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lunes, 23 de agosto de 2010

A mí me ha sido entregada (V)

Con Castellani hemos visto una hipótesis sobre el dominio del demonio sobre este mundo, en términos más bien generales.

Veamos ahora, de la mano nuevamente de Canals Vidal, la forma en que ese dominio se ejerce sobre el mundo "político":

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya.”

Las Sagradas Escrituras tienen un nombre para designar al poder político demoníaco: Babilonia.

En un pasaje de las Enarraciones sobre los salmos, dice san Agustín:

“Existe una cierta ciudad que es llamada Babilonia. Aquella ciudad es la sociedad de todos los hombres perdidos desde el Oriente hasta el Occidente. Ésta tiene el reino terreno y, según esta ciudad, podemos hablar de cierta república que ahora veis envejecer y morir (se refiere al Imperio Romano). Esta ciudad terrena fue nuestra primera madre, en ella nacimos. Pero hemos conocido a otro Padre, a Dios, y hemos abandonado el diablo; por tanto, siendo ciudadanos de la ciudad terrena, éramos hijos de Satanás. Pues, ¿cuándo se atreverá a acercarse a aquéllos que han sido acogidos por el que supera todas las cosas? (se refiere a que el demonio no se atreverá con nosotros). Hemos conocido a otra madre—la Jerusalén celeste—que es la Santa Iglesia, cuya población peregrina en la tierra, y hemos abandonado a Babilonia.” [San Agustín, Enarrationes in psalmos, 2ª Enarración sobre el Salmo 26.]

Este texto, clásico en la manera de entender la palabra Babilonia, es un caso típico de acomodación moral, muy legítimo, fundado en el sentido del Apocalipsis, de los profetas y en general de todos los libros bíblicos. Sin embargo tenemos que preguntarnos si este sentido es previo o presupone otro sentido más propio en el Apocalipsis en el que se habla muy extensamente de Babilonia. Ciertamente el texto de san Agustín está inspirado en el Apocalipsis. Pero debemos precisar—según la doctrina de los significados del lenguaje bíblico que ha recordado el Catecismo de la Iglesia Católica—el sentido del término Babilonia.

[…]

Si nos preguntamos por Babilonia, nos encontraremos con varios significados. En los libros históricos del Antiguo Testamento, y en las narraciones históricas contenidas en los profetas, cuando se dice “Reinado de Nabucodonosor, rey de Babilonia” (2 Re. 25,1) o “La conquista de Jerusalén y la deportación de los judíos a Babilonia” (2 Re. 24,10 y ss.), Babilonia es la ciudad que fue capital del Imperio; es la ciudad donde estuvo cautivo durante setenta años el pueblo de Israel y que había sido, mucho antes, la capital del Imperio de Acad, la tierra en la que Abraham fue llamado. Éste es el primer significado histórico de Babilonia.

Conviene ahora preguntarse por el significado de Babilonia en el Apocalipsis. Que el término está tomado de la Babilonia histórica es evidente. Pero en el Apocalipsis, libro profético muy claro—más de lo que se suele creer—, en un momento se habla de “la ciudad que espiritualmente podemos llamar Sodoma y Egipto, la ciudad en que su Señor fue crucificado”. Esto no presenta ningún problema interpretativo: la ciudad en que su Señor fue crucificado es Jerusalén. Y, en el mismo Apocalipsis, se dice que espiritualmente se la llama Sodoma y Egipto. Texto que encierra un tremendo juicio, porque a Jerusalén se le da el nombre de Egipto, aquel país en que estuvo esclavizado el pueblo de Israel, y de Sodoma, la ciudad de la corrupción moral. Por tanto, aquí tenemos un claro fundamento literal de un significado alegórico. Lo mismo sucederá con Babilonia.

