viernes, 18 de marzo de 2011

Antes del fin

Copio a continuación un comentario enviado a Wanderer pero que nos quedó demasiado largo.



Efectivamente, no sé si los primeros cristianos nos envidiarían, como dice W., pero sí que ansiarían estar con nosotros —aunque más no sea porque cronológicamente estamos más cercas de los Últimos Tiempos—. Mientras difundían el Evangelio por todo el mundo conocido arriesgando (literalmente) la vida, anhelaban el pronto regreso del Cristo. Esto es evidentísimo en las Actas de los Mártires, especialmente en la historia de santas Perpetua y Felicitas, donde los paralelismos con el Apocalipsis son evidentes. Como bien, pronosticó Castellani el principal problema de nuestro cristianismo de hoy es pensar o vivir como si Cristo no fuera a volver. Vale decir que lo mismo (con otras palabras) pronosticaron los peritos de un reciente congreso sobre el Apocalipsis que tuvo lugar en el Vaticano.


Como ya comentamos en alguna oportunidad, y creo que en esto coincido con algunos comentaristas y (si no recuerdo mal) con el mismo W., esa inversión del orden natural de que habla W. (que incluye en primer lugar el falseamiento del principio de autoridad, empezando por la autoridad paterna que recuerda un anónimo), siendo elevada a la categoría de ley, es el katejón siendo retirado —de una forma que nuestros antepasados no pudieron prever puesto que atenta contra la misma evidencia de la razón y los sentidos—, es la destrucción de los últimos vestigios de Romanidad.
En cuanto a la persecución creo pueden darse las dos posibilidades: la de un martirio incruento en la forma de una marginación social creciente de los fieles (Castellani en algún lado [¿Cristo y los fariseos?] sostiene que ésta es la verdadera persecución), o la de un martirio cruento similar a lo ocurrido con los cristianos de los primeros tres siglos. Pero tal vez, este último sea en realidad el “typo” nomás.
En cuanto al Anticristo, es cierto, aun no lo “vemos”, pero eso no quiere decir que su espíritu no esté ya actuando en el mundo. ¿Será una persona de carne y hueso? Aun entre los teólogos de la historia de nuestro tiempo, como Castellani o Canals Vidal, para citar sólo dos, el asunto no está claro. Y si no es una persona física, tampoco es necesario que sea una nación, una etnia, un grupo… tal vez sea el espíritu de una época, un “ethos” particular. Tal vez sea todo lo anterior…
En cuanto a lo que dice Atilio, es probable que la persecución venga por ese lado. El último año, cuando se dio todo el escándalo de los curas pedófilos, numerosas voces salieron a acusar al cristianismo de ser “inhumano”, “bestial”, “anti-natural”, etc., incluso “dentro de la Iglesia”, entre curas y monjas que abogan porque se “libere” la doctrina moral. Creo que es genial lo que dice René Girard acerca de los “chivos expiatorios” y su función en la sociedad pagana, y qué es lo que puede suceder en el actual presente neopagano, donde se acusa al cristianismo justamente de aquello que ha ingresado al mundo gracias a él (la protección de los débiles, la eliminación de los linchamientos públicos, la conmiseración por las victimas, etc.). En la sociedad pagana, los sacrificios tenían como fin traer el equilibrio a la sociedad. Y vivimos en una sociedad mundial neopagana en busca de su equilibrio… y en busca de una victima que sacrificar.
También concuerdo con Atilio en que hay que observar lo que sucede en Medio Oriente. Tras la Revolución Francesa apareció un Napoleón, tras la Comunista, un Stalin. Estas supuestas revoluciones democratizadoras, al mismo tiempo, pueden que nos traigan a un nuevo Saladino (quien para los cristianos de Tierra Santa fue un verdadero anticristo menor). Estas “revoluciones” en países musulmanes, con apoyo de la ONU e, incluso, de parte de la jerarquía católica (L’Osservatore Romano, es un ejemplo no menor.), son algo para tener en cuenta. “¿Qué papel juega o jugará Israel en todo esto?” no es una pregunta menor.
En cuanto a lo que plantea Pippin, pienso que la apostasía profetizada quizás no sea un “pecado social”, sino más bien una “estructura de pecado” —al menos, si se entiende como una situación donde ya no tenemos posibilidad de elegir “el bien”, sino donde lo que predominan son opciones malas, donde quizá elegir “el bien”, conlleve el martirio social. Pienso en el ejemplo que ponen muchos. Imaginemos si criar a los hijos “a la manera tradicional”, llega a ser considerado una especie de conducta depravada (equivalente a lo que no hace mucho era no cumplir con la enseñanza primaria obligatoria) que habilita al Estado a retirar la patria potestad a los padres. ¿Qué elegiríamos? ¿Cómo actuaríamos? Quizá la jerarquía haga alguna pirueta para que los católicos nos mezclemos con “el mundo” (recordemos “Su Majestad Dulcinea” y como los obispos autorizaron el uso de la insignia que antes habían prohibido sobre la base de una curiosa pirueta teológica). Tal vez sea necesario desobedecer, aunque la perspectiva repugne a los anti-filo-lefes.
Y, efectivamente, como bien recuerda Ludovicus, tal vez esto que estamos viviendo (o recién comenzando a vivir) no sea más que el typo de otra cosa… la lista de anticristos menores del pasado que se creyó podían ser el verdadero es enorme (Dioclesiano, Atila, Saladino, Federico II, Lutero, Napoleón, Garibaldi…)
Hace bien Milkus al recordar a Tolkien y su “Señor de los Anillos”, obra que tiene mucho de “apocalíptica” aunque más no sea como el fin de una edad y el comienzo de otra. Como toda obra “eterna” debe ser alimento constante nuestro, especialmente en esta época, para no desesperar, para confiar en las profecías, para perseverar en nuestro camino, para no desfallecer, para no impacientarse, para no querer cortar el trigo y la paja…
El texto de Ratzinger es también muy valedero, aunque no sé si se aplica a este caso especifico. Por supuesto que el Apocalipsis y los demás textos “apocalípticos” en el Evangelio y las Epístolas, admiten una lectura espiritual y moral —como toda la Biblia, es cierto—. En cada uno de nosotros se repite, como “a escala”, la historia de la Salvación, con su Génesis y su Apocalipsis.
Y por esto es que una fe que mutila las profecías o que las transforma en algo hermético, cerrado, inaccesible, de imposible aplicación e interpretación, es una fe a la que le falta una pata. Una pata importante, la de la esperanza, no como algo utópico que está más allá del tiempo, sino también como algo presente aquí y ahora, y que de alguna forma se viene desenvolviendo. Casi la mitad de los Padres (como bien explicaba San Justino) creía que algunas de las promesas de Israel (especialmente las de Isaías) aun estaban por cumplirse o, mejor, por completarse. Lo mismo dice, para quien lo quiera entender, el Catecismo (nn. 674 et seq.).
Solo así, en “tensión escatológica” constante, los primeros cristianos pudieron soportar indecibles padecimientos. Solo así nosotros, creo, podremos soportar lo que se viene. Sea o no el último y final mamporro.
 


