Mostrando las entradas con la etiqueta René Girard. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta René Girard. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de agosto de 2010

A mí me ha sido entregada (VI)

Comenzamos a analizar la asombrosa afirmación de Satán ante Jesús al hablar del poder y la gloria del mundo: "A mí me ha sido entregada". Según Straubinger se trataría de la mundanidad, del mundo que odia a Cristo, del cual Satanás es su príncipe. De la mano de Canals Vidal, repasamos el sentido bíblico del término mundo, del que Nuestro Señor nos manda cuidarnos y apartarnos. Expusimos la tesis de Castellani acerca de la forma en que el Diablo ejerce su principado sobre este mundo. Y volvimos a Canals para revisar el paradigma o modelo en las Escrituras de la ciudad mundana: Babilonia.

En este momento quisiera agregar algunos párrafos del antropólogo René Girard acerca de la forma social en que el Demonio ejerce su poder, de si algo ha cambiado con la Pasión de Cristo y de cómo va desarrollándose ese mecanismo desde entonces.

“[Cristo] cancelando el documento desfavorable para nosotros por sus prescripciones, lo quitó de en medio clavándolo a la Cruz; por ella, después de despojar a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, llevándolos en el cortejo triunfal.” (Colosenses 2, 14-15)

El documento desfavorable para los hombres es la acusación contra la víctima inocente en los mitos. Hacer responsables a los principados y potestades es lo mismo que culpar a Satán de su papel de acusador público, como ya he dicho.

Antes de Cristo la acusación satánica resultaba siempre victoriosa gracias al contagio violento que encerraba a los hombres en los sistemas mítico-rituales. La crucifixión reduce la mitología a la impotencia al revelar ese contagio que, por su gran eficacia en los mitos, impide siempre a las comunidades descubrir la verdad, es decir, la inocencia de sus víctimas.

Una acusación que calmaba temporalmente la violencia de los hombres, pero que “se volvía” contra ellos porque los esclavizaba a Satán, o, dicho de otra forma, a los principados y potestades con sus dioses mentirosos y sus sangrientos sacrificios.

Al hacer manifiesta su inocencia en los relatos de la Pasión, Jesús ha “anulado” esta deuda, la ha “suprimido”. Es él quien clava entonces esa acusación en la Cruz, o, dicho con otras palabras, quien revela su falsedad. Mientras que, habitualmente, es la acusación lo que clava a la víctima en la Cruz, en este caso, al contrario, la clavada es la propia acusación, en alguna medida exhibida y públicamente expuesta como mentirosa. La Cruz hace triunfar la verdad, puesto que, en los relatos evangélicos, se revela la falsedad de la acusación, se revela la impostura de Satán, lo que es lo mismo que decir la impostura de los principados y potestades, para siempre desacreditada en la estela de la crucifixión. Se rehabilita así a todas la víctimas al mismo tiempo.

[…]

Al clavar a Cristo en la Cruz, las potestades se imaginaban que estaban haciendo lo que habitualmente hacen —desencadenar el mecanismo victimario—, y que de esa forma evitaban la amenaza de una revelación, sin pensar siquiera que, a fin de cuentas, al actuar así hacían todo lo contrario: trabajaban por su propio aniquilamiento clavándose, en alguna medida, a sí mismas en la Cruz, cuyo poder revelador no sospechaban.

Al privar al mecanismo victimario de las tinieblas de que necesita rodearse para poder gobernarlo todo, la Cruz transforma radicalmente el mundo. Su luz priva a Satán de su principal poder, el de expulsar a Satán. Una vez iluminado en su totalidad por la Cruz, ese sol negro no podrá ya limitar su capacidad de destrucción. Satán destruirá su reino y se destruirá a sí mismo.

