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jueves, 30 de abril de 2009

Sulspiciano y Modernismo eclesial: Dos caras de una misma moneda


ESCILA Y CARIBDIS: El Arte Sulpiciano y L’Art Sacré

Satanás siempre envía el error al mundo de a pares que son opuestos.
Su gran esperanza es que
uno se pondrá tan mal por uno de sus errores
que reaccionará cayendo en su opuesto, y así te atrapa.
-- C. S. Lewis

ESCILA: EL ARTE SULPICIANO


“En 1862, París tenía al menos ciento veintiún empresas que fabricaban y comercializaban cultura católica: recipientes de agua bendita, medallas, estatuillas, crucifijos, rosarios, estampitas, exvotos, joyería religiosa, velas, escapularios, pesebres, Agnus Dei en cera, mantillas y novenas. Desde la década de 1840, la orilla izquierda de París se había convertido en el centro mundial de venta de arte litúrgico (cálices, vestiduras, ornamentos) y arte sacro (vitrales, estatuas, murales). El área alrededor de la rue Saint-Jacques y de la iglesia del Saint-Sulpice se convirtió en sinónimo de objets de religion para el culto doméstico y arte eclesiástico. Lo que me preocupa aquí no son los pequeños objetos que los católicos ponen en sus bolsillos o colocan en sus altarcitos en casa. Sino, el debate entre qué hay de vulgar y qué de arte en eso que se originó con la denominación de l'Art Saint-Sulpice en la decoración de las iglesias.

“Los comercios del barrio de Saint-Sulpice vendían estatuas y mobiliario eclesiástico que se fabricaba en fábricas fuera de París…El yeso podía moldearse y fácilmente esculpirse para lograr imágenes realistas de Cristo, María, los santos y los ángeles. A diferencia de las estatuas realistas del período barroco, l'Art Saint-Sulpice evitaba las imágenes sangrientas y dolorosas de Cristo y los mártires. Nunca había enfermedad o descomposición en l'Art Saint-Sulpice...

“Para fines del siglo XIX, l'Art Saint-Sulpice se convirtió en el estilo internacional del arte de la Iglesia católica. Desde Irlanda hasta México, la India o los Estados Unidos, el arte local fue reemplazado por productos importados de Francia o copiados sobre el molde francés. En los Estados Unidos, la zona alrededor de la calle Barclay en Manhattan era donde habitaban las firmas importadoras comercializaban el arte religioso francés y las empresas que fabricaban localmente los productos devocionales católicos.”

--Colleen McDannell, Material Christianity (Yale University Press, 1995).
“Se dirá [en el futuro] que los artistas [de comienzos del siglo XX] han cedido sus puestos a los mercaderes; parecería que el escultor y el orfebre ya no se preocupan por hacer objetos bellos de inspiración piadosa, sino en realizar el modelo industrial pasible de ser multiplicado por docenas. La noble escultura del mármol y la madera ha sido dejada de lado ante la invasión del yeso común. Las lámparas y los candelabros, y cálices y ciborios (inmensamente depresivos) han sido considerados muchas veces como mera herramientas. Y en esta inundación de tantos objetos profanos y vulgares, tan deplorables en forma como en material, sería inútil buscar cualquier signo de inspiración religiosa o incluso del recogimiento de respeto debida al noble destino para el que fueron forjados: el honor de la Casa de Dios y la participación en el augustísimo sacrificio… Cualquier que desee encontrar en el templo un contexto conducente a la elevación del espíritu debería condenar repetidamente la profanidad del arte religioso moderno.”

--Demetrio Zurbitu Recalde, S.J.,
Talleres de Arte and the Renovation of Liturgical Art (1929).
“Casi todo ha sido dicho ya respecto a lo que es llamado arte sulpiciano – una mal escogida frase, debe decirse, y una que es muy insultante para con una parroquia parisina muy estimable, más aún porque la tortura en cuestión es mundial en su espectro; por su diabólica fealdad, ofensiva a Dios y mucho más dañina de lo que se cree para la propagación de la religión, de la mayoría de estos objetos convertidos por la manufactura moderna en decorativos de iglesias.”