Sanctae Perpetua et Felicitas, orate pro nobis.
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miércoles, 9 de marzo de 2011

Correo recibido: Cuando un moralista escribe a pedido sobre lo que no sabe

En el año de 1985 el profesor de la Universidad de Bonn, Günther Jakobs, introdujo el concepto de derecho penal del enemigo (Feindstrafrecht).
El derecho penal es el conjunto de normas jurídicas que regulan la potestad punitiva, asociando a hechos, determinados por la ley, una pena, medida de seguridad o corrección como consecuencia. 
A partir del aporte de Carl Schnitt, se entiende por enemigo (político) a un grupo humano que se opone abiertamente o hace peligrar públicamente a otro grupo. 
El denominado derecho penal del enemigo se caracteriza por aplicar al grupo enemigo una sanción desproporcionada y por relativizar los derechos y garantías de justa defensa que tiene todo acusado. Es usual que este derecho penal venga acompañado de una política de discurso populachero (völkisch), que alimenta y resalta los peores prejuicios, para estimular públicamente la identificación y el ataque alevoso al enemigo de turno. 
D. José María Iraburu, la entrada en su blog referida a los “filo-lefebvrianos”
http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1103051053-126-filo-lefebvrianos-i#comments, ha identificado al grupo enemigo de turno. A partir de su concepto de “filo-lefebvriano”, deliberadamente oscuro, y con un matiz despectivo, ha señalado la presa a sus perros de caza. Y así ha logrado reforzar la cohesión de su grupo (los llama: “infocatólicos”) por medio del menosprecio de otros colectivos (los designa: “lefebvrianos” y “filo-lefebvrianos”).
Luego de identificar al grupo enemigo, mediante el discurso populachero, se ha dedicado a estimular el linchamiento del principal grupo hostil. Y para eso ha contado con la cooperación activa del director del portal, Luis Fernando Pérez y de José Miguel Arráiz. El primero, ha colaborado con la censura sistemática de los objetores más lúcidos, mientras ha dejado expresarse con gran libertad a los más exaltados y menos inteligentes, para reforzar así los peores prejuicios; y el segundo, ha completado la faena, dando rienda suelta a la calumnia colectiva, y al matonismo bolivariano que lo caracteriza. 
Es digno de elogio, frente a tanta estupidez infocatolica, la nobleza y el coraje del P. Angel David Martín Rubio,
que ha dado derecho a réplica a uno de sus lectores refrendando su opinión.
Un Curiacio.

Nota desde la Roca del Grifo: Si bien podemos estar más o menos de acuerdo con algún postulado del artículo del P. Iraburu, nos parece que se hace una generalización totalmente injusta. Por otro lado, la lógica de este reputado moralista, al meterse en un terreno que claramente no conoce, queda en evidencia en los comentarios cuando, tras recibir objeciones de tenor de comentaristas como "Martin Ellingham", no le queda más que recurrir a un argumento de autoridad, sacando de contexto opiniones de Juan Pablo II o Benedicto XVI para apoyar las propias.

Varias veces me he topado con el lefebvrismo como ideología, pero en cuanto a Mons. Lefebvre, debo decir en su beneficio que, habiendo requerido en numerosas oportunidades que se le someta a juicio canónico o, al menos, a una disputa teológica pública, nadie le hizo caso y, con el mayor desprecio, se lo castigó con total dureza.

Las similitudes con otros casos de la historia, algunos de ellos de verdaderos santos, son más que evidentes y dan por tierra con argumentos de autoridad como los utilizados por el P. Iraburu en los comentarios de dicho artículo en el portal Infocatólica.

Si vamos a utilizar argumentos de autoridad, hablemos de Teología y con el método de la Teología. Si vamos a hablar de cánones, discutamos Derecho Canónico y analicemos el caso con el método propio de esta rama del Derecho. Pero si vamos a hablar desde la Etica, utilicemos el método de la Etica. Sino, es hacer trampa.


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jueves, 3 de marzo de 2011

Castellanianas: A 30 años de su fallecimiento


  • Misa in memoriam en la iglesia de San Ignacio (Bolívar y Alsina, Ciudad de Buenos Aires) el martes 15 de marzo a las 19.00 hs.
  • Conferencia a cargo del Dr. Jorge N. Ferro en la nueva Librería "Leonardo Castellani" (Bartolomé Mitre 2162, Ciudad de Buenos Aires) el jueves 17 de marzo a las 19.30 hs.



