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domingo, 28 de junio de 2009

Ser o no ser

Para que después no me digan anglófilo, cambiamos de zona y nos vamos a hermosísima Venecia. A continuación transcribo una (mala) traducción a un texto de Fausto Balestrini. Nacido en 1921, y fallecido en 2007, Monseñor Balestrini fue poeta, ensayista e historiador de su Brescia natal. Entre sus últimas ocupaciones, fue curador de la casa natal del papa Pablo VI. Es autor de numerosos textos sobre temas genealógicos, etimológicos, toponomásticos e históricos del territorio bresciano, y por su poesía obtuvo también numerosos premios. El presente texto apareció hace unos años en Il Giornale di Vicenza, pero lamentablemente no tengo la fecha. Las notas son de mi autoría con el fin de ampliar algunas cuestiones.

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Quien conoce la historia milenaria de la Serenísima, desde sus comienzos hasta su ocaso en 1797, también sabe que representó una de las experiencias más originales en cuanto a la organización estatal, nacida de la habilidad y energía endógena.

Una de las características de esta absoluta originalidad emerge con claridad. La diferencia radical con cualquiera de los otros órdenes políticos y su supervivencia milenaria. Eso sucedió porque Venecia derivó totalmente de la fuerza moral de su población original. La ciudad se conformó con aquellas familias que, en el ocaso del Imperio Romano, se vieron asociadas a las islas e islotes de la Laguna Véneta. Desde ese momento, lo que antes estaba desierto dejó de estarlo: cada porción de tierra se llenó y fue aprovechada al máximo. Escapando de la incursión de Atila del año 452, la población romana de Aquilea y sus alrededores comenzó un éxodo que se hizo imparable. Funcionarios imperiales, nobles, mercaderes y guerreros se unieron estrechamente e hicieron frente a los bárbaros.

En el recuerdo de esta base humana encontramos una de las características fundamentales del estado que fundaron que encontramos explicitado luego del año mil. Los órganos de gobierno fundados y los que emanaron de ellos provinieron de las familias originales, que se dividieron en dos: las familias patricias y las de la nobleza véneta, que conformaron el Consejo Mayor en posesión de todos los poderes.[1] La experiencia del gobierno de la Laguna consolidó los lazos y la identidad entre las familias. La situación alcanzó su configuración definitiva con la Clausura del Consejo Mayor de 1297, hecha con el objeto de detener la penetración creciente por parte de los nobles de Tierra Firme.

[1] El Maggior Consiglio era el órgano que concentraba en teoría todo el poder político de Venecia y ejercía la soberanía efectiva de la República. Fue inicialmente un cuerpo electivo hasta su clausura, serrata, de 1297. Pero recién en 1319 adquiere su carácter hereditario. Podían acceder al Maggior Consiglio todos los patricios venecianos inscriptos en el Libro d’Oro y mayores de 25 años. Con respecto a la edad existía una única excepción: si el día de Santa Bárbara (4 de diciembre), en una ceremonia presidida por el doge, si el joven aspirante – siendo mayor de 18 años – lograba sacar un pelota de oro de entre muchas de plata; quien era electo gracias a esta excepción era llamado Patrizio Triste.


Las familias patricias eran aquéllas que figuraban en el Libro de Oro, que era conservado por una magistratura especial, los Avogadori di Comun.[2] Debe notarse bien que los patricios, la auténtica nobleza de Venecia, tenían derecho únicamente a la fórmula Nobil Homo Patrizio Veneto, sin títulos feudales, y con el uso del prefijo Ser antes del nombre. Sólo el Doge y los Procuradores de San Marcos tenían derecho al prefijo Missiér (similar al toscano messere, señor; el misér del véneto quiere decir suegro). En los últimos siglos apareció el uso de Il Illustrissimo para los nobles titulados. En Venecia no existían los títulos feudales de conde o marqués, y el único duque propiamente dicho era el Doge. Si alguien en Venecia se hacía llamar Conte, era claro que no pertenecía a familia patricia, sino a la nobleza de la Tierra Firme[3], como el famoso conde Gaspare Gozzi (1713-1786). Estos nobles no podían ocupar cargos de gobierno, mientras que – por el contrario – los patricios no podían rehusarlos.[4]

[2] La Avogaria di Comun era la suprema magistratura de apelación de la República. Conservaba los registros de matrimonios y nacimientos nobles. Los avogadori, que eran ciudadanos originarios y no patricios, vestían con una estola roja. Los avogadori tenían competencia para intentar acciones legales en todos los casos donde fuesen perjudicados los intereses del Comune. La competencia más notable de los avogadori consistía en proveer a la tutela de lo que hoy llamaríamos legalidad constitucional (en el caso que algún consejo o magistratura decidiera contrariamente a las normas). Podían ser procesados por negligencia en el desempeño de su función, siendo citados ante la Quarantia.