--Jacques Maritain, Art and Scholasticism (1935).


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CARIBDIS: L’ART SACRE


L’Art Sacré se encontraba en el centro de un intento por reconciliar el arte moderno con la Iglesia católica francesa. Publicada en dos series, antes y después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1937 y 1954, editada por dos dominicos, [Pie-Raymon] Régamey y [Marie-Alain] Couturier, fue la inspiración detrás de unos pocos proyectos a gran escala: las iglesias y capillas de Assy, Vence, Audincourt y Ronchamp. En 1950, apareció una Resistencia muy agresiva, en particular, por el crucifijo de Germaine Richier para la iglesia de Assy. ¿En cincuenta años, decía un artículo, quién recordará al Reverendo Padre Régamey y al Reverendo Padre Couturier, con toda esa escrupulosa e ingenua admiración por obras asquerosas, algunas de ellas barrocas, otras monstruosas, otras satánicas?”

--Alain Besançon, The Forbidden Image (University of Chicago Press, 2001).
“En 1925, a la edad de 27 años, Pierre Couturier dejó de lado sus pinceles para hacerse un monje dominico [sic]. Años después, sus superiores espirituales pidieron al Pére Couturier que les dijera qué pensaba del arte en las iglesias actuales. Su respuesta vino con sorprendente vehemencia. Nuestro arte eclesiástico está en una decadencia completa, disparó. Está muerto, lleno de tierra, académico – imitaciones de imitaciones… sin poder para hablar al hombre moderno. Están fuera de la Iglesia los grandes maestros modernos – Manet, Cézanne, Renoir, Van Gogh, Matisse, Picasso, Braque. La Iglesia no ha salido a su encuentro, como debería, para atraerlos… Los superiores del Padre Couturier quedaron impresionados. Vea lo que puede hacer, le dijeron…”

“Revestido de blanco y con aspecto ascético, el Padre Couturier... se convirtió en la luz y el poder de un pequeño pero significativo movimiento entre los artistas franceses… En su tiempo libre se ha dedicado con energía incansable a visitar los estudios de artistas en todos lados y decirles que la Iglesia es el lugar a donde sus obras pertenecen. Adicionalmente, fundó, hace doce años, una pequeña revista L’Art Sacré, que ha tenido una influencia significativa tanto sobre los sacerdotes franceses como sobre los artistas.

“Gradualmente ha obtenido el interés de los más escépticos y agnósticos entre los pintores, incluyendo unos pocos comunistas (por ejemplo Picasso). El Padre Couturier da la bienvenida a todos, cualquiera sea el estado de su fe. Comenzamos, explica, con el supuesto de que los artistas son hombres y por lo tanto pecadores. Si sus pecados son algunas veces notorios es porque son hombre de imaginación, son artistas. Pero todo fluye de nuestra cultura e incluso de nuestra religión… Cuando alguien se cree a sí mismo comunista, es que son comunistas en cuanto artistas por amor a los pobres. Debemos liberarlos para que trabajen para nosotros, debemos darles el derecho de pintar nuestros muros, y nos relatarán nuestra gran historia como no ha sido contada en 500 años.

El Padre Couturier tiene varios proyectos con diferentes etapas. Algunos son retardados por eclesiásticos que tienen ideas opuestas acerca de cómo debe decorarse una iglesia. Pero el trabajo del Padre Couturier es encontrar apoyo entre sus colegas clérigos e incluso entre anticlericales como Henri Matisse, viejo maestro de la pintura francesa.”

--Revista Time, 20 de junio de 1949.
“En nuestro tiempo presenciamos el peculiar estallido de la fealdad y la brutalidad en el terreno del arte; sí, incluso en el campo del arte cristiano. Esta epidemia mórbida tiene la forma de una artritis deformante o un elefantismo o un arte leproso… El difunto cardenal Constantini, presidente de la Academia Pontificia de Arte, hablaba de blasfemias visuales y horrores figurativos del arte modernista, que producían una cierta repugnancia y disgusto. Nuestro Señor, la Santísima Virgen María, los santos son pintados con caras cretinas y manos y pies afectados por elefantiasis. Cristo, en la Cruz, es reflejado degradado y casi como un animal. Vemos santos con caras simiescas y en actitudes que nos recuerdan un hospital mental o una institución de enfermedades anormales. Muchos sospechas – y no sin razón – que nos enfrentamos aquí con las infiltraciones del comunismo buscando convertir a la religión en algo ridículo y repulsivo, especialmente para los niños.”