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lunes, 14 de febrero de 2011

Lecturas

Hacía un tiempo que no recomendábamos lecturas, más allá de las que pueden verse en el margen izquierdo de esta bitácora, pero en esta ocasión hay buenos artículos por ahí:

  • Nuevas iglesias: El Vaticano desaprueba a los obispos italianos. En "L'Osservatore Romano" el cardenal Ravasi y el "arquitecto star" Paolo Portoghesi critican las nuevas construcciones sagradas hechas en Italia con el patrocinio de la Conferencia Episcopal, porque rompen con la tradición y deforman la liturgia. Un comentario de Timothy Verdon. (Sandro Magister)
  • Martin Mosebach in the US – Part I. On Sunday, January 30, Martin Mosebach spoke at the parish of Our Saviour, New York. A solemn high mass preceded his talk. We were heartened by the impressive turnout for both the mass and Mr. Mosebach’s talk. In attendance were numerous seminarians and clergy as well as some well-known represenative of various Catholic media. Mr Mosebach gave a forceful presentation on the Traditional liturgy: how it had been destroyed; its essential features; how it is being recovered; and its significance for the overall liturgical and spiritual life of the Church. The text of the original version of his talk (given at an Archdiocesan conference in Sri Lanka last year) can be found HERE. (Stuart Chessman, The Society of St. Hugh of Cluny)
  • First Valentine: Lasting legacy of 500-year-old love. Continue reading the main story. Love it or hate it, even the most hardened anti-Romeo will be hard pressed to avoid Valentine's Day this year. But as an exhibit at the British Library currently on show is testament to, there is a first for everything - even on Valentine's Day. It is a letter, written from a young woman to her love, and is the first mention of the word Valentine in the English language. And, for the first time, the descendants of Margery Brews and her betrothed John Paston have been traced. (Anna Browning, BBC News)
  • The Errors of the Economists: The Uselessness of Utility. Our current economic problems caught the economists unawares, and the few who did sound the warnings were ridiculed by their colleagues as Cassandras and doomsayers. But this professional myopia should not surprise us, since the same thing happened at the last crises, and the one before that, and the one before that, etc. The record of the economists in predicting crisis is perfect: they always get it wrong. Further, they can't seem to agree on any solutions; rather, we get a set of warring ideologies clothed as economic “science,” with a wealth of conflicting policy prescriptions. Clearly, this is a “science” in need of reconstruction. In this series, we tackle the basic errors of the economists, with a view to reconstructing the discipline along more scientific grounds, which is to say as a humane science concerned with the common good and the material provisioning of a just social order. (John Médaille, The Distributist Review)
  • La noble sencillez de las vestimentas litúrgicas. La tradición sapiencial bíblica aclama a Dios como “el mismo autor de la belleza” (Sab 13,3), glorificandolo por la grandeza y la belleza de las obras de la creación. El pensamiento cristiano, partiendo sobre todo de la Sagrada Escritura, pero también de la filosofía clásica como auxiliar, desarrolló la concepción de la belleza como categoría teológica. (Uwe Michael Lang, C.O., Zenit)


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viernes, 11 de febrero de 2011

Que soy era Immaculada Concepciou

Je ne vous promets pas de vous rendre heureuse en ce monde mais dans l’autre

Lourdes, la Sainte Vierge à Bernadette, 18 février 1858

De afflictione innocentium ridebit…

Liber Iob, IX: 23 (Nova Vulgata)

Beati, qui lugent…

Evangelium secundum Matthæum, V:4

Desconfiemos de las “sectas” que nos prometen la felicidad en esta tierra, por mucha cara de felicidad que nos pongan.

Desconfiemos de las “sectas” que nos prometen el éxito en esta vida, por muchas misiones, universidades, fotito con el Papa y aprobaciones que tengan.

Desconfiemos de las “sectas” que nos prometen respuestas para todos los interrogantes que se nos puedan presentar, por mucha inspiración del Espíritu que digan tener.


No prometo haceros felices en este mundo

Dios… se ríe de la desesperación de los inocentes

Felices los que lloran

“Cosas malas” suceden a la “gente buena”. Las desgracias existen y recaen sobre todos, buenos y malos. Nadie está protegido contra ellas… por más “secta” en la que se haya metido.

Es un problema que sólo tiene solución fuera de este mundo. Como en el laberinto de Marechal, sólo se sale por Arriba. Como en Job, sólo nos queda esperar y confiar. Nuestra esperanza es una espera esjatológica.

El Reino no se realizará... mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el Cielo a su Esposa. Dice el Catecismo. Cualquier “secta”, fundador o iluminado que nos prometa otra cosa distinta a la Cruz, miente.


Fotografía de Santa Bernardita (Maria-Bernarda Sobirós, 1844-79)

[Fuente: Secret Harbour ~ Portus Secretioris.]


Hodie gloriosa cœli Regina in terris apparuit


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miércoles, 2 de febrero de 2011

Darc vs. More?

En audiencia general el pasado miércoles 26 de enero, el Papa se refirió a Santa Juana de Arco, Jehanne Darc de Domrémy en el siglo, o “La Pucelle” (la doncella) en la leyenda, como “un bello ejemplo de santidad para los laicos empeñados en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles”. [Leer texto completo en italiano.]

Entre otros puntos jugosos, Benedicto XVI se detuvo en:

- El necesario ligamen entre la experiencia mística y la política;

- la misión política como compasión y empeño frente al sufrimiento del pueblo;

- la lucha por la liberación del pueblo como obra de la justicia y la caridad;

- la paz basada en la justicia y no como mera ausencia de conflicto (pacifismo);

- la verdadera pasión de esta santa a manos de clérigos y obispos.

¡Qué mejor ejemplo que la Doncella de Orleáns! Contra todo tipo de corrección política, de pacifismo, de clericalismo y episcopolatría...

Santa Juana no temía decir la verdad, oportuna e inoportunamente, molestase a quien molestase... No temía mandarse a la batalla contra todo cálculo y falsa prudencia, dejando la victoria en manos de Dios, si Él lo quiere, sólo si Él lo quiere (“los hombres pelearán y Dios dará la victoria”)...

No temía enfrentarse a los malos sacerdotes y obispos (no sólo los que la acusaron, sino también los que ya al comienzo de “su carrera” la inspeccionaron), no temía confiar más en su recta conciencia que en una obediencia mal entendida (nunca se le hubiese ocurrido a un cristiano medieval que haya que “suspender el juicio”, como mandaba cierto sacerdote con fama de tradicional), no temía marcar a obispos y sacerdotes sus límites en cuanto a las cuestiones temporales...

