viernes, 19 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El argumento III



El Chef, que realmente había sido cocinero profesional “en su otra vida” en Nueva Orleáns, pide permiso para bajar a tierra y buscar mangos, que —según él— abundan en la zona y son muy demandados y preciosos para un chef que se precie de tal.

Posiblemente cansado de tanga agua, Willard se ofrece para acompañarlo. La jungla virgen los rodea y convierte en enanos impotentes. En guardia ante un posible ataque Vietcong, no imaginan el tipo de ataque que sobrevendrá: un bello tigre asiático que los hace correr como nunca lo han hecho en la vida. Regresan aterrorizados al bote, sólo para jurar nunca bajarse de la lancha hasta llegar a destino. No sólo es Charlie el enemigo, también la naturaleza parece conjurada contra estos jóvenes e inexpertos exploradores.

Siguen avanzando y Willard queda más maravillado con lo que lee en el legajo de Kurtz: recortes de diarios, fotografías familiares, cartas… No puede evitar la comparación: “Kurtz sí se bajó del bote. Se desprendió por completo del puto programa. ¿Cómo pasó? ¿Qué es lo que vio en su primer período? 38 años de mierda. Si te unías a los boinas verdes, no había forma de pasar del rango de coronel. Kurtz sabía bien lo que se estaba perdiendo. Cuanto más leía y comenzaba a entender, más lo admiraba. Su familia y amigos no podían comprenderlo, y no podían hacerlo hablar de ello. Tuvo que postularse tres veces y sobrepasar toneladas de mierda, pero cuando amenazó con renunciar, se lo dieron. El sujeto que le seguía en edad en su clase tenía la mitad de la suya. Deben haber pensado ‘¿qué está haciendo ese viejo rompiéndose en este curso?’ Yo mismo lo hice cuando tenía 19 y casi me mata. ¡Qué hijo de puta tan duro! Lo finalizó. Pudo haber ido tras el rango de general, pero, en vez de eso, prefirió ir tras él mismo…

“Octubre de 1967, misión especial, Kurtz monta la Operación Arcángel en combinación con fuerzas locales. Gran éxito. No recibió ninguna autorización oficial. Sólo lo pensó y lo hizo. ¡Qué bolas! Iban a colgarlo por eso, pero luego de que la prensa se enteró, lo promovieron a coronel. Oh, hombre, tanta mierda acumulada en Vietnam tan rápido que se necesitan alas para mantenerse a flote.”

Llegan entonces, en medio de la noche, a una aislada base estadounidense en Hau Phat. Recogen bidones de diesel, cigarrillos y otros pertrechos. Los últimos que podrán conseguir de aquí en más. Se produce una discusión con el sargento a cargo de aprovisionamientos, un típico burócrata que jamás ha estado en combate, por llenar un formulario donde debía figurar el destino de la misión de Willard. Finalmente, quizá pensando en no desgraciarse con un oficial que no conoce, termina con el ofrecimiento gratuito de entradas “para el show” y una botella de Bourbon, el whisky yanqui.

El show es un enorme escenario sobre el que unas conejitas de Playboy descienden en helicóptero para bailar y entretener a la tropa. Como decía un comentario a la película que leímos, “las jovencitas son el peor ejemplo de los valores americanos exportados a un mundo extraño y ajeno”. Las conejitas juegan a vaqueros e indios, provocando a los soldados, y para asombro de vietnamitas aferrados a las rejas. Toda una metáfora de Vietnam y de  la intervención yanqui.

La masa se descontrola y el show termina con las conejitas escapando rápidamente en helicóptero, y la policía militar reprimiendo a los incivilizados.

“Charlie no tiene estos shows”, nota Willard mientras bebe su whisky. “Está demasiado ocupado ocultándose en lo profundo o moviéndose rápidamente. Su idea de descanso y recreo es arroz frío y un poco de carne de rata. Sólo tiene dos formas de llegar a casa: la muerte o la victoria.”

Esto nos recuerda un hecho histórico local. Tras la rendición de Puerto Argentino el 14 de junio de 1982, los soldados y oficiales prisioneros recibieron de sus guardiacárceles pilas de revistas pornográficas. Ante las miradas de los sorprendidos británicos, los argentinos convirtieron en una cuestión de honor no tocar las pilas y dejarlas tal cual las habían recibido. “¡Dios, qué buen vassalo! ¡Si oviesse buen señor!”

En la versión extendida, Willard continúa junto al escenario mientras amanece. Parten con su lancha patrullera y piensa cínicamente: “Nadie más que Kurtz dio un golpe en el trasero al Comando. La guerra está siendo manejada por un grupo de payazos con cuatro estrellas, quienes, al final, terminarán entregando todo el circo.”

La escena del B-52 y de “Satisfacción” de los Stones aparece aquí en la otra versión. Willard lee un informe autoría de Kurtz, casi un manifiesto: “Mientras nuestros oficiales y soldados sigan realizando períodos de servicio de un año, seguirán siendo diletantes en la guerra y turistas en Vietnam. Mientras la cerveza fría, la comida caliente, el rock ‘n’ roll y los otros servicios de hotel sigan siendo la norma esperable, nuestra conducción de la guerra sólo será cada vez más impotente.” Sigue leyendo en voz baja y continúa: “Necesitamos menos hombres, y mejores; si estuviesen comprometidos, esta guerra podría ganarse con un cuarto de nuestra actual fuerza.”

Llega entonces al punto donde se entera de que Kurtz investigó y asesinó a cuatro dobles agentes vietnamitas, la razón por la cual lo acusan de asesinato.

“Fines del verano de 1968. Las patrullas de Kurtz en las Tierras Altas son emboscadas con frecuencia. El cuartel se desmorona. Noviembre: Kurtz ordena el asesinato de tres hombres vietnamitas y una mujer. Dos de los hombres eran coroneles del Ejército de Vietnam del Sur. La actividad enemiga en su sector desapareció. Lo que indica que golpeó a la gente correcta. El Ejército intentó una vez más traerlo devuelta al rebaño. Y si se dejaba, todo sería olvidado. Pero siguió adelante, y siguió ganando a su modo. Y así lo perdieron. Desapareció. Nada más que rumores e inteligencia rudimentaria, mayormente de vietcongs capturados. El VC conocía bien su nombre ahora, y lo temía. Él y sus hombres jugaban a las escondidas con ellos hasta bien adentro de Camboya.”

Y sigue con una carta del Coronel a su hijo:

“Querido hijo: Me temo que tanto tú como tu madre se preocupen de no escuchar acerca de mí durante las últimas semanas, pero mi situación se ha vuelto difícil. He sido acusado oficialmente por parte del Ejército de asesinato. Las supuestas víctimas eran cuatro dobles agentes vietnamitas. Pasamos meses descubriéndolos y acumulando evidencia. Cuando la prueba estaba completa, actuamos… actuamos como soldados. Los cargos no se justifican. De hecho y en las circunstancias de este conflicto, son completamente una locura. En guerra existen muchos momentos para la compasión y la ternura. Existen momentos de acción bruta… lo que llamamos con frecuencia brutal, puede ser en muchas circunstancias simple claridad… ver con claridad lo que debe hacerse y hacerlo… directo, rápido, resueltamente, mirándolo de frente. Confío en que le contarás a tu madre lo que sea pertinente de esta carta. En cuanto a los cargos en mi contra, no me preocupan. Estoy más allá de su moral tímida e hipócrita, y por lo tanto, estoy más allá de preocuparme. Tengo toda la fe puesta en ti. Tu padre que te ama.”