Comprender esto es comprender por qué Pablo considera a la Cruz como fuente de todo saber tanto sobre el mundo y sobre los hombres como sobre Dios. Cuando Pablo afirma que no quiere conocer nada fuera de Cristo crucificado, no está haciendo “anti-intelecutalismo”. No muestra con ello ningún desprecio por el conocimiento. Cree literalmente que no hay saber superior al de Cristo crucificado. Al adoptar esta posición se sabrá, a la vez, más sobre Dios y los hombres de lo que pueda saberse con arreglo a cualquier otra fuente de saber.

[…]

En la Primera Epístola a los Corintios, Pablo escribe: “Ninguno de los jefes de este mundo la conoció [la sabiduría de Dios], pues si la hubiera conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria” (1 Corintios 2, 8).

“Los jefes de este mundo”, que son aquí la misma cosa que Satán, han crucificado al Señor de la gloria porque esperaban de esa crucifixión ciertos resultados favorables a sus intereses. Contaban con que el mecanismo funcionaría como de costumbre, al abrigo de las miradas indiscretas, y se librarían así de Jesús y su mensaje. Al principio tenían excelentes razones para pensar que todo les saldría bien.

[…]

Hasta la Resurrección nada permitía prever que se trastocara un apasionamiento mimético al que los propios discípulos habían ya sucumbido. Los príncipes de este mundo podían frotarse las manos, y, sin embargo, a fin de cuentas, sus cálculos fueron desbaratados. En lugar de escamotear una vez más el secreto del mecanismo victimario, los cuatro relatos de la Pasión lo propagan por los cuatro rincones del mundo y le dan una gigantesca publicidad.

[…]

Si Dios permitió a Satán reinar durante cierto tiempo sobre la humanidad, es porque sabía de antemano que, llegado el momento, con su muerte en la Cruz, Cristo acabaría con ese adversario. La sabiduría divina había previsto desde siempre que el mecanismo victimario sería vuelto al revés como un guante, mostrado al mundo, desenmascarado y desactivado, en los relatos de la Pasión, y que ni Satán ni las potestades podrían impedir esa revelación.

Un inexorable avance histórico de la verdad cristiana se está dando en nuestro mundo. Algo, paradójicamente, inseparable del aparente debilitamiento del cristianismo. Cuanto más asedia el cristianismo a nuestro mundo, en el sentido en que asedia al último Nietzsche, más difícil resulta escapar de él mediante medios relativamente anodinos, mediante compromisos “humanistas” al modo de nuestro venerables positivistas.

Para eludir su propio descubrimiento y defender la violencia mitológica, Nietzsche tiene que justificar el sacrificio humano, lo que no duda en hacer, recurriendo para ello a argumentos monstruosos. Sobrepasa el peor darwinismo social. So pena de degenerar, afirma, las sociedades tienen que librarse de los derechos humanos que les estorban:

“El cristianismo ha tomado tan en serio al individuo, lo ha planteado tan bien como un absoluto, que no podía ya sacrificarlo; pero la especie sólo sobrevive mediante los sacrificios humanos… La verdadera filantropía exige el sacrificio por el bien de la especie; la verdadera filantropía es dura, se obliga al dominio de sí misma, porque necesita del sacrificio humano. ¡Y esta pseudo-humanidad llamada cristianismo quiere imponernos precisamente que no se sacrifique a nadie.”

[…]

… El movimiento anticristiano más poderoso es el que reasume y “radicaliza” esa preocupación [por las víctimas] para paganizarla. Las potestades y los principados pretenden ahora ser “revolucionarios” reprochando al cristianismo no defender a las víctimas con suficiente vehemencia y sin ver en el pasado cristiano otra cosa que persecuciones, opresiones, inquisiciones.

Este otro totalitarismo se presenta como liberador de la humanidad. Para usurpar el lugar de Cristo, las potestades lo imitan emulativamente, denunciando en la preocupación cristiana por las víctimas una hipócrita y pálida imitación de la auténtica cruzada contra la opresión y la persecución, de la que ellas serían punta de lanza.