No era “prudente” jugarse por el Delfín, individuo que personalmente valía bien poco, y cuya causa tenía pocas probabilidades de éxito. Tampoco pensó que primero hubiese que “re-cristianizar” a Francia, reconquistar la Patria o restaurar las viejas leyes tradicionales para que, recién luego, discutir quién debía ser el rey. Por el contrario, sabía que una cosa no quita la otra y que se puede (y debe) hacer todo al mismo tiempo; puesto que somos cuerpo y alma, y que nadie pelea por abstracciones como una monarquía sin rey.

Tampoco era “prudente” a la hora de plantar batalla. Lo importante era pelear, salir al combate, y si Dios quería (sólo si Él así lo disponía), la causa triunfaría. Pero a los hombres comunes, sólo queda pelear. Como dice Sir Gawain en la célebre saga restaurada por Tolkien, “en cuanto a los destinos, tristes o alegres, los verdaderos hombres no pueden más que intentarlo”.

No pensaba esta jovencita (¡“su carrera” va de los 16 a los 19 años!) que fuese mejor “naturalizar” el combate, dejando de lado las banderas de Dios, de la patria y de la legitimidad, para empeñarse en plataformas de mínimos “no negociables”, porque lo otro (la lucha por el rey legítimo) por el momento no tenía probabilidades de éxito.

Finalmente, confiando en su conciencia, rectamente formada en la virtud y dócil a las mociones del Espíritu, no temía plantarse ante la mayoría del clero, siempre temerosa y mundana, más preocupada por no agitar las aguas que por defender la verdad. Si había que pelear por una causa justa, se peleaba, aunque ciertos clérigos y obispos estuviesen más preocupados por mantener una falsa paz, fruto no de la justicia sino del status quo. Ella bien pedía a los curas, con total desfachatez, que se dedicaran a rezar y dejaran a los seglares cumplir sus deberes para con Dios y con la Patria. Eso y no otra cosa es una sana laicidad, pienso.

Ahora bien, en su bitácora en la plataforma Religión en Libertad, “Anotaciones de pensamiento y crítica”, Manuel Morillo contrapone el modelo de Santa Juana al de Santo Tomás Moro —un santo de muy otras características que Juan Pablo II proclamara “patrono de los gobernantes y de los políticos” durante el Jubileo del año 2000—, inclinándose por la primera. Y dice: “aunque, bien pensado, quizá la Iglesia, que es muy sabia, considere, que, dado el tipo humano del político actual, es imposible ponerles como modelo lo bueno, como Santa Juana, por inalcanzable y se conforma con que algún político, llegado el momento, tras haber intentado salirse por la tangente, evitar el compromiso y el conflicto, y, no poder, en ese momento, no traicione la Verdad, como es lo corriente en la actualidad, y, fijándose en el ejemplo de Tomás Moro, al verse en esa tesitura dé la cara y se enfrente a las mentiras y la opresión, a las estructuras de pecado del Sistema.”

Por el contrario, Don Terzio, en su bitácora Ex Orbe, aprovecha para explicarnos sus suspicacias acerca de la canonización tardía de Juan y sobre el “caso”. “¿Cómo se justifica cristianamente hasta el punto des ser puesta como ejemplo por el Papa? ¿Ejemplo de qué y para quién? Me refiero a su decisión belicista… La santidad de Jeanne d'Arc, entiendo yo, no se manifiesta en sus momentos bélicos, ni en su caudillaje, ni en su patriotismo, sería una contradicción cristiana afirmarlo… me parece desproporcionada y desajustada la comparación de Juana de Arco, tan circunscrita a su propia historia, con la gran Catalina de Siena (una figura de inmenso valor, con pocos - yo diría ninguno - personajes que puedan parangonársele; Catherina da Siena es una santa excepcional). Tampoco comprendo la citación de St. Thomas More, no veo ningún paralelo entre su caso y el de Juana de Arco, tampoco en su proceso, tan distinto en génesis, desarrollo y consecuencias.” Poniéndose más explícito en los comentarios: “En el Nuevo Testamento el ideal del guerrero se ha abolido y vige la vocación del mártir, mucho más alta puesto que incluye junto con el sacrificio de uno mismo el acto supremo de la caridad y la imitación de Cristo… Por eso mi crítica al belicismo en el santoral. Más vale un Santo Inocente degollado como el Cordero Divino que toda la tropa junta de los santos guerreros, muy señores mios a los que también venero, of course, pero que pongo por detrás, muy por detrás, de los que supieron seguir el camino manso y humilde de Cristo Sacerdote y Víctima de propiciación. Y en esto no me equivoco ni un punto… En el siglo XXI entiendo inviable cualquier santo guerrillero insistiendo en la causa de santidad guerrera, incompatible con el Evangelio y el ejemplo de Nuestro Señor… Precisamente la actitud de Juana de Arco durante su inicuo proceso, el sufrimiento paciente por el que se finalmente se santifica (por supuesto no por armar guerra contra los ingleses, una actitud violenta indigna de un santo).”

Más allá de no compartir el “pacifismo” del apreciado Don Terzio cuando se trata de tolerar el mal en el prójimo, y la barbaridad de exigir el martirio del prójimo de ordinario en vez de la obligación de buscar restaurar la justicia con medios proporcionados lícitos, sobre lo que dejé allí un comentario; observemos las diferencias entre uno y otro santo.