(continuará)

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jueves, 18 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El argumento II




Willard se une entonces a la tripulación de una lancha de patrulla fluvial de la Armada estadounidense, la improvisada “Armada de Aguas Marrones” como fue conocida. Este bote de fibra de vidrio y motor a propulsión, armado con dos ametralladoras pesadas además de armas livianas y lanzacohetes, PBR en las siglas militares, contaba con una variopinta tripulación, integrada por el comandante, el suboficial primero George “el Jefe” Phillips (Albert Hall), y los jóvenes marineros: artillero de tercera clase Lance B. Johnson (Sam Bottoms), el maquinista Jay Hicks “el Chef” (Frederic Forrest) y el también artillero de tercera clase Tyrone Miller “el Señor Limpio” (Laurence Fishburne).

En la versión Redux del film, la tripulación se entretiene con el hit de los ’60 “No puedo obtener satisfacción”, de los Rolling Stones —todo un lema de esos tiempos de cambio—. Incluso Lance se anima a esquiar en el agua, molestado con las olas a los botes de juncos vietnamitas.

Mientras tanto, Willard estudia un dossier que le dieron sobre Kurtz. “Al comienzo, pensé que me habían dado el legajo equivocado. No podía creer que quisiesen a este hombre muerto. Tercera generación de graduados en West Point, el mejor de su clase. Veterano de Corea. Entrenamiento como paracaidista. Casi mil condecoraciones. Etcétera, etcétera. Había escuchado su voz en una cinta y me habían hecho morder el anzuelo, realmente. Pero no podía conectar aquella voz con este hombre. Como decía, tenía una foja impresionante, quizá demasiado, quiero decir perfecta. Estaba destinado a ocupar una de las casillas más altas en el organigrama: general, comandante en jefe, cualquier cosa. En 1964, regresó de su período como jefe de asesores en Vietnam y las cosas empezaron a andar mal. Su reporte al Comando Conjunto del Estado Mayor y al presidente Lyndon Johnson era convertido en lectura restringida. Parecía que no querían escuchar lo que él quería decirles. En los meses siguientes, tres veces pidió que lo transfieran al Fuerte Benning (Georgia) para entrenarse como paracaidista y finalmente fue aceptado. ¿Paracaidista? Tenía 38 años. ¿Por qué carajo iba a querer eso? En 1966 se une a las Fuerzas Especiales y regresa a Vietnam.”

Ven y escuchan pasar a un impresionante bombardero B-52, de aquéllos que habían sido diseñados para transportar bombas atómicas pero que en Vietnam fueron utilizados para castigar con toneladas de explosivos convencionales todo el Sudeste de Asia. Llegan entonces hasta los helicópteros del 1º Escuadrón del 9º de Caballería Aérea (1ª División Aeromóvil), revoloteando tras un ataque a posiciones del Vietcong. “El 1º del 9º era parte de una antigua división de caballería que había trocado sus caballos por helicópteros y que volaban por ‘Nam buscando la mierda. Habían dado a Charlie algunas sorpresas desde que estaban allí.”

En el comienzo de una de las secuencias más famosas del cine bélico, encuentran entonces al teniente coronel Bill Kilgore (Robert Duvall), arquetipo del militar estadounidense heroico, tipo Patton o Custer: peleador, exuberante, casi lunático. Lleva un sombrero de caballería, un revolver largo tipo Colt a la cintura en vez de la pistola reglamentaria, anteojos de sol y un pañuelo amarillo, y arroja sobre los cadáveres barajas francesas que tienen el emblema de la unidad (en campo de oro una banda de sable; cargado de una cabeza de caballo en sable en la siniestra del jefe): “Que Charlie sepa quién lo hizo.” Al mismo tiempo que, por un altavoz, un soldado yanqui anuncia a la población civil estupefacta: “Estamos aquí para ayudaros.”

Es entonces cuando este excéntrico personaje descubre que el marinero Lance Johnson, uno de los que acompaña a Willard en su misión, es un famoso surfer californiano. “Es un honor conocerte, Lance. Ninguno de nosotros está a tu nivel, pero hacemos mucho surf por aquí, Lance.”

Esa noche, mientras Kilgore daba una fiesta en la playa para sus hombres, Willard se cuestiona. “Cuanto más tratan de convertir esto en algo parecido a como es en casa, más nos hacen a todos extrañar.” Millones de dólares gastó en esta guerra el gobierno estadounidense en cervezas, cigarrillos y revistas porno… Y respecto al salvaje Bill, “bueno, supongo que no era un mal oficial. Amaba a sus muchachos y uno se sentía seguro con él. Era uno de esos hombres que tienen una extraña aura a su alrededor.”

En un primer momento, Kilgore se niega a escoltar a Willard y su lancha hasta la boca del río Nung, “esa aldea que señalas es de lo más salvaje, Willard”. Entonces se hace intervenir a Lance, quien comenta que ese lugar “es increíble, es la ciudad de las olas tubo”, convenciendo al coronel de caballería sobre la necesidad de “recuperar’’ esa playa porque, como dice éste, “¡Charlie no surfea!”

Al amanecer, luego de que una trompeta toque a la carga al viejo estilo, cientos de helicópteros artillados se elevan. En una imagen impresionante, la caballería aérea se despliega ocupando todo el horizonte anaranjado. “Saldremos como desde el sol naciente y cuando estemos a una milla, pongan la música. Sí”, opina Kilgore, “usen Wagner. Aterroriza a los amarillos. Y mis muchachos lo aman.”



La cabalgata de las Valquirias es lo único que se escucha, mientras los helicópteros alistan sus armas, y los soldados se sientan sobre sus cascos para cubrir sus partes íntimas.

Y así nos aproximamos a una aldea aparentemente pacífica e inocente, donde unos escolares se forman en un patio. Todo parece anunciar una masacre. Cuando, de repente, vemos las fortificaciones del Vietcong preparando sus propias armas para el contraataque. Las coheteras descargan y las ametralladoras hacen lo suyo.

Kilgore festeja los aciertos de sus hombres mientras se pregunta: “¿Esta gente nunca se cansará?” Aún hoy, cuarenta años después, los estadounidenses creen que con lograr absoluto poder de fuego, pueden doblegar a quien sea. Pero hoy, en 2011, en Irak, en Afganistán, como hace cuarenta años, los hechos los desmienten nuevamente.


Mientras tanto, los helicópteros que transportan personal comienzan a descender y dejan soldados en tierra para asegurar la posición. Ya hay heridos y un helicóptero para evacuación médica aterriza, mientras una dulce jovencita vietnamita arroja una bomba dentro del mismo. “¡Los malditos salvajes!”, grita Kilgore. La impotencia ante un tipo de guerra no convencional…

Asegurada la zona de aterrizaje nuevamente, Kilgore desciende. Y comenta con Lance las bondades para surfear en esas playas, al mismo tiempo que ordena a sus hombres que no pierdan la marea alta de la mañana. Ante la locura, Willard cuestiona al hombre. Pero éste responde imperativamente: “Si digo que es seguro surfear en esta playa, Capitán, es seguro surfear en esta playa. Yo no temo surfear aquí”, mientras se quita la camisa para dar el ejemplo.

Pero el fuego de francotirador y mortero se acerca a los hombres que ya están entre las olas de la costa. Es entonces cuando Kilgore solicita un ataque aéreo sobre la línea de árboles: “bombardéalos hasta que regresen a la Edad de Piedra, hijo”, ordena al aviador.

Una jungla encendida, un infierno de llamas, al frente. El Coronel aspira y pronuncia una de las frases más recordadas de la historia del cine: “¿Hueles eso? ¿Hueles eso? Napalm, hijo. Ninguna otra cosa en el mundo huele como eso. Amo el olor del napalm en la mañana. ¿Sabes? Una vez bombardeamos una colina durante doce horas. Cuando todo había acabado, subí caminando. No encontramos ni a uno de ellos, ni un cuerpo amarillo apestoso. El olor, sabes, el olor a gasolina, en toda la colina. Huele, u olía, como… victoria.”