Ahora podemos cuestionarnos algo más. Está muy claro que Babilonia, en el Apocalipsis, ya no nombra la ciudad del Eufrates, sino que con este nombre—así como con Sodoma y Egipto—significa una realidad contemporánea de los últimos tiempos de la Iglesia, como dice el Señor: “El Espíritu Santo os anunciará lo venidero.” Entonces, ¿qué significa Babilonia, reconociendo que Babilonia literalmente sería la ciudad histórica, y que espiritualmente, en el Apocalipsis, se aplica a otra realidad? ¿Acaso se puede explicar diciendo que este nombre de Babilonia significa la sociedad de los impíos extendida desde Oriente a Occidente, aquella que edifica los reinos terrenos con su orgullo, la ciudad terrena en la que se instala el poder humano y la soberbia se enfrenta a Dios? ¿Quedaríamos satisfechos simplemente tomando el término Babilonia no en sentido histórico, sino en sentido espiritual-moral? No, y a pesar de que san Agustín recurre a este sentido moral, no estaríamos interpretando el texto del Apocalipsis adecuadamente.

[…]

…El uso moral del término Babilonia no nos autoriza a movernos en la vaguedad de lo no concreto, corriendo el riesgo de perder la orientación y el discernimiento de espíritus que encontramos en el lenguaje del Apocalipsis, siempre que lo leamos con respeto a la inspiración divina y a la tradición eclesiástica; una tradición que es mucho más rica de lo que se suele pensar.

En el Apocalipsis y en el Nuevo Testamento cuando se habla de Babilonia se refiere a Roma, la ciudad del Tíber, la ciudad en la que san Pedro se instaló, en la que san Pedro y san Pablo murieron martirizados y en la que ha quedado, providencialmente y en forma permanente, la Cátedra apostólica. Ésta es la Ciudad nombrada en el Apocalipsis con el nombre de Babilonia. …

San Pedro, en la Carta Primera, termina diciendo: “Os saluda la Iglesia que está en Babilonia, colegiada con vosotros y Marcos, mi hijo. Saludaos mutuamente con el ósculo de la caridad.” [1 Pet. 5, 12-14]

San Jerónimo, que tradujo al latín un libro de Dídimo de Alejandría sobre el Espíritu Santo, comienza el prólogo a la traducción latina con estas palabras: “Cuando yo residía en Babilonia y vivía bajo el Derecho romano, colono de la meretriz purpurada…” [Cornelio a Lápide, Comentaria in Scripturam Sacram, T. XXI (Apocalipsis), cap. 17, nº 1, p. 307 (París, 1863)]. Este pasaje lo cita precisamente Cornelio a Lápide para demostrar que Babilonia quiere decir Roma. Y en la carta 151, q. 11, dirigida a Aljasia, le dice: “Según el Apocalipsis de san Juan, en la frente de la meretriz purpurada está escrito un nombre de blasfemia, esto es, la de Roma Eterna.”

Cornelio a Lápide, que escribía a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, comenta al respecto: “El soberbio nombre de eternidad, que es un nombre de divinidad, fue puesto a Roma por los paganos como sus aduladores y la llamaron Roma eterna, Roma divina.” [Cornelio a Lápide, ibid. p. 210.] Hoy nos hemos acostumbrado a llama a Roma la Ciudad Eterna creyendo que hacemos un elogio a la Sede de Pedro; por eso estas palabras nos sorprenden.

En el Apocalipsis, Babilonia es Roma, la ciudad de las siete colinas, la capital del Imperio Romano embriagada de la sangre de los mártires de Jesús: ¡diez persecuciones! Esto estaba tan claro, era tan unánime, que san Jerónimo, en el Comentario a Daniel, hablando del tema y refiriéndose al tiempo en que “el Reino de los romanos será destruido en el tiempo del Anticristo”—ésta es la caída de Babilonia anunciada en el Apocalipsis—, escribe: “Digamos lo que han dicho todos los escritores eclesiásticos. En la consumación del mundo el reino de los romanos será destruido.” [Cornelio a Lápide, Comentaria in Scripturam Sacram, t. XIII (Profeta Daniel), cap. 7, nº 8, pp. 60-61.]

[…]

El misterio de que la ciudad anti-cristiana sea destruida en odio a Cristo lo comenta así Cornelio a Lápide:

“Esto será muy congruente al genio y al propósito del Anticristo, a saber, que siendo él rey de Jerusalén y de los judíos, en lucha contra Cristo, destruya la metrópoli del Reino y de su Iglesia, es decir, Roma. Pues esto es lo que deseará ardientemente, para que le parezca haber destruido el Reino de Cristo. Luego, como se opone el Anticristo a Cristo, y los judíos a los cristianos, así se opone Jerusalén a Roma: así el Anticristo intentará destruir a Cristo, a los cristianos, a Roma y abolir el Pontificado, como ya lo desean ahora sus precursores calvinistas y otros herejes.” [Cornelio a Lápide, Comentariam in Scripturam Sacram, t. XXI (Apocalipsis), cap. 17, p. 320.]