En el motu proprio de Juan Pablo II que proclamaba patrono a Moro, se dan las siguientes notas características que justificarían la designación:

- “una extraordinaria carrera política”

- “entró desde joven al servicio del Arzobispo de Canterbury”

- se interesó “por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica”

- “mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam”

- “asidua práctica ascética”

- “un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos

- “una brillante carrera en la administración pública”

- “indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria”

- “gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia”

- “durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado”

No sé ustedes, pero para mí todas éstas son virtudes personales o individuales, pero no políticas. De hecho, no se escucharon públicamente en boca de este poderoso hombre público que fue Tomás Moro condenas a las torturas y asesinatos que sometían contemporáneamente a cientos de monjes, sacerdotes y seglares de a pié a los que ningún prestigio personal o amistad personal con el monarca los salvaba. Pues no está, no se encuentran. Su apología al final del inicuo proceso al que fue sometido se limita a una clase de un profesor de moral.

En fin, conociendo los pormenores de esta proclamación, el pedido de Cossiga y cía., se me hace que Tomás Moro en cuanto patrono de los políticos es un patrono demasiado juanpablista, muy de la “democracia con valores” enunciada en la Veritatis Splendor, muy de “gestos simbólicos” como el de Balduino de Bélgica, de políticos que individualmente procuren ser santos en su familia y en su práctica religiosa a ver si algo se le prende por ósmosis al sistema… pero no que sean santos en tanto políticos.

Me parece que, por el contrario, Benedicto XVI, fiel a su agustinismo político, prefiere un político católico integral e íntegro, preocupado por la política como forma de caridad. Y, por lo tanto, frente al mundo, un político que es místico y guerrero… e, incluso, un político que esté dispuesto al martirio final, si acaso a manos de la Madre Iglesia.

En la vieja UCA, la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas tenía dos cuadros de sus patronos: uno de Santo Tomás Moro para los abogados y otro de San Juana de Arco para los politólogos. Me parece sabio.




Iluminación atribuida a Diebold Lauber (1427-71 ca.) en Das Buch von Kaiser Sigmund (1440-50 ca.) que muestra a Santa Juana entregando un mensaje para el Rey.


Iluminación ca. 1420 preservada en los Archives Nationales de París.

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miércoles, 26 de enero de 2011

Suspender el juicio... indefinidamente

En estos días, el amigo Wanderer anda “wandereando” alrededor del concepto del neo-conservadurismo eclesial, de la mano de Ludovicus y otros comentaristas habituales. A no perderse las entregas I, II y III. Para profundizar un poco más, podemos leer (o releer) los interesantes ensayitos de Jack Tollers sobre las “sectas católicas”: De sectis I (stricto sensu), De sectis II (lato sensu), De gaudio in sectis, Carta a un camarada (tentado por el Opus), Carta a un amigo (cooptado por otra secta).

Una de estas sectas neocon es la de nuestros viejos conocidos kukuses que, sin perder sus particularidades (la grosería, el matonismo, etc.), comparten las notas esenciales que muy bien se han definido en estos trabajos y sintéticamente en “El decálogo del zombi católico”.

Dicen que como muestra basta un botón pues, bueno, he aquí la demostración de cómo “el zombi católico adhiere en forma incondicional e irreflexiva a todo lo que dice o mande… el líder del movimiento que integra”.

Es un poco largo, pero vale la pena. Por favor, lean este texto acerca de El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien.

EL «HOMBRE PEREGRINO» DE TOLKIEN

Si los hasta ahora desafortunados esfuerzos de nuestros aprendices de antropólogos llegasen algún día a la suspirada meta de encontrar el «eslabón perdido» de nuestra raza, yo no me extrañaría al escuchar el estruendoso anuncio del hallazgo de un montón de huesos ordenadamente enterrados junto... a un bordón de peregrino.

El hombre es un extraño en este mundo, aunque sea su mundo. En el hogar que ha construido con sus manos es un mendigo que pide alojamiento por una noche. Es un huesped en su propia casa.

Siempre me ha desconcertado el que todas las grandes historias de los hombres sean historias de odiseas; viajes con destinos inciertos o al menos por caminos dignos de recelo. Apenas dos capítulos después de comenzar el Libro de los Libros, se nos describe a nuestros primeros padres emigrando del Paraíso perdido. Vagabundea Caín por el mundo y Abram se hace caminante por voluntad divina. El viaje marítimo de Noé es el más antiguo aliento que podría haber encontrado Colón para animarse a su empresa. Peregrina el pueblo elegido. Peregrina la Iglesia, como escribe Agustín, entre las persecusiones del mundo y los consuelos de Dios. Peregrino es Gilgamesh; también Ulises, Eneas, Colón; los misteriosos personajes de las leyendas del holandés y del judío errantes. Viajero es Dante por los reinos de ultratumba, y trotamundos es Don Alonso Quijano, el loco, por las gastadas tierras de España.

Confieso que comencé a leer El Señor de los anillos con cierta desconfianza. ¿Por qué tantos -y tan extraños- personajes lo leen con avidez? ¿Por qué hombres de inteligencias trasnochadas se entusiasman con la trilogía de Tolkien? ¿No habrá en ella algo que condiga con sus gustos morbosos por lo oculto y esotérico? ¿Será un exponente más de oníricos fantasmas de nuestro tiempo? Pero, por otra parte, ¿cómo podría ser así la obra máxima de quien ha confesado: «debo estar agradecido principalmente al hecho de haber sido formado en una fe que me ha alimentado y que me ha enseñado todo lo que sé»? Y Tolkien hablaba de la fe que recibió de su madre heróica, de la fe católica por quien su madre no titubeó en abrazar la estrechez y la miseria: «murió joven -escribía con orgullo su hijo- debido en buena parte a las incomodidades y privaciones de la pobreza resultante de su conversión». Entonces algo debía interpretarse de otro modo.

Sólo después de leer por entero los tres libros de la epopeya del Anillo relacioné El Señor de los Anillos con aquel atractivo irresistible que, como decía más arriba, los hombres -buenos y malos- sienten por los peregrinajes épicos. Reflexionando entendí que si éste es -como alguno pretende- el poema épico más grande de este siglo, lo es por ser el romance de un pequeño peregrino que desafió las muelas del Infierno.