Napalm, un gel de gasolina que, encendido, alcanza temperaturas altísimas, entre 800 y 1200 grados Celsius, no dejando sobrevivientes donde cae. Ni siquiera bajo el agua uno encuentra protección. Además de los daños reales por quemaduras, las altas llamas, los ruidos que provoca al consumir el oxígeno del aire a toda velocidad y el fuerte olor causan un terror psicológico duradero en el enemigo. Y la Dow Chemical se hizo un dineral produciéndolo.

“Algún día”, se lamenta, “esta guerra terminará.”

En un toque adicional de surrealismo, en Redux, Willard roba jugueteando la tabla de surf de Kilgore y se la da a Lance, mientras ambos corren hacia la lancha que ha sido traída también en helicóptero. El Coronel, más preocupado en ello que en el curso del combate, los persigue por aire pidiendo por favor a Lance que le devuelva su tabla. “Sabes lo difícil que es conseguir algo como eso aquí”, ruega.

Comienzan, entonces, realmente el viaje río arriba. Mezcla de viaje iniciático y descenso a los infiernos. “Algún día esta guerra terminará”, piensa Willard. “Eso estará bien para los chicos en la lancha. No buscan nada más que una forma de volver a casa. El problema es que yo ya he estado allí y sé que eso no existe más.”

El mundo en general y los Estados Unidos en particular ya no serán como a comienzos de los ’60. El optimista mundo de postguerra ha desaparecido y se abre paso el nihilismo hecho cultura. Los muchachos que han dejado “el sueño americano” antes de comenzar a vivirlo, regresan a una sociedad cambiada, donde tendrán muchísimas dificultades para volver a encajar. Algunos no lo lograrán nunca.

Piensa Willard, “si así es como Kilgore hace la guerra, comienzo a preguntarme qué es lo que en realidad tenían contra Kurtz. No era sólo por demente y asesino. Había bastante de eso en todas partes por aquí.”

¿Qué es lo que realmente diferenciaba a Kilgore y a Kurtz? ¿Tal vez se trate de que el primero está en “comunión plena” con los generales que dirigen la guerra, al menos de palabra? Por muy mal que conduzcan esta guerra, debe pensar Kilgore, mientras me dejen surfear…

(continuará)

La secuencia completa (en inglés): http://youtu.be/vHjWDCX1Bdw
(hay versiones en castellano en la web pero son demasiado ridículas)

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miércoles, 17 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El argumento I



[Advertencia I: Si no ha visto la película, recomendamos no seguir leyendo.]
[Advertencia II: Algunas veces el lenguaje soez abunda en diálogos y expresiones en el film —realismo relativamente lógico en un grupo de hombres, adolescentes su mayoría, viviendo durante meses alejados de la civilización y en una situación de guerra—. Para no quitar fuerza al texto, hemos optado por conservar las malas palabras, traducidas al castellano, no literalmente sino como se utilizan aquí.]

Estamos en Vietnam. Nombre que se dio a la franja costera del Sudeste de Asia al sur de China, unión de tres viejas provincias de la Indochina Francesa: Tonkín, Anam y Cochinchina. Tierra de los viet, etimológicamente. Aunque no sólo la etnia viet la habite, es, sí, la mayoritaria o, al menos, la que cuenta con mayores recursos, cultura y las ciudades principales: Hanoi al norte y Saigón al sur, con la histórica Hué en el medio. Durante milenios, chinos e indios intentaron conquistar esta tierra. Los franceses lo lograron aunque no sin dificultades, colonización sólo lograda con la colaboración de su emperador. Los franceses lograron cierta estabilidad y habían comenzado una eficaz evangelización, especialmente en el sur, pero la invasión japonesa, la Segunda Guerra Mundial y los aires de descolonización de la postguerra, culminaron en la célebre derrota de Dien Bien Phu y la firma de la Paz de Ginebra en 1954. Dicho tratado, sin embargo, significó la ruptura del país en dos: un norte populoso y comunista dirigido por el carismático líder Ho Chin Minh, y un sur fraccionado étnica, religiosa y políticamente (viets, montagnards y nungs, budistas, animistas y católicos, pro-imperiales, republicanos y comunistas —el célebre Vietcong—). Ese mismo año, cuando aún estaban retirándose los últimos funcionarios coloniales franceses, comenzaron las agresiones del Norte sobre el Sur. Y ese mismo año, comienza la intervención estadounidense: primero con “asesores”, luego Fuerzas Especiales y, finalmente, a partir de 1965, con tropas regulares.

Estamos en 1969. Hace ya dos años que los Estados Unidos invierten anualmente miles de hombres y millones de dólares en una guerra cuyo fin no ven cerca. Toneladas de bombas arrojadas en el Norte y también en el Sur sobre las supuestas posiciones del Vietcong y los nordvietnamitas infiltrados. Toneladas de bombas en las fronteras de Camboya y Laos, supuestamente neutrales, pero por donde cruza el “camino Ho Chi Minh”, por donde el Norte manda miles de hombres y toneladas de pertrechos hacia el Sur, a veces tan lejos como hasta el delta del río Mekong. Y en casa, la paciencia se acaba. Todo ha cambiado en los últimos años y de una manera vertiginosa: desde la forma de vestir y hablar, hasta la forma de pensar y sentir. Es todo un mundo el que ha cambiado en el último lustro de los ’60. Y Vietnam en el medio, a causa de, o por culpa de…

En este film de que hablamos el capitán Benjamin L. Willard (Martin Sheen) es un experimentado y problematizado veterano estacionado en Saigón, la capital de la República de Vietnam oficialmente, Vietnam del Sur —en realidad—. Ha cumplido tres períodos anuales en Vietnam y ha perdido o dejado a su esposa en el medio. No tiene más que el Ejército en su vida y ahora tiene problemas para ajustarse al aburrimiento de la vida en retaguardia. Bebe excesivamente y se droga para escapar de pesadillas y recuerdos de combate: helicópteros, explosiones, jungla.

Willard es miembro del MACV/SOG y eso lo dice todo. El Comando de Asistencia Militar en Vietnam (MACV) era la estructura burocrática que coordinaba el asesoramiento militar estadounidense a las Fuerzas Armadas de Vietnam del Sur. Uno de sus departamentos era el Grupo de Estudios y Observación (SOG) que, en un primer momento, englobaba a exploradores, observadores avanzados y cartógrafos, pero que terminó dirigiendo todas las operaciones secretas y para-legales norteamericanas en el Sudeste de Asia, por lo que recibió el sobrenombre de Grupo de Operaciones Especiales por sus siglas en inglés.

Hastiado como Baudelaire, mientras recostado en una cama deshecha mira el ventilador girar, nos dice Willard:

“Saigón, ¡mierda! Todavía estoy sólo en Saigón. Siempre pienso que voy a despertar en la jungla. Cuando estuve en casa, luego de mi primer período, fue peor. Me despertaba y no había nada. Casi no decía palabra a mi esposa, hasta que le dije ‘sí’ al divorcio. Cuando estaba aquí, quería estar allá. Cuando estaba allá, sólo podía pensar en estar de nuevo en la jungla. Estoy aquí hace ya una semana. Espero una misión… debilitándome. Cada minuto que paso en esta habitación, me debilito. Y cada minuto en que Charlie se ejercita en la selva, se hace más fuerte.”

Charlie, nombre como familiarmente se conoce al enemigo, tomado del código de radio para VC (Vietcong), “Víctor Charlie”. Odiado, temido, admirado. Con sus pijamas negros, con sandalias o botas viejas, escondidos como ratas en túneles o infiltrado entre la población civil a la espera de una misión. Armado con su confiable AK-47 o su versión china, nada más necesita. Un poco de arroz y pescado viejo, y puede caminar cientos de kilómetros en la selva, sin quejarse, sin distraerse de su objetivo: “liberar a su patria”, según le dicen.