[3] El patricio véneto era conciente de su originalidad y orgulloso de aristocracia, aquel que utilizase otros títulos (aún nobiliarios) era considerado de menor status. El patriciado se transmitía sólo por varonía y, al menos en teoría, todos los patricios eran iguales y podían aspirar a los mismos cargos si conseguían apoyo dentro del Maggior Consiglio. Los patricios tenían vedado el acceso a la burocracia estatal, no podían realizar trabajos “viles” y, si bien podían estar inscriptos en una scuola di arti (corporación profesional y confraternidad religiosa), no podían ser electos para la banca (el gobierno de la escuela). Como resultado de estas limitaciones, para fines de la República (1796) había numerosos patricios pobres.

[4] Los títulos de patriciado que se dieron a casas principescas extranjeras y familias papales (Savoia, Gonzaga, Orsini, Chigi, Colonna, Altieri, Borghese, etc.) sólo lo fueron a título honorífico y sin significado político ni social alguno.


Además existió otro importante libro de registros, el Libro de Plata, donde estaban inscriptos las familias de la llamada “ciudadanía originaria”, la burguesía mercantil de Venecia, a la que pertenecían tipos poderosos y aventureros como Marco Polo. Esta clase social era conocida como la “categoria dei Segretari”: a ella debían pertenecer todos los funcionarios civiles de la administración pública.[5]

[5] La ciudadanía originaria era una suerte de nobleza popular, y los cittadini originari gozaban de privilegios sustanciales y concretos, podían realizar actividades reservadas a los patricios, gozaban de ventajas dogales y participaban de las cargas fiscales. Ejercitaban las actividades consideradas más relevantes como el ejercicio del Derecho, la Medicina, el Notariado, la Arquitectura, la Pintura, la Escultura, el Comercio o los cargos eclesiásticos. Para poder acceder a la ciudadanía originaria debía demostrarse que, durante tres generaciones, los antepasados del peticionante debían haber tenido domicilio permanente en Venecia y no haber realizado trabajos considerados “viles”.


Habiéndonos referido al Consejo Mayor, pasemos ahora al cargo más alto: era el del Doge, locución véneta para duque, que a su vez proviene del latín dux. Su elección derivaba de un sistema complejísimo para evitar las conspiraciones que pudiesen terminar en una tiranía. Para limitar los poderes del Doge existían una serie de normas que buscaban evitar el nepotismo. El Doge representaba al estado véneto y presidía el Consejo Mayor y los otros órganos colegiados de la República.[6] Cada voto en el Consejo Mayor era igual. Su elección y cargo eran vitalicios. De él se dijo: In Europa Imperator, Italia Rex, Venetia Civis! Una vez muerto, se lo enterraba en forma privada, a cargo de su familia, luego de los funerales solemnes del estado. En el ataúd era colocado con una máscara de cera en su cara. Los honores eran para el Doge, no para la persona física.


[6] El doge encarnaba la majestad del Estado veneciano, y como tal era tratado, debiendo vestirse en consecuencia (con túnica de oro o plata, según las circunstancias y las estaciones) y llevar la corona dogal: el Corno, del cual existían dos versiones, el corno dogale que llevaba puesto una sola vez en el año, el día de Pascua cuando visitaba la iglesia de San Zaccaria; pero normalmente portaba una versión menos ricamente adornado. La imagen del Doge figuraba, así como su nombre, en la moneda: un anillo donde estaba escrito voluntas ducis, aunque con el tiempo fue reemplazado por el lema voluntas senatus. Como jefe de la República era también llamado Principe. A su cargo, así como a todo lo a él relacionado, debíase respeto, devoción y honor. No podía ser visto en público sin estar en compañía del resto de los componentes del Estado.