Un «cuento de hadas a gran escala», lo definió su autor. En realidad, el cuento del hobbit Frodo es la historia del hombre. La historia del hombre inconsciente del Drama Misterioso que constituye el entorno de toda vida terrena, y que de pronto es vocado a protagonizar una epopeya que supera infinitamente sus fuerzas.

Frodo, constituido portador del «anillo», encargado de desafiar el pavoroso poder de Sauron para introducirse en el impenetrable corazón de Mordor y arrojar el anillo en las ardientes calderas de la Montaña del Destino, es, definitivamente, figura del hombre. El lleva atado a su cuello el «anillo», como cada hijo de Adán carga con su herencia de pecado y su filiación de ira (cf. Ef 2,3). En su interior su libertad lucha un dramático combate, ante el cual las pavorosas incursiones de los orcos, de los espectros, de los nazgûl y los balrogs, son sólo escaramuzas y sonido de huecas trompetas: éstos amenazan la vida, en cambio, en el alma de Frodo se arriesga la pervivencia del bien y del ser.

El «Anillo» da poder, pero al mismo tiempo esclaviza, oscurece y deforma. «¡No me tientes!», grita Gandalf cuando Frodo le ofrece guardarlo. «¡No me tientes! Pues no quiero convertirme en algo semejante al Señor Oscuro. No me atrevo a tomarlo, ni siquiera para esconderlo...». A través del Anillo se recrea algo similar a las tentaciones que Cristo padece en el desierto. Es tentación de poder, de dominio, de ser dios sin Dios, de hacer del mundo y de los hombres un feudo personal. El Anillo no tienta con placeres, delicias o caprichos, sino con poder y conocimiento. El dramático final en que Frodo, agotado por la tensión sobrehumana a que ha estado sometido a lo largo de su larga aventura, se niega -en una arranque de locura- a destruir el Anillo, muestra precisamente el poder diabólico que éste encierra y que llega casi al punto de conseguir anular el sacrificio del héroe.

El anillo tiene «voluntad» propia y misteriosa. O mejor, es la voluntad de Sauron, el Señor de las Tinieblas, que actúa desde el anillo, tentando a Frodo, buscando asociárlo a su empresa, obnubilándolo, y tentando arrastrarlo hacia las manos del Amo de los Espectros. La salvación de cuanto queda de belleza, cuanto hay de ser, de armonía y de bien sobre el mundo dependen de Frodo, de su resistencia a la voluntad del anillo, de su desafío a las iras sangrientas de Mordor; depende de que destruya el «poder» en las fraguas de Las Grietas del Destino; pero esto exige una lucha moral, una «agonía» en algún sentido «mística». Y para eso Frodo se siente desamparado. Es decir, su libertad por un lado se sabe acompañada y protegida; por otro parece saborear la más amarga soledad. Gandalf el Gris vela sobre él casi al modo en que la gracia lo hace sobre el cristiano («No olvides que puedes contar siempre conmigo... Te ayudaré a soportar esta carga todo el tiempo que sea necesario»); Sam Ganyi lo acompaña como su conciencia irreprochable y su «buensentido», y de algún modo es la otra parte de Frodo: él le dice lo que Frodo en el fondo escucha en su propia conciencia, lo anima con optimismo a hacer lo que su propio corazón le está insinuando con sonidos casi imperceptibles por la agonía. Pero de todos modos, su libertad no puede renunciar a sentir sobre sí, como un monte que lo aplasta, el peso grueso del combate.

Creo que el talento de Tolkien radica en su enorme capacidad de enseñarnos filosofía y teología sin hacérnoslo notar. Copioso es el número de quienes jamás han trascendido las epidérmicas interpretaciones de la Trilogía. Para muchos Tolkien es el máximo exponente de la literatura fantástica contemporánea. Pero pocos han comprendido que el Drama del Anillo es una fábula, o mejor una parábola. Al oído fino, en cambio, Tolkien habla profundamente de la belleza y el dolor, de la verdad y la conciencia, del mal y del bien, del hombre peregrino de su existencia, de la heroicidad y la lealtad, y, por sobre todo, del hombre envuelto en la poesía y el misterio, portador de una vocación irrenunciable, y sobre quien Dios gusta hacer sentir el peso de su llamado, como si de sus solos actos, aunque efímeros, dependiese paradójicamente el destino del Universo.

Es una parábola del homo viator. Una alegoría donde se describe ese status viatoris que es uno de los conceptos fundamentales de la teoría cristiana de la vida. Tolkien parece haber llegado al concepto raigal del ser creatural: su estado de no-plenitud unido al encaminamiento hacia la plenitud, como lo describía Pieper. Siendo el hombre un ser en movimiento, El Señor de los Anillos se despliega como la gran parábola de la transformación interior del hombre, y también de las tentaciones de abortar esta tranfiguración: con aquello que alguien denominó la anticipación de la no-plenitud (la desesperación), y la falaz anticipación de la plenitud (la presunción). Frodo Bolson, probado como el oro en el crisol, se va transformando; y lo hace por la fidelidad a las cosas verdaderamente grandes de la vida, por aquellas por las que juzga lógico su sufrimiento y su presumible muerte: su hogar, su campo en flor, los bosques de su tierra, los cantos y los poemas recitados junto al fuego de la chimenea, sus tradiciones, sus amigos, la lealtad, la libertad o, simplemente, el agua que corre límpida por el Molino de Shire. Es el hombre que se tranfigura a través de la paradójica convicción que de hallará la victoria en el naufragio, y en la certeza de que combate una Lucha que no se reduce a los horizontes huidizos que puede alcanzar con su vista vacilante. Frodo, con un proceso casi imperceptible, madura en la fragua purificadora de la tentación, del despojo total, de la persecusión y del dolor. En Shire su corazón es un corazón lleno de justicia; en Mordor (tras experimentar la debilidad y el abatimiento) es un corazón henchido de compasión propenso a la misericordia y al perdón.