Pero entonces. “Cada quien obtiene lo que desea. Yo quería una misión… y por mis pecados, me dieron una. Me la trajeron como servicio a la habitación de un hotel. Era una misión… una elección real. Y cuando se terminó, nunca más quise otra…”



La policía militar lo saca de su miseria y lo lleva ante un grupo de oficiales de Inteligencia, el teniente general Corman (G. D. Spradlin) y el coronel Lucas (Harrison Ford), y un civil que no se identifica, aparentemente agente de la CIA (Jerry Ziesner).

Estos funcionarios de retaguardia comparten un opíparo almuerzo, mientras muestran a Willard la foto de un “boina verde” condecorado y de buen porte. Éste, el coronel Kurtz (Marlon Brando), fue alguna vez un brillante oficial y un héroe de guerra, pero se había vuelto loco y no respondía a las órdenes.

Por si tenía alguna duda, le hacen oír algunas extrañas grabaciones realizadas por el propio Kurtz: “Vi a un caracol arrastrarse por el filo de una navaja. Ése es mi sueño, ésa es mi pesadilla. Arrastrarme, deslizarme a lo largo del filo de una navaja y sobrevivir. Pero debemos matarlos, debemos incinerarlos, cerdo tras cerdo, vaca tras vaca, aldea tras aldea, ejército tras ejército, ¡¿y me llaman a mí asesino?! Mienten. Mienten y tenemos que ser misericordiosos con quienes mienten, esos mercaderes. Los odio. Realmente los odio.”



Con su propio ejército de nativos montagnards que lo veneran como un dios, en la selva de la neutral Camboya, Kurtz pelea su propia guerra privada contra los vietnamitas. Debe seguir el río Nung (¿el Mekong?) hacia la jungla camboyana para encontrar al coronel Walter E. Kurtz, y arrestarlo. “En esta guerra, dice Corman, las cosas se confunden en el campo, el poder, los ideales, la vieja moral y la necesidad militar práctica… Existe un conflicto en todo corazón humano, entre lo racional y lo irracional, entre el bien y el mal. Y el bien no siempre triunfa. Algunas veces, el Lado Oscuro se apodera de lo que Lincoln llamó ‘los mejores ángeles en nuestra naturaleza’. Todo hombre tiene su límite. Usted y yo lo tenemos. Walter Kurtz ha alcanzado el suyo. Y obviamente, se ha vuelto loco.”

Arrestarlo habían dicho antes. Pero ahora le dicen que debe poner fin al mando del Coronel. “Está por ahí operando sin límites de decencia, totalmente más allá de cualquier límite aceptable en la conducta humana… y está aún allí en el campo de batalla al frente de tropas.” El agente de la CIA remarca: “poner fin al mando de cualquier forma” – terminate with extreme prejudice, lo que en el lenguaje de inteligencia equivale a asesinar. Misión que Willard debe entender, por supuesto, “que no existe, ni nunca existirá”.



“Iba al peor lugar del mundo”, había pensado Willard antes, “y no lo sabía aún. Semanas después y cientos de millas río arriba que serpenteaba a lo largo de la guerra como el cable principal de un circuito enchufado en Kurtz. No fue un accidente que me convirtiese en el guardián del recuerdo del coronel Walter E. Kurtz, no más accidente que estar en Saigón. No hay forma de contar esta historia sin contar la mía. Y si su historia es realmente una confesión, entonces también lo es la mía.”

Aunque como veterano de misiones “especiales” había asesinado ya, nunca antes lo había hecho con un estadounidense. “No se supone que fuese diferente para mí, pero lo era.”

“¡Mierda! Acusar a un hombre de asesinato en este lugar es como dar multas por exceso de velocidad en las 500 millas de Indianápolis. Tomé la misión. ¿Qué se supone que iba a hacer? Pero no sabía realmente qué iba a hacer cuando lo encontrase.”

(continuará…)

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viernes, 12 de agosto de 2011

Apocalypse Now: El proyecto

Estamos en 1967. El Papa Pablo VI publica su constitución apostólica Indulgentiarum Doctrina, donde, al mismo tiempo que ratificaba la doctrina de las indulgencias (puesta en duda desde el Vaticano II), rompía con la antiquísima tradición de cuantificar en días o años (simbólicos) las indulgencias parciales. Poco después, el mismo pontífice sanciona su encíclica Populorum Progressio, que incluye una necesaria condena del capitalismo y que algunos interpretan ad intra como un guiño hacia el socialismo (“mensaje de los obispos del Tercer Mundo”).

El “Che”, Ernesto Guevara de La Serna, comienza operaciones de guerrilla en la selva de Bolivia, pero, abandonado por un pueblo impermeable a su prédica, será pronto capturado y ejecutado.

El boxeador Cassius Clay asume el islámico nombre de Muhammad Alí y continúa con sus impresionantes victorias.

Israel se enfrenta exitosamente a las fuerzas combinadas de Egipto y Siria en la llamada Guerra de los Seis Días, cometiendo numerosas atrocidades que recientemente (1995) han salido a la luz en memorias de un oficial israelí.

La psicodelia y el consumo de sustancias alucinógenas se expande rápidamente, lo que obviamente tiene su influencia en producciones musicales como Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de los Beatles y en todas las demás bandas de rock.

Estalla la Guerra de Biafra, cuando este micro-estado declara su independencia de Nigeria. En dos años se cobrará más de 600.000 vidas y demostrará al mundo que la descolonización de África era mucho menos romántica de lo que se quería creer.

Al mismo tiempo que la Guerra de Vietnam asume otra magnitud en un esfuerzo desesperado de los Estados Unidos por derrotar a los comunistas en combate abierto, las manifestaciones antibélicas se multiplican en casa. Incluso la opinión pública que, hasta la fecha había sido favorable a la intervención, comienza a darse vuelta bajo la indudable influencia de la prensa, las celebridades y el movimiento de los “derechos civiles” liderado por el ministro luterano Martin Luther King. El pacifismo se convierte en una moda, con su “flower power” y el hipismo.

1967 es un año bisagra. Tema sobre el que volveremos.

Mientras trabajaba como asistente de su amigo Francis Ford Coppola en la película “Llueve en mi corazón” (The rain people), John Frederick Milius fue alentado por sus amigos George Lucas y Steven Spielberg para escribir el argumento de un film sobre la Guerra de Vietnam. Milius, quien, a pesar de pertenecer a esta nueva generación de directores entonces aún poco conocidos, era un entusiasta del cine bélico, se tomó en serio el proyecto y tuvo la idea de adaptar la novela corta de Joseph Conrad, “El corazón de las tinieblas” (Heart of darkness), al conflicto del Sudeste de Asia.

Józef Teodor Konrad Nałęcz-Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad, pertenecía a una familia de la pequeña nobleza polonesa de Ucrania y, como su padre, se vio involucrado en actividades clandestinas del nacionalismo polaco por lo que fue perseguido por la temible policía política rusa. Vivió luego en Italia y Francia, hasta que recaló en el puerto de Marsella y decidió pasar el resto de su vida como marino. De espíritu aventurero, no pudo, sin embargo, mantenerse alejado de los problemas. Parece que contrabandeó armas para los carlistas españoles y los legitimistas franceses, y un amor no correspondido casi lo lleva al suicidio. Enamorado de la obra de Shakespeare, llegó a obtener un excelente dominio del inglés y pensó en radicarse en este país. Allí, pasado a la marina mercante británica y recorriendo el Imperio victoriano, comenzó también a publicar sus primeras obras literarias. El éxito le pudo haber hecho vivir bien de sus escritos, pero su afición al juego y a la bebida, le acarrearon necesidades económicas. En 1899 comienza a publicar en entregas su novela corta (o cuento largo) “El corazón de las tinieblas”, quizá su obra más conocida, si bien tal vez no sea la mejor.