[...]

…Cornelio a Lápide dice que Babilonia significa Roma, la ciudad donde está el Papado, y les pide a los protestantes que distingan la ciudad de Roma de la Iglesia romana. Profundizando en esta distinción, podríamos decir que el Apocalipsis no describe la Roma cristiana, sino que describe la Roma pagana, ya descristianizada, de forma misteriosa, donde reside todo el misterio de perversidad y de orgullo humano que hay en la apostasía frente a Cristo.

Justo a esta interpretación alegórica Cornelio a Lápide describe la aplicación moral:

“Así, pues, porque Roma, en otro tiempo, persiguió a los Apóstoles y a los Profetas (no a los antiguos y judíos, sino a los de la Ley Nueva, cuales fueron los Apóstoles y sus sucesores) y los fieles y, de nuevo, con su Pontífice en el fin del mundo, los perseguirán, así Dios la destruirá: pues castigará los primitivos pecados de los romanos al haber colmado entonces su medida; por lo que los romanos, entonces, serán más gravemente castigados de lo que lo hubieran sido si no les hubieran precedido los pecados de los antiguos romanos. Pues serán los sucesores de aquellos primeros, y seguidores de ellos, porque aprobarán y alabarán sus crímenes y seguirán lo mismo que habían hecho los paganos. Pues querrán emular los actos y la gloria de César, de Pompeyo, de Trajano, de Decio, de Diocleciano, y todos los antiguos humos de la vieja Roma, y los vanos nombres de los Catones, como ya ahora vemos a algunos gloriarse y alimentarse de estos antiguos humos de la antigua Roma.” [Cornelio a Lápide, Comentaria in Scripturam Sacram, t. XXI (Apocalipsis), cap. 18, nº 20, p. 330.]

[…]

Y llegamos así hasta la maldición de Babilonia:

“No se oirán más en ti voces de citaristas, ni de músicos, ni de flautistas, ni de trompeta, ni habrá ningún arte en ti, ni habrá voces de rueda de molino, ni luz de lámparas resplandecerán más en ti, ni voz de desposado ni desposada, porque tus mercaderes eran los magnates de la Tierra” (Apoc. 18, 22-23). Ésta es la razón de este castigo sobre la ciudad grande, que es alegóricamente Roma, pagana y descristianizada al fin de los tiempos; y que es moralmente la ciudad que tiene su dominio sobre los reyes de la Tierra, de esta ciudad que descansa sobre muchas aguas, pueblos, naciones y lenguas, la metrópoli cosmopolita.

En la Tierra hay una especie de grandeza humana, universal, de oligarquía constituida por los comerciantes de esta ciudad mundial. Después viene el aleluya por la caída de Roma y el canto por la llegada del Reino de Dios, porque se ha hundido Babilonia.

Y el Apocalipsis acaba: “Bienaventurado el que lee y escucha las palabras de esa profecía. Ay del que le añada o le quite nada.” (Apoc. 22, 18.) Dios nos libre de añadir nada y Dios nos libre de dar permisos a nadie para quitar nada.

Las dos interpretaciones de Babilonia a las que nos hemos referido no son incompatibles. Una, más inmediatamente propuesta por el texto, más autorizada como interpretación de la Biblia, es alegórica y espiritual: que Babilonia es Roma. Otra, moral, muy fundamentada también en el mismo juicio sobre esta ciudad, con la autoridad de san Agustín y el espíritu de san Ignacio: Babilonia es la ciudad del mundo.

Es importante atender también a este sentido moral (con la condición de que no nos movamos en abstracciones y tengamos el valor de hacer surgir este sentido moral del propio texto bíblico y de su significado alegórico) y seguir, en la Escritura, el rastro de por qué esta descripción de Roma está prefigurada con el nombre de Babilonia.