Si sólo tomasemos la primera y la última parte de esta historia, tendríamos razón en pensar que el insignificante hobbit que parte titubeante y asustado de Shire, no puede ser el mismo personaje que enfrenta -agonizando- la última pendiente de la Meseta de Gorgoroth («Has crecido Mediano -le dice amargo Saruman-. Sí, has crecido mucho»). Y sin embargo lo es; y nadie puede acusar a la pluma de Tolkien de suplantar el personaje. Tolkien -a decir verdad- logró templar con pulcritud, con paciencia y con suavidad (con mano de madre) el carácter de su héroe, hasta hacer de él -sin cambios bruscos, con una maduración psicológicamente normal y admisible- el gigante espiritual de la última batalla. Si no fuese por su maestría, Tolkien -en rigor de argumento- hubiera debido hacer del postrer Frodo o un necio que teme la muerte y huye, o un loco que la busca en su desesperación; hizo, en cambio, un sabio que la espera, porque espera algo después de ella. Por eso vuelvo a decirlo, pienso que esta historia es la parábola del itinerario espiritual, interior, de todo ser humano, peregrino, viador, desterrado y navegante sobre las aguas de este mundo.

Alguno ha considerado extraño que en todo El Señor de los Anillos nunca se mencione a Dios. Es verdad, no se habla de Dios, tal vez porque Dios es allí omnipresente. Parece una paradoja chestertoniana, y en cierto sentido lo es. Dios está presente en la placidez en la sencilla rusticidad de Shire, la tierra de los hobbits, cuya descripción es el homenaje que rinde Tolkien a la campiña inglesa de su infancia; está presente en la belleza angélica de los elfos, en la dulzura paradisíaca de los bosques de Lothlorien. Está presente en la fuerza que mueve a Frodo a la herocidad, al martirio, al sacrificio de su vida; en la entereza que demuestra afrontando una misión imposible e impensable, consciente de su endeblez e impotencia; presente en esa fuerza indoblegable que brota siempre de su alma en las situaciones límites, mostrando que hay algo superior a él, que lo trasciende y que actúa en él. Pero Dios también está presente en Mordor. La descripción de la tierra de las tinieblas, de la desnudez y la muerte -en cuya pintura Tolkien reproduce la angustia y desolación que contempló en los campos humeantes y sembrados de cadáveres de la Europa destrozada por la primera Guerra mundial- asombra por su vigor. El mal es presentado en El Señor de los anillos con una fuerza tal que uno teme estar pronunciando una blasfemia maniquea. Uno está ante una «fuerza espantosa», como tituló Lewis uno de sus libros. Una Energía que todo lo invade, todo lo ve, todo lo toca, todo lo domina... Pero sin embargo, en eso mismo Tolkien quiere mostrar su nihilidad: todo lo gobierna, todo lo espía, todo lo esclaviza, todo lo diseca, todo lo ensombrece, pero no puede detener aquella pequeña libertad que niega rendírsele. No en vano cuando los últimos defensores de la belleza del ser han ya aceptado la realidad de una muerte segura peleando sin esperanza ante las puertas inconquistables de Mordor, cuando el poder tenebroso no tiene más que apretar el pie con que está aplastando los últimos fulgores del Bien que caen como el Sol crepuscular, precisamente entonces la tierra de Cromallen se estremece bajo los pies de los combatientes, las Torres de la Puerta Negra vacilan y se desmoronan y se escucha el grito: «¡El reino de Sauron ha sucumbido! ¡El Portador del Anillo ha cumplido su Misión!». El anillo ha caído en las Profundidades de Orodruin, y las tinieblas morales se quiebran como mueren, sangrando, las sombras de la noche cada amanecer. Dios está presente porque el Drama de Tolkien, entendido como la lucha entre el reino de Mordor y del hobbit Frodo, no tiene sentido. Mordor no puede lograr su designio porque hay algo que es más fuerte que él y también más fuerte que Frodo, que actúa sin que se vea, y que está esperando que el Señor Oscuro se empine sobre las puntas de sus pies para derrivarlo con el aliento de su boca.

He comparado a Frodo Bolson con los grandes peregrinos épicos, con Eneas, con Ulises, con Don Quijote. Pero hay en él algo que los distancia: su historia -como la del hombre- no termina -no puede- en esta vida. La historia de Frodo no concluye volviendo a la Comarca; sólo se detendrá allí un tiempo, para luego volver a partir. Su retorno y estadía en Shire, en la paz y el orden, están signados por la nostalgia. «¿Qué le pasa, señor Frodo? -dijo Sam. Estoy herido -respondió él-, herido; nunca curaré del todo». La historia de Frodo termina embarcándose nuevamente, con Elrond, Galadriel, los Elfos de la Alta estirpe, Bilbo, Gandalf... todos los portadores de los anillos. Todos saben que el deseo despertado en sus corazones por el Anillo estaba mal... pedírlo al Anillo, pero sólo era la desviación de un deseo verdadero: sus corazones no erraban en desear sino en lo que deseaban. Con la destrucción del Anillo han rectificado el cosmos y sus almas, pero no han saciado lo que éstas pedían bien y buscaban mal. Por eso están heridos, tienen nostalgia, morriña, anhelo de Algo que está más allá. Y tienen necesidad de volver a partir; esta vez definitivamente porque saben el camino. Parten de la Tierra Media, desde los Puertos Grises, y desde allí navegan allende el Mar, rumbo al Oeste, hasta que «por fin en una noche de lluvia Frodo sintió en el aire una fragancia y oyó cantos que llegaban sobre las aguas; y le pareció que, como en el sueño que había tenido en la casa de Tom Bombadil, la cortina de lluvia gris se transformaba en plata y cristal, y que el velo se abría y ante él aparecían unas playas blancas, y más allá un país lejano y verde a la luz de un rápido amanecer».

«La historia eucatastrófica -escribió Tolkien en un vigoroso ensayo- es la esencia del cuento de hadas, y su principal función». Eucatástrofe, es decir, final feliz. Los cuentos de hadas están para que terminen bien. Como El Señor de los Anillos; como la historia del hombre que peregrina sobre este mundo, cargado con su naturaleza herida, en lucha, no ya contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos de los aires (cf. Ef 6,12), con una libertad vacilante, llamado a llevar la lucha hasta la sangre (cf. Hb 12,4) ... pero con la seguridad del triunfo definitivo: No temáis, yo he vencido al mundo.