En esta historia, un marino de nombre Marlow realiza una travesía desde Europa, por mar y, luego, en África, a lo largo del río Congo, en busca de Kurtz, el jefe de una explotación de marfil cuyo paradero se desconoce. A medida que se aproxima a él, Marlow se entera de que Kurtz ha tenido notable éxito en el negocio pero que, al hacerlo, ha abandonado la vida civilizada, en una regresión a un estado salvaje y bárbaro de vida. Los nativos lo idolatran como un dios y éste, a su vez, aconseja exterminarlos a todos. Habiendo perdido la razón y muy enfermo, Kurtz es cargado por Marlow, quien lo saca de la selva y sube a su pequeño vapor. Kurtz muere en el trayecto pronunciando enigmáticas palabras: “el horror... el horror”.

Lecturas superficiales han querido ver en esta obra una simple denuncia del colonialismo europeo en África, pero es más bien un viaje a lo más oscuro de la psicología del hombre o, como dijo Borges, “el más intenso de los relatos de la imaginación humana”. También Apocalypse Now será vista como una denuncia del intervencionismo yanqui o un simple panfleto pacifista, siendo, como es, mucho más que eso.

En esta película, un oficial de operaciones especiales, el capitán Willard, es enviado a buscar y asesinar al renegado y presumiblemente loco coronel Kurtz, internado en la selva de la neutral Camboya con un grupo de seguidores que lo veneran como un antiguo dios pagano.

Habiendo logrado su primer éxito con “Llueve en mi corazón”, Coppola se interesa en la producción de la historia de Milius y pide a éste que componga el guión o libreto que, originalmente, fue llamado The Psychedelic Soldier (“El soldado psicodélico”) y luego “Apocalipsis ahora”, parodiando el lema “Nirvana ahora” de los hippies. George Lucas iba a ser el director y la filmación iba a comenzar en 1971 en Vietnam mismo, con cámaras de 16 mm. y en formato símil documental. Como extras trabajarían soldados estadounidenses en actividad.

Pero Lucas se ocupó en otros proyectos. Coppola, lleno de ideas y entusiasmadísimo con la idea original, no encontraba un director apropiado y decidió encargarse él mismo. Tras un viaje a Australia para promocionar “El Padrino”, Coppola recorre posibles sets de filmación en el Sudeste Asiático. Visita las Filipinas y el presidente Ferdinand Marcos se entusiasma con el film y asegura al director el acceso a material militar estadounidense en desuso que había sido recientemente vendido a las fuerzas armadas filipinas.

Ahora era cuestión de encontrar a los protagonistas. Steve McQueen, Al Pacino, Jack Nicholson, Robert Redford y James Caan estuvieron entre los primeros seleccionados pero por una u otra razón no pudieron ser. El estudio United Artists exigía a Coppola un protagonista de peso si iban a financiar semejante proyecto, así que, finalmente, tuvo que acceder a pagar el enorme cachet que exigía Marlon Brando para viajar a las Filipinas y encarnar al coronel Kurtz.

El papel de Willard recae en un principio en Harvey Keitel. Pero, habiendo comenzado ya la filmación, finalmente, Coppola lo reemplaza por un entonces virtualmente desconocido Ramón Estévez (Martin Sheen por su nombre artístico).

Con muchos atrasos, la presión de United Artists, el final desastroso de la guerra tras la caída de Saigón y las indecisiones de Coppola, que había comprometido su propio patrimonio en el proyecto, comienzan en 1976 a filmar en las Filipinas. Pero el tifón “Olga” que asoló la región ese año, destruyó los escenarios y obligó a suspender durante varios meses la empresa.

Cuando, casi a fin de año, regresaron a Manila para continuar, los problemas no habían acabado. Brando estaba excedido de peso y se vieron obligados a contratar un doble para algunas escenas y otras debieron rodarse en la penumbra para disimular su pobre estado físico. Además, parece que no se molestaba en aprender su parte del guión y muchas veces Coppola se veía en la necesidad de impulsarlo a improvisar de una manera que se amoldara al personaje.

Cuando Martin Sheen cumplió sus 36 años, el director lo instó a que “sacase sus demonios interiores”, proveyéndolo con drogas y alcohol, con las que realizó el rodaje de la escena introductoria, con rotura de espejo y lastimaduras incluidas. Pero en marzo del ’77, el protagonista sufrió un ataque cardíaco y debió caminar más de 400 metros antes de ser atendido. Coppola escondió el hecho a la United Artists y, durante algunas escenas, debieron recurrir a Joe Estévez, hermano del actor que no aparece en los créditos.

Otro actor con el que tuvieron problemas era Dennis Hopper, el que había sido elegido para interpretar a un fotógrafo “free lance” admirador de Kurtz. Pero Hopper estaba tan drogado todo el tiempo que se hizo casi imposible convivir con él. Marlon Brando llegó a exigir el no tener que compartir escenas con él y Coppola tuvo que hacerlos filmar en distintos días.

El ’77 estaba a punto de culminar y Coppola no se decidía aún por el final de la película. En la idea original de Milius, Willard y Kurtz se unían en su locura y morían bajo un ataque aéreo. Pero Coppola, que ya había hecho muchos cambios en el guión, quería otra cosa. Y, aunque hubiese querido, Brando estaba demasiado gordo como para aparecer al aire libre en escenas de combate junto a Sheen. Hubiese sido más ridículo que el papel de John Wayne con peluquín en “Los boinas verdes”.

Eventualmente, Coppola se decidió —según sus propias palabras— por “el mito clásico del asesino que va río arriba, mata al rey y se convierte él mismo en el rey, como el Rey Pescador de ‘La rama dorada’”.

“La rama dorada” (The golden bough) es el nombre de un libro de Sir James Frazer. En este libro, Sir James desarrollaba la idea de que los mitos de las religiones se vinculan todos ellos en el antiguo culto de la fertilidad a la que se le hacen sacrificios periódicos. Al momento de su publicación, el libro causó bastante conmoción dado que, entre los mitos analizados, incluía a Cristo. Pero el hecho es que tuvo un enorme éxito y su lectura influenció, sin duda, la literatura modernista de comienzos del siglo XX.

Como aún no tenía claro como se vería el final, Coppola hizo que el mismo se filmara desde distintos ángulos. De allí el rumor de que se habían hecho varios finales distintos.

Otro problema fue el sonido. Aunque en un principio el proyecto era el de una película narrada en off, durante el rodaje Coppola abandona la idea y contrata a Walter Murch para ensamblar los sonidos. Pero éste le explica que necesita al menos 10 meses más y que, a falta de bancos de sonido estéreo de las armas utilizadas en la guerra y del ambiente selvático del Sudeste Asiático, deberían crearlos ellos mismos, abultando más el presupuesto.

No sin dificultades, Coppola obtiene de United Artists otro retraso del estreno para finales de 1978 y encarga al periodista Michael Herr que trabajase sobre la narración del film. Felizmente, este retraso permitió a Murch trabajar sobre la tecnología Dolby, en ese tiempo en estado experimental.

Michael Herr había sido corresponsal de guerra en Vietnam para la revista Esquire, entre 1967 y 1969. Con un estilo entre visceral y literario, publicó en 1977 el libro “Despachos de guerra” (Dispatches) que expuso, por primera vez para el gran público norteamericano, las circunstancias especiales de la Guerra de Vietnam, los sentimientos del soldado de a pié, lo terrible de ese conflicto, entre otras perspectivas nuevas. Además de colaborar con el guión de Apocalypse Now, Herr lo hizo años después con el libreto de “Nacido para matar” (Full metal jacket) de su amigo Stanley Kubrick.