Introducimos ahora un tercer órgano de gobierno, el Consejo Menor, que estaba compuesto del Doge y otros seis consejeros, como asesores y críticos de éste, nombrados por el Consejo Mayor en turnos de cuatro y ocho años. El Doge, en cada acción importante, como recibir un embajador o abrir una carta de otro jefe de estado, debía tener a su lado al menos un miembro del Consejo Menor.[7]

[7] Los miembros del Minor Consiglio eran conocidos como consiglieri ducali. Los consiglieri no podían ser parientes del doge, duraban en su cargo 8 meses y eran electos (3 por vez) por el Maggior Consiglio. Tras finalizar su cargo, permanecían en el Senato por otros 2 meses con derecho a voto.


Otro órgano era los Quarantie, formado por tres colegios de magistrados, cada uno de cuarenta miembros, que funcionaban como cortes judiciales de apelación.[8] Los tres jefes de los Quarantie participaban de las reuniones del Consejo Menor. Todas las decisiones de estado importantes pasaban por las manos de esta reunión compuesta del Doge, los seis consejeros y los tres jefes de los Quarantie. Juntos conformaban la Serenissima Signoria o, también conocida como, Serenissimo Dominio.

[8] Como corte de apelación estaba dividida en tres curie o cortes: la Quarantia Civil Nuova, la Quarantia Civil Vecchia y la Quarantia Criminal. Los quaranta (jueces) entraban al cuerpo primero en la Civil Nuova, después de 8 meses pasaban a la Civil Vecchi, y tras otros 8 meses a la Criminal. Al año siguiente, se repetía el ciclo.


Importante era también el Consejo dei Pregàdi, o Senado, compuesto de algunas decenas de miembros, a cargo de la actividad legislativa. Sus disposiciones se convertían en leyes del estado véneto.[9]

[9] Los senatori llevaban estola púrpura. Principalmente debían afrontar las cuestiones de orden financiero y decidían sobre la guerra, la paz y las treguas. El Senado veneciano fue parangonado con un cuerpo perfecto por estar compuesto de jóvenes audaces, viejos cautos y experimentados y hombres de mediana edad equilibrados y seguros. En asuntos militares y navales era el nivel máximo. Además, el Senado elegía todas las magistraturas judiciales.


Llegamos así al más famoso de los órganos de gobierno venecianos: el Consejo de los Diez. Se instituyó luego de que tras la Clausura del Consejo Mayor, se descubriera en junio de 1310 la conspiración del Doge Baiamonte Tiepolo y los hermanos Querini. Los Dieci debían ser todos patricios y su función principal era supervisar a la clase patricia en los casos de emergencia del estado y reprimir cualquier intento de conjura.[10] En realidad, en las reuniones del Consejo de los Diez participaban diecisietes personas; además de los Diez, asistía el Doge, los miembros del Consejo Menor y los jefes de los Quarantie.

[10] El Consiglio dei X se ocupó de cosas siempre muy importantes tales como el fisco, la moneda, el control de la minería, del agua y del orden público, siempre en relación con la seguridad del estado. Su poder de contralor era tal que, incluso, en 1483, obligó al doge Francesco Foscari a dimitir por abandonar por 8 días su dignidad y el palacio ducal sin autorización.


Existían por toda Venecia unos buzones para realizar denuncias anónimas, llamadas “bocas de la verdad”. Sin embargo, con una denuncia anónima no se iniciaba proceso, para eso debían estar firmadas por el denunciante y dos testigos. Sólo en ese caso, se podía acceder a la recompensa. Además, el Consejo de los Diez tenía sus propios informantes y una guardia dirigida por el Missier Grande. Los guardias vestían de negro, llevaban una máscara para no ser reconocidos e iban desarmados, pero la sola presencia en la puerta de un patricio lo desalentaba.


Después de 1539, tras el intento de España por comprar algunas voluntades favorables, la Serenissima estableció los famosos Inquisidores del Estado, Inquisitori di Stato, a cargo del contraespionaje. Dos de los inquisidores vestían con estola negra y eran miembros del Consejo de los Diez, y el otro con estola roja y era miembro del Consejo Menor. Popularmente los venecianos los llamaban babai, aparentemente de la palabra bao, diablo. El famoso Giacomo Casanova era informante de los Inquisidores y por esa razón pudo escapar a la justicia.


En la Serenísima República de San Marcos de Venecia, tal su nombre oficial, cada centro de poder era el contrapeso de otro; el Consejo Mayor, poseedor de la soberanía, estaba bajo la mirada atenta del Consejo de los Diez, y el Doge era particularmente observado por los Inquisidores de Estado.