Muy lindo, ¿no? Ahora, ténganme un poquito más de paciencia y lean lo siguiente:

Leer a Tolkien hoy, ¿supone algún peligro?

Y su secuela,

Aclaraciones sobre Tolkien: una discussion.

Aunque no lo crea, el autor es el mismo, el famoso “Teólogo Respondón”, voz autorizada del Chañaral.

Aunque no lo crea, hay sólo dos años de diferencia entre uno y otro escrito.

¿Qué pasó en el medio?

“— No entendés nada, pibe.”



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martes, 25 de enero de 2011

¿Cultura cristiana?

¿Qué es la cultura cristiana?

Esencialmente, es la Misa.

Ésta no es mi opinión ni la de algún otro, ni es una teoría o deseo, sino que es el hecho central de dos mil años de historia.

La Cristiandad, lo que los secularistas llaman Civilización Occidental, es la Misa, y la parafernalia que la protege y facilita.

Todo, la arquitectura, el arte, las formas políticas y sociales, la economía, la forma en que la gente vive, siente y piensa, la música, la literatura — todas estas cosas, cuando están bien, son modos de alentar y proteger el Santo Sacrificio de la Misa.

Para realizar un sacrificio, debe haber un altar; el altar debe tener un techo encima por si llueve; para reservar el Santísimo Sacramento, construimos una pequeña Casa de Oro y, sobre ella, una Torre de Marfil con una campanilla y una jardín a su alrededor con rosas y lirios de pureza, emblemas de la Virgen María — Rosa Mystica, Turris Davidica, Turris Eburnea, Domus Aurea, quien llevó en el vientre Su Cuerpo y Su Sangre, Cuerpo de su cuerpo, Sangre de su sangre.

Y, alrededor de la iglesia y el jardín, donde enterramos a los fieles difuntos, vive el cuidador, el sacerdote y religioso cuyo trabajo es la oración, quien conserva el Misterio de la Fe en su tabernáculo de música y palabras en el Oficio de la Iglesia; y a su alrededor, los fieles que se reúnen para adorar y dividirse el otro trabajo que debe realizarse para hacer posible la perpetuación del Sacrificio — cultivar la comida, confeccionar la ropa, construir y mantener la paz, de modo que las generaciones por venir puedan vivir para Él, para que el Sacrificio prosiga, incluso, hasta la consumación del mundo.

—John Senior, The Restoration of Christian Culture.



Fuente: Michael Camille, Gothic Art: Glorious Visions (Nueva York: 1996), via Misa1962.org

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martes, 18 de enero de 2011

El Apocalipsis en España

Debate sobre el Apocalipsis, el fin de los tiempos y la Parusía en el programa Lágrimas en la lluvia conducido por Juan Manuel de Prada. Los invitados fueron el P. David Amado (Univ. Abat Oliva, Fund. Balmesiana), el Dr. Miguel Ayuso (Univ. Comillas, revista Verbo), el P. José C. Martínez de la Hoz (Opus Dei) y el P. Gabino Uribarri S.J. (Univ. Comillas).


Quizá no aporte demasiado al que está metido en tema, pero el sólo hecho de que exista un programa como éste, aunque sea en cable, es para celebrar.

J. M. de Prada es el escritor y periodista que está haciendo una labor encomiable de difusión del Padre Castellani en España.



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viernes, 7 de enero de 2011

“Top Ten” de 'La Roca del Grifo': Las entradas más visitadas durante 2010

1. Preocupación: ¿Mártires latinoamericanos?. De los “mártires” del tercermundismo, el indigenismo y la revolución marxista que algunos clérigos conmemoran con misas y actos ecuménicos.

2. Neo-Conservaduros. Una sátira sobre los “movimientos” y las “sectas católicas”.

3. El proceso revolucionario inglés: La revolución desconocida. Un breve ensayo sobre Inglaterra y su papel en la historia moderna, a la luz de la Fe.

4. La familia como "bloque edilicio fundamental de la sociedad medieval". Un comentario a propósito de un libro acerca de la familia en la Edad Media.

5. Acerca de Reescribir la Biblia: Los estudios bíblicos católicos en los ’60. Traducción de un interesante trabajo del Padre Brian Harrison sobre la “revolución” operada en los estudios bíblicos y su cristalización en leyenda áurea.

6. Las Tres Leyes Naturales de la Arquitectura Eclesiástica Católica. Traducción de un breve ensayo de Michael Rose, aparecido en la New Oxford Review, donde enumera las características arquitectónicas que, según la teología y el sentido común, deberían tener todas las iglesias.

7. El "zombi católico", sus notas características. Genial caracterización de los seguidores de las “sectas católicas”, realizada por Ludovicus.

8. Internet: Un documental y algunas conclusiones interesantes. Un comentario de la serie de la BBC La revolución virtual y —en particular— del capítulo “¿La gran nivelación?” que desmitifica la supuesta democratización social que representaría Internet.

9. Acerca de fiestas del té, desinformación, esperanzas y engaños. Algunas reflexiones y un poco de historia sobre el “Tea Party” yanqui.

10. De pluma ajena: Consejos de Maquiavelo al apologista de un grupo católico. Una buena crítica que nos envió un amigo que prefiere permanecer anónimo sobre los excesos apologéticos de miembros de ciertos grupos católicos.






Observando la realidad
Desde la Roca del Grifo


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martes, 4 de enero de 2011

Documental sobre Castellani

Especialmente para los amigos españoles que hace poco lo han descubierto gracias a la tarea de difusión de Juan Manuel de Prada.

(A los argentinos alguna cara [-dura] que aparece y algún comentario puede irritarnos un poquito, pero vale la pena igual.)










Calculamos que el documental debe tener unos 20 años.

Agradecemos al amigo E. que nos pasó el enlace.

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