En cuanto a la banda de sonido, un papel preponderante tiene la canción “El fin” (The End) de los Doors, que, en una versión especial para este film, se escucha en la secuencia introductoria de la película y en la escena final de la muerte de Kurtz. Jim Morrison, autor del tema, voz de los Doors y amigo de Coppola, compuso esta canción (de casi 12 minutos de duración) pensando en una novia que dejaba. Sin embargo, era para él una alegoría del final de la niñez y, sobre todo, el final de una era de inocencia.

Los retrasos seguían y, a medidos del ’78, Coppola pide al estudio un año más para trabajar en la edición final. Presentaciones en grupos reducidos fueron mal recibidas. En abril de 1979 se invita a un grupo selecto de periodistas a verla. Se filtraron un par de comentarios que hablaban de una película extraña, violenta y aburrida. Coppola hizo otras presentaciones limitadas y, en todas ellas, modificaba los finales. Incluso el presidente Jimmy Carter sugirió que la película debía ser prohibida. Lo mejor que podía pasar era que Vietnam fuese olvidado era el mensaje. Todo hacía pensar que no llegaría a ser estrenada.

La primera presentación oficial fue durante el festival de Cannes del ’79. Donde la película, proyectada de una forma bastante improvisada en un teatro preparado por los técnicos de sonido de Coppola, obtuvo las Palmas de Oro, aunque el final proyectado en aquella ocasión no fue el definitivo. Sin embargo, el éxito francés e internacional abrió las puertas de este film en los cines norteamericanos y el 15 de agosto se estrenó simultáneamente en quince salas con notable éxito.

Ya sea para denigrarla, ya para alabarla, nadie podía dejar de hablar de Apocalypse Now.

“Teníamos acceso a demasiado dinero, a demasiado equipo y poco a poco enloquecimos... Mi film no es acerca de Vietnam, el es Vietnam." Declaraciones de F. F. Coppola a la prensa. [Foto: El director en el set de filmación -- fuente: aquí.]

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jueves, 11 de agosto de 2011

Apocalypse Now: Explicación debida

Desde que comenzamos con esta bitácora, nos suelen llegar comentarios y preguntas acerca de la elección del personaje de Kurtz, lo que esto representa, su relación con la película Apocalipsis Now de Coppola o con el libro El Corazón de las Tinieblas de Conrad. Dijimos en su momento que dedicaríamos algunas entradas a explicar todo esto, dar nuestra opinión sobre el libro y la película, y expresar algunas ideas al respecto.

Walter E. Kurtz es uno de los personajes principales del film Apocalypse Now, traducido entre nosotros como Apocalipsis Ahora al momento de su estreno, pero más conocido actualmente como Apocalipsis Now. Fue éste un largometraje bélico, pero atípico, producido y dirigido por Francis Ford Coppola, y que se estrenó en los Estados Unidos a mediados de 1979. Su atipicidad, algunas escenas muy logradas, una historia eterna y muy buenas actuaciones, junto con el hecho de estar contextualizado en la Guerra de Vietnam aún demasiado reciente para los norteamericanos (la caída de Saigón en poder comunista ocurrió en 1975), hizo de este film todo un éxito.

Hoy, pasados más de 30 años, y con una versión "del director" en el medio, creemos que este film tiene aún un mensaje potente para el que quiera y pueda entenderlo. En próximas entradas iremos analizando la película, sus fuentes e inspiraciones, el contexto histórico y, sobre todo, su tema.

Les dejamos las colas originales:



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viernes, 22 de julio de 2011

Hacer la tradición odiosa (II)

Antes de nuestra prolongada ausencia, hablábamos de aquellos quienes hacen odiosa la tradición (y, para dejarlo bien aclarado de entrada, no nos referimos únicamente a la liturgia).

Conocemos infinidad de razones por las cuales alguien se acerca a la tradición. Hay quienes se han arrimado para poder experimentar en primera persona aquello que leían en obras de santos, en libros de historia o en clásicos de teología. Otros con el fin de ver restaurado algo de una tradición cultural bimilenaria abandonada conciente y criminalmente por cronólatras de todo signo, vistan hábito o no.

Pero también los hay, y no son pocos, los que llegan a la tradición reaccionando con asco ante los abusos, las claudicaciones, las mimetizaciones, tanto del clero, como del laicado católico. Es, quizá, el peor motivo, pero, igualmente, no pocas veces, quienes llegan como reaccionarios, terminan no sólo queriendo afectivamente la tradición, sino también amándola intelectualmente (conociendo sus defectos, limitaciones, imperfecciones y fealdades).

Y amándola, aún así, con gratitud, porque nos viene dada, transmitida, regalada, entregada gratuitamente, habiendo sido cuidada (mejor o peor) por aquéllos que nos precedieron, y convirtiéndonos a nosotros en sus custodios, mejoradores, cultivadores y acrecentadores, con el mando tácito de, algún día, también transmitirla, regalarla, entregarla gratuitamente, a quienes han de venir.

Así, vista como algo vivo, la tradición es algo alegre, algo natural, algo normal. Algo bello y bueno que, si no fuera por nuestras propias limitaciones e imperfecciones, debería tender a difundirse en medio de un mundo asqueado de tristeza, artificialidad y anormalidad…

Pero también están los otros, los que se quedan toda la vida en la mera reacción asqueada, los que necesitan alimentarla constantemente de “denuncias”, de descensos al abismo de “los otros”, para reafirmarse en la postura de que hicieron lo correcto, de que están “donde deben”. Los que usan de la tradición como mero refugio o, peor, instrumento de una psicología y moral farisaica. “Gracias, Dios, por no ser como…” No hay alegría, no hay naturalidad, no hay normalidad.

Por supuesto que esto no se aplica únicamente a los “tradicionalistas”. También lo hemos visto en movimientos “primaverales”, en parroquias, en Cáritas, en grupos misioneros, en comunidades de base, en ecumenistas, en movimientos políticos… cambiando lo que haya que cambiar y dejando lo que haya que dejar.

Pero, claro, nos duele ver estas actitudes donde suponemos que no deberían verse. Y nos duele mucho verlas, cuando se ven demasiado… De ahí la anécdota que contábamos la última vez; que no es más que un pequeño síntoma de algo bastante (demasiado) generalizado en el ambiente.

La tradición expuesta como simple denuncia, rigorismo, exceso, superficialidad, que no hace distinciones, que no reconoce lo que haya de rescatable donde lo haya, que no es inteligente… hace odiosa a la misma tradición. Y produce rechazo, lógico y entendible, en quienes no tiene la gracia de poder superar esa primera barrera y llegar un poco más cerca del núcleo. Y Dios nos pedirá cuentas de esto.


Por supuesto que no estamos llamando al silencio, a la ingenuidad, a la falsa caridad o a la falsa prudencia. Si hay algo que nos pide el mundo a gritos, es que hablemos claro. No hay nada que repugne más a nuestros contemporáneos que el pasteleo y el endulzamiento de las cosas importantes. No está mal denunciar lo que haya que denunciar, exponer lo que haya que exponer, debatir donde haya que debatir y, especialmente, desmitificar lo que haya que desmitificar. Pero si nos quedamos sólo con eso y no presentamos una alternativa amable (en todos los sentidos que tiene este término), empobrecemos tristemente a la tradición.

Pero esto entraña otro peligro al que nos referiremos próximamente: hacer la tradición ridícula.