--Mons. Rudolph G. Bandas,
"Modernistic Art and Divine Worship",
The American Ecclesiastical Review, 1960.
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Una persona que quiera entender el surgimiento extraño y atemorizante del arte modernista en la Iglesia católica debe primero comprender el estado del arte católico al comienzo del siglo XX. L’Art Saint-Sulpice fue el primer arte católico producido en masa y comercializado en forma masiva. Era barato, uniforme y sentimental; no había sido tocado por la labor artesanal; no era hecho para perdurar ni para vivir / sino para venderse y venderse rápido.

A ojos vista de la otra punta de la crisis del arte modernista, las estatuas de yeso del 1900 ya no se ven tan mal; al menos permiten reconocer su tema y son capaces de lograr alguna clase de piedad; para los católicos americanos, son con frecuencia los únicos ejemplos familiares del viejo arte católico.

Pero en los tiempos en que era fabricado, l’Art Saint-Sulpice era sin duda el peor arte que alguna vez había producido la Iglesia católica hasta el momento. Entre aquéllos que conocía las exigencias de la historia, la liturgia y la teología sobre el arte católico, era universalmente deplorado – y con razón. Nadie imaginó que algo peor emergería – tan espantoso que haría que incluso l’Art Saint-Sulpice pareciera lindo en comparación.

En este contexto, el improbable surgimiento de L'Art Sacré se comprende mejor. El Padre Couturier y sus amigos argumentaban que la única manera en que la Iglesia pudiese escaper de la banalidad de l’Art Saint-Sulpice era abrazar el modernismo como lo ponían en práctica Picasso y LeCorbusier.

La falacia de las dicotomías y analogías necesarias para sostener un argumento tan absurdo es obvia en retrospectiva, pero para muchos hombres de ese tiempo, descorazonados por el bajísimo nivel de l’Art Saint-Sulpice, era leída con simpatía. Menos se entiende que aún hoy alguna gente lo tome en serio, luego de los desastrosos resultados que ha tenido; en un artículo de Maureen Mullarky publicado en la revista Crisis hace unos años, se repiten al hartazgo los cansadores argumentos de Couturier.

La mayoría del catolicismo cayó en este error artístico de fines del siglo XIX y comienzos del XX: pegajoso, sentimental, producido en masa, de material barato. Y luego siguió al primer hombre que, prometiéndole ayuda para escapar, lo condujo rápidamente y con toda la determinación posible a un error peor: iconoclasta, nihilísticamente abstracto, subhumanamente monstruoso. Algunos católicos, reaccionando ante esto, ahora desean volver al primer error.

Deseando revivir la dignidad, la sacralidad, la popularidad y el simbolismo que el arte sagrado tenía en tiempos de fe, miramos el arte de aquellos tiempos buscando inspiración – no las profanaciones de la vanguardia contemporánea, no la vulgaridad del pasado anterior. Y recordamos que a fines del siglo XIX y principios del XX hubo grandes artistas sacros, no importa cuánto Maureen Mullarky pretenda ignorarlo. Estos artistas comprendieron muy bien las fallas de l’Art Saint-Sulpice y buscaron revivir el arte cristiano tanto en su inspiración como en su manufactura – sin abrazar los principios iconoclastas y secularistas del modernismo. Estos artistas no fueron meros copistas, sino hombres con creatividad profunda cuyos trabajos, al mismo tiempo que buscaban continuar las mejores tradiciones de la Iglesia, eran frescos y excitantes. Es aquí donde también debemos buscar; al renacimiento gótico, la Scuola Beato Angelico de Milán, la abadía de Beuron, los Talleres de Arte de Madrid o el mal llamado Modernisme de Barcelona.


 

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