En las ciudades de la Tierra Firma bajo control de la Dominante, el Véneto propiamente dicho, había dos enviados o cancilleres venecianos: el Podestà y el Capitán de Justicia, estando el primero a cargo de los asuntos civiles y el segundo de los militares y policiales. Cada uno tenía a su disposición un “vicario” de la clase de los secretarios que, a su vez, respondían directamente al estado veneciano. Pero luego cada ciudad se gobernaba por sus propios estatutos municipales y feudales y con sus propias instituciones ancestrales. Los funcionarios civiles de la Tierra Firme, en general nobles feudales, eran miembros de derecho del Libro de Plata, como los “ciudadanos originarios” lo eran en la Dominante.


Gran importancia tenía la cancillería ducal, jefe de la cual era un Cancelliere Grande, que no era patricio: ocupar ese puesto era un derecho exclusivo de la clase de los secretarios, quien tenía su lugar de honor luego del Doge y los procuradores de San Marcos. El Gran Canciller, con su estola roja, debía estar presente en las deliberaciones más importantes del Senado y el Consejo de los Diez, y debía firmar la correspondencia ordinaria de la Dominante. Compilaba los testimonios de las Comissiones en volúmenes manuscritos de entre 250 y 300 páginas, con las instrucciones para los funcionarios enviados a Tierra Firme y dominios del Mar. Para la formación de la clase de los secretarios existía una escuela de administración pública muy reputada y que se tomó de modelo de la famosa École Nationale d’Administration (ENA) francesa.


Nombramos ya a los Procuradores de San Marcos. El cargo debía ser ocupado por los patricios con los mejores servicios prestados a la patria durante decenas de años. Tenían a su cargo la administración de la Basílica de San Marcos y todos los otros lugares de devoción de la Dominante.[11] Además, con el fin de evitar un golpe de estado militar, se nombraban Provveditori que, como patricios que eran, controlaban a los generales del ejército que podían ser extranjeros.[12] En cuanto a la poderosa armada véneta, si el comandante de un buque era un patricio, usaba el título de Sopracomito; si no, de Còmito. Pero la flota siempre era comandada por un patricio, Provveditor all’Armar.[13] Y el Arsenal[14] estaba bajo el mando de los Provvedirori all’Arsenal.[15]

[11] Los procuratori di San Marco ocupaban el máximo cargo veneciano después del dogal. Tanto fue así que el Doge debía estar siempre escoltado por ellos. Junto al dogal, era éste el único cargo vitalicio de la República. Los procuratori tenían competencia sobre las plazas y los edificios contiguos, sobre las iglesias y hospedajes de patronazgo ducal (incluso fuera de la ciudad), y la custodia del tesoro y los documentos públicos. Su prestigio era tal que muchos ciudadanos los nombraban administradores de los bienes dejados en testamento.

[12] Cuando se reclutaban grandes ejércitos de tierra, se nombraban dos provveditori que debían acompañar y controlar al general comandante, que – para evitar un posible golpe de estado – era extranjero.

[13] Entre sus atribuciones, tenía competencia sobre el armado y desarmado, aprovisionamiento y control de todas las unidades armadas, y debían procurar equiparlos. Tenían poderes de control sobre la carrera de los oficiales no patricios. También tenían jurisdicción sobre las controversias civiles entre los proveedores, los armadores de las naves y los capitanes.

[14] Nombre dado al centro de la organización fabril cívica y militar de Venecia, existente al menos desde el año 1104.

[15] Su principal preocupación era el control sobre la gestión financiera y contable del Arsenal. De ellos dependían los patroni all’Arsenal con importantes atribuciones técnicas y de vigilancia sobre las construcciones navales.

Venecia nunca se copió de otros. Siempre encontró soluciones originales para los problemas. Por esta razón, la Serenísima República duró más de mil años.


Il Feudatario, Pietro Longhi
Pinacoteca Querini Stampalia (Venecia)
En sus más de mil años de historia, la Serenísima jamás tuvo una rebelión de carácter popular y, de hecho, fue el pueblo llano el que la ayudó a mantener su integridad territorial e independencia. Sólo la invasión napoleónica de 1797 puso fin a esta historia.


3 comentarios:

dimas dijo...

Pues...¡seamos venecianos!

Coronel Kurtz dijo...

En todo caso, imitando a los venecianos, seamos bien argentinos. ¿No decía Lugones que querer ser como Estados Unidos, Alemania o Inglaterra era empezar a no ser?

Coronel Kurtz dijo...

Disculpame Dimas, veo en tu perfil que sos español. Monta tanto, tanto monta.

 

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