Utilizando el lenguaje simbólico del Nuevo Testamento cabe decir que, para intentar restablecerse y triunfar de nuevo, Satán adopta el lenguaje de las víctimas. Imita a Cristo cada vez mejor y pretende superarlo. Una imitación usurpadora presente ya desde hace mucho tiempo en el mundo cristianizado, pero que en nuestra época se refuerza enormemente. Es el proceso rememorado por el Nuevo Testamente en el lenguaje del Anticristo. Un término que, para comprenderlo, hay que desdramatizar primero, puesto que corresponde a una realidad muy cotidiana y prosaica.

El Anticristo pretende aportar a los hombres esa paz y tolerancia que el cristianismo les promete, pero que no les trae. Sin embargo, en realidad, lo que la radicalización de la victimología contemporánea aporta es un muy efectivo regreso a todo tipo de costumbres paganas: el aborto, la eutanasia, la indiferenciación sexual, juegos de manos innumerables, aunque sin víctimas reales gracias a las simulaciones electrónicas.

El neopaganismo quiere convertir el decálogo y toda la moral judeocristiana en una intolerable violencia. Y su completa eliminación constituye el primero de sus objetivos. La fiel observancia de la ley moral es considerada como una complicidad con las fuerzas persecutorias, que, esencialmente, serían religiosas.

[…]

Un neopaganismo para el que la felicidad consiste en la ilimitada satisfacción de los deseos y, por tanto, en la supresión de todas las prohibiciones. Idea que adquiere cierto tinte de verosimilitud en el limitado ámbito de los bienes de consumo, cuya prodigiosa multiplicación, efecto del progreso técnico, atenúa ciertas rivalidades miméticas y confiere una apariencia de plausibilidad a la tesis según la cual toda ley moral no es más que un puro instrumento de represión y persecución.

Al revelar el secreto del Príncipe de este mundo, al desvelar la verdad de los apasionamientos miméticos y los mecanismos victimarios, los relatos de la Pasión subvierten el origen del orden humano. Las tinieblas de Satán no son ya lo bastante espesas para disimular la inocencia de las víctimas que, por eso mismo, resultan cada vez menos catárticas. Ya no es posible “purgar” o “purificar” verdaderamente a las comunidades de su violencia.

Satán no puede ya expulsar sus propios desórdenes basándose en el mecanismo victimario. Satán no puede ya expulsar a Satán. De lo que no hay que deducir que los hombres se vean por ello inmediatamente liberados de su hoy decaído príncipe.

En el Evangelio de Lucas, Cristo ve a Satán “caer del cielo como el relámpago”. Es evidente que cae sobre la tierra y que no permanecerá inactivo. Lo que Jesús anuncia no es el fin inmediato de Satán, o, al menos, todavía no, sino el fin de su mentirosa trascendencia, de su poder de restablecer el orden.

Para expresar las consecuencias de la revelación cristiana, el Nuevo Testamento dispone de toda una serie de metáforas. De Satán cabe decir, repito, que no puede ya expulsarse a sí mismo. Y también que no puede ya “encadenarse”, lo que, en el fondo, es lo mismo. Como sus días están contados, Satán los aprovecha al máximo y, muy literalmente, se desencadena.

[…]

Jesús distingue dos clases de paz. La primera es la que él propone a la humanidad. Por simples que sean sus reglas, esa paz “sobrepasa el entendimiento humano” por la sencilla razón de que la única paz que conocemos es la tregua de los chivos expiatorios, “la paz tal como la ofrece el mundo”. Es la paz de las potestades y los principados, siempre más o menos “satánica”. Es la paz de la que la revelación evangélica nos priva cada vez más.

Cristo no puede traer a los hombres la paz verdaderamente divina sin privarnos antes de la única paz de que disponemos. Tal es el proceso histórico, por fuerza temible, que estamos viviendo.

En la Epístola a los Tesalonicenses Pablo define lo que retrasa el “desencadenamiento de Satán” como un kathéchon, o, dicho de otra forma, como lo que contiene el Apocalipsis en el doble sentido de la palabra señalado por J.-P. Dupuy: encerrar en sí mismo y retener dentro de ciertos límites.