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lunes, 16 de mayo de 2011

Hacer la tradición odiosa



Hace unas semanas releíamos Cristo y los fariseos, del Padre Castellani. Genial obra que quedó inconclusa y que, en la edición que tenemos, cuenta con notas del P. Biestro y artículos agregados, además de algunas de las “Cartas Provinciales” que, muy probablemente (creemos), hicieron más por provocar su expulsión de la Compañía de Jesús que su candidatura “en broma” a diputado o sus “desobediencias”.

Como otros han notado, el tema del fariseísmo en Castellani es quizá “el” tema. Pareciera cruzar o atravesar toda su obra, ya desde el comienzo, en alguna de sus fábulas, hasta sus últimos escritos en la revista Jauja. Ya sea que hable del liberalismo, el problema editorial, haga la crítica literaria de algún autor o “rete” a sus amigos nacionalistas por alguna actitud, aparece la cuestión de los fariseos. Y, por supuesto, en toda su obra esjatológica, la cual, para el lector atento, no se limita únicamente a su célebre “trilogía” (Los papeles de Benjamín Benavides, Cristo ¿vuelve o no vuelve? y El Apokalypsis de San Juan).

De alguna manera, en realidad, el fariseísmo, en tanto presente en la Iglesia, está —en la mente de Castellani (y, creemos, de una manera bastante convincente)— íntimamente relacionado con los misterios de los últimos tiempos.

Combinando su conocimiento de autores modernos y a-cristianos como Baudelaire (“el maldito”, como lo llama), sus lecturas de Rosmini (sus Cinque piaghe della Santa Chiesa, en el Index, y 150 años después recomendadas por un Papa), Newman (“the most dangerous man in England” y hoy, Beato) y “su maestro” Billot (el más grande teólogo de su tiempo, forzado a renunciar al cardenalato por no convalidar una decisión equivocada del Papa de entonces, decisión revocada por el Papa siguiente), su profundización de Suero Kirkegord (quien, aunque pastor luterano danés, fue casi un hermano de alma) y sus propios padecimientos y sufrimientos, el tratado del fariseísmo de Castellani es, quizá, su gran aporte para nosotros, y para la Iglesia. Y, en el terreno esjatológico, aquello que hace única la teología de la historia del P. Castellani.

Y es que, aunque el marco —la Iglesia— ha cambiado desde que Castellani escribiera y describiera el fariseísmo, éste está más vivo que nunca. Y sigue cruzando transversalmente toda la Iglesia: desde el progresismo incrédulo de las cátedras de teología hasta sectores maniqueos y donatistas conservadores o tradicionalistas, desde el activismo social histérico hasta el pietismo de devociones superpuestas y colecciones de estampas y medallas. Lo vemos en quienes se creen “mejores” por acumular horas y millaje de misiones rurales, “noches de la caridad”, visitas a barrios marginales o villas, Cáritas, apoyo escolar, orientación a comunidades de base, charlas de derechos humanos, etc. Lo vemos asimismo en quienes defienden a capa y espada lo que provenga de los palacios episcopales (o de Roma) y, mañana, sin el menor asombro, estarían dispuestos a defender exactamente lo contrario, ellos se enorgullecen de su “obediencia extrema”, puesto que la Iglesia es para ellos como un partido político y —al fin y al cabo— hay que ganar “votos”. Last but not least, lo vemos también en los que “se saben salvados”, puesto que siguen tal o cual devoción, asisten a Misa tridentina, se confiesan una vez por semana, son miembros de determinada “orga”, luchan —dicen— por el Reinado Social de Cristo…

En fin, nadie está exento. Tampoco nosotros. Después de todo, el fariseísmo no discrimina; edad, ideas políticas o religiosas, sexo, etc., todos pueden ser motivos de orgullo, sectarismo, vanagloria...

Pero, ahora bien, cuando una chica adolescente, bastante inocentona, recién llegada de un pueblito del Interior para entrar en la universidad, es avergonzada en cierto priorato por no llevar falda y mantilla, no podemos menos que recordar aquello de “qui autem scandalizaverit unum de pusillis istis, qui in me credunt, expedit ei, ut suspendatur mola asinaria in collo eius et demergatur in profundum maris”. Ay de los que hacen odiosa la tradición.


El fariseísmo no hace distinciones. Reemplazando el talit y las filactelias por una camisa y una cruz de madera colgada de una soga, tenemos un fariseo progre. Si en cambio, le emprolijamos la barba y lo metemos en un clergy, tenemos un fariseo neocon. Si, finalmente, le afeitamos la barba y le ponemos una sotana, podemos también obtener un fariseo tradi. 

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar... ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!... ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad... ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?"

Como decía Chesterton, "hay algo de espantoso, algo que hiela la sangre, ante la sola idea de una estatua de Cristo enojado. Hay algo insoportable, incluso para la imaginación, en la idea de voltear en la esquina saliendo de un mercado, para encontrarse con la figura de piedra petrificante como la vio una generación de víboras, o aquella cara como la vio frente a frente un hipócrita."

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jueves, 12 de mayo de 2011

Aquí no pasó nada...


La crisis del catolicismo europeo tradicional

 

Stuart Chessman, The Society of St. Hugh of Cluny, 11 de Mayo de 2011

Sandro Magister en su bitácora una vez más nos llama la atención sobre un ensayo subrayable. Acompañando la reciente visita del Papa a Venecia, L’Osservatore Romano publicó un interesantísimo artículo y encuesta de Alessandro Castegnaro sobre las creencias y la práctica entre los católicos del la esquina nordeste de Italia y cómo éstas han evolucionado en los últimos 50 años. De acuerdo con este autor al menos, esta region fue alguna vez el baluarte de la práctica religiosa del norte italiano. Lo que sucedió en los últimos 50 años es la misma triste historia que nos es familiar. La asistencia a Misa dominical cayó desde 80% a comienzos de los ’60 – porcentaje ejemplar para Italia en ese tiempo – a apenas un 26-28%. 90% de los entrevistados reconocieron con algún nivel de certeza la existencia de Dios – pero sólo la mitad de ellos aceptó la existencia de un “Dios cristiano”. 80-90% tenía algún tipo de creencia en la vida después de la muerte, pero sólo 30% creía en la resurrección. En el Alto Adigio (Tirol Meridional) bastante más del 90% de los niños está bautizado – pero 48% son extramatrimoniales. Mientras que la vasta mayoría de la población del Véneto aún se considera cristiana, el grado con el que aceptan las enseñanzas y la moral de la Iglesia varía ampliamente. Lo que existe hoy es un espectro amplio de creencias y prácticas religiosas individuales. “Han aparecido catolicismos múltiples.”
Ahora bien, muchos observadores inteligentes que previeron o describieron esta situación la han visto como la consecuencia natural de decisiones asociadas al Concilio Vaticano II, el Post-concilio o ambos. El P. Gomar De Pauw habló (¡en 1965!) de un laicado estadounidense al que los obispos que regresaban del Concilio le decían que ahora se podía ser católico sin practicar el catolicismo. Más tarde, Malachi Martin escribió acerca de iglesias, movimientos y comunidades “autozoícas”, que existían individualmente dentro de la Iglesia en una marco cada vez más nebuloso. George Weigel se refirió a la “Tregua de 1968”, cuando, en relación a la Humanae Vitae, el Vaticano aceptó de facto y, de hecho, apoyó el “disenso” interno en la Iglesia respecto a su magisterio, tanto en la teoría como en la práctica. A día de hoy, la Iglesia institucional se yergue formalmente firme y los católicos siguen considerándose tales – pero para la mayoría, lo sustancial de la fe y la práctica católica ha sufrido una transformación radical. Por su parte, la jerarquía no se atreve a desafiar este estado de cosas por miedo de “cisma”. Mantener la “gran fachada” de la unidad eclesial y del control jerárquico se ha convertido en un fin en sí mismo.
Castegnano ofrece una descripción sucinta y perceptiva sobre el catolicismo del tiempo presente. Lamentablemente, no logra dar con un análisis igualmente convincente acerca de cómo se llegó a esta situación. En cambio, en los párrafos inicial y final de su artículo (los que Sandro Magister no reproduce en su bitácora), insinúa que el catolicismo tradicional del Véneto como existió hasta los ’60 se apoyaba en el subdesarrollo económico, la identidad social con un grupo y el conformismo religioso. Este mundo se ha visto conmovido por el progreso económico, el consumismo, la inmigración, etc. Obviamente estos hechos tuvieron sus efectos – pero ¡Castegnano ni siquiera menciona los cambios significativos que hubo en la misma Iglesia en los últimos 50 años! De acuerdo con él, lo que reemplazó al catolicismo popular tradicional es una religión de “elección… en libertad” por aquéllos que “no buscan evadirse de las preguntas del hombre contemporáneo y viven en el precipicio de una búsqueda incierta”. De este modo, Castegnaro parecería concluir que la pérdida de la cultura católica y el declive de la práctica religiosa son desarrollos positivos. El mismo tipo de sinsentido (acerca del “gueto católico” y de los nuevos “cristianos maduros” que emergían de él) podría haber sido escrito en los ’60 – parece que nada ha cambiado. Pasará mucho tiempo hasta que la retórica y las actitudes de la “hermenéutica de la ruptura” desaparezcan de la prensa católica oficial.