La mujer es la ciudad grande que domina sobre los reyes y los reinos de la Tierra. Sobre su frente está escrito el nombre de blasfemia y está embriagada de la sangre de los mártires de Cristo. Muchas ciudades del mundo moderno están embriagadas de la sangre de los mártires de Cristo. Quien crea que hubiese existido el Imperio británico sin la persecución anticatólica de los siglos XVI y XVII no conoce la historia. El que admira a Londres como capital de la era victoriana, gloriosa entre las dos guerras, sin saber que su grandeza tiene que ver con el martirio de los fieles a la Sede de Pedro en los siglos XVI y XVII, no conoce la historia del surgimiento del poderío británico en el mundo. Hay centenares de mártires ingleses en los altares, además de Tomás Moro y Juan Fisher.

La apocalíptica ciudad grande se asienta sobre la bestia, es decir, sobre los poderes políticos y los Imperios mundiales. Los príncipes de la tierra son los mercaderes de la gran ciudad; se enriquecen en ella por el elevado precio de sus mercancías. El profeta Ezequiel dice: “Multiplicaste tus prostituciones en la tierra del comercio, en Caldea, y tampoco esta vez quedaste harta” (Ez. 16,29). En la gran ciudad se encuentran productos preciosos y lujosos procedentes de todos los países. Pueblos, naciones y lenguas se hallan en la gran ciudad que domina la tierra. (Cf. Ez. 17,14; 27,16; 27,33.)

La ciudad se enriquece no sólo con el comercio de todas las cosas preciosas que atraviesan los mares, cuyos comerciantes tienen sus naves en el mar. Precisamente porque estas palabras de Ezequiel se aplican a Tiro, aparece claro el fundamento de la aplicación moral de la Babilonia que hace san Agustín: “Descenderán de sus tronos todos los príncipes del mar, como has perecido tú; ha sido destruida de los mares la ciudad tan celebrada, la que era poderosa en el mar.” Es constante esta alusión al comercio internacional a través de los mares.

Con esta mujer prostituida, madre de las abominaciones de la tierra, fornican y se corrompen los reyes de la tierra. Esta gran ciudad, según el Apocalipsis, descansa sobre una bestia de siete cabezas que representan siete reyes. Según muchos intérpretes, representa siete reinos o siete poderes. En la interpretación de las visiones de Daniel, hasta hace pocos siglos unánime en el cristianismo, se hablaba del Imperio babilónico, del Imperio persa, del Imperio de Alejandro Magno y sus sucesores, y del Imperio romano como de las cuatro piezas de la estatua de cabeza de oro y pies de hierro y de las cuatro bestias que vienen del mar. [Cf. Daniel 2,7.] En este texto pensaba Cromwell al hablar del quinto reino. Ésta ha sido la interpretación común a luteranos, calvinistas y católicos romanos. En el siglo XX se ha ido abandonando esta interpretación justamente cuando estamos en este tiempo; cuando se está cumpliendo lo que afirmaban los que interpretaban el Apocalipsis de este modo.

[…]

Todos los Estados que no han sido cristianos o que han sido apóstatas (como los contemporáneos) han sido idólatras. Éste es el tema de la teología civil o política de Varrón, por el que se explica gran parte de la polémica en La Ciudad de Dios. Los romanos establecían sus panteones, eran politeísmos políticamente establecidos. Además, Roma se hacía adorar a sí misma y al emperador. Los mártires no se negaban a obedecer a las autoridades civiles, pero se negaban a obedecerles en cuanto se les mandaba como ley del Estado adorar al Emperador y al Imperio. Por ello eran perseguidos, por delito político, y morían mártires.

[…]

Los poderes mundiales están embriagados de la sangre de los mártires y sobre ellos ha descansado la gran ciudad. El poder político orgulloso, no cristiano, ha sido siempre anticristiano. Y ahora lo es también. Descristianiza y hace idolatrar como algo absoluto y definitivo lo humano, mediante un humanismo idolátrico y antiteístico ante el cual sucumbe—como un Molok ante el cual se hacían sacrificios humanos—la existencia reconocida de la persona individual y su libertad de albedrío. La ciudad grande que domina sobre los reyes de la tierra descansa sobre el poder de esta Bestia apocalíptica, que es la potestad antiteocrática, como sostenía el padre Rovira al comentar el Apocalipsis en su tratado De Regno Christi in terris consummato.