Recepción de René Girard en la Academia Francesa (Diciembre de 2006).
[Fuente: Foto de Rosemary Hamerton-Kelly en Imation.org]

--> Leer...

martes, 21 de abril de 2009

Nolite timere pusillus grex

Si bien comenzamos esta bitácora hace ya un tiempo, es evidente para quien ha seguido nuestras entradas en la misma, que recién remontó vuelo hace cosa de un mes luego de algunos cambios estéticos y funcionales, y, lo que es más significativo, luego de meses de meditar algunas cuestiones.

Desde que comenzamos a buscar altura en este viaje, y mientras tratamos de alcanzar velocidad de crucero, nos alegra el acompañamiento, lento pero constante, de lectores; a quienes, desde ya, agradecemos, al tiempo que nos entregamos a su benevolencia. La mayoría de éstos, nos esperanzamos, provienen del Argentino Reyno y de nuestra madre patria allende el Atlántico, esas Españas peninsulares por las que —al decir del Padre Castañeda— “somos gente”.

Españas plurales, “donde no se ponía el sol”, que eran como la prolongación de la Cristiandad en el Nuevo Mundo y el sostén de ésta en el Viejo. Y por eso fue atacada con el mayor de los odios, no sólo desde fuera, sino —y lo que es peor— desde dentro, por esa “damajuana de caña en una jaula de monos” (Castellani dixit) que fue (que es) el liberalismo. Liberalismo que primero nos despojó de nuestra unidad, destrozando las esperanzas de lo que pudo haber sido, y luego nos vendió barato a las fuerzas de la Revolución mundial anticristiana.

Y mientras la sombra de Mordor se extiende sobre la Tierra Media y la tormenta parece hacerse inminente, nos echamos al monte como los matiners carlistas, nos internamos en la jungla camboyana, nos fugamos a la frontera pampeana como Fierro y Cruz, nos alojamos en las catacumbas como la pequeña Severa… al menos de manera mística e interior, mientras nos preparamos para cuando debamos hacerlo de forma corpórea y exterior.

Nuestro reducto final, nuestro último baluarte, no es otro que el de los altares y los hogares, el viejo lema ciceronianopro aris et focis”. La patria, como gran hogar, tierra de los abuelos (terra patrum) y los nietos, rodeada por el mundialismo atomizante que, como moderno lecho de Procusto de formas tan elaboradas y complejas como siniestras, pretende conformar una legión de consumidores esclavos a su servicio. Por su parte, La Iglesia, sobre la que se dictó el eterno non praevalebunt, pero que, sino su altar, —como enseñaba Castellani— verá su atrio profanado, desde fuera por las turbas enardecidas en busca de su chivo expiatorio y desde dentro por los Judas contemporáneos que pretenden regalárselo. Y todos ellos —como explica René Girard— creerán estar haciendo un bien…

En fin, la familia en cuanto es la iglesia doméstica y la pequeña patria, es la Minas Tirith sitiada por el Señor Oscuro y sus secuaces desatados tras la caída del katejón. Cada vez es más evidente que la vía política nos está vedada (nos faltan completamente los medios económicos, mediáticos, propagandísticos y, hasta, humanos para alcanzar el poder). Cada vez más, la sociedad, como un todo, se está impermeabilizando ante nuestra prédica (preocupada en la satisfacción de su hedonismo material, sexual e, incluso, psicológico y espiritual). La Iglesia misma, una parte importante de ella (obispos, sacerdotes y laicos practicantes), no nos entiende, como si hablásemos una lengua desconocida; preocupada por el consenso, el diálogo, los valores, la democracia, etc. parece haber perdido de vista los principios eternos que debería predicar. Creemos que es ésta, la del hogar —no un hogar ideal, abstracto o general, sino el nuestro, éste y ahora—, la última trinchera antes del fin. Y el Enemigo lo sabe y por eso la ataca como lo hace, con todas las armas de la cultura de la muerte —aunque esto no es nuevo.