La Iglesia en ruinas, pero aquí no pasa nada.
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lunes, 25 de abril de 2011

De series y procesos

Hace unas semanas terminamos de ver la serie histórica novelada “The Tudors”. En general solemos rehuir a las series por temor a “engancharnos”. Cosa que, tras caer en la tentación, sucedió en este caso.

The Tudors” no es la historia de la dinastía de ese nombre como podría parecer, sino que se limita, más bien, al reinado de Enrique VIII de Inglaterra. Por supuesto que, como suele suceder con la novela histórica, los autores se toman muchas libertades necesarias —como ciertas fusiones de personas reales en un único personaje y algunas alteraciones cronológicas— e innecesarias —como la obsesión con el sexo y la personalidad hipócrita de casi todo individuo que era “alguien”, excepto algunos “mártires” tanto protestantes como católicos que salen, en general, bien parados—.

Sin embargo, hay muchos temas históricos que están muy bien tratados: la mundanización del alto clero renacentista, las motivaciones políticas y económicas detrás de la Reforma, la recepción apática de la misma por el pueblo inglés y, al mismo tiempo, la furiosa reacción de éste ante la supresión de los monasterios, el ateísmo práctico de gran parte de los funcionarios y la nobleza, la mayoritaria confusión dogmática tanto en católicos como en anglicanos, luteranos y calvinistas, la popularidad de la reina Catalina y de su hija María y los sufrimientos a que ambas fueron sometidas, el maquiavelismo de los príncipes renacentistas dispuestos a pactar con el mismo diablo para lograr sus objetivos, el despotismo creciente de Enrique VIII derribando una tras otra las antiguas leyes medievales, la calidad moral del cripto-luterano arzobispo Cranmer y del cripto-católico obispo Gardiner, entre algunos que recordamos. Incluso, hechos que en los libros de historia sólo han merecido un párrafo, como la “Peregrinación de la Gracia”, tienen aquí su lugar.

Estéticamente es notable. La reconstrucción por computadora de la Londres renacentista está muy lograda; en algunas otras ocasiones la animación no logra pasar desapercibida (por ejemplo, las viejas murallas medievales de Boulogne-sur-Mer). Algunas panorámicas no tienen nada que envidiar a las grandes súper producciones de Hollywood. Los vestuarios son, en general, impecables, aunque se suele exagerar con lo vistoso como si la ropa de gala fuese la de todos los días. En cuanto a los actores, se ha preferido apelar a los gustos estéticos contemporáneos por sobre los de la época; pero esto es entendible en la mayoría de los casos.

En fin, para quien tenga estómago para algunas imágenes subidas de tono, ya sea por su morbo o por su erotismo, es una buena serie para adentrarse un poco más en la pérdida de la Merry Old England (como se lamenta uno de los personajes principales), eso que llamamos aquí “proceso revolucionario inglés”.



Gerard McSorley como Robert Aske, líder de la “Peregrinación de la Gracia” y uno de los mártires praetermissi de Inglaterra.
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domingo, 24 de abril de 2011

Alégrese

Exsultet iam angelica turba caelorum exsultent divina mysteria et pro tanti Regis victoria, tuba insonet salutaris. 
Gaudeat et tellus tantis irradiata fulgoribus et, aeterni regis splendore illustrata, totius orbis se sentiat amisisse caliginem.  
Laetetur et mater Ecclesia tanti luminis adornata fulgoribus: et magnis populorum vocibus haec aula resultet. 
Quapropter adstantes vos, fratres carissimi, ad tam miram huius sancti luminis claritatem, una mecum, quaeso, Dei omnipotentis misericordiam invocate.  
Ut, qui me non meis meritis intra Levitarum numerum dignatus est aggregare luminis sui claritatem infundens cerei huius laudem implere perficiat. 
Per Dominum nostrum Iesum Christum Filium suum, qui cum eo vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum.  Amen.
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domingo, 17 de abril de 2011

Las banderas reales se adelantan


San Venancio Fortunato, Vexilla regis
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jueves, 31 de marzo de 2011

"Cristiada"

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martes, 22 de marzo de 2011

A éstos los llaman cristóbales, viejo-católicos, nazis, aliancistas, rosistas o radicales… o filo-lefes...

    ¿Y cómo ven ustedes todo esto de ahora? ¿Qué hay ahora, para ustedes? —preguntó el curioso vejete.
    Yo veo esos “movimientos” que usted dice —dijo el cura—. Eso sí.
    Una especie de guerra civil insensata. Éstos —dijo Edmundo, señalando al cura—, que están sublevados contra el gobierno de una manera insensata, los “cristóbales”, puesto que nada pueden contra él; y el Gobierno que ha hecho contra ellos una cantidad de leyes que son claramente injustas. No sé quién empezó. Pero es el cuento de nunca acabar… Es una cosa atroz; ¡mire que estos dos, él y su hermana, han sufrido ya lo que no hay idea! Y no cejan. Al revés, cada vez parece más seguros…
    Bueno, esto del gobierno de ahora se llamaba “liberalismo”, y lo de éstos otros se llamaba religión católica o “iglesia” cuando yo era muchacho. Ahora se llama neocatolicismo o vitalismo cristiano por un lado; y a éstos los llaman cristóbales, viejo-católicos, nazis, aliancistas, rosistas o radicales…
    Todas las cosas feas tienen muchos nombres —dijo el cura sonriente.
    El eje de la historia argentina es la pugna entre el liberalismo y la tradición española. Y el liberalismo ha vencido. Eso es todo —dijo el judío—. La francamasonería, que es una creación de nuestra raza, fue su instrumento o brazo derecho; y egregiamente que trabajó, por cierto.
    Y así como aquí el liberalismo vino de afuera, también venció con el auxilio de afuera —dijo el cura—. ¡La expedición de Brasil!
    Así es si usted quiere —el viejo prosiguió con su voz de pájaro—, pero a mí me parece que ahora ya no hay “afuera”. El mundo se ha unificado. Lo que no pudo conseguir la Iglesia, lo hizo la Democracia: la unión de las naciones.


Leonardo Castellani, Su Majestad Dulcinea.


“Dulcinea Argentina”
(Ilustración digital realizada por Mariano G. Pérez
inspirada en la novela de Leonardo Castellani “Su Majestad Dulcinea”). 

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