Alberto Durero (Albrecht Dürer)
"La mujer de Babilonia"
Apocalypsis cum Figuris
(Nuremberga, 1498)

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lunes, 26 de julio de 2010

A mí me ha sido entregada (II)

Citábamos en nuestra primera entrega el comentario de Monseñor Straubinger a Lucas 4,6. Nos interesaba el mismo porque no son muchas las ediciones del Evangelio que se detengan en este versículo. Asimismo, los comentaristas que sí se han referido a esta singular afirmación del Demonio, "te daré el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero", suelen salirse cómodamente afirmando que es una mentira del "Padre de la Mentira". Lo cual puede ser, en cierto sentido, pero no en sentido absoluto -- a menos que subestimemos al Diablo... y a Cristo (¿qué tentación podría ser para el Hijo de Dios una mentira evidente?).

Straubinger, sin embargo, se detiene y le dedica un comentario largo e interesante. Vinculando este versículo con afirmaciones contenidas en el Evangelio de Juan y las Cartas Joánicas, además de la 2ª de Pablo a los cristianos Corinto, afirma: 'se trata más bien del imperio de la mundanidad, con “sus glorias y sus pompas” a las cuales renunciamos en el Bautismo, es decir, al mundo actual con sus prestigios, cuyo príncipe es Satanás'.

Vamos a detenernos, entonces, en la cuestión del mundo, y vamos a hacerlo de la mano de unos textos introductorios del célebre filósofo catalán recientemente fallecido Francisco Canals Vidal. Y vamos a hacerlo con Canals por varias razones. Entre otras, porque el profesor de Bacerlona fue uno de los principales especialistas en Filosofía y Teología de la Historia, porque dedicó unas conferencias muy recordadas al Mundo Histórico y el Reino de Dios --tal el título del libro que las recopiló--, y, además, porque ha sido uno de los pocos que se ha dedicado a explicar la posible concordancia entre los textos que citaremos a continuación y los introductorios de la Gaudium et Spes.

Al hablar de Mundo histórico y Reino de Dios… será conveniente comenzar leyendo algunos textos del Nuevo Testamento con cierta intención sistemática, tratando de sentir el tremendo misterio que se encierra en la palabra mundo. Se trata de textos que subrayan el aspecto “negativo” de los conceptos mundo y siglo y que nos plantearán cuestiones y perplejidades que la Palabra de Dios irá aclarando desde la comprensión del Reino.

El apóstol Santiago el Menor, cuando dice que la fe sin las obras está muerta (respondiendo al que, pensando ser religioso, oye la Palabra pero no la cumple y se engaña a sí mismo) agrega:

“Si alguno piensa que es un hombre religioso, pero no refrena su lengua sino que engaña su corazón, la religión de éste es vana. La religión pura y sin mancha a los ojos de Dios Padre es ésta: asistir a los huérfanos y a las viudas en su tribulación (son las obras de misericordia para con el prójimo), y guardarse del mundo sin contaminarse (guardarse del mundo, del siglo, de modo que el mundo no nos manche).” [St. 1, 26-27.]

Aquí aparece la palabra griega cosmos, que el texto latino traduce por saeculo. Es frecuente esta duplicidad de estilos que cambia una palabra por otra. Para “guardarse incontaminado de este siglo”, para ser religioso, no hay que “mancharse” del mundo: hay que “guardarse” del mundo de modo que el mundo no nos contamine.

En la Epístola primera de San Juan (aquella bellísima epístola que comentó tan espléndidamente san Agustín), donde nos aconseja el precepto de la caridad, al explicar que el que no ama al prójimo es un mentiroso, dice:

No améis al mundo, ni a lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor de Dios Padre, pues todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida, que no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa y su concupiscencia. El que cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.” [I Joh. 2, 15-17.]

En la misma Carta de San Juan se habla de nuestra fe, de la fe cristiana

El que nace de Dios vence al mundo; ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” [I Joh. 5, 4-5.]

Se trata de un eco de las palabras del Señor: “En el mundo pasaréis tribulaciones, pero confiad: Yo he vencido al mundo.” En otro capítulo, explicando la presencia en su tiempo del espíritu del Anticristo, dice el Apóstol:

“Carísimos, no creáis a todo espíritu; contrastad los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas salieron a este mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesús como Cristo que ha venido en carne, es de Dios; todo espíritu que rompe la unidad de Jesús, no es de Dios; éste es el espíritu del Anticristo que habéis oído ya que viene, y que ahora ya está en el mundo. Vosotros, hijitos, sois de Dios, y lo habéis vencido; porque mayor es el que está con vosotros que el que está en el mundo. Ellos son del mundo: por eso hablan inspirados por el mundo, y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios: el que conoce a Dios nos escucha; y el que no es de Dios, no nos escucha. En esto se conoce al Espíritu de la verdad y el espíritu de la seducción.” [I Joh. 4, 1-6.]

