difundían el Evangelio por todo el mundo conocido arriesgando (literalmente) la vida, anhelaban el pronto regreso del Cristo. Esto es evidentísimo en las Actas de los Mártires, especialmente en la historia de santas Perpetua y Felicitas, donde los paralelismos con el Apocalipsis son evidentes. Como bien, pronosticó Castellani el principal problema de nuestro cristianismo de hoy es pensar o vivir como si Cristo no fuera a volver. Vale decir que lo mismo (con otras palabras) pronosticaron los peritos de un reciente congreso sobre el Apocalipsis que tuvo lugar en el Vaticano.


Como ya comentamos en alguna oportunidad, y creo que en esto coincido con algunos comentaristas y (si no recuerdo mal) con el mismo W., esa inversión del orden natural de que habla W. (que incluye en primer lugar el falseamiento del principio de autoridad, empezando por la autoridad paterna que recuerda un anónimo), siendo elevada a la categoría de ley, es el katejón siendo retirado —de una forma que nuestros antepasados no pudieron prever puesto que atenta contra la misma evidencia de la razón y los sentidos—, es la destrucción de los últimos vestigios de Romanidad.
En cuanto a la persecución creo pueden darse las dos posibilidades: la de un martirio incruento en la forma de una marginación social creciente de los fieles (Castellani en algún lado [¿Cristo y los fariseos?] sostiene que ésta es la verdadera persecución), o la de un martirio cruento similar a lo ocurrido con los cristianos de los primeros tres siglos. Pero tal vez, este último sea en realidad el “typo” nomás.
En cuanto al Anticristo, es cierto, aun no lo “vemos”, pero eso no quiere decir que su espíritu no esté ya actuando en el mundo. ¿Será una persona de carne y hueso? Aun entre los teólogos de la historia de nuestro tiempo, como Castellani o Canals Vidal, para citar sólo dos, el asunto no está claro. Y si no es una persona física, tampoco es necesario que sea una nación, una etnia, un grupo… tal vez sea el espíritu de una época, un “ethos” particular. Tal vez sea todo lo anterior…
En cuanto a lo que dice Atilio, es probable que la persecución venga por ese lado. El último año, cuando se dio todo el escándalo de los curas pedófilos, numerosas voces salieron a acusar al cristianismo de ser “inhumano”, “bestial”, “anti-natural”, etc., incluso “dentro de la Iglesia”, entre curas y monjas que abogan porque se “libere” la doctrina moral. Creo que es genial lo que dice René Girard acerca de los “chivos expiatorios” y su función en la sociedad pagana, y qué es lo que puede suceder en el actual presente neopagano, donde se acusa al cristianismo justamente de aquello que ha ingresado al mundo gracias a él (la protección de los débiles, la eliminación de los linchamientos públicos, la conmiseración por las victimas, etc.). En la sociedad pagana, los sacrificios tenían como fin traer el equilibrio a la sociedad. Y vivimos en una sociedad mundial neopagana en busca de su equilibrio… y en busca de una victima que sacrificar.
También concuerdo con Atilio en que hay que observar lo que sucede en Medio Oriente. Tras la Revolución Francesa apareció un Napoleón, tras la Comunista, un Stalin. Estas supuestas revoluciones democratizadoras, al mismo tiempo, pueden que nos traigan a un nuevo Saladino (quien para los cristianos de Tierra Santa fue un verdadero anticristo menor). Estas “revoluciones” en países musulmanes, con apoyo de la ONU e, incluso, de parte de la jerarquía católica (L’Osservatore Romano, es un ejemplo no menor.), son algo para tener en cuenta. “¿Qué papel juega o jugará Israel en todo esto?” no es una pregunta menor.
En cuanto a lo que plantea Pippin, pienso que la apostasía profetizada quizás no sea un “pecado social”, sino más bien una “estructura de pecado” —al menos, si se entiende como una situación donde ya no tenemos posibilidad de elegir “el bien”, sino donde lo que predominan son opciones malas, donde quizá elegir “el bien”, conlleve el martirio social. Pienso en el ejemplo que ponen muchos. Imaginemos si criar a los hijos “a la manera tradicional”, llega a ser considerado una especie de conducta depravada (equivalente a lo que no hace mucho era no cumplir con la enseñanza primaria obligatoria) que habilita al Estado a retirar la patria potestad a los padres. ¿Qué elegiríamos? ¿Cómo actuaríamos? Quizá la jerarquía haga alguna pirueta para que los católicos nos mezclemos con “el mundo” (recordemos “Su Majestad Dulcinea” y como los obispos autorizaron el uso de la insignia que antes habían prohibido sobre la base de una curiosa pirueta teológica). Tal vez sea necesario desobedecer, aunque la perspectiva repugne a los anti-filo-lefes.
Y, efectivamente, como bien recuerda Ludovicus, tal vez esto que estamos viviendo (o recién comenzando a vivir) no sea más que el typo de otra cosa… la lista de anticristos menores del pasado que se creyó podían ser el verdadero es enorme (Dioclesiano, Atila, Saladino, Federico II, Lutero, Napoleón, Garibaldi…)
Hace bien Milkus al recordar a Tolkien y su “Señor de los Anillos”, obra que tiene mucho de “apocalíptica” aunque más no sea como el fin de una edad y el comienzo de otra. Como toda obra “eterna” debe ser alimento constante nuestro, especialmente en esta época, para no desesperar, para confiar en las profecías, para perseverar en nuestro camino, para no desfallecer, para no impacientarse, para no querer cortar el trigo y la paja…
El texto de Ratzinger es también muy valedero, aunque no sé si se aplica a este caso especifico. Por supuesto que el Apocalipsis y los demás textos “apocalípticos” en el Evangelio y las Epístolas, admiten una lectura espiritual y moral —como toda la Biblia, es cierto—. En cada uno de nosotros se repite, como “a escala”, la historia de la Salvación, con su Génesis y su Apocalipsis.
Y por esto es que una fe que mutila las profecías o que las transforma en algo hermético, cerrado, inaccesible, de imposible aplicación e interpretación, es una fe a la que le falta una pata. Una pata importante, la de la esperanza, no como algo utópico que está más allá del tiempo, sino también como algo presente aquí y ahora, y que de alguna forma se viene desenvolviendo. Casi la mitad de los Padres (como bien explicaba San Justino) creía que algunas de las promesas de Israel (especialmente las de Isaías) aun estaban por cumplirse o, mejor, por completarse. Lo mismo dice, para quien lo quiera entender, el Catecismo (nn. 674 et seq.).
Solo así, en “tensión escatológica” constante, los primeros cristianos pudieron soportar indecibles padecimientos. Solo así nosotros, creo, podremos soportar lo que se viene. Sea o no el último y final mamporro.
 


Sanctae Perpetua et Felicitas, orate pro nobis.

 

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