Decía, más o menos, Joseph de Maistre que, desde el hecho de la Revolución, debíamos “re-aprender” a ser tradicionales. Lo que antes era intuitivo; lo que antes sabíamos de nuestros padres y abuelos; lo que antes respirábamos en el ambiente; hoy, debemos estudiarlo, meditarlo, contemplarlo y transmitirlo. Creo que ya no nos alcanza solo con los grandes textos contrarrevolucionarios y tradicionalistas del pasado, hoy necesitamos “re-aprender” a ser buenos padres, esposos, hermanos, hijos y amigos, en Cristo y María; a la vez que astutos defensores del hogar en que Dios nos ha insertado. Y, desde allí, quizá, si Dios quiere, reconquistar algunos espacios públicos más o menos pequeños para Cristo. Necesitamos ser como los “últimos de Filipinas”, como esos soldados japoneses que a 30 años de terminada la Segunda Guerra seguían atrincherados en defensa de su emperador... En fin, como esos vietnamitas, yanquis y camboyanos de Apocapypse Now.

Creemos, como un extraordinario artículo que leímos una vez, que

Dios confió a la humanidad el cuidado de su Iglesia en este mundo hasta la Parusía. Es construyéndola en el territorio del Enemigo que participamos en la acción de la Providencia en la historia, y que nos santificamos. Dios ciertamente puede asistirnos de maneras extraordinarias; la notable vigorosidad de la Iglesia en algunos momentos sólo se puede explicar por intervención divina. Pero nada en justicia, exige a Dios darnos un nuevo grupo de santos, héroes y sabios para arreglar todas las cosas como si nada. Cuando la Iglesia necesita santos, héroes y sabios, no tiene a nadie más que a nosotros. Y la mayoría de nosotros estamos demasiado malditamente orgullosos de nuestra falsa humildad para aunque sea intentar la santidad heroica.


El estado de la vida cristiana hoy, como siempre, es el de rezar entre ruinas; de rastrillar entre los escombros de una iglesia largamente destruida en busca de pedazos que podamos reconocer; en asirnos a ellos y atesorarlos de una manera que los hombres que los disfrutaron en su esplendor nunca hicieron. Venerar estos pedazos de escombros, y estudiarlos para darnos una idea de la forma en que encajaron y el significado que alguna vez tuvieron. Inducir lo que podamos de los olvidados métodos de construcción y el lenguaje del simbolismo también olvidado, y reconstruir lo que podamos en el tiempo que se nos da. Construir algo bello para Dios, de modo que el recuerdo de la antigua fe pueda sobrevivir para la próxima generación, hasta que las fuerzas del mal destruyan, quemen y sepulten nuestras construcciones.


Y hacer esto creyendo, a pesar de toda tentación para desesperarse, que la victoria ya se ha ganado, y que la liberación está cerca. Nos ha sido dada la tarea de modo que en ella podamos encontrar nuestro propósito, nuestro gozo y nuestra santidad. Y perseverando, heredaremos un nuevo cielo y una nueva tierra, en la cual construir en forma permanente lo que hemos construido en pobre imitación en este mundo roto.*


Placa del siglo XII que representa a Hugo de Vaudemont y su esposa Ana. Cuenta la historia que el conde Hugo partió a las Cruzadas y allí fue tomado prisionero por los sarracenos. Toda su familia lo dio por muerto, excepto su esposa, Ana de Lorena quien lo esperó durante 16 devotos años. Al regreso del cruzado, su mandó realizar esta placa conmemorativa que aún puede verse en la iglesia franciscana de Nancy.



--> Leer...

martes, 17 de marzo de 2009

Algunos textos de hoy para comprender lo que está sucediendo

De La Cigüeña de la Torre:

Son ya demasiadas las contradicciones, los desmentidos, el hoy digo cuando ayer fue Diego. Con evidente regocijo de todos los enemigos de la Iglesia. Jamás se había visto nada semejante. La Iglesia de las certezas quieren algunos que pase a ser la Iglesia de las dudas. Donde todo vale. Lo blanco y lo negro.