En el Evangelio de san Juan, en el transcurso del sermón de la Última Cena y la oración sacerdotal, se lee lo siguiente:

Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido primero que a vosotros. Si del mundo fuerais, el mundo tomaría lo que es suyo; pero no sois del mundo, sino que yo os entresaqué del mundo, por eso el mundo os aborrece.” [Joh. 15, 18-19.]

El texto que sigue nos hace ver lo difícil, misterioso, escandaloso y desconcertante que es “el mundo”; pero nos va introduciendo en la solución de la perplejidad que nos ha planteado el evangelista san Juan, precisamente al relacionar “el mundo” con “el demonio”, a quien llama “Príncipe de este mundo”, y anuncia la venida del Paráclito, del Espíritu Santo:

“Cuando venga, argüirá al mundo sobre el pecado, la justicia y el juicio. Sobre el pecado probará al mundo que es pecador, porque no han creído en mí; sobre la justicia, porque voy al Padre y vosotros ya no me veréis; sobre el juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.” [Joh. 16, 8-11.]

El Príncipe de este mundo —no hay ninguna duda— es Satanás, que ya ha sido juzgado. Pero tanto en el texto latino como en el griego, en lugar de decir “del mundo”, dice “del mundo éste. Después encontraremos un comentario de San Agustín en un texto parecido al anterior que atiende a esta precisión: “el mundo éste”, cuyo príncipe es Satanás, que ha sido ya juzgado.

Este modo de hablar del Señor, que emplean también los apóstoles, lo volvemos a encontrar en aquel texto del Evangelio que hemos oído leer y comentar tantas veces y que es el diálogo de Jesús con Pilato, cuando le dice Jesús:

“Mi Reino no es del mundo éste. Si fuese del mundo éste, mis partidarios habrían luchado para que no cayese en manos de los judíos. No está aquí mi Reino (no es del mundo éste).” [Joh. 18, 36.]

Ahora vamos a ver algunos textos de san Pablo. Este modo de hablar, “el mundo éste”, lo encontraremos también con otro término: “el siglo éste”. En los pasajes siguientes, la palabra siglo no quiere decir el siglo XX, sino que se le da el sentido de pecado y salvación:

“Confortaos en el Señor y en el poder de su fuerza. Revestíos de la armadura de Dios para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra carne y sangre (bíblicamente quiere decir: no es contra hombres, ni contra pasiones o concepciones o voluntades humanas), sino contra los principados, las potestades (que son ángeles caídos o demonios) y los rectores de este mundo tenebroso (son los gobernadores del mundo, los que rigen el universo).” [Eph. 6, 10-12.]

San Agustín, comentando el salmo 54, cita este texto de san Pablo y dice:

“Nuestra lucha no es contra carne ni sangre, esto es, no es contra los hombres que veis, sino contra príncipes y rectores del mundo de estas tinieblas. No sea que por haber dicho rectores del mundo entendieses que los demonios rigen el cielo y la tierra, que tienen el poder que sólo Dios tiene.” [San Agustín, Enarrationes in psalmos, Salmo 54 (BAC, vol. XX).]

Los mayores enemigos del cristianismo sostenían que este mundo estaba regido por un soberano malo, que era el Dios del Antiguo Testamento, y que Cristo, en cambio, era enviado por un Dios bueno que venía a librarnos de la ley de Moisés. Según esta concepción, todos los autores del Antiguo Testamento estaban inspirados por un Dios malo que había creado el mundo. Así se expresaban todas las gnosis, Marción y los maniqueos.

San Agustín lo sabe muy bien, y por eso nos pone en guardia. Cuando dice “los rectores del mundo” no atribuye el gobierno del mundo a los demonios, no. Dice “este mundo de estas tinieblas”, significando el mundo de los que aman al mundo, el mundo de los que no aman y de los inicuos, el mundo que no conoció a Cristo, el mundo que odia a los discípulos del Señor. “Os doy la paz que el mundo no puede dar” [Joh. 14, 27], dice el Señor. Este mundo es el que es regido por estas tinieblas. Y en este sentido, el Príncipe de este mundo es Satanás, y los demonios son los rectores de este mundo.

Cuando se oye decir que “en el mundo es todo bueno”, que “el cristiano no rehuye ningún valor”, que “todos los valores de la cultura y los bienes de la naturaleza son asumibles por el hombre y son buenos”, y que “no tenemos que enfrentarnos a las aspiraciones humanas, sino conciliarnos con ellas porque son todas legítimas y encuentran en el Reino de Dios su plenitud”, sucede que, si sólo se dice esto citando algunos textos del Nuevo Testamento, hacemos como Satanás, que también citaba textos de la Escritura cuando tentaba a Jesús. Para entender a san Pablo, a los demás apóstoles, a los santos Padres, y al Concilio Vaticano II es necesario pensar en todas estas cosas.

En el texto de Gaudium et Spes… se dice que los cristianos creemos que el mundo ha sido creado por el amor de Dios, pero que está esclavizado por el pecado y puesto bajo el poder de Satanás. Dios ha quebrantado este poder muriendo y resucitando, y dándonos su gracia para transformar el mundo y llevarlo a su perfección. La plenitud de la perfección del mundo, que es bueno, requiere el quebranto del poder de Satanás, la aceptación de la muerte redentora, el reconocimiento del pecado del mundo, que vino el Cordero de Dios a quitar. Desde esta perspectiva se puede ir entendiendo este misterio.

En la Escritura hay centenares de textos como los que se han citado. Por ejemplo: “Señor, levántate, no prevalezca el hombre” [Sal 9, 20], “Conozcan los hombres que no son más que hombres” [Sal 9, 21]. En otro pasaje, el escritor sagrado exhorta, con ironía: “¡Dejad de confiar en el hombre, cuyo hálito está en su nariz!, pues ¿en cuánto ha de ser estimado?” [Is. 2, 22]. Es imagen de Dios y destinado a la vida eterna, pero el pecador no lo obtendrá por su propia fuerza si no reconoce su pecado y la necesidad de la misericordia divina. Por esto está llena de ironía la exclamación “¿en cuánto ha de ser estimado el hombre?”. La impotencia del hombre para su propia salvación no la ha negado nunca nadie salvo los herejes pelagianos, los naturalistas o los que no son cristianos. Pero otra cosa distinta es que prácticamente lo aceptemos, lo vivamos, lo sintamos.

[…]

San Pablo dice que no ha venido a predicar la sabiduría de los hombres para que la fe no se apoye sino en el poder de Dios:

“Entre los cristianos perfectos, hablamos de una sabiduría que no es del siglo éste, ni de los príncipes del siglo éste, destinados a ser destruidos.”[1 Cor 2, 6]

Puede referirse a los demonios, que tienen que ser derrotados, o bien a los príncipes de este mundo, los hombres prestigiosos, los grandes sabios, los grandes filósofos…, los hombres importantes, en cuanto estén enorgullecidos y estén separando la humanidad del gobierno divino. Éstos están destinados a ser destruidos, porque toda soberbia humana quedará humillada en el cielo: “Para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en la virtud de Dios.” [1 Cor 2,5]





Las gárgolas de en las esquinas y cornizas exteriores de las catedrales góticas eran una forma de representar el desprecio por el "mundo éste".
[Fuente: http://icarushasfallen.wordpress.com/]

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sábado, 14 de marzo de 2009

¿Laicismo o idolatría?

Los poderes mundiales están embriagados de la sangre de los mártires y sobre ellos ha descansado la gran ciudad. El poder político orgulloso, no cristiano, ha sido siempre anticristiano. Y ahora lo es también. Descristianiza y hace idolatrar como algo absoluto y definitivo lo humano, mediante un humanismo idolátrico y antiteístico ante el cual sucumbe —como un Molok ante el cual se hacían sacrificios humanos— la existencia reconocida de la persona individual y su libertad de albedrío. …

— Francisco Canals Vidal,
Mundo histórico y Reino de Dios
(Barcelona: Ediciones Scire, 2005).


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