La moral a la carta, la renuncia de los principios, el todo vale según convenga se está imponiendo de hecho. O lo intentan algunos. El resultado es que se cuartean los muros de la fortaleza. Y algunos están encantados. La verdad ya no está en la Iglesia. Unos dicen una cosa y otros la contraria. Los obispos se enfrentan a los obispos. Si todo reino dividido perecerá los hay que ya están descorchando el champagne.

De Pietro De Marco en L’Espresso:

Colpiscono, non positivamente, i modi della reazione di alcuni episcopati alla revoca della scomunica ai vescovi della Fraternità. Viene da chiedere: di fronte a quali loro indiscutibili ricchezze certi episcopati pensano che si possa “lasciare andare alla deriva” il patrimonio di fervore, carismi e probabilmente santità, “quell’amore per Cristo e volontà di annunciare Lui, e con Lui il Dio vivente”, racchiuso (magari a rischio di restarvi congelato) negli uomini e nelle donne della Fraternità di San Pio X? Si deve dire con franchezza che alcune gerarchie nazionali meglio farebbero ad analizzare le proprie drammatiche incapacità di affrontare il presente: la loro tolleranza, o impotenza, verso teologie devianti e programmatici abusi disciplinari e liturgici, come verso la permeabilità di cleri e laicati qualificati a ideologie e politiche secolarizzanti.

È forse la difficoltà, la dolorosità, di questa analisi per molte élite cattoliche mondiali che le spinge, con un meccanismo tipico dell’intelligencija di ogni epoca, a isolare un gruppo come la Fraternità “al quale – scrive il papa – non riservare alcuna tolleranza; contro il quale poter scagliarsi tranquillamente (ruhig) con odio”. Un capro espiatorio tabuizzato, che non può essere avvicinato, neppure dal papa, senza divenire immondi agli occhi di quella stessa intelligencija.

La domanda provocatoria, elevata dai critici contro Joseph Ratzinger: “Ci dica il papa se dobbiamo ancora seguire il Concilio o ritornare alla Chiesa del passato”, è una conferma di questa “vittimizzazione” (nel senso di René Girard) del preconcilio e dei suoi difensori. Ma che i segni preferenziali per la selezione della vittima espiatoria siano il catechismo di Pio X o la messa tridentina, indica quanta falsa scienza sottende la violenza e il disprezzo di cui sono stati fatti oggetto i membri della Fraternità. Girard sostiene, infatti, che il meccanismo del capro espiatorio funziona come “una falsa scienza, una grande scoperta, una rivelazione”.

Nella recente vicenda il disprezzo vittimizzatore ha trovato un pretesto da manuale nella “deformità odiosa” oggettivamente riscontrabile su alcuni, il “negazionismo”. Su questo solo una glossa: sarà istruttivo vedere come reagiranno da ora in poi i protagonisti del “crucifige” contro il vescovo Williamson di fronte al negazionismo strisciante, e neppur tanto nascosto, dell’intelligencija mondiale anti-israeliana.

Y Cantuale Antonianum comenta:

Riprendendo le note teorie di René Girard sul "capro espiatorio" e "la violenza che tenta di esorcizzare il male producendolo", De Marco si spinge a sottolineare che questo comportamento non-cristiano si è spesso prodotto nel rinnegare il proprio passato, fino a trovare nei tradizionisti il capro espiatorio da eliminare, perchè continua a rammentare quel passato che si vuole estinguere.

Qui potest capere capiat. (Jn XIX,12)


Speravit anima mea in Domino
magis quam custodes auroram.

Magis quam custodes auroram
speret Israel in Domino,
quia apud Dominum misericordia,
et copiosa apud eum redemptio.

--> Leer...

 

  © 2009 Desde la Roca del Grifo

True Contemplation Blogger Template by M Shodiq Mustika